Con 28 hectáreas proyectadas, el parque La Mexicana en Ciudad de México resulta uno de los ejemplos más significativos de la manera en que los espacios públicos pueden convertirse en instrumentos de cohesión social, regeneración urbana y reequilibrio ambiental en grandes ciudades. El proyecto surge de una negociación entre vecinos y gobierno, consolida manzanas enteras de áreas verdes exquisitamente diseñadas y una amplia oferta de servicios comerciales y programas culturales de acceso gratuito a la comunidad.
Localizado en Santa Fe, un área en creciente desarrollo al sur de la capital metropolitana, el parque cuenta con jardines sectorizados, lagos artificiales, anfiteatro, terrazas gourmet, áreas deportivas, espacios de descanso y plazas mirador. Se construyó en apenas 13 meses por los arquitectos Mario Schjetnan y Víctor Márquez, con base en un particular diseño de caminos y jardines programáticos: cada zona responde a actividades específicas para públicos específicos.
Un sistema de puentes peatonales conecta las distintas áreas y facilita la circulación hacia la multiplicidad de usos y servicios que conviven con la noción de un parque gratuito de primer nivel, abierto todos los días del año entre las 5 y las 21 horas. Únicamente ciertos servicios tienen un costo simbólico, como los sanitarios y los estacionamientos.
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Todo esto funciona bajo un modelo de autogestión en el que mantenimiento, limpieza, seguridad y programación se financian a partir de los propios recursos del parque. La fórmula —similar en espíritu al High Line de Nueva York, impulsado por una asociación vecinal que lideró la recuperación de una estructura abandonada— es un punto de inflexión en la gestión del espacio verde en América Latina. Se trata de una visión contemporánea del espacio público basada en un modelo que pretende conjugar intereses comunes, redefiniendo densidades, usos de suelo y prioridades colectivas.
Una iniciativa público-privada
El predio donde se ubica La Mexicana tiene de por sí una historia que explica su singularidad. En el lugar en el que hoy se extienden áreas verdes, senderos y lagos existían dos minas de arena. Tras el fin de la extracción, el gobierno expropió el terreno para destinarlo a un proyecto inmobiliario que preveía el levantamiento de alrededor de 12.000 viviendas. Sin embargo, la carencia de espacios públicos de convivencia y servicios básicos llevó a los vecinos de la zona a plantear otra alternativa: la construcción de un parque metropolitano.
Durante una década, la Asociación de Colonos de Santa Fe gestionó ante las autoridades un acuerdo que finalmente se concretó en 2016. La solución fue reducir drásticamente la densidad de viviendas y financiar la urbanización de los espacios públicos a través de desarrolladores independientes.
A esta ecuación público-privada, se suma la participación ciudadana, ya que se involucra a locales y turistas en el cuidado proactivo y la convivencia armónica en zonas residenciales, comerciales y de servicios. (Basta con inspeccionar la web parquelamexicana.mx para encontrar el extenso y detallado reglamento del parque).
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Parque La Mexicana, Ciudad de México 3
El diseño de un pulmón verde en la ciudad
En términos de impacto urbano, La Mexicana es significativo por su localización. Santa Fe es una zona contemporánea con grandes oficinas corporativas, campus universitarios, centros comerciales y edificios residenciales de alta gama que, hasta antes de este desarrollo, configuraban un paisaje vertical y densificado que carecía de áreas verdes proporcionales a su escala.
Hoy el parque actúa como pulmón y como espacio de mediación social, e introduce un contrapunto horizontal y verde al entorno edificado. El proyecto se inscribe así en una tendencia global de reintroducción de espacios naturales y de recreación en distritos altamente urbanizados, no como mero ornamento, sino como parte de una estrategia de habitabilidad y de valorización urbana.
