Ese 80% no es un número caprichoso, responde a un consenso académico y científico internacional que señala que los sistemas más avanzados, donde se equilibran eficiencia, impacto ambiental y rédito económico, se mueven justamente en ese rango, y no en el 100% del potencial teórico.
En soja el análisis a escala país arroja un rendimiento potencial (Yp) del orden de 6.600 kg/ha, un rendimiento limitado por agua (Yw) de 4.600 kg/ha y un rendimiento actual (Ya) de 2.300 kg/ha. En esta síntesis, Rizzo marca un “promedio señalado” de 3.700 kg/ha como referencia del nivel alcanzable. A partir de estos valores, el ajuste fino del manejo agronómico explica buena parte de la brecha que hoy queda por capturar.
En maíz los números son todavía más elocuentes: el rinde potencial se ubica en 17.000 kg/ha, el limitado por agua en 14.000 kg/ha y el rinde actual en 5.800 kg/ha, con un “promedio señalado” de 11.400 kg/ha.
En trigo, el rendimiento potencial es 6.900 kg/ha, el rendimiento limitado por agua 6.800 kg/ha y el rendimiento actual 3.600 kg/ha, con un promedio señalado de 5.500 kg/ha. Sobre esa base se construyen las brechas explotables de 1.400 kg/ha en soja, 5.600 kg/ha en maíz y 1.900 kg/ha en trigo.
Soja: margen importante bajo riego
En soja el estudio confirma que Uruguay tiene todavía un margen de mejora relevante en todos los planteos. “Encontramos que hay en los sistemas regados 2.000 kg/ha para ganar, aproximadamente, y en secano 1.500 kg/ha. Eso es a nivel alcanzable”, señaló Rizzo.
Detalló que “la brecha explotable en Uruguay para soja de primera se ubica en 3.800 kg/ha, en soja de segunda es de 3.600 kg/ha, en soja de primera bajo riego es de 5.400 kg/ha y en soja de segunda bajo riego es de 5.000 kg/ha”.
Esos valores ilustran que, aun en un cultivo que suele considerarse relativamente estable, las diferencias entre lo que se logra y lo que se podría lograr son significativas.
Maíz: mayor potencial sin expresar
El maíz aparece como el cultivo con mayor potencial productivo sin explotar. “Tenemos una media que está cerca de los 6.000 kg/ha, y hay 5.600 kg/ha para sumar arriba del promedio”, resumió Rizzo. A nivel nacional esa es la brecha explotable, que se puede capturar con ajustes de manejo.
El potencial de maíz, si todo fuese regado, “está en 17.000 kg/ha aproximadamente, y en secano sería 14.000 kg/ha”, explicó. El potencial alcanzable en secano se define, nuevamente, como el 80% de esos 14.000 kg/ha.
Trigo: muy sensible al clima
En trigo las brechas son menores en comparación con el maíz, aunque no irrelevantes. “Estamos con una media de 3.600 kg/ha y estimamos que se puede llegar a 5.500 kg/ha dentro del potencial explotable. O sea que el potencial total está 20% por arriba de esas 5,5 toneladas, con lo cual el número es de casi 7.000 kg/ha”, explicó el investigador.
Cómo cerrar la brecha explotable
Una vez cuantificado el espacio para crecer, la pregunta es inevitable: ¿cómo se cierran esas brechas? Para responderla el grupo retomó un trabajo de referencia de Fisher y Connor (2015), que propone una especie de “escalera tecnológica” para aumentar rendimientos a partir de decisiones de manejo.
Fisher y Connor, académicos de referencia que han marcado el camino en muchas áreas, “en ese trabajo mostraban los pasos a seguir para incrementar rinde y queríamos marcar los pasos en Uruguay”, comentó el docente de Facultad de Agronomía. Por lo tanto, la idea fue adaptar esos escalones a la realidad productiva del país.
