El fatídico 2 de abril llegó. Habíamos advertido en la Expoactiva que ese sería un antes y un después, y así fue. El comercio mundial sufre un terremoto derivado de las antojadizas decisiones del presidente de la mayor economía del mundo. En los dos días siguientes la destrucción de riqueza, al menos en términos del valor de las acciones, ha sido comparable a la de la pandemia, billones de dólares se han evaporado.
La mayor caída en las bolsas desde la pandemia, el Dow Jones bajando en un solo día más de 1.600 puntos, caídas generalizadas de soja, petróleo, dólar y prácticamente todo. Tras el terremoto, al día siguiente, el derrumbe. El viernes, el derrumbe profundizado a más de 1.900 puntos por las previsibles represalias de China, arancel va, arancel viene. Un brutal juego perder-perder.
Y mientras veíamos en las pantallas de Wall Street cómo miles de millones de dólares se pulverizaban, podíamos ver en otras pantallas, ese día, las de Lote 21, cómo los terneros consolidaban un precio mayor a US$ 3 por kilo. La mayoría de los terneros arriba de US$ 500.
Y mientras que en Chicago la soja caía profundamente, los Whatsapp de los agricultores recibían mejoras el jueves en el precio de la soja de la inminente cosecha. Ser proveedor confiable, predecible vale. En tiempo real.
Aunque el viernes el derrumbe de la soja estadounidense pudo más, y alguna corrección bajista ocurrió, el productor sojero uruguayo, por levantar una gran cosecha está mucho mejor que el farmer estadounidense, sembrando en la tiniebla de la incertidumbre extrema. Si China y la Unión Europea eligen no comprar soja estadounidense, ¿hasta cuánto puede bajar el precio?
La lógica de la polarización puede dar popularidad en las redes, puede dar votos en países desnorteados, pero sus consecuencias sociales y económicas son terribles, y lamentablemente las veremos en otros países, con gran daño para ellos y para todos. La destrucción de riqueza que se ha generado no traerá buenas consecuencias para nadie.
La calma uruguaya, que a algunos exaspera, es un valor a preservar porque —ajústense los cinturones— la turbulencia externa será cada vez mayor. La cultura del diálogo entre quienes piensan distinto es fundamental para mantener una lógica social de estabilidad, sin autoritarismos.
La estabilidad y la resiliencia de la economía son claves, así como la capacidad de captar oportunidades. Ser un proveedor estable y confiable será muy valioso.
Uruguay va a levantar una cosecha récord de arroz, una de las mayores de la historia de soja y maíz, y lo bajo del precio se verá compensado por los altos kilos levantados. Va a seguir disfrutando de un sobreprecio respecto a los promedios históricos en carne y lácteos. Viene de varios meses de una situación climática favorable. Producir alimentos en un mundo inestable es más seguro que fabricar mercancías complejas, que tienen componentes de diferentes países.
La turbulencia externa debe servir para desencadenar varias medidas de precaución en Uruguay. Ante un riesgo alto, diversificación creciente. Diversificar mercados nunca fue tan importante, y nunca tan oportuno. Los altos aranceles impuestos a los países del sureste de Asia son una oportunidad para profundizar el relacionamiento con esos países, así como con los de Medio Oriente.
El acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea tiene ahora su gran oportunidad. ¿Por qué no avanzar en acuerdos con otros países democráticos e interesados en el libre comercio, como Canadá, Japón y Corea del Sur, también golpeados por los aranceles estadounidenses? Insistir con el Acuerdo Transpacífico, tratando de vencer las resistencias que pueden poner Australia y Nueva Zelanda, proveedores privilegiados de alimentos en la cuenca principal del mundo.
Otro factor clave de estabilización es el equilibrio fiscal y la estabilización de la deuda neta. Pactar la estabilización del gasto público en el nivel actual durante cinco años permitiría, a través del crecimiento que pueda darse en la recaudación, iniciar un camino consistente de reducción del déficit fiscal, factor ineludible de pérdida de competitividad.
La austeridad es imprescindible por las turbulencias económicas ya inevitables, y porque en un plazo de cinco años casi con certeza el clima también jugará en contra, por sequías o por inundaciones.
Un mundo que crecerá menos es un mundo en el que todos tendemos a perder y, por lo tanto, a tener menos crecimiento y recaudación de la que hubiésemos tenido en una lógica más libre. Si ha de crecer poco la economía mundial, hemos de tener especial celo con el gasto.
Con una cierta mejora de la competitividad, con un impulso al riego y un respaldo al agro, Uruguay puede transitar la tormenta sin mayores sobresaltos. Especialmente si acentuamos la competitividad energética: limpia, accesible y libre de las inestabilidades externas que contagia el precio del petróleo.
La moda Trump mantendrá por un tiempo los temas de la transición energética fuera del radar estadounidense. Pero este camino es clave, no solo para mitigar el cambio climático, sino para bajar costos e independizar el funcionamiento de la economía y el costo de producción de los vaivenes de una energía sucia, importada y politizada.
Tenemos que seguir construyendo una energía limpia, local y estable. En ese sentido, avanzar con eólica, solar, y especialmente hidrógeno, así como con los cultivos oleaginosos cada vez más usados para hacer combustibles alternativos de bajas emisiones. Y seguir atentos a nuevas formas de energía que irán surgiendo debería mantenerse como un rumbo central.
Otros aspectos son más culturales, pero también deberían promoverse. En Canadá y Europa están creciendo fuerte los movimientos que promueven, sin regulaciones, desde la libertad, el estímulo a las compras locales. Elegir lácteos locales, carne local, frutas y verduras, una dieta sana, fresca y que no haya precisado un transporte de miles de kilómetros, que contribuya al pago de salarios locales y al margen de un empresario nacional, desde la libertad tiene mucha más lógica en estos tiempos.
Necesitar cada vez menos petróleo es ganar en estabilidad. Si, además, la mayor eficiencia de energías renovables permite abaratar el uso del riego, se estará ganando también en estabilidad y en menores costos de producción de cultivos claves como el maíz.
Que el gobierno de Estados Unidos promueva el petróleo y desestimule la energía eólica habla de la pérdida de rumbo estadounidense, no de que las energías limpias hayan perdido vigencia.
Otro aspecto interesante puede ser la migración calificada. Científicos y emprendedores de Estados Unidos o de Argentina, que tienen prohibido hablar de cambio climático o que están cansados de la inestabilidad de sus países, pueden recalar en estas tierras y contribuir con su conocimiento a la investigación y desarrollo locales.
La estabilidad de Uruguay valdrá en estos próximos años más que nunca desde 1929. Cabe recordar el durísimo impacto económico e institucional que tuvo aquella debacle bursátil. Mientras dure la locura de los aranceles y la inestabilidad promovida, blindar la estabilidad uruguaya y cuidarla lo más posible debe ser una prioridad como prevención de las amenazas. Acelerar el trabajo por nuevos mercados significará multiplicar las oportunidades.
Un agro pujante y competitivo es la clave de los próximos años, con menos atraso cambiario y más destinos a los que llegar, y fuentes diversas y más accesibles de energía, más riego y menos riesgo.
Y respecto a las decisiones del presidente de Estados Unidos, cabe compartir con el analista italiano Andrea Rizzi, en El País de Madrid: “El mundo observa atónito las llamas del incendio neroniano prendido en Washington. Las llamas trumpistas quemarán a lo largo y ancho del globo. Pero abren también grandes oportunidades para otros. A por ellas…, creyendo en nosotros”.