Florencia Verri, gerenta general de School of Rock, aseguró que este fenómeno se da en toda la región y señaló que la mayor visibilidad que está adquiriendo la expresión artística y la educación de las emociones son un factor determinante. “Vivimos en una sociedad en la que siempre se nos ha inculcado el deporte, y está buenísimo, pero hay toda una parte artística que muchos niños necesitan explotar, entonces está bueno que el arte se haga más visible y se comunique más”. En este sentido, resaltó la importancia de las redes sociales. “Hoy no solo los padres tienen más información, los chicos también a través de las redes sociales, donde ven de todo, y después les piden a los padres empezar a tocar un instrumento o subirse a un escenario”.
Precisamente, la iniciativa de los chicos por acercarse a la música es uno de los factores que, a entender de Juan Manuel Martínez, también repercute en este fenómeno. “Ahora son los niños los que piden a los padres aprender a tocar la guitarra o ir a clase de batería con un amigo. Ya no pasa tanto que vienen porque los padres quieren que aprendan un instrumento. Son ellos mismos los que piden. Se está logrando que los niños sean motores de su propio aprendizaje y eso es importante porque genera esa chispa”.
Cuando el aprendizaje de un instrumento se vuelve una “experiencia disfrutable”, los niños no dejan de transmitirlo a sus amigos y contagiarles el entusiasmo. “Vienen del colegio cansados y te dicen: ‘Hoy quiero tocar el piano’ y van y lo tocan. No es que tengan que estudiar solfeo, vienen a disfrutar, a pasarla bien y van construyendo algo juntos. Esa experiencia es única y además compartida”.
De hecho, en la Escuela 440, desde que arrancó hace 16 años, el crecimiento de la matrícula ha sido sostenido. Por su lado, Verri contó que si bien School of Rock se inauguró en mayo, cuando los niños ya tenían su agenda semanal definida, la respuesta ha sido “superbuena” y esperan que siga creciendo.
Un caos organizado
En un día típico de clase en el TUMP, los niños llegan y eligen el instrumento que quieren tocar ese día, sin importar el que eligieron en la clase anterior. Las opciones son: flauta dulce, piano, percusión, batería, guitarra y ukelele. “Para nosotros, eso es maravilloso porque efectivamente cada niño y cada niña toca el instrumento que tiene ganas. Luego vamos a la grupalidad para trabajar con los niños más grandes, lo que llamamos el ensamble, y después trabajamos la ronda de voces con integración de edades”, dijo Magdalena Dos Santos, profesora del taller.
A esta escuela concurren niños de entre cuatro y 12 años, que toman clases agrupados por edades e instrumentos, para luego reunirse todos en la ronda de voces, donde aprenden a cantar un repertorio específico de canciones. Los niños mayores tienen también un espacio de taller, cuyo propósito es compartir un momento lúdico, pero también de aprendizaje. Articulando estas tres modalidades de trabajo, el objetivo de la propuesta pedagógica es enseñar música desde su integralidad, haciendo foco en la ejecución de los instrumentos.
El tump, escuela de musica
Pero no siempre tienen la posibilidad de elegir el instrumento a tocar: durante el primer semestre, los niños tienen tres o cuatro clases consecutivas de cada instrumento, de forma de ir conociéndolos y adquiriendo herramientas para la segunda parte del año.
“Sucede que hay un movimiento permanente y es maravilloso. A veces, nos dicen: ‘¡Qué caos y qué orden!’ Efectivamente, todos los niños y niñas saben lo que quieren y saben dónde tienen que ir, entonces es muy mágico”, apuntó la docente. “Es un caos organizado, donde cada cual va despertando lo que va queriendo”, agregó Óscar Celis, profesor de piano inicial.
El fundamento pedagógico es la práctica, bajo el entendido de que el aprendizaje simultáneo de instrumentos, lejos de entorpecer, potencia el aprendizaje. “No hay barreras. El contenido que se aprende en piano seguro lo pueden pasar al área de percusión, el de flauta va a estar aplicado a la ronda de voces y el de batería en el repertorio de canciones que trabajamos”, indicó Dos Santos.
Un mimo para el alma
En la Escuela 440 la metodología es diferente. Desde el primer día, los niños tienen clase en un salón con distintos instrumentos y cada uno puede tocar el que más le guste, sin necesidad de repetirlo en la clase siguiente. Los grupos son de cinco o seis niños, agrupados por edades (entre cuatro y 18 años) o niveles de conocimiento y los instrumentos que se enseñan son: guitarra, piano, batería, ukelele, bajo, percusión y violín.
