En Chiles Cumbal los indígenas trabajan voluntariamente en su cuidado. No reciben ningún apoyo del cabildo, el gobierno de su comunidad. Ocasionalmente se benefician de programas liderados por entidades de gobierno (como el actual Páramos para la Vida del Instituto Humboldt) u ONGs ambientales. Un proyecto del mercado de carbono que alberga Cumbal, prometió en 2022 financiarlos para que conservaran el páramo y el bosque de niebla, pero se hizo sin que la mayoría se enterara siquiera (ver la historia ‘El páramo al que se le paga por sus servicios hídricos pero que no recibe ese dinero’ de Aguas partidas). Y hasta hoy ninguno ha recibido un peso de esos bonos de carbono.
Este es el álbum -quizás incompleto, pero ilustrativo- de nueve personas que han asumido la misión de ser custodios del páramo y del agua. Forma parte de la investigación Aguas Partidas que coordinó el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en alianza con el Instituto Serrapilheira de Brasil y ocho medios de la región.
La propagadora de semillas difíciles
“El nevado tiene la naturaleza, tiene el azufre, tiene el hielo y es bonito. Hay nubes y de allá arriba se ven unas lagunas y unas casitas de unos frailejones y unos arbolitos”, contó Liliana Apala en el cortometraje documental ‘Los niños del hielo’, que protagonizó hace tres décadas. Entonces su familia recogía hielo y azufre en el cráter humeante del volcán Cumbal para vender. Hoy ella está dedicada a cuidar esa ‘casita’ y esos ‘arbolitos’.
Desde hace trece años, cuando fundó el vivero Monos Dorados del Sol, Alpala es reconocida como una de las personas más habilidosas en el país para propagar las plantas nativas. Ese talento la llevó a ser autora del libro científico ‘Viveros de páramo’ publicado en 2021 por el Instituto Humboldt, una entidad del gobierno que está a cargo de la investigación sobre biodiversidad en Colombia. Su vivero no está activo, pero está construyendo uno nuevo a un kilómetro del original, donde espera volver a tener de nuevo 12 mil plántulas.
La mayor pasión de Liliana, hoy de 37 años, es propagar las semillas más difíciles, usando técnicas que ha aprendido en talleres a lo largo de los años, desde remojarlas en agua de coco (el chilco, con sus pequeñas flores blancas en forma de campanita) hasta llevarlas al punto de ebullición para que la testa que la recubre suelte (la acacia, muy usada para leña). Con estos trucos ha logrado reducir los tiempos de propagación de especies difíciles como el capote o polylepis de seis meses a uno.
Al ibilán, un arbusto de flores violáceas que se usa como tinte natural pero que tiene una semilla tan diminuta como dura, la lima y luego la lija. Al pichanga, un arbusto de la familia de los sietecueros que atrae mucho a los colibríes, le deja dos semanas en agua de lluvia en la nevera. Y el que más sueña con propagar, que hasta ahora le ha sido esquivo, es un árbol de hojas alargadas y diminutas flores naranja llamado chita o quishuar. “Ese lo voy a resolver, ya sé dónde hay”, dice. “Cuando uno propaga, mira a los árboles diferente. Va buscando cuándo son los tiempos de floración, cuándo hay la semilla en los árboles”.
A esa iniciativa que ella describe como ‘comercial’, Alpala le añade una ‘comunitaria’: un colectivo y biblioteca comunitaria -Saberes de los Machines- que fundó con sus vecinos para trabajar en temas ambientales. Tiene otra que llama ‘personal’: una parcela familiar de 5 hectáreas en páramo que viene restaurando de a pocos. Lo ha hecho con recursos de algunos programas estatales y de ONG ambientales, ningún peso del proyecto de carbono en su territorio.
Todos esos esfuerzos caben dentro de lo que los científicos llaman restauración ecológica desde las comunidades o participativa, que busca recuperar la biodiversidad, las funciones y el equilibrio de un ecosistema de la mano de quienes viven allí.
