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    “No cuidar el Amazonas podría tener consecuencias drásticas” en las lluvias en Uruguay

    Los “ríos voladores” que se alimentan de la humedad de la cuenca del río Amazonas y los bosques amazónicos para luego viajar hacia la cuenca del Río de la Plata son un aporte fundamental para el ciclo del agua en Uruguay; sin embargo, los cambios en el uso del suelo en esa región y su impacto en las precipitaciones más al sur son un tema que está lejos de la agenda de las autoridades, la academia y los productores locales

    Patricia cursaba su primer embarazo mientras Uruguay atravesaba una sequía histórica. Eran tiempos de incertidumbre para ella y también para el resto de la población. El principal embalse del que la empresa estatal tomaba el agua para abastecer a Montevideo había descendido por debajo del 2% de su capacidad. Era solo barro.

    El 23 de junio de 2023, cuatro días después de que el gobierno decretara la emergencia hídrica en la zona metropolitana del país, donde vive el 60% de los uruguayos, la intendenta de Montevideo, Carolina Cosse, convocó a una conferencia de prensa urgente. Con voz entrecortada por la emoción, leyó un fragmento de un informe elaborado por la Facultad de Medicina estatal sobre posibles impactos a la salud por el consumo de agua con niveles altos de trihalometanos.

    Embalse de Paso Severino afectado por la sequia, Florida (2023).

    Embalse de Paso Severino afectado por la sequia, Florida (2023).

    “En etapas precoces del embarazo, la evidencia plantea relación con dos sectores de malformaciones, cara y sistema cardiovascular”, dijo Cosse. El párrafo anterior de ese informe, que la funcionaria pública no leyó en voz alta, advertía sobre la necesidad de interpretar “con cautela” la información sobre el posible impacto en el embarazo de “condiciones ambientales” porque “lo multifactorial y complejo de su análisis lleva a publicaciones contradictorias, que deben interpretarse con cautela”. La intendenta prometió agua potable gratis para las embarazadas en las policlínicas montevideanas.

    Esas declaraciones, que años después alcanzaron el estatus de meme, tuvieron efectos inmediatos. Para Patricia, implicó comprar agua embotellada y hasta ducharse durante semanas con la puerta abierta para evitar la acumulación de vapor en su baño.

    La última crisis hídrica no solo distorsionó de momento los hábitos higiénicos y de consumo de los montevideanos. En un país agroexportador, la falta de lluvias arrasó con la economía local. Solo el déficit de lluvias registrado entre 2022 y 2023 provocó “daños y pérdidas directas” en el sector agropecuario por US$ 1.883 millones, lo que equivalía a alrededor del 3% del Producto Interno Bruto del país, según datos del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca.

    Las precipitaciones (o más bien su ausencia) y el cambio climático fueron tema de conversación cotidiana por aquellos meses. Pero en un país en el que egresa un meteorólogo de la universidad al año, ese debate duró poco. Con el regreso de las lluvias, la crisis hídrica volvió al dominio exclusivo de los expertos, quienes consideran que es necesario desarrollar más estudios y obtener mejores datos sobre el clima para entender lo que está sucediendo.

    Lo que poco se discutió en esos días de crisis es la conexión entre la destrucción de los bosques en la Amazonía y la falta de agua en Uruguay. ¿Lo que pase en la Amazonía afecta el ciclo de precipitaciones en el país?

    La humedad que llega desde el norte

    Uruguay es una penillanura suavemente ondulada. Esa es la descripción que aprenden los escolares y que podría definir también otros aspectos de la vida social y hasta climática del país. Las lluvias en Uruguay están distribuidas a lo largo de las cuatro estaciones, con valores cercanos a los 300-350 mm por trimestre (o 1.300 por año), aunque el promedio anual de las precipitaciones varía de manera significativa año a año.

    Ese patrón no es uniforme en todo el territorio. Suele llover más en la zona norte durante la primavera, verano y otoño con respecto del sur, mientras que en invierno es en la zona este donde se registran más precipitaciones que en el oeste. El fenómeno del Niño-Oscilación del Sur es el que genera mayor variabilidad en el clima local.

