Efectivamente, estaba en ese proyecto: quería escribir un libro con este encuentro que había tenido con los relatos antiguos; estaba bien fascinada en eso. Mi propósito era escribir lo que me llamaba la atención, la idea era la siguiente: cómo los antiguos fueron inventando una idea del tiempo que permitiera salir de la repetición, del círculo griego, que era esto de la venganza perpetua, que la maldición de una generación recae en la otra. Entonces quería partir con Edipo, que es precisamente ese personaje al que la historia de la ciudad le cae encima a un individuo, y después quería seguir con cómo después, desde otros relatos, se va abriendo el tiempo, y etcétera. Pero me quedé pegada a Edipo, y no podía salir de ahí. En concreto, lo que me pasó es que tenía todas estas ideas en la cabeza, soñaba con esto, miraba para el lado y veía a mi hijo jugando con el perro, y a la vez veía estos mismos relatos antiguos, que a veces uno cree que tienen algo anacrónico, o sagrado, pero no hablan ni de Dios ni de nada, son muy terrenales, están hablando todo el tiempo de la condición humana. Los empecé a ver por todas partes y empecé a jugar con eso. En mi Instagram empecé a escribir cosas chiquititas y un editor con el que a veces trabajo me dijo: “Ya no estás escribiendo macrodramas, quizás son microdramas”.
Microdramas. El peso de lo leve, de Constanza Michelson. Paidós, 254 páginas, 990 pesos.
¿De dónde se alimenta este libro? De la consulta, de su propia vida, de historias de familia, de amigos…
Desde conversaciones que escuché en el restaurante detrás mío, hasta… Pacientes no, eso nunca lo toco. De la vida misma, lo que está alrededor, historias de amigos, de conocidos, del amigo del amigo. También están ficcionados, obviamente. Y los materiales con los que los trato de atrapar son estos que venía craneando hace un rato, los grandes relatos, estos primeros constructores de la humanidad, de la condición humana.
Sus microdramas ponen sobre la mesa temas que no son tan visibles pero están ahí. Uno de los primeros que expone es la idea de que el odio crea amistad, y que muchas veces las parejas se sienten más unidas por compartir el odio hacia sus vecinos, por ejemplo. ¿Por qué nos valemos de esas muletas para sostenernos?
Eso se da mucho, y no solo en las parejas. O hablar mal para decir que estamos mejor que las parejas de amigos que tenemos. Unirse en contra de algo es una fórmula muy arraigada en el ser humano para poder lidiar con las propias diferencias ahí donde cuesta. Es mucho más fácil tener diferencias y acentuarlas con un adversario que lidiar con las diferencias más cercanas, incluso con uno mismo. Eso que uno hace en pareja, esa fórmula, también se aplica a una persona. Eso de decir “qué mal está este otro” y eso me permite estar bien. Es una lógica que siempre ha existido. Pero hoy día está muy enganchada a la lógica de redes sociales. Funciona un poco así. Eso de que todos entonces estamos de este lado del conflicto, necesitamos tener a ese malo. Hay un estudio, creo que es de un sociólogo, que estudiaba las comunidades puritanas de algún lugar del hemisferio norte. Decía que la transgresión de las normas —esto no es ninguna noticia—, más que ser un problema, era necesaria para poder delinear cuál era la frontera de la ultramoral de esa comunidad. Pero aquí viene lo interesante: cuando ya controlaban demasiado a su comunidad e iban disminuyendo las transgresiones —algo muy propio de esta época también—, se ponían mucho más cabrones, mucho más quisquillosos con las pequeñas diferencias. O sea, ya no es que transgrediste la ley, sino que, además, hablaste muy fuerte, o dijiste una palabra con un énfasis. Toda esta policía que aparece hoy día a propósito de las redes sociales. Está estudiado que, cuando hay menos diferencias, ese intento se vuelve más exigente para poder armar una identidad.
Volviendo al tema de la pareja, cuando después de creerse mejor que los vecinos durante décadas, de repente se miran a las caras y dicen “quizás tenemos un problema entre nosotros, ahí está el asunto”. Si tú dejas el traje de la identidad un rato, ¿qué hay? ¿Con qué te encuentras? ¿Qué pasa realmente contigo mismo en el encuentro con el otro? ¿Con qué cosas, con qué tensiones, con qué diferencias, con qué malentendidos tienes que lidiar? La otra es una fórmula para sostener algo, hasta que esas cosas se caen igual.
Entonces, las políticas públicas están bien, pero no todo se les pide a las políticas públicas; también hay algo que le compete a cada uno en su pequeño espacio de mundo. Entonces, las políticas públicas están bien, pero no todo se les pide a las políticas públicas; también hay algo que le compete a cada uno en su pequeño espacio de mundo.