“Es fundamental que estas iniciativas locales sean parte de la toma de decisiones sobre qué restaurar, dónde y cómo hacerlo por su conocimiento del territorio que proviene de su relacionamiento cotidiano con la montaña”, dice la ecóloga tropical Diana Isabel Jiménez, quien está haciendo su tesis de doctorado en la Universidad de Marburgo sobre este y otros 19 procesos comunitarios similares en cinco departamentos del país.
Ellos son clave, explica, porque conocen las dinámicas del paisaje, las especies apropiadas para cada zona y los sitios estratégicos para proteger el agua. “Pero también los valoran desde una mirada cultural porque hacen parte de su historia en el territorio, de sus ancestros e incluso de sus orígenes”, añade Jiménez, quien lleva más de una década trabajando en la zona de transición entre páramos y bosques nublados.
Aunque a sus ocho años Liliana Alpala hablaba en ‘Los niños del hielo’ de una profesión ya desaparecida y luego se dedicó a otro trabajo más ambiental, su frase de cierre en ese documental luce hoy premonitoria: “Si se acabara el Cumbal, nosotros quedamos pobres”.
El detective de la enfermedad del frailejón
Uno de los secretos mejor guardados de los frailejones, las espigadas plantas llamadas así porque parecen monjes en la niebla, son sus hojas organizadas en forma de roseta y recubiertas de pequeños vellos. Es lo que les permite interceptar el agua de la niebla y conducirla al suelo del páramo. Y es justo lo que está atacando su némesis, la larva de una polilla recién descubierta por la ciencia que se alimenta de los tejidos tiernos de las hojas nuevas.
Desde hace dos años, Andrés Chalparizan viene estudiando esta enfermedad detectada en el páramo de Chingaza en 2009 y que parece haberse expandido por otros del país. Empezó a hacerlo como parte de un proyecto de Corponariño -la autoridad ambiental del departamento- en la laguna Azufral, un páramo cercano que también forma parte del complejo Chiles Cumbal. Allí visitaba una agrupación de 70 frailejones cada tres meses, midiendo el crecimiento de su roseta, contando sus hojas y sus flores, revisando si producían semillas y también si se veía alguna necrosis.
Fue así como Chalparizan entendió que la polilla pluma, una especie descrita por primera vez en 2014 por biólogos de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, pone sus huevos dentro del frailejón. Sus larvas de color ocre luego encuentran un verdadero banquete, dejando puntos negruzcos y hojas entorchadas a su paso. Ahí empiezan los problemas: al comerse los meristemos -o tejidos jóvenes del frailejón- afectan su crecimiento, que ocurre desde el centro de la roseta hacia fuera. De paso hacen que las flores amarillas, que sobresalen como un periscopio, produzcan semillas vanas.
Aunque el origen y los síntomas ya están identificados, la causa de su expansión aún es un misterio: una hipótesis es que podría ser por el cambio climático, que posiblemente haya facilitado su reproducción y que está favoreciendo cada vez más la aparición de nuevas enfermedades, plagas y especies que invaden los ecosistemas, alterando su funcionamiento.
La preocupación de Chalparizan, un tecnólogo en viveros de 43 años, aumentó cuando la detectó en el páramo cercano a su casa. En parte porque siempre le ha fascinado esa planta emblemática que figura en la moneda colombiana de 100 pesos y a ambos lados de la puerta de su casa. “Sabiendo uno como capturan el agua de la niebla y la van soltando, ¿cómo no va uno a aprender a propagarlo?”, dice. En su patio trasero lo viene intentando, mientras entretiene el sueño de crear un vivero solo de frailejones, que inició pero al que no ha podido darle rienda suelta porque aún no sabe si sería sostenible. “¿Quién me los compraría? ¿Cómo los cuido, dado que demoran dos años para poder trasplantarlos? En muchas de estas iniciativas ambientales nos estrellamos con una barrera económica”, dice quien ha sido una suerte de ‘todero’ -bombero, viverista, restaurador- en las iniciativas de cuidado del páramo. Del proyecto de carbono no ha recibido nada.