    La humedad, el combustible de las lluvias que caen en Uruguay, proviene de tres fuentes principales: la evaporación de agua a escala local, la que llega del océano Atlántico y la que aporta desde el norte la selva amazónica.

    A pesar de la distancia geográfica, la contribución de precipitación de la selva húmeda tropical de la Amazonía es significativa. Existe un sistema continental de agua que circula de ida y vuelta entre el océano Atlántico, la selva amazónica y la vertiente oriental de los Andes, que incluso irriga la cuenca del Río de la Plata bien al sur. A ese camino de doble vía los científicos lo conocen como el sistema hidroclimático Atlántico-Amazonía-Andes, o AAA, pero el nombre que más éxito tuvo fue el de los “ríos voladores”, como los llamó el meteorólogo peruano José Antonio Marengo.

    Esos “ríos voladores” alimentan también las lluvias en Uruguay. Un estudio de los hidroclimatólogos Francina Domínguez y Zhao Yang determinó que el 16% de la precipitación en la cuenca del Río de la Plata se debe a la humedad amazónica transportada por la Corriente en Chorro de Bajo Nivel de Sudamérica (SALLJ).

    Un estudio hecho por científicos brasileños y alemanes encontró que la cuenca del río Amazonas es una fuente directa de entre el 18% y el 23% de la precipitación en la del Río de la Plata durante la estación húmeda. Por contribución directa se refieren al “porcentaje de precipitación que se originó en la Amazonía por el bombeo —o evapotranspiración— de los árboles del bosque y que atraviesa el bioma hasta la cuenca del Río de la Plata”.

    Esa cifra, señalaron, puede aumentar 6 puntos porcentuales en la temporada húmeda si se tiene en consideración lo que llega por “reciclaje de humedad en cascada”. Ese tipo de precipitación, también llamada indirecta o por efecto de cascada, es la lluvia que se origina en la Amazonía, cae en regiones próximas y vuelve a reciclarse como humedad atmosférica para ser transportada luego por los vientos hasta la cuenca del Río de la Plata. Es decir, en palabras de los científicos, tiene “ciclos de revaporación a lo largo del trayecto”.

    En la estación seca, esa lluvia que viene de la Amazonía al Río de la Plata puede ser de entre el 21% y el 25%.

    En total, la tercera parte de lluvia que cae en Uruguay viene de la Amazonía, según cálculos hechos por Sandro Pauli, físico de la Universidad Federal de Santa Catarina y especialista en modelos climáticos de rastreo de humedad atmosférica: un 19,8% por precipitación directa y otro 15,1% por indirecta.

    Esa contribución combinada aumenta a cerca del 50% en los meses de junio a agosto.

    “Existe una variación interanual significativa en las fuentes de humedad —fenómenos como el Niño influyen enormemente en la dirección del viento—, pero como solo disponemos de un promedio de 10 años, no podemos apreciar esas fluctuaciones”, dice Pauli, quien forma parte del programa de formación en Ecología Cuantitativa del Instituto Serrapilheira de Brasil, entidad aliada en la investigación Aguas partidas que coordinó el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP) en alianza con ocho medios de la región.

    Para trazar la trayectoria de las precipitaciones en Uruguay, Pauli utilizó el modelo computacional UTrack de seguimiento de la humedad atmosférica, lo que significa que sigue la trayectoria de las masas de aire paso a paso.

    El oceanógrafo Marcelo Barreiro, que dirige el Departamento de Ciencias de la Atmósfera y Física de los Océanos de la Universidad de la República, explica que “la Amazonía tiene ese doble papel: no es solo la evaporación de agua que llega hasta estas latitudes, sino también genera las condiciones dinámicas en el viento que favorecen las lluvias en nuestra región”. Al igual que Pauli, señaló que ese aporte de humedad puede “ser controlado por fenómenos como el Niño, la Niña y otros fenómenos naturales”.

    La falta de información

    Barreiro y su colega químico Emilio Deagosto publicaron en enero un artículo académico sobre la sequía histórica de esta década en Uruguay. Sus hallazgos muestran que la Niña desempeñó “un papel clave en la creación de las condiciones para el déficit de precipitaciones, pero la excepcionalidad del evento se debió a la interferencia constructiva con otros modos climáticos”. Añaden, en condicional, que “otros factores climáticos y no climáticos pudieron haber contribuido a la ocurrencia del evento”.

