Estamos frente a un modelo agrícola que se apoya fuertemente en la diversificación, tanto de cultivos como de actividades. En la rotación agrícola contamos con cinco cultivos consolidados: tres de invierno —colza, trigo y cebada— y dos de verano —soja y maíz—. A eso se suman otros cultivos que se vienen probando, para nichos específicos o situaciones puntuales, como camelina, carinata, sorgo y girasol.
Esto significa que, cuando un productor planifica su rotación, hoy tiene más de siete u ocho opciones reales para incluir dentro del esquema productivo. Desde el punto de vista biológico eso es muy valioso, por la salud del suelo, el manejo de malezas y la sustentabilidad del sistema.
También es valioso desde lo económico, porque reduce riesgos y permite adaptarse mejor a distintos escenarios de mercado. Hoy es algo que parece normal, pero no hace mucho tiempo atrás el sistema estaba mucho más concentrado, con una fuerte dependencia de la soja y algún cultivo de invierno, principalmente trigo. Esos eran los dos cultivos que cinchaban del carro.
Hoy las empresas están claramente más diversificadas, y eso es una evolución positiva, es muy sano para el negocio. A su vez, la integración con la ganadería termina de cerrar el círculo, porque suma un rubro adicional que aporta estabilidad, flujo de caja y una mejor utilización de los recursos.
¿Qué rol están jugando trigo, cebada y especialmente la colza en este esquema diversificado?
En ese sentido, la colza tiene un rol muy particular y cada vez más relevante. Hoy corre por un canal comercial distinto al de los cereales tradicionales, lo cual es una ventaja importante en un contexto de precios relativamente bajos para trigo y cebada.
Es un cultivo joven dentro de la rotación agrícola uruguaya, con menos de 20 años de historia, que ha logrado sortear distintos cuellos de botella, tanto desde el punto de vista agronómico como comercial. La curva de crecimiento ha sido muy buena.
Durante muchos años la colza fue valorada principalmente por su aporte al sistema, ya que permitía implantar una soja de segunda con fecha de primera y mejoraba el rendimiento de los cultivos siguientes.
Hoy ese aporte sigue siendo fundamental, pero además, con la genética que se está ofreciendo y con el manejo que se ha ido ajustando, el cultivo puede aspirar a tener otro nivel de productividad. Por eso, desde mi punto de vista, el cultivo de colza tiene un muy buen futuro.
Los cereales, por su parte, han funcionado muy bien desde lo productivo. En algunos casos aparecen desafíos de calidad, como proteína o calibre, pero lo importante es que existen opciones y hay diversificación.
La clave está en no correr atrás de los mercados. Las oportunidades comerciales aparecen, y para poder aprovecharlas hay que estar con producto. Por eso, tener un invierno basado en distintas alternativas es muy bueno.
En el caso del trigo sembrado después de colza –al año siguiente– se viene observando un plus de rendimiento.
¿Confirman ese efecto?
Sí, sin duda. Ese efecto es algo que históricamente se ha observado y que explica por qué la colza fue tan valorada dentro de la rotación. Aun cuando el cultivo empataba en términos económicos, ya era negocio por el impacto positivo que generaba en los cultivos siguientes.
Hoy, además de ese beneficio, se abre la posibilidad de mejorar la productividad propia de la colza. Eso no quiere decir que sea un cultivo sencillo, todavía hay mucho por ajustar y aprender. Claramente se empieza a pensar en un escenario donde la colza no solo aporte al sistema, sino que también pueda aspirar a rendimientos más altos y a una mayor estabilidad económico-productiva.
¿Cuáles son las bases agronómicas para seguir mejorando la productividad de la colza?
Lo primero es entender que la colza tiene un lugar específico dentro de la rotación agrícola y que no puede ubicarse en cualquier ambiente. La correcta elección de la chacra es clave.
A partir de ahí, una buena implantación es determinante. La adopción de barrerastrojos permite lograr emergencias muy parejas, incluso con densidades de siembra bajas, del orden de tres kilos por hectárea, utilizando plantadoras adecuadas. A eso se suma la fertilización precisa, que es otro de los pilares del manejo.
