—Es una de las herramientas, pero no es una solución automática. Una empresa no se vuelve más productiva simplemente porque compra un software. La transformación digital implica revisar cómo se trabaja, identificar problemas, documentar procesos y, eventualmente, cambiar la forma en que se hacen las cosas. La tecnología tiene que conseguir mejorar los resultados de la empresa.
También está el desafío de la competitividad. Uruguay pasó del puesto 52 al 74 en el ranking de complejidad económica de Harvard. Eso plantea la necesidad de sofisticar los bienes y servicios que producimos.
Y está la sostenibilidad. La tecnología puede ayudar a utilizar mejor los recursos y, al mismo tiempo, abrir oportunidades vinculadas a bienes y servicios asociados a una producción más sustentable. Por eso hablamos de una transición gemela: la transformación verde y la digital.
—¿Qué es lo que más les cuesta a las empresas cuando intentan digitalizarse?
—No necesariamente es el dinero. Hay problemas de capacidades, de gestión y también de desconocimiento. Muchas veces la empresa no sabe qué solución necesita.
—¿Existe una presión del mercado para digitalizarse?
—Sí. Una empresa puede tener un objetivo concreto para digitalizarse, pero al mismo tiempo compite con otras empresas que están incorporando nuevas herramientas y procesos. Si el mercado se mueve en esa dirección, quedarse afuera puede implicar perder competitividad.
—¿Qué aprendieron con Modo Digital?
—Modo Digital es una de las principales experiencias que tenemos. Es un programa que desarrollamos en acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo para impulsar la transformación digital de micros, pequeñas y medianas empresas.
Comenzó en 2021 y durante los primeros años tuvo algunas dificultades de diseño y gestión. El cambio se produjo especialmente entre 2023 y 2024, cuando empezó a crecer la demanda. Durante 2025 y 2026 se prevé terminar invirtiendo más de US$ 7 millones y, en el conjunto de la experiencia, llegar a casi US$ 15 millones y unas 3.500 empresas.
Pero lo interesante no es solamente la cantidad de empresas. En los primeros tiempos teníamos instrumentos, asesoramiento técnico y financiamiento disponibles, pero las empresas no se presentaban o no aparecían proyectos. Eso nos llevó a revisar el diagnóstico y hacer ajustes en la gestión y en el diseño.
—¿Qué papel tuvo el “chequeo digital”?
—Fue una herramienta importante. Es una autoevaluación que permite a las empresas conocer su nivel de digitalización, identificar necesidades y determinar cuál podría ser el siguiente paso. Fue una herramienta que después también se utilizó en otros países de América.
—¿Y qué mostró la evaluación de impacto de Modo Digital?
—Hicimos una evaluación de impacto, algo que no es tan habitual en las políticas públicas uruguayas. Comparamos empresas que accedieron al programa con otras que no lo hicieron, pero que habían realizado el chequeo digital.
Las empresas beneficiarias registraron mejoras positivas y estadísticamente significativas en las variables analizadas, con diferencias de entre 15% y 40%. Y no miramos solamente si incorporaron tecnología. También observamos cuestiones vinculadas con el uso de las herramientas y con la mejora de los procesos de gestión.
—¿Qué aprendieron de esos resultados?
—Que el impacto de implementar tecnología era mayor cuando las empresas habían pasado previamente por una etapa de diagnóstico y elaboración de una hoja de ruta. También tuvieron mejores resultados los proyectos que incorporaron capacitación de los trabajadores, además de la adquisición de tecnología.
Y el efecto no fue igual para todas las empresas. Las que inicialmente tenían un menor nivel de madurez digital obtuvieron mejores resultados en algunos indicadores. Las pequeñas empresas mostraron una mejora integral en el conjunto de variables analizadas y las microempresas tuvieron buenos resultados particularmente en materia de madurez digital.
—¿Qué viene ahora con los vouchers digitales?
—Abrimos una nueva convocatoria. En este caso decidimos concentrar el instrumento en pequeñas y medianas empresas. Para las microempresas planteamos herramientas más sencillas, como los kits digitales.