    Embalse de Paso Severino afectado por la sequía, Florida, en 2023.

    Embalse de Paso Severino afectado por la sequía, Florida, en 2023.

    “Esto sugiere que los períodos secos prolongados en el suroeste requieren una combinación inusual de anomalías climáticas, lo que los hace menos frecuentes, pero potencialmente más persistentes”, explican. Y agregan más adelante que “la Amazonía, otra fuente crucial de humedad para el sudeste de Sudamérica, ha estado experimentando un proceso de deforestación significativamente acelerado en los últimos años, lo que se ha sugerido en otros estudios como un factor que contribuye a la prolongada sequía en la región”. La sequía histórica no fue atribuible al cambio climático, pero es probable que la haya exacerbado, añaden.

    Barreiro y Deagosto creen que es necesario llevar adelante más estudios para comprender mejor ese fenómeno. Esa posibilidad tiene una traba importante: Uruguay recolecta poca información propia, por lo que depende de terceros.

    “La carencia de modelos climáticos regionales específicos y la insuficiencia de datos históricos locales con series temporales extensas y adecuada resolución espacial han dificultado” la posibilidad de usar la información para alimentar la toma de decisiones, advertía el Estado uruguayo, en diciembre de 2024, en su Primer informe bienal de transparencia presentado a la Convención Marco de las Naciones Unidas para el Cambio Climático.

    “Los escenarios del cambio climático que elabora el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) dan un escenario regional, no del país”, dice la directora de Cambio Climático del Ministerio de Ambiente, María Fernanda Souza, quien asumió el cargo en marzo de 2025. “Uruguay está metido en un escenario que comparte con Argentina, con Paraguay, con parte (del sur) de Brasil. Entonces, eso hace que sea muy difícil tener escenarios con mayor nivel de certeza en términos de qué tanto van a disminuir las lluvias específicamente en Uruguay. Y ni hablar por localidad”.

    La Amazonía no aporta solo su humedad, dice el oceanógrafo Barreiro, que integra uno de los grupos de trabajo del IPCC de Naciones Unidas. Porque el combustible no es suficiente si no hay algo que provoque su ignición: el viento. “La humedad está fundamentalmente concentrada en las capas más cercanas a la superficie y después tenés que tener circulación atmosférica asociada que favorezca las lluvias”, explica.

    “Las nubes cargadas”

    Este 2026 Uruguay y la región enfrentarán las consecuencias de un super-Niño. El 16 de julio, el oceanógrafo Gastón Manta, investigador del Centro Universitario Regional Este de la Udelar, compartió con Búsqueda una imagen satelital de América del Sur y dos publicaciones en la red social X.

    La imagen había sido tomada el 16 de junio por un satélite de la NASA y muestra a Uruguay tapado casi por completo por nubes que “bajan” desde el centro del continente rumbo al océano Atlántico. “Una imagen vale más que mil palabras”, resumió Manta.

    La primera publicación era de Vitor Goede, meteorólogo brasileño y estudiante de doctorado en el Advanced Radar Research Center en la Universidad de Oklahoma.

    “Una robusta capa de aire mezclado elevado (EML) está siendo transportada desde los Andes hacia la cuenca del Río de la Plata y constituirá uno de los ingredientes clave para el tiempo severo previsto en los próximos días”, advertía Goede en su publicación, que acompañaba con visualizaciones.

    Su colega meteorólogo Ernani de Lima Nascimento, del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, le respondió que en el pronóstico para los siguientes seis días se observaban “ríos atmosféricos (AR) muy intensos y *persistentes* sobre la cuenca del Río de la Plata, con magnitudes extremas de IVT (Vapor de Agua Integrado Verticalmente) en ciertos momentos sobre Rio Grande do Sul”, refiriéndose a la medida del flujo horizontal de vapor de agua en toda la columna atmosférica que permite entender la cantidad de humedad en determinados lugares.

    Ese intercambio en X, según Manta, reflejaba de manera “clarísima la importancia del Amazonas”. El mensaje estaba en las imágenes que acompañaban las publicaciones: si es difícil “poner en números” el aporte específico de la selva amazónica a las precipitaciones uruguayas, esos mapas deberían ayudar “mucho” al “público en general”, explicó.