Además, estamos en una agricultura donde el concepto de ventanas es cada vez más relevante. Pasamos de una agricultura de precisión enfocada únicamente en los insumos a una agricultura de precisión en los tiempos. No solo importa cómo se hacen las cosas, sino cuándo se hacen. La precisión en los tiempos es tan importante como la precisión de los insumos.
La colza responde muy bien a fechas de siembra y de fertilización bien ajustadas. Si esas ventanas se respetan, el cultivo expresa mucho mejor su potencial. Luego, por supuesto, el clima tiene que acompañar, pero hay un margen importante para seguir aprendiendo y afinando el manejo.
El maíz es otro cultivo que ha ganado protagonismo en los últimos años, ¿cómo evalúa su comportamiento en este esquema de diversificación?
El crecimiento del maíz ha sido muy marcado y, en gran medida, está traccionado por la demanda de la ganadería. El año pasado tuvimos una cosecha récord, cercana a 2 millones de toneladas, y el mercado logró absorber ese volumen sin mayores dificultades. Los corrales de engorde, la lechería y la avicultura jugaron un rol clave en esa absorción.
Esa sinergia es muy positiva, porque genera una demanda genuina, más sólida y local, porque acerca la producción a los centros de consumo, algo fundamental en un cultivo que no tolera los altos costos de flete que tenemos en Uruguay.
Desde el punto de vista agronómico el maíz aporta muchísimo a la rotación. Permite diversificar principios activos en el manejo de malezas, inyecta carbono al sistema, mejora la estructura del suelo y contribuye a una mejor utilización de la maquinaria, al distribuir el uso de los equipos en distintas épocas del año.
El maíz de primera se siembra en setiembre y se cosecha a fines de enero o principios de febrero. El maíz de segunda, en cambio, encaja muy bien en un momento en que la siembra de soja a partir del 12 o 15 de diciembre comienza a comportarse de forma más errática. En esa fecha el maíz se ha mostrado estable y se complementa muy bien con el sistema.
Por mejora genética y ajustes de manejo, se puede pensar en masificar el maíz de segunda. Pasó de ser un cultivo de nicho a una alternativa viable en la mayoría de los ambientes, donde se pueden emplear planteos más defensivos, lo que permite adaptarse a escenarios donde antes no se consideraba.
¿El maíz compite con la soja dentro del esquema productivo?
No, aunque se complementan muy bien. Incorporar maíz permite cerrar antes los planes de siembra de soja, lo que suele traducirse en mejores rendimientos. Además, una soja de primera sobre rastrojo de maíz, en general, rinde mejor.
Todo esto genera un círculo virtuoso basado en la rotación. A su vez, desde lo económico, el maíz permite amortizar equipos en distintas ventanas, genera movimiento de caja y hace que una zafra se encadene con la siguiente. Eso, para la empresa, es muy importante.
Pasando a la integración agrícola-ganadera, ¿cómo están viendo hoy el negocio ganadero y las relaciones de precios?
En un escenario de precios relativamente bajos para los granos, la relación de transformar grano en carne es muy atractiva. Eso se ve tanto en el engorde final como en las distintas formas de suplementación a campo, desde el destete hasta la recría.
Esto no es algo puntual, ya pasó de ser una situación coyuntural a una condición más estructural del sistema. Obviamente que la coyuntura de precios la potencia, y las señales que está dando la industria frigorífica a los encierros son claras y muy buenas.
Toda la cadena se mueve y tracciona. Cuando hay señales desde la industria, los feedloteros responden, y a su vez eso se transmite hacia atrás, hacia la recría. Se genera así un proceso de intensificación de la ganadería que viene funcionando muy bien, y por eso entiendo que es un proceso más estructural.
Además, muchos granos con inconvenientes de calidad encuentran un destino natural en la ganadería, donde se genera un mercado forrajero con cebadas que no alcanzan calibre, trigos con proteína baja y, por supuesto, el caso de los maíces producidos cerca de los centros de consumo. Todo eso genera una sinergia muy interesante entre agricultura y ganadería.
¿Existen señales comerciales concretas desde la industria frigorífica pensando en 2026?
Sí, claramente. La experiencia de la cuota 481 dejó una enseñanza muy importante en términos de previsibilidad, parecido a lo que tiene la agricultura. Hoy en ganadería, y concretamente para los corrales de engorde, existen distintas herramientas comerciales que permiten fijar precios a futuro, trabajar con pisos y techos o ir al mercado spot más premios.
