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    Revolución de los cultivos de invierno: en pocos días empezará la quinta muy buena cosecha consecutiva

    Trigo y cebada suman cinco años con un rendimiento promedio que no baja de 4.000 kilos por hectárea y este año no será la excepción, salvo que ocurra algo muy extraño en las semanas que quedan para levantar la producción

    Con la llegada de la soja a Uruguay a comienzos de este siglo la agricultura uruguaya tuvo cambios inéditos: se volvió un pilar central de las exportaciones, aumentó en área, se volcó como nunca antes a los cultivos de verano, especialmente a la oleaginosa estival, de la mano de la siembra directa y los cultivos genéticamente modificados, que simplificaron el manejo y permitieron controlar las malezas sin afectar a la estructura del suelo.

    Los cultivos de invierno quedaron relegados como opción de segundo plano, para aliviar el costo de la renta de la tierra. Para evitar la erosión fue avanzando la prédica y la legislación de implantar cultivos de servicio o “puentes verdes”, inicialmente avenas de bajo costo para mantener al suelo con una cobertura verde que actuara como prevención de la erosión.

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    Hace 10 años empezaron a gestarse cambios que emergieron en los últimos cinco años, y que han generado un vuelco trascendental en la agricultura uruguaya, donde los cultivos de invierno asumieron un protagonismo cada vez mayor. La agricultura de invierno creció en área, en rendimiento, se diversifica y en pocos días más empezará su quinta muy buena cosecha consecutiva en Uruguay, lo que sienta las bases de un nuevo crecimiento en 2025.

    Uno de los cambios fundamentales ha sido el de la productividad en los cereales tradicionales. Trigo y cebada suman cinco años con un rendimiento promedio que no baja de 4.000 kilos por hectárea (kg/ha), lo que antes era una marca que solo alcanzaba una élite. Hoy la punta de rendimientos está cerca de 7.000 kg/ha. Este año no será la excepción, salvo que ocurra algo muy extraño en las pocas semanas que quedan para la cosecha.

    Una agricultura de dos cultivos ha pasado a tener cinco opciones y una sexta si se considera al lupino, utilizado para la alimentación animal

    Y eso no es porque estos años hayan sido perfectos climáticamente. La siembra se demoró en este otoño, por el exceso de lluvias, lo que redujo la superficie de colza y llevó a un traslado de área al trigo, que se sembró en buena parte más tarde de lo ideal.

    Las lluvias y la ausencia de olas de calor en octubre aseguraron el desempeño –nuevamente positivo este año– de trigo y cebada, cultivos que hasta una década atrás no lograban pasar los 3.000 kg/ha y que tendrán cinco años consecutivos con una productividad mayor a 4.000 kg/ha.

    Aunque todavía persiste un riesgo, ante las lluvias de esta semana y la anterior: el ataque de hongos cuando trigo y cebada todavía están en floración, el temido Fusarium.

    Área y rendimientos. Y la confianza que generan los altos rendimientos va incentivando un aumento persistente del área, que estaba por debajo de 200.000 hectáreas en 2018 y 2019, y se ubica probablemente entre 360.000 y 370.000 hectáreas este año. Hay quienes hablan hasta de las cercanías de 400.000 hectáreas por la migración de colza al trigo que generaron las lluvias de otoño.

    Eso hace que la producción de trigo se ubique apenas por debajo de 2 millones de toneladas y se consolide como un rubro importante de exportación.

    La misma trayectoria ha seguido la cebada, aunque los productores consideran que hay un rezago en la genética disponible. Los cultivos se encaminan a un rendimiento claramente superior a los 4.000 kg/ha y la expansión del cultivo se ha visto consolidada por la ampliación de las industrias presentes en el país y el desarrollo de un mercado de cebada forrajera que ha tenido uso doméstico y también para exportación.

    La superficie a cosechar de cebada puede ubicarse en 262.000 hectáreas, que significa un récord para Uruguay. Esa área se configura por la superficie de las dos malterías, que suma 230.000 hectáreas, más 32.000 que según estima el sector privado se han sembrado para uso forrajero.

    Este año la suma de trigo y cebada pueden representar una producción conjunta de 3 millones de toneladas, la mayor en cereales de invierno

    Colza y carinata. Por su parte, colza y carinata no salen de rendimientos modestos, pero con un precio internacional de los aceites que levanta vuelo y permiten alcanzar buenos márgenes.

    La colza tuvo un desarrollo más irregular, bajó el área respecto a los dos años anteriores, cuando el precio fue muy alto y el otoño propicio. Es un cultivo que se mantiene en un eje de rendimiento del orden de 1.700 kg/ha. El área este año ha bajado a unas 120.000 hectáreas, caída que se da por segundo año consecutivo, por factores comerciales el año pasado y de clima en este año.