Entre tanto sueña con crear un documento que recoja todos los datos de su monitoreo de la polilla, para poderlos cruzar con los de otros páramos, y con poder aplicarles algún remedio que no sea un insecticida.
El fotógrafo de los animales del páramo
Hasta el 28 de junio de 2025, nadie en Cumbal sabía que en su territorio indígena había un puma, un animal particularmente esquivo. Lo supieron cuando la que podría ser una hembra se quedó observando de frente, a medianoche, la cámara trampa que Armando Aza instaló en el páramo. La mañana siguiente, otro puma -posiblemente el macho- la pasó caminando de espaldas.
El puma era un animal que figuraba en algunas historias de los mayores, pero que cuando sus colegas de la Casa de la Memoria pintaron en un mural fue objeto de burlas. “¿Cuándo han visto uno?”, les dijeron. Fue el ejercicio de observación participativa de fauna que lideró Aza, un ingeniero agrónomo de 28 años, el que probó su existencia.
A lo largo de nueve meses, las cámaras trampa que instaló con ayuda del Instituto Humboldt en 12 puntos del resguardo -la mitad conservados y la otra mitad degradados, para comparar- arrojaron 27 mil fotos. En ellas captaron la diversidad de la fauna del páramo: puercoespines, comadrejas, zorros de páramo, coatis y el pequeño tinamú de páramo con su plumaje moteado, que hasta hace poco no se conocía en Colombia.
El eje de su trabajo, que los científicos llaman monitoreo participativo o comunitario de la biodiversidad, es que los habitantes locales registren sistemáticamente información que permita entender cómo funciona un ecosistema o sus recursos naturales. Puede tomar muchas formas, desde niños contando monos hasta campesinos instalando micrófonos en los árboles de sus predios para registrar los sonidos. Pese a su valor, hasta hace algunos años estas iniciativas no estaban mapeadas en el país.
Aza y varios compañeros eligieron juntos las dos especies que serían su objeto de estudio. Escogieron al licuango, una pequeña ave marrón que los pajareros llaman tororoí leonado y que sólo suele verse en zonas poco intervenidas, y el capote o polylepis, un árbol que captura agua de la niebla y suelta su corteza como papel mantequilla. Es decir, ambos son indicadores de la salud del ecosistema. “Eran interesantes para mostrar lo que está pasando en nuestro territorio”, dice.
Para su sorpresa, encontraron no una sino tres especies de polylepis, una de los cuales está en estado crítico de extinción a nivel global y otra es vulnerable. Este árbol, común en algunos páramos de Ecuador y Colombia, es fundamental para el ciclo del agua. Una investigación liderada por el ecólogo ecuatoriano Esteban Suárez probó que los bosques de polylepis, también llamado colorado o árbol de papel, son una de las coberturas vegetales que favorece más la infiltración de agua en el suelo, un indicador clave de que el ecosistema la logra retener y soltar gradualmente.
Los hallazgos de Aza y sus colegas muestran en terreno algo que la ciencia viene diciendo hace varias décadas. Los páramos son un ecosistema tan biodiverso que el 60% de sus plantas solo se encuentra allí, lo que los científicos llaman un alto endemismo. “Pueden considerarse un hotspot (o punto muy biodiverso) dentro de un hotspot, ya que se encuentran dentro de los Andes tropicales”, escribieron el botánico Santiago Madriñán y el genetista vegetal Andrés J. Cortés, ambos colombianos, en una investigación que probó que son los parajes que más rápidamente evolucionan en el planeta y que registró al New York Times.
Consultado si recibieron algo del proyecto de carbono, Armando sacude la cabeza. “No, nada”. Solo del proyecto Páramos para la Vida entre el gobierno colombiano y el fondo ambiental mundial GEF.