En uno de los textos analiza lo que se siente cuando ya no nos sacan fotos (la pareja, la familia), ese microdrama que tiene que ver con la atención que recibimos. ¿Cómo se acepta eso y todo lo que significa?
Yo no sé si se acepta, no tengo ni idea. Pero el problema de la pareja es el mismo que el problema de la familia de origen: uno es de ahí, pero tampoco es de ahí, porque te tenés que ir de ahí. Entonces, eres parte de esa familia y, a la vez, no. Y después, si acaso formas familia o pareja, pasa un poco lo mismo: te transformas en familia con la pareja, y nadie quiere follar con la familia. Entonces, ¿qué se hace con eso de que somos familia, pero tenemos que mantenernos también desfamiliarizados en cierto punto? No sé si para seguir sacándose fotos, pero para que algo no quede totalmente en el terreno de lo familiar, donde entonces deja de circular otra cosa, que es el amor sexual, u otro tipo de tensiones.
Habla mucho de las palabras, de cómo personas que intentaron suicidarse en espacios públicos podrían haber cambiado de idea si en el camino alguien les hubiera preguntado cómo se sienten. ¿Faltan palabras a veces para conectar? ¿Palabras que puedan cambiar algo para el de al lado?
Hay momentos, me imagino que acá también debe pasar, que de pronto aparece una ola de suicidios en espacios públicos. Y entonces en la prensa se repite una misma discusión: que hay que ponerle barreras al metro, que faltan políticas públicas de salud mental, en fin. Y está bien, no digo que no, pero me acuerdo de un artículo que alguna vez leí cuando esto pasó, con testimonios de personas que decían que alguna vez habían pensado hacerlo o lo habían intentado. Les preguntaban si alguien en la calle les hubiera dicho “¿estás bien?” si habrían cambiado de opinión. Y muchos, no sé si la mayoría, no lo recuerdo, pero muchos decían que sí, que alguien podría haber detenido esa trayectoria con un gesto. Entonces, las políticas públicas están bien, pero no todo se les pide a las políticas públicas; también hay algo que le compete a cada uno en su pequeño espacio de mundo. Si ves al lado tuyo a alguien que claramente está mal, siempre hay un momento donde uno podría decir “¿le pregunto si está bien?”. No quiero moralizar, es decir, ¿tenemos que hacerlo? No lo sé, de pronto sale muy mal hacer algo así, o no te sale tampoco, caso a caso. Pero lo que quiero acentuar es que la vida misma está ahí, no solamente en el congreso, sino ahí, y a veces te llama a ti, personalmente.
¿Cómo llegó a la teoría de que “el espacio distribuye el poder”, refiriéndose a las casas de familia?
Me imagino que eso debe estar muy estudiado ya, pero llego observando mi propia casa y otras casas; desde que los niños siempre se quejan de por qué tienes la mejor cama o el mejor baño; quiénes pueden hacer, quiénes no pueden hacer en las casas. Desde luego son una sociedad en sí mismas y de castas, sin movimiento posible. Pero en algún punto está bien, los hijos tienen que ir a hacer su propio reino, está bien que salgan de ahí y conseguir, si quieren, su mejor cama, su cama king. Tendrán que hacerse una vida para eso. También es terrible, porque cada vez los hijos se van más tarde —si acaso se van y no vienen de vuelta—, un poco porque en el mundo es cada vez más difícil que las nuevas generaciones vayan a tener su propia cama king, y en varios sentidos. Desde el punto de vista de la precarización del trabajo, el valor de la vivienda, y también por las condiciones del campo amoroso, no es tan fácil hoy día que alguien quiera quedarse, profundizar en una relación, armar algo. Da la impresión de que ya no es tan obvio tampoco, y hay unos que quieren más que otros. Ahí viene el sufrimiento.
En un capítulo al que llamó La mirada del lobo cuestiona el tema de la educación sexual, porque “hay algo del sexo que no está en la información ni en la técnica”. Y menciona varias veces en el libro el sexo como algo que condiciona todo desde la oscuridad. ¿Por qué piensa que es así?
