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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando todo es muro, nada es ciudad
En Montevideo hay algo que se volvió paisaje, pero que rara vez se vuelve conversación: la ocupación sistemática del espacio público a través de inscripciones. Pintadas deportivas, consignas políticas y marcas publicitarias avanzan sobre muros, veredas, árboles, columnas y puentes, configurando una capa visual constante que muchas veces naturalizamos sin detenernos a pensar en ella.
No se trata de un fenómeno nuevo ni exclusivo de una práctica. Tampoco es homogéneo: responde a lógicas territoriales, identitarias y de pertenencia profundamente arraigadas. En muchos casos, estas marcas funcionan como señales de comunidad, de presencia y de historia compartida. Desconocer esa dimensión sería simplificar el problema.
Sin embargo, reconocer su valor simbólico no impide advertir otra cuestión: la ciudad, entendida como espacio común, parece carecer de acuerdos mínimos sobre sus formas de uso y cuidado.
Cuando prácticamente cualquier superficie se vuelve disponible para ser intervenida, y cuando las fronteras entre lo que admite inscripción y lo que requiere cierta preservación se diluyen, lo que aparece no es solo una mayor diversidad de expresiones, sino también una acumulación que tiende a superponerse. Esa superposición, en lugar de potenciar los mensajes, muchas veces los vuelve difusos.
En ese escenario, prácticas muy distintas —desde una pintada deportiva hasta una campaña publicitaria o una consigna política— terminan compartiendo un mismo punto de tensión: la relación entre expresión y apropiación de lo común.
A esta discusión se suma otra dimensión, menos visible pero igual de relevante. Aunque existen normativas vinculadas al cuidado del espacio público, su aplicación en relación con pintadas de carácter deportivo, político o publicitario aparece, en los hechos, difusa.
¿Por qué, aun existiendo estas regulaciones, ciertas formas de intervención —como las pintadas asociadas a entidades deportivas— parecen quedar en una zona de escasa regulación efectiva? ¿Estamos frente a un vacío normativo o, más bien, ante un desajuste entre la norma, su aplicación y prácticas culturales profundamente instaladas?
Más que un problema de control, lo que parece emerger es una zona gris: un espacio intermedio entre la norma, su implementación y ciertas dinámicas sociales que se repiten sin que medie, hasta ahora, una conversación pública sostenida sobre sus límites y sus posibles acuerdos.
El caso de los edificios patrimoniales vuelve esta pregunta aún más evidente. Allí no solo está en juego un soporte físico, sino una memoria material que excede cualquier identidad particular. Su valor no radica en permanecer intocados, sino en ser abordados desde una lógica de responsabilidad compartida.
Algunas experiencias recientes de trabajo colectivo en la ciudad, impulsadas por iniciativas como Montevideo Más Linda, buscan situarse en ese punto: no como una respuesta definitiva, sino como una forma posible de intervenir desde el cuidado, la cooperación y la puesta en valor de lo común.
Quizás el problema no sea que la ciudad esté hablada, sino que todavía estamos aprendiendo a escucharnos en ella.
Sebastián Angiolini