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    Los desafíos del verano

    La problemática de la rentabilidad del sector agrícola es global. Y a pesar de la falta de utilidades en el negocio, los productores en el mundo siguen apostando a aumentar la producción, a mejorar sus sistemas de almacenamiento y a reclamar a sus gobiernos por mejores apoyos

    Mientras los agricultores uruguayos arrancan a sembrar maíz con furia, como si no hubiera mañana, los mercados agrícolas siguen sin recuperarse. Y el panorama para el futuro inmediato no es el mejor.

    Empecemos por los cultivos de invierno, que están en la etapa clave de determinación de su rendimiento. Fueron sembrados en condiciones difíciles y les costó implantarse correctamente. En números gruesos, se sembró en el entorno de las 700.000 hectáreas, de las cuales 300.000 son de trigo, 170.000 de cebada cervecera y 212.000 de colza y carinata.

    ¿Cuál de los tres tiene mejor prospecto en materia de precios? Por lejos, la colza y la carinata son las que tienen mejores fundamentos de mercado, pero son las que rinden menos por hectárea, con lo que la chance de “salvar” el resultado del invierno queda un poco lejos.

    El trigo y la cebada están jugados a lograr rendimientos excepcionales para compensar lo que los precios hasta ahora no han mostrado: el trigo diciembre en Chicago (la referencia de la cebada) está a menos de US$ 190 por tonelada. Y el trigo FOB Argentina, nuestra referencia regional, está en US$ 215 (sin presión de cosecha aún), por lo que es dable esperar que baje, y trasladado a un precio al productor seguramente esté igual o por debajo de la cebada.

    Si suponemos un precio en cosecha no muy diferente del actual (no tenemos muchos fundamentos para pensar en que vamos a salir de esta malaria de precios), hay que sacar muy buenos rindes en invierno para pagar las cuentas (ya no hablemos de ganar). Esto es importante, porque una parte considerable de la siembra de cultivos de segunda en verano tiene que ver con el ánimo del agricultor en función de cómo le va en invierno.

    Si usted tiene un costo, por ejemplo, de US$ 800 por hectárea, sin renta, y el trigo o la cebada vale U$S 190 por tonelada, tiene que sacar 4,2 toneladas por hectárea para empatar. Ese es casi el rinde promedio nacional, con excepción de la zafra 2024-2025, que tuvo el más alto de la serie. Es decir, muchos agricultores uruguayos, a menos que hayan sido excelentes en sus ventas anticipadas, están jugados a que el rinde y los precios mejoren, porque si no, arriesgan a empatar o perder.

    Esto nos lleva a los cultivos de verano. La experiencia nos enseña que el agricultor suele ponderar más cómo le fue en el año inmediato anterior. Así, si bien los precios del maíz y la soja no fueron brillantes, lo que sí fue estelar fue el rendimiento obtenido. Y no cuesta nada soñar que este año va a ser igual que el anterior.

    Y ahí es donde empezamos a patinar. El maíz vale lo que vale porque la ganadería uruguaya está pasando un momento excepcional, igual que la lechería. Pero no necesitamos que el precio del novillo caiga un 40%, como ocurrió en el pasado, para ponernos a pensar qué hacer con el maíz. Basta con un 15% y estar debajo de los US$ 5 por kilo para escuchar las quejas.

    La soja el año pasado se vendió a un precio promedio de US$ 366 por tonelada (tuvimos precios entre US$ 330 y 380), y hasta hace una semana nos ofrecían US$ 365 por tonelada, que no parece malo para la soja de 2026.

    Todo se centra en cuántos kilos se pueden sacar, para lo cual sin dudas pesa mucho lo que haga el clima. Con un pronóstico de año Niña para fin de primavera e inicio del verano, se tiene que dar una alineación astral muy particular para no perder kilos con el clima. Y en el ánimo que dejó la cosecha de invierno, que suma 700.000 hectáreas, de las cuales buena parte va a siembras de segunda.

    Como pasa en el fútbol, los rivales también juegan. Brasil aumenta nuevamente su producción de soja de 172 millones de toneladas (Mt) a 177 Mt. China, si bien aumenta su consumo, seguramente siga comprando todo lo que pueda en la región y va rumbo a saltearse las compras en Estados Unidos. Esto sería algo histórico, y nos pone de cara a un nuevo escenario: nuevamente somos chinodependientes en la colocación de soja.

    La problemática de la rentabilidad del sector agrícola es global. Y a pesar de la falta de utilidades en el negocio, los productores en el mundo siguen apostando a aumentar la producción, a mejorar sus sistemas de almacenamiento y a reclamar a sus gobiernos por mejores apoyos.

    En Estados Unidos el productor puramente agrícola hace tres años que tiene rentabilidad negativa, a pesar de las medidas de soporte del gobierno de ese país. Y seguramente la salida de esta crisis sea volver a los mismos instrumentos que los hacen inmunes a precios bajos, porque el que paga la diferencia es la tesorería.

    De momento no se ve, en ningún grano, un ajuste del área a la baja de forma significativa que haga saltar las alarmas y que impacte en los precios.

    Uruguay sigue pagando el peaje que significó la gran sequía, pero en términos generales le cuesta adaptarse a los cambios.

    Creo que el cambio geopolítico que estamos viendo va mucho más rápido de lo que opera nuestra capacidad de adaptación, no solo en cuanto al productor, sino el Uruguay en su conjunto y su sistema institucional.

    No es nada que no haya pasado en la historia económica del Uruguay, y si bien los sistemas productivos son más diversos y resilientes, la dinámica de Uruguay sigue arrastrando sus taras macroeconómicas. Estas ya son por todos conocidas: atraso cambiario, baja productividad del trabajo, rigidez del mercado laboral, costos altos en dólares. Y más impuestos, a menos que el Parlamento decida que no corresponde aplicar el Imesi a los agroquímicos.

    Nuestro mejor escenario es que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se dé cuenta de que el camino de una guerra comercial contra todos no es buen negocio (cosa que de momento no le importa mucho).

    Nuestro barrio sigue contagiado de las inestabilidades recurrentes que nos complican: Argentina y su infinita capacidad de autoboicotearse, y Brasil, que arrastra los problemas de volver a reinar sobre el crecimiento y ordenar sus cuentas.

    Hay que ser más proactivos en buscar estabilizar nuestros sistemas productivos y no mentirnos tanto sobre cuáles serán los resultados, porque sin sinceridad económica no vamos a poder ajustar a tiempo el rumbo.

    La fábula de la rana en agua caliente aplica: si los cambios son imperceptibles, no se notan. Ojalá que el clima no nos complique en verano y que los precios repunten; si no, en 2026 vamos a tener más problemas que resolver.

    * El autor es doctor en Gestión Agro Industrial, docente de la Universidad de Montevideo, asesor en comercialización de granos y coberturas de precios.

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