Está muy bien que hoy día haya educación sexual, cosa que no había antes, pero al mismo tiempo lo que hay que reconocer es que hay una parte que siempre va a ser un golpe, en el sentido de trauma; hay algo, hay un resto de eso, que no entra en la pedagogía, que no se enseña. La educación sexual no puede enseñar estos recovecos del deseo, cuando no sabes por qué hiciste algo, o no entiendes tu relación con ciertas cosas; como la vida misma, a veces se va aprendiendo en el camino, y está lleno de accidentes. De nuevo, me parece muy bien que se regulen, y yo creo que ahí el feminismo ha iluminado ciertas zonas que eran una especie de normalidad sexual. Pero aun así hay algo del deseo humano que no se puede ni regular ni enseñar del todo, y ese resto es lo más sexual del sexo, la parte ingobernable, me parece. Y cada ser humano tendrá sus historias e irá aprendiendo para después decir “esto sí” o “de estas cosas me cuido”.
Pero aun así hay algo del deseo humano que no se puede ni regular ni enseñar del todo, y ese resto es lo más sexual del sexo, la parte ingobernable, me parece. Y cada ser humano tendrá sus historias e irá aprendiendo para después decir “esto sí” o “de estas cosas me cuido”. Pero aun así hay algo del deseo humano que no se puede ni regular ni enseñar del todo, y ese resto es lo más sexual del sexo, la parte ingobernable, me parece. Y cada ser humano tendrá sus historias e irá aprendiendo para después decir “esto sí” o “de estas cosas me cuido”.
Dice, en el libro, que crecer es “dejar aparecer algo y comparecer ante eso”. En una entrevista reciente dijo que crecer es “ser menos pesada”. ¿Qué es, en definitiva, crecer para usted?
Me había olvidado de que había dicho eso (ríe). Supongo que me refería a que crecer es como dejar de lado una cierta intensidad en ciertos momentos. Poder decir: “Hay cosas que se pueden resolver mañana, no tengo por qué caerle encima al otro, no tengo por qué buscar todas las fallas”. O sea, crecer es hacer una especie de duelo —esto en abstracto suena obvio, pero en la vida de uno no es obvio— y aceptar cierta imperfección de las relaciones, de las cosas. Entender que precisamente a veces, para que las relaciones o tus cosas funcionen, hay que no caerle encima a todo, dejar pasar una. Hacerse un poco el tonto. Creo que puedes crecer a veces en un acto y después regresionar; no es “ya crecí”, sino que a veces uno siente que estuvo bien, pero ninguna situación es igual.
Esos momentos en que una dice “qué madura fui”.
Exactamente. Pero mañana no, o en media hora ya no. Y después te arrepientes, y quedas con resaca moral, “¿por qué hablé tanto? Fue innecesario”. “¿Para qué peleé, pudiendo salvar la situación?”. O a veces, quizás, al revés: “¿Para qué salvé la situación y me hice la buenita cuando en realidad debí cortar con esto?”. Cortar y decir que no es difícil, te deja solo a veces; pero no hacerlo también te puede pasar la cuenta.
¿Y qué sería de la vida sin microdramas?
Creo que los seres humanos tenemos desde siempre la fantasía de ahorrarnos el drama. Todos estos relatos antiguos ya te lo insinúan, desde los constructores de Babel, que querían una sola lengua y todos hablar igual y una cosa unificada, o las ideas de paraíso. Siempre creo que ha estado la tentación de “ya, que esta cosa sea sin dolor de una vez”. Desde regular el amor, desde que todo esté ordenado para que no haya drama, justamente, para que nos entendamos.
Elon Musk la otra vez decía que él creía que en un mundo de traducción simultánea iba a haber menos conflictos. Eso es una ingenuidad total. El punto es que, si te fijas, son todas ideas de atajos para saltarse el drama. No sé si aquí existen las cosas not: la not mayonesa, la not carne. Las cosas not son muy elocuentes porque son las cosas sin el drama. O sea, no tienes que pensar cuánta mayonesa comer porque, si no, te vas a enfermar. No, come todo sin drama. Es como “pide todos tus deseos y se cumplirán”. Y es un deseo antiguo, una vieja fantasía humana. Está en todos los relatos antiguos, y siempre se castigaba. Hoy día no hay castigos bíblicos, es al revés, hay una idea de progreso que precisamente apunta a ese atajo, a que sea sin drama. Uno puede decir: “Está bien, quizás es mejor sin dolor, anestesiémonos todos”. ¿Por qué no? El mundo es feliz. El problema es que, si uno se ahorra el drama, si tomamos ese atajo, uno se empieza a abreviar a uno mismo, digamos. A propósito de crecer, dejas de sufrir la transformación que precisamente nos pasa con el drama. Cuando pensamos “¿en realidad me quiero comer toda la mayonesa?”, en ese espacio, algo pasó con uno, algo tengo que perder. Y alguien creció en ese instante. La vida se te amplía. Creo que en una vida sin drama nos transformaríamos en una inteligencia artificial.