Desde la experiencia cotidiana, La Mexicana combina lo paisajístico con lo funcional. Sus jardines, plazas, lagos y puentes funcionan como soporte de usos concretos para caminatas, ciclismo, pícnics, espectáculos, actividades infantiles o convivencia de mascotas. A su vez, la programación itinerante —cine al aire libre, celebraciones, colaboraciones con instituciones, como el Campus Tecnológico de Monterrey o la Ibero Ciudad de México— refuerza la vitalidad del espacio.
La operación diaria, con horarios amplios, servicios accesibles y estándares de seguridad, crea las condiciones para que el parque sea percibido como un lugar seguro y de calidad, factores fundamentales para que un espacio público sea efectivamente utilizado por una población diversa.
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Parque La Mexicana, Ciudad de México
Es (por lo menos) tentador contrastar el abordaje de este tipo de proyectos con lo que ocurre en muchas ciudades latinoamericanas, donde parques históricos apenas reciben mantenimiento o actualización. Montevideo, por ejemplo, cuenta con parques emblemáticos cuyas estructuras básicas datan de cien años y, salvo excepciones, como la renovación del Villa Dolores o la plaza Seregni, no han sido objeto de intervenciones significativas.
Modelos como La Mexicana representan una fuente de inspiración, pero también plantean preguntas sobre la función del espacio público y la viabilidad de este tipo de experimentos de gobernanza urbana en otras latitudes. ¿Es posible que parques de este tipo contribuyan a reducir desigualdades al ofrecer servicios gratuitos de calidad en áreas exclusivas? ¿Qué lecciones puede extraer una ciudad con menos recursos o menor capacidad de gestión vecinal para garantizar acceso universal, sostenibilidad financiera y calidad de diseño? ¿Qué puede aprender Uruguay, donde gran parte de los espacios verdes públicos fueron diseñados el siglo pasado y no han sido actualizados con equipamiento, servicios o atracciones que demandan las nuevas generaciones de residentes y visitantes?
El caso también invita a reflexionar sobre la capacidad de los actores locales —asociaciones de vecinos, universidades, empresas privadas— para construir coaliciones que materialicen bienes públicos en contextos en los que las autoridades por sí solas no lo hacen.
El otro paisaje: agua, suelo y biodiversidad
La sostenibilidad ambiental es un pilar central de este proyecto urbano. Cada decisión de diseño paisajístico y de infraestructura apunta a reducir el impacto ecológico, aprovechar recursos naturales de manera responsable y generar un modelo replicable de gestión eficiente de agua, energía y biodiversidad dentro de la ciudad.
En La Mexicana se plantaron más de 2.500 árboles de especies endémicas de Santa Fe, lo que asegura su adaptación y minimiza el mantenimiento. Cada jardín tiene una variedad de especies de acuerdo con el propósito para el que fue diseñado. Hay 70.000 metros cuadrados de pasto para todo tipo de actividades, incluidos pícnics; 80.000 arbustos, la mayoría polinizadores, y 40.000 metros cuadrados de plantas cubresuelos en desniveles. Se plantó más de un millón de plantas y durante la pandemia crecieron más de 600 árboles jóvenes.
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El proyecto hidráulico está pensado para que la mayor parte del consumo de agua sea pluvial o tratada en época de estiaje (nivel de caudal mínimo). Esta agua se utiliza en riego, limpieza y sanitarios; únicamente se emplea agua potable en bebederos, lavamanos y fuentes. El agua pluvial se concentra a través de una biozanja localizada a lo largo del parque y se almacena en una cisterna de 24.000 metros cúbicos debajo del lago. Además, todas las luminarias de las vialidades generan electricidad a través de paneles solares.
En resumen, este parque se concibe como un punto de encuentro para la recreación, la cultura y el deporte, en donde se promueve la conexión con la naturaleza y la apreciación de la belleza sensorial. Su existencia plantea un horizonte distinto al de los parques decimonónicos que, pese a su valor histórico, no han sido renovados ni dotados de servicios contemporáneos. Integrar paisajismo, arquitectura, servicios, sostenibilidad y participación ciudadana parece ser la clave del éxito.