    Dos días más tarde, el 18 de julio, una masa de aire fría e inestable ingresó al país y provocó tormentas severas, según el Instituto Nacional de Meteorología uruguayo. En el departamento de Salto, al noroeste del país, una persona murió en medio del temporal. El presidente Yamandú Orsi decretó la emergencia para el sector de la granja.

    El director nacional de Emergencias, Leonardo Palomeque, declaró a la prensa que ese temporal en Salto no respondió específicamente al Niño. De todos modos, dio pie a las autoridades para hablar de lo que se vendrá.

    El gobierno anunció casi un mes después que había acordado con el Banco Interamericano de Desarrollo y la CAF-Banco de Desarrollo de América Latina US$ 750 millones en créditos contingentes para atender el posible impacto del Niño. “Cuando se miran las previsiones y datos similares a este evento, los analistas internacionales y científicos dicen que podría ser más severo. Estiman que se pueda llegar a 25.000 personas desplazadas y 5.000 más evacuadas, con precipitaciones que podrían llegar a 500 milímetros en 30 días al año, cuando en Uruguay llueve, normalmente, 1.200 milímetros por año”, dijo el secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, el 11 de agosto en conferencia de prensa.

    Escenarios complicados

    La crisis hídrica del 2022-2023 dejó una cicatriz en el país. El IPCC prevé que en la cuenca del Río de la Plata las sequías serán más frecuentes y severas, pero más cortas en el horizonte cercano y lejano, aunque es una predicción de “baja confianza”.

    El químico Deagosto explicó que una de las “grandes limitantes de la información del IPCC es la escala espacial”: la información sobre Uruguay entra dentro de las predicciones previstas para el sureste de Sudamérica, zona en la que “hay y habrá tendencias bien diferentes”. El investigador dijo que “en cuanto a proyecciones de sequías/períodos húmedos se sabe muy poco aún” para Uruguay y sus regiones. De hecho, su proyecto de doctorado apunta a trabajar con modelos de alta resolución para obtener mejor información local.

    Aunque falten esos datos, en Uruguay algunos se preparan para lo que ya llegó. La cara del cambio climático no es la sequía o la inundación, es el hecho de que su presentación extrema se vuelve más recurrente.

    “En lo inmediato, lo que más nos preocupa es que va a caer más o menos la misma cantidad de agua pero en períodos más cortos, y eso estresa mucho los sistemas de drenaje de las ciudades. Y la contracara también es un verano más caluroso, más largo y con menos agua”, dice Souza. La directora de Cambio Climático sostiene que Uruguay trabaja para tener “gatillados fondos internacionales” que permitan financiar proyectos de adaptación o atender los impactos tras eventos extremos.

    Las inundaciones suelen provocar escenas dramáticas, pero son las sequías el eje de la mayor preocupación del sector productivo.

    En los últimos meses el Banco Central del Uruguay publicó dos documentos de trabajo sobre el déficit hídrico. En uno analizó la resiliencia del sistema financiero a las sequías, las cuales considera como el riesgo climático “más crítico” para el agro, ya que afectan directamente la producción agrícola y ganadera. Estas rinden menos, pierden calidad y baja la productividad.

    Campos secos en ruta 7, próximos a Casupá, Florida, en 2023.

    Campos secos en ruta 7, próximos a Casupá, Florida, en 2023.

    La agricultura y las industrias conexas representan aproximadamente entre el 10% y 13% del Producto Interno Bruto (PIB) y casi el 80% de las exportaciones de bienes del país, entre las que se destaca la carne bovina y la soja. “Aunque su contribución directa al PIB pueda parecer limitada”, dice el informe del Banco, este sector tiene fuertes vínculos directos e indirectos con otras actividades, como el transporte y el comercio, lo que genera efectos indirectos en toda la economía. Además, agrega, entre 2005 y 2024 los préstamos bancarios al campo representaron casi una cuarta parte del total de los créditos a empresas, con más del 40% en una institución financiera y alrededor del 19% en la mediana entre los bancos en Uruguay.