“Aprenden todos juntos con distintos instrumentos. Incluso, en una misma clase, algunos tienen ganas de cambiar el instrumento y ven cómo la música tiene los mismos conceptos. El lenguaje es el mismo abordado desde los distintos instrumentos. Yo puedo estar en la batería y entender mi rol, pero también captar el rol que asume el guitarrista y luego probarlo y aprender cómo eso se compagina. Es decir, la formación, más allá de instrumental, es musical, es más amplia. Todos salen de acá teniendo nociones de cómo se hace música en grupo, cómo tener una banda y los roles de cada uno de los instrumentos”, afirmó Martínez.
La idea es que los niños asocien el aprendizaje musical con un trabajo en grupo. “En el proceso es muy importante también compartir en equipo, sentirse parte del grupo, generar confianza. Entonces, además de una actividad musical, es una actividad donde ellos se relacionan. Son una cantidad de valores y experiencias que se van juntando en una clase de música”.
Por esta razón, esta escuela nació con un principio claro, que siempre está presente: aprender y disfrutar la música, de forma que la conexión con el aprendizaje y la adquisición de nuevos conocimientos se asocie con un momento de disfrute. “Es un mimo para el alma”, acotó Jutgla.
Así se van formando bandas, que a lo largo del año tienen tres o cuatro instancias para tocar en público, lo que constituye una de las partes más importantes del proceso de aprendizaje. El broche final es el concierto de fin de año.
Generar comunidad
Haciendo honor a su nombre, los instrumentos que se pueden aprender a tocar en School of Rock, además de canto, son guitarra, batería, bajo, teclado. Al igual que en la Escuela 440, desde el primer día los alumnos pueden elegir el instrumento que quieren tocar, con la salvedad de que, al menos por tres meses, dependiendo del programa, deberán tomar clases de ese instrumento. Luego sí pueden cambiar y por otros tres meses aprender a tocar uno distinto.
Otra diferencia es que las clases de instrumentos o canto son individuales. Luego, en la semana, los chicos concurren a la escuela una segunda vez para la clase de ensamble, en la que se juntan varios, cada uno con el instrumento que está aprendiendo, arman una banda, ensayan y se preparan para subir a escenarios reales, ya que cada tres o cuatro meses tocan y cantan para el público.
“Consideramos que está bueno que aprendan un instrumento, le den toda su atención y se enamoren de él, para llegar bien preparados a su primer show”, explicó Verri. Esta clase individual se complementa con el ensamble, en la que se da mucha importancia a la socialización. “No vienen acá solo a aprender a tocar un instrumento, sino que desde el primer momento aprenden sobre compromiso, compañerismo, esperar su turno, autoestima y tocar frente a otro. Nos gusta generar comunidad”. La metodología de School of Rock se basa en la enseñanza a través de la práctica y de la experiencia.
Encontrar un lugar en el mundo
Los beneficios de la música en el desarrollo humano son múltiples. Ya, en la Grecia Antigua Platón no solo la consideraba una forma de entretenimiento, sino que también la concebía como fundamental para la formación y el orden social, dado que podía moldear el carácter, promover la virtud y el equilibrio.
De hecho, está probado que la música es la actividad que usa más partes del cerebro al mismo tiempo. Desde la motricidad, las emociones, los sentimientos, la memoria, la afinación, el pensamiento abstracto y la expresión corporal. “El cerebro está a full cuando hacemos música. Eso para el desarrollo es buenísimo”, dijo Jutgla. Por esta razón, aprender música tiene ventajas para el aprendizaje de otros saberes, como pueden ser la matemática, el lenguaje y el habla.
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Sin embargo, entre los beneficios más tangibles se encuentra el fortalecimiento de las habilidades blandas. “En una época en la que se habla tanto de salud mental, la música tiene un montón de potencialidad a nivel cerebral, de desarrollo neuronal y cognitivo. También tiene mucho que ver con la socialización, con participar de un grupo, cantar en público, vencer la vergüenza, el juicio ajeno y el propio”, señaló Celis.
Al respecto, comentó que más de una vez les ha pasado de tener niños que no quieren cantar porque consideran que cantan mal y cuando lo logran, no lo pueden creer. Algo similar ocurre en la escuela de Martínez. “Acá estamos felices porque cada uno que entra y dice que canta horrible sale cantando. Entonces, tenés la posibilidad de cambiarle la vida a alguien”.
Verri, por su parte, hizo hincapié en cómo la música ayuda a los chicos a soltarse y les hace más fácil la socialización. “Nos ha pasado de que los padres nos dicen que su hija tiene problemas para la socialización y en cuestión de 15 días la ves a full con sus amigas. Entonces, esto pasa por darles a los hijos lo que realmente les gusta y no ‘setearlos’ en que van al cole, hockey o rugby”. En este sentido, Jutgla puso el ejemplo de chicos que no son buenos en el deporte y llegan a la clase de música con baja autoestima. “Acá encuentran pares, se forman grupos increíbles y, de repente, se da cuenta de que es bueno en bajo. Entonces, le das alas, crecen en autoestima y en sentido de pertenencia. Encuentran su lugar en el mundo”.