La cultivadora de papas nativas orgánicas
Mientras muchos de los habitantes de Cumbal siembran en el espacio más grande que puedan, a Liliana Apala le basta con menos de media hectárea.
Ese espacio restringido le funciona porque ella cultiva de una manera opuesta a sus vecinos de vereda. Irma no esparce plaguicidas, rota sus potreros y usa técnicas de preparación del terreno como la melga, haciendo pequeños huecos horizontales en vez de surcos. Y sobre todo, no siembra lo que los demás: en vez de las habituales papas pastusa o diacol capiro, Irma, su padre Alfonso y su madre María cosechan un catálogo entero de papas nativas andinas. Sumando variedades de papas ‘chauchas’ (a las que la mayoría de colombianos llama criollas) y ‘guatas’ (las más grandes), los Chinguad calculan que tienen unas 130 distintas. Aunque las diferencias en sus formas, tamaños y tonalidad de piel son perceptibles al ojo, es cuando ella las rebana ágilmente con el cuchillo que emerge una sinfonía de colores: círculos magenta, estrías rubíes, corazones rosados.
Eso le ha permitido a Irma un nicho distinto en el mercado. En vez de venderlas en la plaza del pueblo, envía un bulto cada mes por Servientrega a un chef bogotano, Óscar René González, que las convierte en su restaurante Innato Cocina de Chapinero en gnocchis chorreadas, salchipapas de colores y sánduches con pan de papa. Una cocina que llama ‘rápida gourmet’, porque los platos no pasan de 6 dólares.
¿Pero por qué una papa nativa ayuda a cuidar el páramo? La respuesta está en el ciclo virtuoso que los Chinguad inician al cultivar. “Entre más orgánico, mejor la producción. Salen más limpias las papas, de mejor sabor. Las visitan las mariposas que ayudan a polinizarlas y, si necesitamos fumigar, usamos un hervido a base de la hierba de ajenjo, que es tan amarga que espanta a muchos bichos. Al no aplicar químicos y no meterle tractor, recuperamos los suelos y no dejamos que pierdan sus nutrientes”, dice Irma. Cincuenta metros más abajo de su potrero sembrado, se yergue un parche de frailejones resguardados en un pequeño valle, que ellos han prometido no tocar.
La apuesta familiar de los Chinguad va en línea con una recomendación central de los técnicos ambientales: conservar el páramo se logra no sólo protegiendo donde está en buen estado y restaurar donde ha sido degradado, sino también mudando las prácticas en zonas aledañas. En Cumbal, eso implica una ganadería menos extensiva y cultivar con menos químicos. Esos “arreglos agroecológicos combinan la visión de mercado con la de biodiversidad”, argumenta el plan de lo que el Instituto Humboldt llamó ‘transiciones socioecológicas hacia la sostenibilidad’. O, como dice el biólogo colombiano Felipe Rubio Törgler, quien lleva dos décadas trabajando en páramos, “las mejorías en la calidad de vida van ligadas a un mayor bienestar ambiental”.
Esos esfuerzos de reconversión productiva requieren dinero, pero del proyecto de carbono Irma ha escuchado “solo la palabra”. “Leído está bien, ¿pero cómo sabemos que llegan los recursos a los que realmente estamos cuidando los páramos?”, pregunta.
Por ahora los Chinguad aún producen más de lo que logran vender, por lo que siguen buscando nuevos clientes.
La primera socorredora de incendios
Este año Luz Dary Chirán ya ayudó a apagar dos incendios. Todos entre el páramo y el bosque de niebla, todos dentro de su resguardo. Todos provocados.