    El otro análisis del Banco Central advirtió que las sequías tienen efectos distintos en los sectores del agro uruguayo. La producción agrícola siente el golpe más rápido, pero también se recupera a mayor velocidad. Los sectores ganadero y lácteo, que representan cerca del 10% del PBI nacional, en cambio, sufren de manera más persistente: puede provocar menos nacimientos de animales, una reducción de la cantidad de ganado que se remite a los frigoríficos o menor producción de leche. El impacto “va mucho más allá de la puerta del establecimiento”, ilustran los autores del trabajo.

    El Ministerio de Ganadería tiene abierta una convocatoria para que productores familiares presenten proyectos “de agua”. Apunta a los más débiles de la cadena agropecuaria, explica el ingeniero agrónomo Carlos Honorio, coordinador de monitoreo de la Unidad de Gestión de Proyectos del ministerio. La fundamentación del llamado a productores, que recibirán hasta 10.000 dólares, es que dados los últimos episodios de emergencia agropecuaria y “la inminente necesidad de generar condiciones de adaptabilidad ante eventos extremos más frecuentes”, es necesario apoyar a los productores con “mayores niveles de vulnerabilidad ante déficits hídricos”.

    Establecimiento lechero y productor de quesos La Cumbre afectado por la sequía, en Colonia Suiza, Colonia, en 2023.

    Establecimiento lechero y productor de quesos La Cumbre afectado por la sequía, en Colonia Suiza, Colonia, en 2023.

    El gobierno financiará desde construcción y reparación de pozos, tomas, tanques excavados y tajamares hasta la instalación de depósitos y distribución de agua para consumo animal.

    Tras la sequía histórica, en Uruguay está pendiente la discusión sobre cómo mejorar el abastecimiento de agua potable en la zona sur del país y, en particular, en su capital. El gobierno anterior de Luis Lacalle Pou, días antes de terminar su gestión, firmó un contrato para construir una planta desalinizadora sobre el Río de la Plata. La nueva administración de Orsi, de otro signo político, suspendió la ejecución del contrato y va por una alternativa, que implica la creación de una nueva represa que tiene sus detractores. El oficialismo y la oposición siguen embanderados con sus respectivos proyectos, mientras el enfrentamiento ahoga a las voces técnicas.

    Las preocupaciones son otras

    Antonella Gordillo es hija de granjeros. Tiene 32 años y su paso por una universidad privada en Montevideo, donde estudió periodismo, la terminó de convencer de que nunca querría vivir en la capital. Lo suyo no es la ciudad.

    Gordillo sigue en el negocio familiar, centrado en la horticultura, y en 2025 fue elegida vicepresidenta de la Confederación Granjera del Uruguay (CGU). Su recuerdo de la sequía de 2022 y 2023 es diferente al de los montevideanos. “Estábamos viviendo hacía meses la sequía y ya teníamos los pozos secos en el campo”, sostiene. La alarma saltó recién cuando en el área metropolitana “el agua les empezó a salir marrón”.

    Para Gordillo, un problema de Uruguay es que “no hay una cultura de cuidado del agua”, porque es un país donde nunca faltó. Esa falta de preocupación, afirma, alcanza tanto a las autoridades como a los productores.

    Al menos hasta que llegó la peor sequía en 100 años y otros episodios de seca posteriores, aclara. “El productor está un poco más alerta, más precavido”, dice, y recuerda algo que le escuchó decir a su padre una década atrás. Durante una entrevista, le preguntaron cuál era “su peor enemigo” en términos de producción y su respuesta fue “el clima”.

    Gordillo dice que en su plan de producción ya saben que ahora necesitan “tres veces más” de agua de riego para hacer nacer el mismo cultivo en determinadas épocas del año. Al igual que en otros rubros, han tenido que incorporar técnicas nuevas. Ahora producen más en invierno y luego guardan en frío zanahoria entre setiembre y noviembre. ¿Por qué? “Porque cada vez nos es más difícil, más costoso, hacer nacer (plántulas) entre diciembre y enero”.

    Los productores, dice Gordillo, tratan de conseguir información para guiar sus decisiones. De ahí a pensar cuánto puede impactar sobre las lluvias que caen en Uruguay el cambio del uso del suelo en la cuenca amazónica hay un largo trecho. No importa cuál sea el aporte de humedad que llegue desde ahí. “Nadie se está planteando eso. En la diaria hay otros temas bastante antes” en la lista de preocupaciones, agrega.

