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    Darío Lopérfido

    Sr. director:

    La semana pasada la cultura de la República Argentina perdió a un representante del pensamiento, un disruptivo que no le temió a nadie. Me refiero a Darío Lopérfido.

    Nacido en el año 1964 en el barrio porteño de Villa Urquiza, aprendió el oficio sobre la marcha y por su padre, que fue obrero gráfico, al ingresar como cadete en una agencia publicitaria siendo joven. El gusto por expresar sus ideas y la herencia paterna configurarían el tablero profesional que marcaría su vida y obra.

    La camiseta de la cultura se la puso cuando fue director del Centro Cultural Ricardo Rojas de la Universidad de Buenos Aires desde 1992 hasta 1999; también fue subsecretario de extensión cultural del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. No obstante, el jefe de gobierno de la citada ciudad, que luego sería presidente, Fernando de la Rúa, lo nombra secretario, lo que se convierte en carta de presentación para su futuro profesional, y pasa a ser secretario de Cultura y Comunicación del Gobierno Nacional, cargo que perduraría desde que asumió el 10 de diciembre de 1999 hasta la fecha en que renunciaría el presidente por los hechos sucedidos a finales de 2001.

    A principios del 2015 fue designado director general y artístico del Teatro Colón. Cuando Horacio Rodríguez Larreta asumió la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, fue designado ministro de Cultura, cargo que ostentó hasta mediados del 2016, cuando renunció (removido) por cuestionar las cifras de los desaparecidos. Para él no fueron 30.000, fueron 8.691, según lo que dictaminó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. Su pensar sin tapujos y sin estridencias sobre los números alterados del pasado reciente determinó su salida.

    Sin embargo, no le temió a los liberticidas que quisieron callarlo y censurarlo por su forma de pensar. Alejo Carpentier mencionó que el periodismo es la maravillosa escuela de la vida, escuela que fue su brújula para orientar a personas que piensen y que tengan espíritu crítico.

    Dentro del periodismo escribió un sinfín de artículos, como también un libro sobre los derechos culturales. Al ser diagnosticado de esclerosis lateral amiotrófica (ELA) decidió enfrentarla valientemente, sin la mochila de padecer sus nanas, con la entereza de estar erguido a pesar de sus avatares, pese a la condición de ateo.

    A principios de diciembre de 2025, en una columna escrita por el difunto en la revista Seúl adelantaba que tener ELA es una mierda, literalmente. No lo es ni lo fue para él porque se animó a expresarse como un guerrero, un samurái, un combatiente. Enunció: “Si tenés ELA, la única alternativa para no convertirte en una planta delante del televisor es expandir la actividad cerebral al límite. Al sistema solo le importa que el paciente viva más, no importa cómo. Lo único que puede interesarme de este asunto es exigirle a mi cerebro como nunca lo hice cuando estaba sano”.

    Dos meses después de su revelación de su condición sanitaria, partió a la eternidad dejando un tremendo legado.

    No tuvo límites ni flaquezas, sino que dejó la vara muy alta.

    Daniel Valiñas

    Magíster en Técnicas Modernas de Dirección en la Administración Pública

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