En la base de la escalera aparecen las decisiones más sencillas y, a la vez, más determinantes: fecha de siembra, población, espaciamiento y manejo de los factores reductores. Se trata de asegurar una implantación adecuada y controlar de forma eficiente el enmalezamiento, las enfermedades y las plagas, aplicando umbrales críticos y monitoreo sistemático. Son prácticas conocidas, pero no siempre aplicadas con la precisión necesaria.
En un segundo escalón se ubica la incorporación de cultivos de servicio, la planificación de la secuencia y de la diversidad, capitalizando los beneficios que aporta la diversificación –desde la estructura del suelo hasta el control de malezas y la estabilidad de los sistemas–. La rotación deja de ser solo un orden de cultivos y pasa a ser una herramienta de manejo.
Un tercer nivel está dado por la fertilización y el paquete genético: nutrición equilibrada (nitrógeno, fósforo, potasio, azufre, zinc, según el caso), nuevos cultivares o híbridos adaptados y de alto rendimiento, que permitan aprovechar mejor los recursos que ofrece el sistema.
“Hay un paso también que es la incorporación de cultivares con más tecnología, adaptados, con mayor rendimiento, que mejoran el trabajo de los agricultores y de los agrónomos; facilitan y hacen más eficiente al sistema”, subrayó Rizzo.
La siembra directa y las plantadoras de precisión integran otro escalón clave. Si bien la siembra directa está ampliamente difundida en Uruguay, se la puede plantear casi como “paso cero”, pero hay saltos para dar, al combinarla con maquinaria de precisión capaz de sembrar con alta uniformidad, dosificación precisa y buena colocación de la semilla.
En la parte alta de la escalera se ubican la agricultura por ambientes, la agricultura de precisión y la agricultura digital: herramientas que permiten ajustar dosis, identificar ambientes dentro del lote, monitorear el estado nutricional y sanitario del cultivo, y tomar decisiones apoyadas en datos. Drones, sensores y plataformas digitales ya disponibles –y otras en desarrollo– abren la puerta a un manejo mucho más fino de los factores que explican las brechas de rendimiento.
Productividad y sostenibilidad
El cierre de brechas no se plantea solo como un objetivo productivo, sino también como un aporte a la sostenibilidad de los sistemas. “Hay una dimensión ambiental importante, que no se puede perder de vista, también hay empresas atrás y familias que viven de esto. Por lo tanto, también hay una parte económica que es muy importante, y entre esas dos cosas es relevante la parte biológica, que alcanzar brechas sea óptimo”, consideró el investigador.
Desde el punto de vista ambiental, aumentar rendimientos sobre la misma superficie puede contribuir a mejorar el ingreso de carbono al sistema y a hacer un uso más eficiente de insumos y recursos. Pero el estudio advierte que es imprescindible definir límites.
“Cerrar estas brechas también es un aporte a las sostenibilidades de sistemas, porque puede aumentar el ingreso en el carbono. Entiendo que también es importante ponerle límites ambientales, y por eso hay ciertos umbrales que no se deberían pasar”, sostuvo.
El desafío, en esa línea, pasa por identificar cuáles son esos niveles, cuáles son los indicadores que deben monitorearse y cómo integrarlos en la toma de decisiones. Se trata de cuantificar, medir y gestionar, no solo de perseguir el mayor rendimiento posible, puntualizó.
Pero aprovechar ese potencial exige algo más que tecnología aislada: requiere sistemas mejor manejados, rotaciones más robustas, decisiones ajustadas a cada ambiente y un uso inteligente de la información. En un contexto de costos crecientes, precios volátiles y cambio climático, la eficiencia productiva se vuelve un factor clave de la competitividad.
El próximo salto de la agricultura uruguaya no necesariamente vendrá de aumentar el área sembrada, sino de producir mejor sobre el área actual: con mayor estabilidad, menor variabilidad y un uso más preciso de los recursos.