El más reciente, el pasado 26 de junio, arrasó en apenas un día con 30 hectáreas de frailejones, pajonales y arbustos en el sector Pilches de la vereda Tasmag y cerca de la emblemática Laguna de la Bolsa. Entre las cenizas encontraron cientos de árboles chamuscados estaban visiblemente cortados al nivel del suelo como con una guadaña. Más abajo, cerca del punto de inicio del fuego, había una vía recién abierta y un antiguo pajonal con su suelo removido por completo por un arado de tractor. Sueltos por aquí dos botellas de refresco, por allá el papel de un pastelito. Una estaca clavada, como marcando algo.
Todos indicios de una mano humana que amplía la frontera agropecuaria a la fuerza, para introducir vacas o sembrar papa, con el fin de enriquecerse más -ya que las costosas máquinas empleadas descartan la hipótesis de campesinos humildes- a costa del páramo que provee agua a todos.
Chirán no es bombero. De esos hay cuatro en Cumbal, que no dan abasto. A sus 26 años, esta pedagoga infantil ejerce como coordinadora de una brigada forestal comunitaria, llamada ‘Guardianes de los páramos para la vida’, cuya misión es prevenir y monitorear incendios y, cuando ocurre uno, ser los primeros en correr a apaciguarlos. La integran 14 comuneros, repartidos en dos cuadrillas. “Cumbal es uno de los resguardos más afectados por incendios de cobertura vegetal: en el año que llevamos se han presentado cuatro”, dice.
Su visión coincide con la ciencia: a finales de 2025 un grupo de investigadores de la Universidad del Rosario, liderado por el experto en teledetección Stijn Hantson, evaluó los incendios en páramos en las últimas dos décadas. Chiles Cumbal aparece segundo en su ranking nacional, con 21,3% de su área de páramo afectado por incendios entre 2000 y 2022, sólo detrás del Perijá.
Dos de sus principales recomendaciones fueron establecer sistemas de alertas tempranas y monitoreo comunitario en esos páramos, como los que lidera Luz Dary. Cuando nació la brigada hace tres años, el proyecto Páramos para la Vida del Instituto Humboldt los dotó de uniformes e implementos, pero sobre todo les enseñó las técnicas para enfrentar los incendios. Aprendieron a usar el batefuegos, que termina en un bastidor hecho de caucho, para aplastar las llamas. O la pala y el rastrillo para hacer líneas de fuego que corten su expansión.
Chirán insiste en que es más importante frenar el fuego antes de que ocurra. Por eso sueña con hacer sensibilización en escuelas, una tarea que -dado el carácter voluntario de las brigadas- no han podido iniciar. De hecho, no sólo no reciben ninguna remuneración por su trabajo, sino tampoco por la gasolina que usan para trasladarse a apagar un incendio.
Del proyecto de carbono no han recibido nada. “No sabemos a dónde se destinan esos recursos”, dice.
El viverista de árboles nativos
En 1996, cuando se creó el acueducto comunitario de Aguablanca que aún hoy lleva agua a cientos de familias rurales en las veredas de Boyera, Cuetial, Cuaspud y Cuaical, sus beneficiarios necesitaban arborizar la quebrada donde está la bocatoma para garantizar el suministro a futuro.
José Miguel Aza empezó entonces un pequeño vivero donde propagó plántulas de caspi, mote y pumamaqui, cuyas hojas palmeadas explican su nombre en quechua de ‘garra de puma’ y también el más común de ‘mano de oso’.
Esa necesidad puntual del acueducto interveredal terminó dando pie al vivero El Manantial, del que hoy viven cuatro familias. Solo que han ampliado mucho su catálogo vegetal para incluir muchos de los árboles y arbustos nativos típicos de los bosques de niebla y páramos del sur del país: tienen cerote, colla (conocido como arboloco en otros lugares), chilca, charmelín (o charmolán), pandala, tilo, encino y hasta las achupallas o puyas, cuyo corazón tierno es el plato preferido del esquivo oso de anteojos… Han llegado a tener hasta 100 mil plántulas y a ojo calculan que, tras dos décadas de trabajo, ya rondan las dos millones de plantas propagadas.