La industria frigorífica entendió que para fomentar el uso de los corrales de engorde es clave dar señales claras, porque el capital invertido en ganado y alimentación es muy significativo. En ese sentido, muchos empresarios se mueven a partir de las señales, que hoy están y todo indica que vamos a tener un verano con mucha actividad en los corrales de engorde.
¿Es alto el nivel de ocupación de los corrales?
Sí, y es algo que se observa en la Mesa de Alimentación Animal, que integramos. Históricamente el verano era una época de menor actividad, por cuestiones vinculadas a la eficiencia de conversión y estrés calórico. Pero hoy, con tecnologías como sombra, la aspersión y manejo más ajustado, se pueden mitigar esos factores que impactaban negativamente.
Además, las señales han permitido que los corrales estén completos. Eso se vio reflejado en la demanda de granos forrajeros, que se llevó la cebada y el trigo con problemas de calidad maltera y panadera. El movimiento muestra que hay un dinamismo muy importante de cara al verano y que no se puede esperar a la cosecha de maíz de primera.
INAC proyecta que la faena de corral represente cerca del 18% del total en 2025, ¿puede crecer esa participación en 2026?
Por las señales actuales, todo indica que sí. Se están viendo ampliaciones de corrales y una fuerte intensificación en toda la cadena. Donde el recriador acelera la recría y es algo que llega al siguiente eslabón. Toda la cadena está trabajando para que eso sea una realidad.
De todos modos, siempre es importante mirar el negocio con cautela. Hoy es un buen momento para el corral, que lo están aprovechando quienes también estuvieron en la actividad cuando las relaciones de precios no eran buenas. Por eso hay que tratar de mantenerse en los negocios, porque los ciclos existen y la revancha llega.
¿Cuál es hoy el punto de equilibrio de la terminación de ganado en los corrales?
Con las relaciones actuales de precios de granos y reposición que no ha bajado tanto, el punto de equilibrio está en torno de los US$ 5,40 a US$ 5,50 por kilo. Es un valor de referencia general, que obviamente varía según cada situación particular.
¿Cuáles son los principales desafíos y oportunidades de mejora para el negocio ganadero?
Uno de los grandes desafíos es aumentar la tasa de preñez. Este año la falta de novillos generó una puja muy fuerte y valores elevados. Se llegaron a pagar precios similares por novillos prontos para corral y terneros. Necesitamos más terneros y más novillos para que la cadena tenga mayor volumen y pueda diluir costos, sobre todo la industria y los feedlots.
Desde el punto de vista genético Uruguay está muy bien posicionado, pero hay que seguir leyendo las señales del mercado: marmoreo, peso de carcasa, tipo de animal. La industria marca el rumbo y el resto de la cadena se adapta.
Y en agricultura, con un contexto de precios ajustados, ¿dónde están hoy los principales desafíos?
Producimos commodities y no podemos perder competitividad productiva frente a la región. Toda señal de aumento de productividad debe ser tomada.
El encalado es una herramienta clave, la venimos promoviendo desde la Asociación Agro-Pecuaria de Dolores (AAD) y es muy positivo que vaya a contemplarse dentro la Comisión de Aplicación de la Ley de Inversiones (Comap). Esa técnica es una realidad en Paraguay, Brasil y otros países de la región. En Uruguay puede permitirnos dar un salto productivo destacado.
El riego también es fundamental para no perder pisada frente a países vecinos. En logística, tecnologías como bitrenes y tritrenes pueden ayudar a bajar costos y extender la frontera agrícola, dado que los costos de fletes, en un escenario de precios bajos, limitan hasta dónde va la agricultura.
Y no podemos dejar de lado los seguros agrícolas. El Banco de Seguros del Estado ha liderado muy bien en los últimos años, pero la política de seguros es escasa y los costos son muy altos para el producto ofrecido.
La sequía de 2022 fue mucho más severa que la de 2018, pero se pudo afrontar mejor, porque había una cobertura importante, del orden de las 300.000 hectáreas con un muy buen seguro, pero esa propuesta no se pudo recuperar.
Sabemos que eventos extremos pueden volver a ocurrir y tenemos que estar preparados, con seguros más robustos y una política país clara en este tema.