    Aún así cabe destacar el alto piso de área que tiene un cultivo que se ha afianzado como parte del sistema. En el sector privado se ve una perspectiva de estabilización del área de colza de 200.000 hectáreas que pueden llegara 300.000 cuando se sumen áreas mayores de carinata y camelina en el futuro.

    Los precios. Mientras que el trigo y la cebada cotizan algo por encima de los US$ 200 por tonelada, lo que exige los altos rendimientos para lograr un margen, las oleaginosas invernales tienen los precios de los buenos. La colza cotiza cerca de US$ 500 por tonelada la carinata a US$ 540 por tonelada, lo que lleva a que estos cultivos tengan también un atractivo importante.

    Las chacras de trigo y cebada que tengan un rendimiento del orden de 4.500 kg/ha van a tener una facturación cercana a US$ 900 por hectárea; mientras que en colza un rendimiento de 1.700 kg/ha permitiría, vía precio, una facturación cercana a los US$ 800 por hectárea.

    Es una diferencia coherente, porque el costo de producción por hectárea de la colza es menor al del trigo y la cebada, lo que puede dejar a la oleaginosa en un nivel de margen mejor al de los cereales para algunos productores.

    Particularmente, el mercado de las oleaginosas de invierno atraviesa una situación que marca un contraste con la oleaginosa de verano. La soja, que ante la perspectiva de una sucesión de cosechas récord en Estados Unidos –ya casi totalmente levantada– y de Brasil –todavía en los inicios de la siembra– cotiza muy por debajo de los US$ 400 por tonelada. A mediados de octubre el premio de la colza sobre la soja 2025 está en unos US$ 130 por tonelada, con la colza a un precio superior a US$ 490 y la soja en US$ 360 por tonelada.

    Otros cultivos. Si nos vamos a cultivos similares a colza, pero sembrados exclusivamente para la aviación, como la carinata –parienta cercana a la colza–, el precio se va a US$ 548 por tonelada, casi US$ 200 por encima de la soja. En su segundo año de presencia comercial suma 7.000 hectáreas y la intención es que vaya creciendo a áreas notoriamente mayores.

    Detrás de estos buenos precios hay una tendencia importante y que tiene mucho camino por delante. Conviene a estos efectos tener presente una sigla en inglés: SAF (combustibles sustentables para la aviación). Esta es una de las tendencias más fuertes que rediseñan la agricultura, porque las empresas de aviación se han comprometido a sustituir al 2030 el 10% del combustible fósil que usan por combustibles no fósiles.

    Ese es el destino total de la Carinata y parcial de la colza. Eso también ha dado lugar a otro cultivo similar botánicamente: la Camelina. Es cultivo que se empezará a cosechar por primera vez en Uruguay a fines de este mes, y que está sumando en su primer año otras 5.000 hectáreas.

    Así, una agricultura de dos cultivos ha pasado a tener cinco opciones y una sexta si se considera al lupino, otro cultivo que encuentra su lógica en la alimentación animal, pero que también se ha exportado por primera vez este año. Al empezar el otoño el agricultor deberá decidir entre trigo, cebada, colza, carinata, camelina o lupino.

    Otro aspecto que se busca en estos cultivos es sus ciclos muy cortos. Son campeones, no de los 100 metros llanos sino de cumplir su ciclo en 100 y pocos días, con lo cual consolidan la lógica de dos cultivos al año, de buen rendimiento, manteniendo el suelo con cobertura verde la mayor parte del tiempo y, de paso, facturando.

    Esto permite un doble cultivo que no sacrifica el rendimiento del cultivo posterior. Posiblemente se siembre más soja, dadas las restricciones vigentes en el maíz de segunda a partir de la llegada de la plaga chicharrita y las enfermedades vinculadas en la zafra pasada.

    Mientras la agricultura de verano va a los tropiezos, amenazada por sequías, olas de calor y en este ciclo los bajos precios de la soja, a lo que se suma desde el año pasado los problemas sanitarios del maíz, sin otras opciones firmes que maíz o soja, en invierno surgen cada año nuevas especies, que dan la posibilidad de diversificar las rotaciones y mejorar el control de malezas y la prevención de enfermedades.

    Tal vez en el futuro el girasol gane terreno –los aceites otra vez–, o haya un regreso del sorgo en algunas zonas si se logra encontrar algún canal exportador que por ahora no luce atractivo.

    Así Uruguay ha pasado del autoabastecimiento a exportaciones cercanas a 1 millón de toneladas de trigo cada año, complementado por los otros cultivos. Esto permite un trabajo mucho más parejo de fletes y puertos, además de generalizar la lógica del doble cultivos y los ingresos mejor distribuidos a lo largo del año para los agricultores y los contratistas.