Todas nativas, salvo una excepción. Durante décadas la cocina fue uno de los principales enemigos de los bosques de niebla de Cumbal. Como casi todos los hornos eran -y siguen siendo- de leña, la práctica común de los cumbaleños era adentrarse en el monte para volver con troncos para su hogar. La solución fue otro árbol que Aza propaga y vende: la acacia negra, un árbol no nativo que crece tan rápido que se ha convertido en una fuente continua de leña y evita la deforestación en áreas bien conservadas. “A caballo íbamos, se nos iba un día entero. Ya nadie sube”, dice el viverista de 52 años y padre de Armando el monitor de pumas.
Las especies nativas del Manantial prestan dos servicios. Por un lado, ayudan a restaurar rondas de quebradas y bosques degradados, sembrando especies diversas que generan lo que los científicos llaman enriquecimiento forestal. Por el otro, pueden ser parte de una reconversión productiva que aún no ha sucedido en Cumbal: la ganadería puede tener menos impacto si se vuelve menos extensiva. Es decir, que en vez de tener pocas cabezas en potreros grandes, los campesinos reduzcan el espacio donde pastorean y pisotean. Eso se logra con árboles: cercas vivas y bancos forrajeros de plantas que, además de ser nativas, son comestibles -y altamente nutritivas- para las vacas. Mejor alimentadas gracias a este sistema, conocido como agrosilvopastoril, su huella ambiental disminuye. De paso, se convierten en corredores de fauna que ayudan a conectar mejor los bosques y con ello la diversidad genética de las especies.
En palabras de Aza, “son las que producen más vida: llegan las aves, las tierras se fertilizan, se cuida el agua y las zonas de recarga hídrica. Necesitamos esa transformación”, dice.
Varios estudios científicos han llegado a conclusiones similares. Uno en el que participaron los hidrólogos ecuatorianos Bert De Bièvre y Vicente Iñiguez probó que los suelos de páramo con árboles no nativos como el pino patula reducen el caudal de los ríos que allí nacen hasta en la mitad. Otro del ecólogo ecuatoriano Robert Hofstede, un científico de páramos reconocido mundialmente, mostró que los suelos con mucho pastoreo tienen menos humedad.
Al igual que sus colegas, José Miguel Aza no ha recibido dinero del proyecto de carbono. “Estamos de acuerdo que le llegue a la comunidad y apoye los proyectos, como los que trabajamos con árboles que producen el oxígeno y recogen el dióxido de carbono. Pero no sabemos nada”, dice.
La creadora de experimentos de páramo para niños
Cuando los estudiantes de último grado tenían que elegir su trabajo social, obligatorio para graduarse, una de sus profesoras les preguntó: ¿y si restauraban un área de bosque altoandino en las orillas de la emblemática Laguna de la Bolsa que estaba degradada?
Tras responderle que sí, sembraron 3 mil árboles. Además subieron los datos que habían tomado a una plataforma gubernamental, hicieron campañas ecológicas e incluso consideraron programar un dron para detectar cambios de temperatura, un indicador de posibles incendios, para reportárselo a los bomberos. Ese fue uno de varios experimentos que ha inventado Milena Burbano, profesora de ciencias naturales y química del colegio José Antonio Llorente, a dos cuadras de la plaza central de Cumbal, para sensibilizar a sus alumnos sobre los ecosistemas a su alrededor.
Con sus alumnos de décimo grado, de entre 15 y 16 años, esta bióloga de 36 años exploró cuáles son los mejores sustratos de suelo para propagar especies nativas como el motilón, el pumamaqui o el capote. “Yo no tengo el poder de decir ‘no me toquen el páramo’, pero puedo contribuir a cambiar la mentalidad de los niños que lo van a cuidar. Yo les sembré la semillita, la estoy regando y sé que en el futuro dará su fruto”, dice.
