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    ¿De verdad “se fue demasiado lejos” en igualdad de género?

    Sr. director:

    En la pasada edición de Búsqueda, ante el resultado de una encuesta realizada en marzo de este año por la Usina de Percepción Ciudadana, en la que uno de sus resultados muestra que “el 52% de la población consideró que se llegó tan lejos en la promoción de la igualdad que ahora se discrimina a los hombres”, la directora en Uruguay del programa de ONU Mujeres, evidentemente molesta, se pregunta: “¿De verdad se fue demasiado lejos en igualdad de género?”.

    A partir de esta pregunta, la directora cuestiona la pertinencia de esta percepción y, con datos reales, pasa a enumerar circunstancias en las que la desigualdad de género queda manifiesta. Los temas que aborda son el mercado laboral, remuneraciones, jubilaciones y pensiones; uso del tiempo y cuidados; cargos de decisión y violencia hacia las mujeres. Todo lo que expone es estrictamente cierto, sin cuestionamientos, pero es parte de la realidad, seleccionando datos estadísticos e investigaciones que sostienen su indignación y posición. El análisis y comentarios sobre cada afirmación, dado lo extenso de su alegato, ocuparía varias páginas y este no es el lugar para hacerlo, pero solo a modo de ejemplo comentemos algunas de sus afirmaciones.

    Según el Instituto Nacional de Estadísticas (INE), hay una desigualdad en los niveles de desocupación, 8,6% contra 5,7% las mujeres, y diferencias en las remuneraciones de un 25% a favor de los hombres, que, en algunos casos, llega al 40%. Datos correctos, pero muy pobres o escasos para poder abordar el tema con objetividad. No menciona que, por ejemplo, las mujeres tienen 1,25 hijos en promedio en nuestro país, datos del INE y del Ministerio de Salud Pública. Esto implica que, de acuerdo a los beneficios (absolutamente justos y necesarios) de los que son beneficiarias las mujeres, considerando el embarazo y el período posparto, sumadas las 14 semanas de licencia por maternidad más los seis meses a medio horario, las mujeres faltarán a su trabajo, en promedio, el equivalente a 235 jornadas laborales, prácticamente ocho meses sin que el empleador, público o privado, cuente con su aporte. Aclaro que me parece por demás correcto, justo y pertinente, pero me pregunto si esto no influye en las empresas al momento de tomar personal, establecer cargos, promover ascensos o fijar remuneraciones.

    Hay más consideraciones que deberíamos sumar a este análisis para entender la realidad, para determinar y ver dónde están los problemas o las trabas. Luego menciona que “las mujeres llegan a la vejez con jubilaciones más bajas”, detallando circunstancias que determinan esta desigualdad, las que son por demás ciertas, pero no menciona que en Uruguay los hombres se jubilan en promedio entre los 63 y 64 años, mientras que las mujeres lo hacen entre 61 y 62 años, o sea que aportan entre dos y tres años menos. Además, deberíamos considerar que la expectativa de vida es de 74 a 75 años para los hombres y de 81 a 82 años para las mujeres. En resumen, las mujeres aportan, en promedio, dos o tres años menos y percibirán haberes jubilatorios durante aproximadamente 10 años más que los hombres. Esto no explica ni justifica la desigualdad en las pasividades, pero debemos sumarlos al análisis.

    Entender el porqué de la desigualdad de género en cargos políticos en más complejo y abarcativo que los argumentos que se exponen, el primero a sumar (y sé que molesta, pero es real) es porque no se crean listas con predominancia de mujeres y se le pide a la población que las voten. Con respecto a la “violencia hacia las mujeres” se mencionan datos ciertos, reales, pero de visión parcial: en 2025 hubo 369 asesinatos, 18 de ellos correspondieron a feminicidios. Una lectura de estos datos, siendo mas amplio en su análisis, nos hace suponer que los hombres estamos más expuestos a morir asesinados, que la violencia es mucho mayor y letal hacia los hombres. Luego, en la nota, se desestima la incidencia de las denuncias falsas sobre violencia de género, con una visión muy parcial y seleccionada. Nos dice que por día se realizan unas 110 a 120 denuncias por violencia doméstica, lo que supone prácticamente 42.000 al año, y según, entre otros, ONU Mujeres, menos del 1% resultan falsas. En números, menos de 1 denuncia cada 100 es falsa; esta afirmación desconoce totalmente el comportamiento humano, cómo reaccionamos ante una disputa, confrontación, problema familiar o sentimental, cuáles son las reacciones de una persona despechada o agredida. Uno de los motivos, a mi juicio, de por qué no se detectan más denuncias falsas es porque la actual legislación, sumado a la perspectiva de género de fiscales y jueces, es que la sola palabra de la mujer, o sea, su relato, es evidencia exclusiva y determinante, no se admiten pruebas en contrario, sean cuales sean. Si no irrita y desconcierta la eliminación de la presunción de inocencia y en forma increíble la eliminación de la igualdad ante ley, bueno, entonces, vemos la realidad como hinchas incondicionales de fútbol, sepultando la sensatez y, por desgracia, también la justicia.