    Este año la suma de trigo y cebada pueden representar una producción conjunta de 3 millones de toneladas, la mayor seguramente registrada para los cereales de invierno. En colza será una producción menor, pero ya sólidamente establecida, tanto en el mercado interno como en la exportación, y quedará a la espera de mejores condiciones climáticas para volver a crecer el año próximo.

    Esa alternancia también permite mucho mejor control de las malezas, ya que el raigrás se ha convertido en un problema grave, pero más fácil de controlar cuando no logra instalarse como polizón en otros cultivos de gramíneas.

    Por otra parte, la lógica de los “puentes verdes”, establecidos solo para cubrir el suelo, ha ido evolucionando y así se pasó a la de los “cultivos de servicio”, que proporcionan otras prestaciones al sistema y de estos a cultivos de servicio que facturan, de la mano de oleaginosas de ciclo muy corto, como la camelina, que sobre fines de este mes se cosechará por primera vez en Uruguay.

    Y así la agricultura uruguaya contribuye con el trigo a la seguridad alimentaria regional y global, y con las nuevas oleaginosas a descarbonizar un sector de la economía altamente contaminantes, como es la aviación.

    La lógica de cinco años consecutivos de buenos resultados de la agricultura invernal muestra que ya no es solo un azar climático favorable el que sostiene la tendencia. Uruguay logra más kilos por hectárea de trigo y cebada que la mayoría de los países del mundo, incluidos Argentina y Estados Unidos.

    Cabe esperar que las áreas agrícolas de invierno y de verano se sigan emparejando, una muy buena noticia para la economía uruguaya en su conjunto. El área invernal pasó de 400.000 hectáreas en 2018 a casi 800.000 en la inminente cosecha. Y seguramente irá por más en los próximos años. No demoraremos en ver un área invernal de más de 1 millón de hectáreas.

    Las oleaginosas de invierno en la mirada de la MTO

    El Encuentro de la Mesa Tecnológica de Oleaginosos (MTO) dedicó una mesa redonda a las oportunidades que se le abren a Uruguay con las oleaginosas de invierno, espacio que tuvo cuatro expositores.

    Uno de ellos fue el gerente de Cargill en Uruguay, Gabriel di Giovannantonio, quien apuntó que 20% de los aceites del mundo se producen para biocombustibles, dado que la población mundial se va frenando y esta demanda se acelera. Destacó otro aspecto de la diversificación, ya que el precio está asociado a un componente internacional, pero europeo en lugar de Chicago. Y, por otro lado, permite al mundo generar oleaginosas de invierno en una época en que solo Australia y Uruguay lo tienen disponibles.

    En un sentido similar, el director de Barraca Erro, German Bremermann, destacó la diversificación de riesgos y el contraste entre 20 años de historia en colza con más de 100 años en trigo y cebada. La diversificación de riesgos “es algo que ayuda muchísimo”, y además permite un mejor reparto de las fechas, porque “con la introducción de camelina vamos a poder estar sembrando desde abril-mayo hasta julio, ya que se puede sembrar más tarde, entre el 15 de junio y el 15 de julio, y se cosecha temprano; es muy interesante”, remarcó. También se refirió a la importancia de mirar el sistema, además de cada cultivo en particular.

    Por otra parte, destacó la mejora en las propiedad físicas del suelo cuando hay una colza de alto rendimiento, que deriva en un mejor resultado de los cultivos de verano posteriores.

    Estimó en un rango de 400 a 600 kilos por hectárea (kg/ha) de soja el aumento en el rendimiento derivado de la colza, cuyos efectos se notan inclusive en un trigo posterior.

    El gerente de Alur, Álvaro Lorenzo, describió diversos caminos de los combustibles líquidos renovables: los combustibles sintéticos; el hidrógeno mezclado con CO2 –del que ya hay un proyecto en Uruguay, con destino a la aviación–, un segundo camino es el etanol hacia combustibles de aviación; y la ruta HEFA (ésteres y ácidos grasos hidrotratados, por su sigla en inglés) es muy importante, porque lleva a diesel renovable.

    Sostuv que la gran oportunidad inmediata es el SAF. Explicó que la HEFA se ha estancado por la falta de materia primas, porque el aceite de palma ha sido inhabilitado por provenir de áreas deforestadas.

    El presidente de la Asociación Agropecuaria de Dolores, Enrique Carlos Oyharzábal, planteó las ventajas de las oleaginosas de invierno en: agronómicas, empresariales y comerciales. Dijo que las agronómicas tienen que ver con los beneficios sanitarios de la diversificación, que permiten manejar rastrojos más sanos que “purifican” el sistema.

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