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Los días 5 de abril la historia nos pone de cara a una fecha que no es para nada insignificante en la comarca oriental, luego devenida en la República que hoy constituimos.
Antes de desentrañar el significado de dicha fecha, es necesario entender qué supone el término ADN, al que se relaciona con el conocimiento de la medicina y la química, pero que permite conocer la génesis y el sentido de nuestra comunidad, así como el fundamento de nuestra más pura identidad.
Cuando se lo menciona, se hace referencia a un conjunto o cuerpo de datos que constituyen la base misma del fenómeno del que estamos hablando y permite conocer sus rasgos fisonómicos, sus aspectos identitarios.
En el caso que motiva el presente artículo no me voy a referir a un ser vivo, sino a una organización social, jurídica y política, que es la nación oriental y de su sucedánea, la uruguaya. Se requiere destacar desde el comienzo de la presente reflexión lo que es mi pertenencia, de la que siento un profundo orgullo de integrarla, sosteniendo con el más alto grado de convicción y la mayor firmeza sus más caros principios.
Dicho esto, me adentro al significado de este día que no se agota en sí mismo, ya que es el comienzo de un largo periplo que, con escasísimas interrupciones, afortunadamente, hacen a la vida de la comunidad.
El 5 de abril de 1813 se trazan las grandes líneas de nuestra esencia nacional. El José Artigas victorioso en Las Piedras y que comienza a tener diferencias claras con el proyecto de organización nacional que tienen las autoridades porteñas emergentes de la Revolución de Mayo decide realizar una reunión que será clave para estructurar los vastos territorios que conforman el Virreinato del Río de la Plata.
Cuando finalizaba el mes de enero de 1813, en la ciudad de Buenos Aires se instaló una Asamblea Constituyente con el objetivo de establecer las bases de la institucionalidad del nuevo gobierno patrio.
En este marco, Artigas convoca a los orientales a la celebración de un Congreso llamado de Tres Cruces, tomando el nombre del paraje donde se iba a llevar a cabo. Actualmente, el solar donde se desarrollará la deliberación se encuentra en una zona céntrica de la capital, pero que en la época constituía las afuera de Montevideo.
En el comienzo, pronuncia la frase inaugural que tiene un alto sentido republicano. El mayor en el proceso emancipador continental. Es de resaltar tal aspecto, ya que en la ciudad portuaria de allende el Plata el pensamiento monárquico estaba fuertemente arraigado.
Expresa el Jefe de los Orientales: “Mi autoridad emana de vosotros y ella cesa por vuestra presencia soberana; vosotros estáis en pleno goce de vuestros derechos; ved ahí el fruto de mis ansias y desvelos; ved ahí todo el premio de mi afán; ahora en vosotros está conservarlos”. Estas palabras recogen el más puro pensamiento republicano y cuya inspiración proviene de pensadores de la talla de Thomas Jefferson y Thomas Paine, quienes en sus obras literarias y acción política en el contexto de la revolución de las trece colonias norteamericanas cimentan intelectual, filosófica y políticamente su independencia de la Corona británica.
De estas deliberaciones surgirán las llamadas Instrucciones del Año XIII, que, además de ser pautas que debían llevar los diputados orientales a la asamblea citada en Buenos Aires, constituían un verdadero programa institucional de la organización nacional.
La primera y básica premisa de Artigas era la separación de las provincias platenses del Reino de España. Este aspecto es claramente distintivo del pensamiento artiguista, ya que no estaba presente en varios líderes, aspecto no menor que reafirmará dos años después en el Congreso de Oriente o de Arroyo de la China, actualmente ciudad Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos.
Para varios historiadores argentinos, el hecho mencionado supone la primera vez que en el Río de la Plata se comienza a hablar de la independencia. La relevancia del encuentro está dada en que ocurre varios meses antes del llamado Congreso de Tucumán, el 9 de julio de 1816, fecha fundamental para los hermanos platenses.
En segundo lugar, sostenía la organización bajo la forma de república y regida por un sistema federal con una etapa de inicio confederal, es decir, configurar un pacto defensivo ofensivo entre las diferentes provincias que la conformaran para luego dar lugar a un Estado federal.
Es imprescindible hacer notar que las ideas independencia, república y federalismo están presentes en el caudillo oriental desde el inicio mismo de la lucha revolucionaria en nuestros pagos.
Estos aspectos no eran otra cosa que el reconocimiento de un sentimiento muy enraizado en la campaña en el que “Naides es más que naides”, en clara referencia no solo a los individuos entre sí y frente a la sociedad, sino, además, respecto a la interacción de las provincias dentro de la unidad nacional.
Otros de los aspectos más salientes y que constituye uno de los mayores legados del Jefe de los Orientales es la libertad. Su concepción sobre ella es inequívoca. En las propuestas indicadas a los diputados orientales se la declara en lo civil y religioso en toda su extensión imaginable. No es casual. Las milicias artiguistas estaban compuestas por criollos, negros, gauchos, mulatos y también por una gran cantidad de indígenas, por lo que su pretensión no era otra que la de reconocer, respetar y amparar a estos.
La extracción social y de origen de las huestes de Artigas no configuran un tema nimio si se compara a nuestro proceso revolucionario con lo sucedido en otras latitudes americanas. No en balde, el prestigioso y reconocido historiador argentino Dr. Mario Pacho O’Donnell ha realizado una profunda investigación que lo lleva a sostener que nuestro jefe fue “la versión popular de la Revolución de Mayo de 1810”.