La nueva edición contará con unos US$ 500.000 y esperamos que los contratos se firmen en noviembre, con nueve meses de ejecución. El programa financia hasta el 60% del proyecto, con un máximo de US$ 20.000 de apoyo no reembolsable por empresa.
—¿Por qué decidieron concentrarlo en determinados rubros?
—Los beneficiarios tienen que formar parte de alguna de las cadenas de valor que ANDE definió como estratégicas: agroindustria inteligente, industrias creativas, ciencias de la vida, logística, turismo, tecnologías de la información y servicios intensivos en conocimiento.
La idea también es que la política pública contribuya a apalancar la inversión privada en innovación y desarrollo. Cuando una empresa pone recursos propios en un proyecto hay, además, un incentivo mayor para sostenerlo.
—La inteligencia artificial parece ser ahora el siguiente gran capítulo. ¿Qué están viendo en las empresas uruguayas?
—Hay una oportunidad, pero también hay que tener cierta cautela. La adopción de inteligencia artificial en las empresas de los países de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos) llegó al 22% en 2025, frente al 14% en 2024 y poco más del 8% en 2023. Es decir, está creciendo muy rápido, pero todavía la utilizan poco más de una de cada cinco empresas. En las pymes (pequeñas y medianas empresas) hay cierto rezago y puede ubicarse en torno al 17%.
Además, que aumente el uso de inteligencia artificial no significa automáticamente que haya aumentado la productividad de las economías. Hay empresas y sectores donde mejoró el rendimiento de determinadas tareas, pero todavía no se tradujo, de forma agregada, en un impacto positivo claro sobre la productividad o el crecimiento económico.
—¿Qué diferencia hay entre usar inteligencia artificial y realmente incorporarla al negocio?
—No es lo mismo utilizar inteligencia artificial para generar una imagen para redes sociales, automatizar un correo o traducir un mensaje que incorporarla en el núcleo del modelo de negocio. Lo importante con la inteligencia artificial es no llegar tarde. Tenemos que incorporarla a tiempo para entender mejor dónde puede generar impacto y orientar su uso.
—¿Qué tipo de herramientas están pensando desde ANDE?
—Estamos trabajando en distintos niveles. Para micros, pequeñas y medianas empresas y emprendimientos, algunos kits digitales podrían incorporar soluciones básicas de inteligencia artificial.
En un segundo nivel estamos pensando en programas de adopción rápida, con capacitación de unas cuatro semanas y soluciones predefinidas que puedan adaptarse a las necesidades de cada empresa.
Entre las aplicaciones que analizamos aparecen tableros de datos automatizados para facilitar la toma de decisiones, herramientas para dinamizar y automatizar redes sociales y comercio digital, sistemas capaces de extraer información de documentos y chatbots con agentes.
La idea es que la inteligencia artificial no quede como una herramienta periférica, sino que pueda integrarse a procesos concretos de las empresas.
—¿La digitalización avanza al mismo ritmo en Montevideo que en el interior?
—No. Hay una brecha territorial vinculada tanto a la complejidad de los entornos donde se produce innovación como a las capacidades materiales disponibles.
En Montevideo existe una concentración de centros de estudio, universidades, investigación, empresas dinámicas y mercados que demandan productos y servicios más sofisticados. Eso genera condiciones diferentes para innovar. Eso no quiere decir que el interior profundo no pueda desarrollar innovación. Lo que requiere son otros mecanismos de acompañamiento.
El desafío pasa por construir tejido y generar sinergias entre los sistemas productivos que ya existen. La transformación digital puede ser también una herramienta para ampliar esas posibilidades.
—¿Qué ventajas tiene Uruguay para avanzar en este proceso?
—Uruguay tiene altos niveles de conectividad y una infraestructura tecnológica desarrollada. También tenemos una industria tecnológica que ha crecido, formación de capacidades y presencia de grandes empresas tecnológicas.
Pero tener esa infraestructura no garantiza por sí solo un cambio en la matriz productiva. El desafío es convertir esas capacidades en productividad, competitividad y nuevas oportunidades.