Quizás el experimento de educación ambiental más ambicioso ha sido el que hizo con los niños de quinto y sexto grado, de 10 a 11 años, analizando cómo el cambio climático afecta a los páramos y las funciones vitales de las plantas que allí viven. Lo hicieron construyendo dos terrarios, en los que sembraron pequeños frailejones, helechos, bromelias, chusques, licopodios y colas de venado. A uno, le aumentaron la temperatura en 0,5 grados cada semana, mientras el otro sin intervenir les servía de control. En una planilla registraron variables como la humedad del suelo, el crecimiento de las plantas, el color y la temperatura de las hojas, y cuáles presentaban necrosis o muerte de los tejidos.
Ese experimento de los estudiantes cumbaleños coincide con lo que están observando científicos a una escala mayor. Un estudio liderado por científicos colombianos prevé que el área de distribución de frailejones podría disminuir drásticamente en Colombia para 2050 por cuenta del cambio climático. A una conclusión similar llegó el botánico venezolano Jesús Mavárez en los páramos de Venezuela para 2070.
Hasta ahora todos los experimentos los han hecho con recursos de convocatorias públicas que Burbano ha ganado de la Gobernación de Nariño y del Ministerio de Tecnologías de la Información. No han recibido nada del proyecto de bonos de carbono.
Los archivistas de la memoria del páramo
Vestidos con ruana de lana, sombrero de paño y botas de caucho, una decena de indígenas cavan un canal entre frailejones, durante una minga para instalar la bocatoma de uno de muchos acueductos comunitarios que nacen en el páramo. Detrás de ellos se yergue imponente el volcán Cumbal.
La foto, tomada en 1986 y donada por un vecino de su colección familiar, adorna una pared de la Casa de la Memoria del Gran Cumbal. En ese cuarto piso del edificio del cabildo de Cumbal, Luis Carlos Cuaical y Diana Piarpuezan vienen construyendo desde hace tres años un repositorio de memoria audiovisual -desde casetes análogos y fotos impresas hasta material digital- de los cuatro resguardos de la zona.
Parte galería de exposiciones, archivo, museo y biblioteca, en la Casa de la Memoria se exhiben desde los facsímiles del título colonial emitido por la Corona Española a los pueblos pastos que dio origen a los resguardos actuales hasta fotos de las ‘recuperaciones de fincas’ con las que sus pobladores ampliaron el territorio colectivo. Conscientes de lo que se ha perdido, exhiben fotos del glaciar del ‘Taita Chiles’ que se extinguió en 1950 y de la ‘Mama Cumbal’ que corrió la misma suerte en 1985.
Por eso, la politóloga de 28 años y el sociólogo de 32 empezaron a recopilar todos los materiales que encuentren sobre la historia de Cumbal, desde el archivo de trabajo de campo de la antropóloga estadounidense Joanne Rappaport que en los años ochenta estudió cómo los cumbaleños se apropiaron de su identidad hasta las imágenes de Helí Valenzuela, un fotógrafo autodidacta que registró la vida cotidiana del resguardo y les donó su archivo. A la par que construyen una pequeña biblioteca sobre Cumbal y proyectan documentales allí filmados, están aprendiendo cómo guardar documentos antiguos y digitalizar imágenes en alta calidad.
Más recientemente, aprovechando sus habilidades con el video, empezaron a registrar -y exponer- los incendios que consumen el páramo. “¿Qué tiene que ver la memoria con conservar el páramo? Si existe identidad, arraigo con el territorio, eso no va a suceder. Los incendios ocurren quizás porque se perdió ese vínculo”, dice Cuaical, cuya familia está también conservando un lote de 60 hectáreas en páramo en la vereda que lleva por nombre su apellido. “Usamos las imágenes para generar impacto en la gente, son nuestras herramientas pedagógicas”.
Para ello, han recibido recursos del Ministerio de Culturas y de la gobernación de Nariño, pero nada del proyecto de carbono.
Referencias científicas
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