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    Zig zags del ocio

    Escucho venir a mi hija de clase a la medianoche. Medio dormida, siento que habla por teléfono, alterada.

    Cuando corta exclama: “¡Mamá, estaba llamando al 911, pero no te asustes que no me pasó nada!”.

    Es simple: a una cuadra y media de mi casa está la zona impune. Allí se puede beber hasta el coma, ensuciar, aullar, orinar, vomitar, ocupar vereda y calzada e impedir cualquier tipo de pasaje de un ciudadano libre y, especialmente, bailar al compás de una estridente música de pésimo gusto e insalubre volumen.

    Es zona de machos recios, donde una chica recién bajada del ómnibus, luego de cinco horas de clase, recibe una lluvia de obscenidades con baba.

    Llamo obscenidades con baba a los vocablos que salen de una boca masculina y, como dedos, se meten dentro de las orejas de una mujer produciéndole angustia, violencia sexual, etc.

    Mi hija evitó esa cuadra al llegar esa noche. No tiene la libertad del camino más corto.

    Pero pasó cerca de los boliches que aún existen en la Ciudad Vieja, como las ruinas del Coliseo romano, testigos del Gran Imperio Arano de la pos crisis 2002 y advenimiento de la Era FA. (Esta Era de múltiples derechos, menos algunos, como los de vivienda o educación, es decir, verdadera educación).

    A las 12 de la noche y muerta de frío, mi hija, con ganas de llegar a su casa, cenar y meterse en la cama, vio de refilón cómo uno de los comensales de un boliche salía muy borracho y se lanzaba a vomitar estruendosamente en una esquina.

    Luego, raudo, se metía en un coche de voluminoso tamaño y allá vamos, lo ponía en marcha y se lanzaba por las calles haciendo zig zag.

    Ella ya casi llegaba a casa, pero la velocidad del borracho, pese a los abruptos cambios de rumbo, le permitió alcanzarla. ¿Te llevo?

    Nuestra puerta posee doble cerradura para evitar los diversos embates que ha debido soportar. La contra de este simple sistema de seguridad es que se tardan largos segundos inquietantes en estar adentro de casa.

    Un hombre borracho cuestiona el NOOO rotundo de una chica. Entonces llega la violencia: ¿Pa, qué mirás? La respuesta fue rápida: Vas a matar a alguien manejando alcoholizado.

    Y mi hija por fin entró. Todo lo sucedido fue visto por las cámaras de seguridad.

    Pero, luego de ese cruce de palabras, ¿qué hizo ese conductor? ¿Por cuál calle tomó? ¿Cuántas personas pudo haber atropellado? ¿Con cuántos coches se pudo haber estrellado?

    Los boliches, locales de ocio, pubs, locales bailables, en su impunidad, promueven la cultura del borracho. Del drogo. La cultura del ni-ni. La cultura del que “sale” a la una de la madrugada y vuelve a rastras a las nueve, cuando la Humanidad ya empezó a trabajar.

    Pero ellos hablan en los medios de la libertad de comercio, de los derechos del ocio, de la juventud del Uruguay, de los puestos de trabajo que generan.

    ¡En este país es muchísimo más rentable vender whisky escocés y cerveza brasileña que plantar tomates y morrones!

    Hace 25 años que la Intendencia no resuelve este drama.

    ¡Qué gobierno divertido!

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