    Aunque pocos productores rurales —y pocos uruguayos— piensan en los cambios en el uso del suelo en la Amazonía, sí los trasnocha cuánto llueve y si llueve cuando más lo necesitan. La evidencia científica muestra que esa lluvia en Uruguay depende, en alguna medida, de la selva más al norte.

    Un futuro incierto

    La infraestructura de un país está pensada para operar bajo unas condiciones conocidas, previstas o ya establecidas, explica el oceanógrafo Gastón Manta. En la medida en que esas condiciones se modifiquen, las políticas de adaptación al cambio climático son la norma hoy en el mundo.

    Un artículo publicado en la revista académica Nature a comienzos de junio advirtió que el calentamiento global y la deforestación del bioma amazónico pueden tener consecuencias complicadas para el aporte de humedad que realiza a la región.

    “Las transiciones en la Amazonía alterarían el transporte de humedad atmosférica hacia regiones situadas a favor del viento, fuera de la cuenca amazónica, que se encuentran bajo uso agrícola intensivo —como el sur de Brasil, Bolivia, Paraguay y hasta la cuenca del Río de la Plata en Argentina—, lo que podría amenazar el rendimiento de los cultivos y la seguridad hídrica regional”, dice la investigación, en la que participaron dos científicos brasileños, la matemática Marina Hirota y el ecólogo Bernardo M. Flores, junto con el reconocido climatólogo sueco Johan Rockström.

    Ese estudio sucede a otros publicados sobre el tema en la misma revista académica. En 2024, otra investigación liderada por científicos mayoritariamente brasileños analizó el impacto de los cambios climáticos y de origen humano sobre ese bioma. Si bien en un ecosistema tan complejo es difícil anticipar los efectos de eventos particulares, explicó el grupo de investigadores que incluyó de nuevo a Hirota y Flores, así como al veterano climatólogo brasileño Carlos Nobre, el acumulado podría llevarlo al colapso. Unos 65 millones de años de “resiliencia relativa a la variabilidad climática” pueden ser barridos, advirtieron.

    Fernanda Souza, la directora de Cambio Climático, dice que hay abundante literatura sobre “los ríos voladores” y cómo Uruguay y otros países de la región serían “áridos o semiáridos” si no fuese por ellos. Y sin embargo, reconoce que no hay en Uruguay “ningún estudio sistemático de cómo impactaría en el país” si se reduce significativamente ese aporte de agua, por cuenta de disrupciones en el ciclo hidrológico causadas por la deforestación o las sequías extremas que se han vuelto más comunes allí. “Necesitás una academia nacional que esté produciendo datos específicos para Uruguay y eso hasta ahora no ha sucedido”, lamenta. Souza reconoce que tampoco el Estado destina el dinero necesario para facilitar a los académicos uruguayos las herramientas suficientes.

    La falta de estudios y la complejidad de los fenómenos climatológicos hacen difícil entender con precisión el efecto de los cambios drásticos en el uso del suelo en la cuenca amazónica sobre el sur del continente. Para Manta, es claro que el impacto “sería muy alto”, dada su centralidad en el ciclo hidrológico. Sin embargo, adelantar cuáles serían las consecuencias de esas transformaciones no es sencillo, dada la complejidad del sistema. Es difícil aislar un aspecto del fenómeno para evaluar qué sucedería si se cambia.

    “Sacar de la ecuación al Amazonas generaría muchos cambios; no solo con las lluvias, sino también el régimen hídrico” en general, dice Manta. Y agrega que si tuviese que titular un artículo sobre el tema, escribiría: “No cuidar el Amazonas podría tener consecuencias drásticas en las precipitaciones en Uruguay”.

    Aguas Partidas

    Este proyecto es resultado de una colaboración entre periodistas y científicos latinoamericanos, impulsada por el Instituto Serrapilheira de Brasil y el Centro Latinoamericano de Investigación Periodística (CLIP), para explorar el ciclo del agua Atlántico - Amazonia - Andes y las disrupciones en los servicios ambientales que éste proporciona al continente.

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