    Las técnicas y prácticas empleadas por quienes han hecho de esto un oficio y modo de vida, con relación a los argumentos y formas con que selectivamente se ponen a consideración, hace que muchas mujeres y hombres prefieran no exponer matices o visiones distintas porque la primera respuesta será descalificar, misógino, para luego desacreditar en lugar de conversar. La defensa a ultranza de las condiciones de desigualdad de las mujeres transita por un discurso violento y descalificador; todo aquel que ose cuestionar las consignas, por mínimo que sea el matiz, es quemado en la hoguera pública por misógino y machista. La directora hace honor a este mecanismo, para desacreditar al movimiento (no sé si llamarlo así) Varones Unidos, que cuenta con más de 117.000 seguidores. Argumenta que uno de sus líderes fue autor de asesinatos y un sinnúmero más de horribles delitos. Así que, para no escuchar, dialogar, entender e informarse se usa el viejo (tan antiquísimo como eficaz) artilugio de desacreditar a uno de los 117.000, y así ignorar lo que otros piensan, opinan, sufren o padecen. Esta forma de refutar deja expuesta la pobreza argumental (ad hominem). Quizás ya esté en el Parlamento un proyecto de reforma constitucional para que se prohíba pensar y opinar distinto, imponiendo el pensamiento único.

    Mencionaré datos que son de fácil acceso, están en la web: muertes por sida, año 2024, 77 hombres y 37 mujeres; 261 fiscales mujeres y 61 fiscales hombres; integrantes del Poder Judicial, 3.574 mujeres, 1.405 hombres; jueces, 334 mujeres, 181 hombres; de las más de 3.500 personas que viven en situación de calle, 9 de cada 10 son hombres; muertes en accidentes de tránsito, 8 de cada 10 son hombres; de las casi 16.000 personas privadas de libertad, el 92% son hombres y el restante 8% son mujeres; suicidios, 75% hombres y 25% mujeres; esperanza de vida, hombres 74,15 años, mujeres 81,69; 310.000 empleados públicos, 45% hombres, 55% mujeres; estudiantes universitarios, 37% hombres, 63% mujeres; funcionarios del Brou, 40% hombres, 60% mujeres; docentes, primaria y secundaria, 70% mujeres, 30% hombres. Estos datos muestran otra faceta de la realidad que se debe sumar a cualquier análisis o diagnóstico, claro que son parciales, pero necesarios para cualquier planteo. Lo que no debo (o debería) hacer es elegir cuáles datos son funcionales a mi postura y cuáles no.

    Leo constantemente alegatos y posturas feministas, en su totalidad victimizándose y llevando el relato a determinar que los hombres somos, aparentemente sin excepción, violentos, injustos, aprovechadores y sumen los descalificativos que quieran, todos entran. Concuerdo con la directora cuando menciona que “la democracia necesita transparencia e información, datos y evidencias”, aunque luego la selectividad en su alegato lo ignore. Lo que supongo que viene ahora es que me califiquen (¿descalifiquen?) con el rótulo y estigma de misógino machirulo, por tener un pensamiento con otro enfoque, por opinar, por decir lo que pienso, por desear recorrer el camino hacia la igualdad con más elementos de los que actualmente se esgrimen y exponen, por proponer pensar y dialogar. Tampoco faltará entre mi familia y amigos quienes me digan “no podés exponerte así”, a esto hemos llegado. La igualdad en una sociedad, paradigma y bandera que debemos defender, debe ser analizada en la forma más abarcativa posible, todo lo que nos dicen los movimientos feministas es verdad, pero hay que sumar más consideraciones, encuestas más abarcativas y análisis amplios para terminar entendiendo que, en realidad, el problema de la violencia de género es que vivimos en una sociedad violenta, en la que mujeres y hombres somos las víctimas. ¿Se puede mejor o arreglar el problema de la desigualdad? Claro que sí, pero elegir el camino correcto es la manera.

    Daniel H. Báez