En su libro, que lleva ese nombre, lo distingue de tal forma, e indica que “aunque la historiografía liberal insiste en recordar a José Gervasio Artigas como el artífice de la independencia de la República Oriental del Uruguay, lo cierto es que, en realidad, el caudillo fue el representante más vigoroso de un proyecto de organización federal, popular y latinoamericanista para las Provincias Unidas del Río de la Plata, que en tiempos de Mayo incluían los actuales territorios de la Argentina, Uruguay, Bolivia y Paraguay. Su inflexible convicción lo enfrentó con el elitista y extranjerizante unitarismo porteño que abogaba por la hegemonía del puerto sobre las provincias. Férreo defensor del sufragio universal cuando ninguna sociedad del planeta practicaba el voto popular, llevó a cabo la primera reforma agraria de toda Latinoamérica”. Esta última referencia merece un capítulo aparte. Es el mismo intelectual que ha elogiado a nuestro caudillo en su obra Artigas, la versión popular de la Revolución de Mayo.
En el pensamiento y derrotero político de José Artigas la libertad es central. Es de recordar sus famosas expresiones: “Con libertad no ofendo ni temo”; “El despotismo militar será precisamente aniquilado con trabas constitucionales que aseguren inviolable la soberanía de los pueblos”; “La causa de los pueblos no admite la menor demora”, “Amar la libertad es de seres racionales. Perderla, es de cobardes. Los orientales no han olvidado sus sagrados deberes”; “Es muy veleidosa la probidad de los hombres, solo la Constitución puede afirmarla”. También viene a nuestra mente “todo tirano tiembla y enmudece al marchar majestuoso de los hombres libres”, lo que posteriormente inmortalizaría conceptualmente nuestro himno nacional.
El Jefe de los Orientales establece un compendio de principios que, si lo miramos con perspectiva histórica, constituye la médula de la dogmática constitucional nacional de esos tiempos.
A vía de ejemplo, podemos establecer su idea de lo que debía desarrollar un gobierno, por lo que señala la conservación de la igualdad, la libertad y la seguridad de los ciudadanos.
Allí se señalan los bienes jurídicos protegidos en los artículos 7 y 8 de la Constitución de la República. Es de indicar que, respecto a la norma que abre la sección II de la Carta Magna de 1967 denominada Derechos, deberes y Garantías, la libertad y la seguridad se formulan como un reconocimiento junto con la vida, el honor, el trabajo y la propiedad, y a los cuales los habitantes tienen derecho a ser protegidos en su goce, no pudiendo ser privados de ellos, sino conforme a las leyes que se establecieren por razones de interés general. En la Constitución original no se menciona el trabajo, el que se incorpora en la segunda reforma, la de 1934.
El ideario artiguista no se agota en lo narrado, sino que toma otros valores, como la justicia social. Si bien no se corresponde a la fecha que estamos rememorando, el Protector de los Pueblos libres dentro de su derrotero perseguiría un modelo económico donde “los más infelices sean los más privilegiados”. En 1815, y cuando el poder político se había afianzado, diseña una verdadera planificación productiva al dictar el Reglamento Provisorio para el Fomento de la Campaña y Seguridad de sus Hacendados. Eran muy claros sus objetivos: poblar la campaña, a través del afincamiento, otorgando la debida estabilidad con la entrega de tierras, y favorecer a un contingente de pobladores, aplicando el principio de la justicia social. Queda palmariamente demostrado que Artigas, quien conocía la campaña como muy pocos en su época, tenía un concreto plan económico, productivo y social, aspecto reafirmado en sus palabras “yo esperaba todo de un gobierno popular que haría su mayor gloria en contribuir a la felicidad de sus hermanos.”
Esta breve reseña refleja un legado del caudillo, erigido primero Jefe de los Orientales y luego Protector de los Pueblos Libres, que permanece hasta nuestros días. No somos el Estado que pensó, es cierto, pero no debe caber ninguna duda de que conformamos la sociedad que anheló. Desde los albores mismos de la patria, en los campamentos del sitio, en Ayuí o Purificación, se gestaron un modo de ser y una actitud que se vienen reflejando hasta nuestros días.
Si tuviéramos que definir en dos palabras qué supone el ser oriental, y posteriormente devenido en uruguayo, podríamos resumirlo en dos valores que le son supremos: libertad y justicia social. No se entiende de otra forma. Son nuestros principios más sagrados, nuestro horizonte permanente. Cuando hubo interrupciones institucionales como en 1933 o como el duro y amargo trance que vivimos entre los años 1973 y 1984, el pueblo fue siempre en busca de la libertad, con mojones históricos como la jornada de 1980, donde hombre y mujeres provenientes de las más distintas corrientes de pensamiento no se preguntaron de dónde venían, sino hacia dónde querían ir.
La justicia social es otro de los criterios rectores de nuestra sociedad, lo que nos permitió paulatinamente conquistar derechos, ir ganando amplios espacios en el terreno social hasta llegar a conformar un Estado social de derecho que es motivo de orgullo y ejemplo para las naciones hermanas de América. Algunas veces fuimos pioneros. Siempre inspirados por el ideal de bienestar, persiguiendo en forma invariable como único afán el imponer la pública felicidad.
Marcello Brienza