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Angustia y ansiedad: síntomas de esta época que golpean en Uruguay

Las estadísticas en nuestro país son reveladoras: al menos el 30% de la población adulta padece cuadros de angustia y ansiedad diagnosticados

En términos tradicionales, la angustia es fundamental para entender cómo reacciona el aparato psíquico ante el peligro, ya sea externo o interno. Sigmund Freud fue reformulando este concepto a lo largo de su obra: en un primer momento, la vinculó con la libido, que, al no poder canalizarse, se transformaba en angustia. Más adelante, planteó que la angustia es, en realidad, la que pone en marcha el mecanismo de represión: reprimimos aquello que nos angustia enfrentar.

La ansiedad, por su parte, puede pensarse como la otra cara de la moneda. La angustia sería lo estructural (lo que sucede en lo profundo de la psiquis), mientras que la ansiedad es lo fenomenológico (lo que se manifiesta, lo que se siente en el cuerpo).

Cómo se presenta hoy

Una persona con síntomas de ansiedad, irritabilidad, nerviosismo, temblores, palpitaciones o taquicardias sin causa orgánica está manifestando un conflicto subyacente. En algún punto de la psiquis, la angustia se experimenta como algo que oprime: el nudo en la garganta, la presión en el pecho o el estómago cerrado.

La angustia es la “nada”, algo profundamente existencial. Un cierto nivel de angustia o ansiedad es tolerable, incluso necesario, para la vida; pero, cuando su intensidad es abrumadora o se prolonga en el tiempo, entramos en el terreno de lo patológico.

Radiografía de Uruguay

Las estadísticas en nuestro país son reveladoras: al menos el 30% de la población adulta padece cuadros de angustia y ansiedad diagnosticados.

Las consultas más frecuentes provienen de personas de entre 18 y 29 años. El 71% son mujeres: esto no implica mayor vulnerabilidad, sino que consultan más que los hombres. Un dato alarmante es que el 55,9% de estos padecimientos se vincula con problemas económicos y la incertidumbre sobre el futuro.

Tenemos la tasa de suicidio más alta de la región. En la mayoría de los casos, son muertes evitables si se abordan a tiempo la angustia y la ansiedad, antes de que deriven en estrés, burnout o depresión. Esto también explica el aumento de las certificaciones médicas.

Cuando ese funcionamiento se ve afectado, aparecen disfunciones que se expresan, por ejemplo, en trastornos de la personalidad, cada vez más frecuentes. Todo esto trae múltiples consecuencias negativas, tanto para el desarrollo individual como para el progreso del país.

La época que habitamos

Estamos atravesando un cambio de paradigma, con transformaciones vertiginosas de la mano de la tecnología: fantástica si se usa bien, pero no buena en sí misma. Está al alcance incluso de niños pequeños: pantallas, virtualidad, inteligencia artificial. No estábamos internamente preparados para estos cambios. Como explicaba Jean Piaget, aprender implica asimilación, acomodación y luego adaptación; la velocidad actual no nos permite atravesar ese proceso de manera adecuada.

A la vez, vivimos en un mundo que exige productividad constante, como si fuera lo único valioso. La virtualidad muestra perfección —“cuerpos perfectos”, “vidas perfectas”, “viajes instagrameables”, “casas perfectas”—, pero quienes reciben esa información sienten que no alcanzan ese estándar. Es engañosa: muestra lo que se quiere mostrar, no la realidad compartida en la que vivimos.

En la posmodernidad, la angustia no surge por falta de opciones, sino por su exceso (la paradoja de la elección). Internet multiplica posibilidades en cualquier rubro; basta con buscar algo para enfrentarse a tantas alternativas que causan ansiedad: ¿cuál es mejor?, ¿cuál conviene? Esto nos vuelve menos pragmáticos y más dependientes de información que no siempre dominamos. Así sobrecargamos la psiquis, la mente y las emociones.

Se suma la idea de “incertidumbre líquida”, de Zygmunt Bauman: nada es sólido, todo cambia. Hace décadas, el trabajo y la pareja eran para siempre; hoy son la excepción. Esto genera inseguridad, superficialidad y, en definitiva, fragilidad psíquica.

El síntoma de una época

La angustia y la ansiedad son el ruido blanco de nuestra época, la era de la fragilidad. Vivimos acelerados, y esa hiperactividad tiene un costo invisible pero alto. Las cifras de 2025-2026 lo reflejan: el 60% de los uruguayos convive con un malestar psicológico que no aparece en las fotos. Mientras tanto, los informativos nos bombardean con conflictos lejanos, pero la verdadera batalla se libra en silencio, muchas veces en soledad.

En un mundo complejo como el actual, la angustia y la ansiedad también pueden leerse como una forma de rebelión: una manera de expresar un malestar que no siempre encuentra lugar. Opera internamente, afecta la psiquis, la mente, las emociones y, con el tiempo, también el cuerpo. Cuando estos síntomas no se abordan, terminan somatizándose y enfermando.

*Fabiana Pérez Federico es psicóloga (Universidad de la República) con más de 26 años de trayectoria, especializada en el abordaje sistémico de familias, parejas y adultos mayores. Actualmente, atiende en Pocitos y conduce Todo sobre psicología los lunes a las 20.30 en su Instagram, @fabipefre.