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    ¿Quo vadis, campo natural?

    Durante los pasados dos años el Frente Amplio, la fuerza política que actualmente está en el gobierno y anteriormente estaba en la oposición, promovió acciones tendientes a jerarquizar la producción basada en campo natural.

    Los intentos por desarrollar políticas específicas con relación al tapiz no alterado suelen generar resistencias, lideradas por la Asociación Rural del Uruguay, que teme que establezcan un precedente, que erosionen el derecho a la propiedad privada, por ejemplo, por la vía de restringir el abanico de opciones productivas.

    Generalmente se suele invocar a los pequeños productores como ejemplo de lo inconveniente de una política que limitase la posibilidad de realizar un cultivo forrajero, una pradera con leguminosas o un verdeo que aumente la oferta de alimento del ganado a través de normativas que resguarden el campo natural.

    Este año, aquellas ideas que se sostenían desde la oposición han quedado en un manto de silencio por parte del actual oficialismo. Nada se ha vuelto a hablar sobre promocionar el campo natural.

    Corresponde al especialista en biodiversidad Gerardo Evia la frase “el campo natural es nuestra Amazonia”. Esto vale tanto para el aspecto positivo: tenemos una gran fuente de biodiversidad que el mundo entero debería apreciar; como para el negativo: así como se pierden cada año millones de hectáreas selváticas, también se pierden en Uruguay año tras año miles de hectáreas de campo natural.

    Según el análisis de MapBiomas, entre 1985 y 2024 Uruguay ha perdido unos 2,9 millones de hectáreas de pastizal.

    Todavía usamos como muletilla para destacar las virtudes de Uruguay que “tenemos más de 50% de nuestra superficie de campo natural”. De acuerdo a esta última medición, el dato estaría en 57%. Pero al ritmo que vamos, y a juzgar por las declaraciones del secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, ese enunciado tiene poco tiempo restante.

    Recientemente, Sánchez exhortó a los productores forestales a duplicar la superficie forestada porque “todavía hay espacio”.

    Más allá de otras consideraciones, es interesante observar que el campo natural no puede “crecer”. Una hectárea de campo natural es el fruto de millones de años de evolución, las praderas viejas demoran décadas en volver a algo relativamente parecido a un campo natural. A diferencia de los otros usos de suelo, lo que se pierde se pierde para siempre.

    Esto viene a cuento porque el año que está por empezar será el año mundial del campo natural, el pastoreo y los pastoralistas.

    Es esa una excelente ocasión para que Uruguay se focalice en encontrar políticas de estímulo, que ayuden a emparejar la competencia por los ingresos entre las áreas sobre campo natural y otras producciones que dan más margen tangible, pero tienen costos ocultos, fiscales o ambientales.

    ¿Cómo diseñar políticas de estímulo que mantengan las plenas garantías sobre el derecho de propiedad? ¿Cómo lograr que esas políticas redunen en más valor agregado para los productos surgidos de áreas preservadas? Ese es un tema que debería estar en la agenda de 2026.

    Según informa el Instituto Nacional de Carnes (Inac), Uruguay confirmó en un reciente evento “su coliderazgo junto a Mongolia, en las acciones que se desarrollarán durante 2026 para la celebración de las Naciones Unidas que tiene el objetivo de concienciar sobre el papel fundamental que desempeñan los pastizales y los pastores en la seguridad alimentaria, la adaptación y mitigación del cambio climático, la salud de los ecosistemas y las economías nacionales y locales”.

    En esa actividad, el subsecretario del Ministerio de Ganadería, Matías Carámbula, destacó que “para Uruguay este año internacional representa mucho más que una conmemoración; representa nuestra historia, nuestra identidad colectiva y la forma en que como nación aprendimos a relacionarnos con el territorio, con la naturaleza y con quienes la trabajan día a día”. “Uruguay nació literalmente sobre el campo natural”, enfatizó.

    La realidad es que entre 1985 y 2024 se perdió 22% del área de campo natural. Parte de la natural evolución de la economía, podría argumentarse. Pero también podría argumentarse: síntoma de que no estamos logrando valorizar lo suficiente las virtudes de producir preservando la biodiversidad milenaria de los campos, que son parte indiscutible de nuestra identidad como país y como sociedad.

    Una valorización que sería clave para zonas como las del basalto, donde hay una vulnerabilidad mayor ante sequías y menos alternativas productivas.

    Sin leyes que aten las manos a los productores, ¿qué puede hacerse? La investigación es una respuesta cantada para aumentar la productividad y la resiliencia de los sistemas. La certificación podría estar en la otra punta del proceso.

    Una buena noticia de los anuncios realizados en FAO es que Uruguay liderará, junto con Mongolia, las actividades celebratorias del año próximo. Tal vez países africanos, como Kenia y Namibia, donde la producción en pastizales es tan relevante, podrían unirse a una celebración sur-sur de los pastizales.

    Los objetivos de celebrar estos ecosistemas en 2026 son: aumentar la conciencia pública sobre el valor social que se deriva de los pastizales y los pastores; promover el conocimiento, la innovación y la creación de coaliciones entre los pastores para satisfacer las necesidades contemporáneas; promover políticas y leyes basadas en la evidencia, que apoyen la gestión sostenible de los pastizales y los medios de vida de los pastores; fomentar la inversión ética para abordar los desafíos que enfrentan los pastizales y los pastores en el siglo XXI.

    Los recientes acuerdos del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) para realizar investigaciones conjuntas con su par brasileña Embrapa podrían servir de base para acuerdos similares con las instituciones de Asia y África.

    En cualquier caso, sería muy bueno que lo que la fuerza política puso en agenda siendo oposición se lleve adelante siendo gobierno.

    No se trata de proteger el campo natural solamente por su valor patrimonial, por su importancia respecto a ser un componente esencial de nuestra identidad como país y sociedad. En esta era de genética molecular cada vez más detallada, seguramente hay allí secuencias génicas que son joyas de adaptación a nuestras condiciones.

    De la productividad de géneros, como Paspalum y Bromus, a la resistencia a la sequía y la tolerancia a la inundación, no se trata de conservar reliquias —que también lo son—, se trata de no seguir perdiendo una herramienta fundamental en lo productivo y en lo comercial para la valorización de nuestra carne y lana. Se trata también de explorar las fronteras de la tecnología para desarrollar todo lo valioso que se encuentra en lo preservado.

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