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    El Frente Amplio y Cabildo Abierto

    Sr. director:

    Hay parejas que se cuidan de no salir juntas en la foto. Yamandú Orsi y Guido Manini Ríos son una de esas parejas: se necesitan a fin de mes, cuando haya que aprobar la Rendición de Cuentas, pero ninguno de los dos va a llevar al otro a la boda de un sobrino. El romance tiene nombre técnico —“alianza circunstancial”, dijo el propio presidente, con esa distancia clínica de quien no piensa presentarte a la familia—, y cualquiera que haya estado del lado de lo “circunstancial” sabe exactamente lo que significa: no es nada serio, decime que no sos celoso, y aun así seguís viniendo cuando te llamo.

    Manini llama seguido. No pide flores: pide un aumento para la tropa, un cheque para pagar la salud militar, alguna letra chica que alivie a los que todavía visitan Domingo Arena. El Ministerio de Economía, que hace de suegra, contesta que no hay un peso. Y sin embargo el noviazgo sigue, porque a los dos les conviene que siga: a él, para sentirse imprescindible una vez al año; a Orsi, para no tener que casarse con nadie.

    Conviene recordar que Cabildo no siempre fue la amante. En 2019 fue el flechazo del verano: 11% de los votos, la sorpresa de la temporada, todo el país queriendo saber quién era ese señor de bigote marcial que hablaba de orden, pero no de estabilidad. Para 2024 el hechizo se había gastado, y hoy lo que quedan son dos diputados con los que trapichear, escriturar leyes a cambio de beneficios. Cabildo es un partido de una sola obsesión, y esa obsesión —los suyos, los militares, sus pensiones y sus causas— es también lo único que le queda para negociar. Atrás quedaron los tiempos en los que pactaban leyes antiforestación. Hoy solo se acuerdan rendiciones de cuentas. Un amante de un solo tema es, tarde o temprano, un amante fácil de dejar esperando.

    Del otro lado del mundo hay exparejas parecidas. A los uruguayos nos gusta creer que somos originales. No lo somos: Alexis Tsipras tuvo un romance impresentable con ANEL, la ultraderecha griega que le prestó los votos y después desapareció sin dejar dirección; Matteo Salvini se metió en la cama con el Movimiento 5 Estrellas y salió de ahí más viejo y menos querido, superado por una rival —Giorgia Meloni— que entendió que a la derecha había que cortejarla, no venderla como a un stock.

    Pero el paralelo que de verdad importa no es europeo, está más cerca. Hay que dejar de comparar a Orsi con Alberto Fernández y empezar a compararlo con Gabriel Boric. Los dos tuvieron la luna de miel corta y la pausa táctica larga: la beligerancia de campaña guardada en un cajón, un ministro de Economía sospechosamente neoliberal, un ala interna radical a la que se calma con eslóganes sentimentales y manifestación de intenciones. El Diálogo Social ha sido la constituyente de Boric, y terminó de erosionar la credibilidad dentro y fuera de la izquierda. Estamos en un continente que pide a gritos seguridad y las derechas alternativas tomaron casi todos los bastones presidenciales, aprendieron a ser cool, digitales y desacomplejadas.

    La pregunta, entonces, no es si Cabildo va a sobrevivir a este concubinato parlamentario sin anillo. Manini seguirá llamando, y Orsi seguirá atendiendo, sin comprometerse, porque eso es exactamente lo que le conviene. La pregunta es quién se queda con el lugar que dejó ese amor —el que en 2019 votó al ex comandante en jefe, y en 2024 volvió a manos del MPP—. Más cuando los partidos fundacionales tan moderados parecen incapaces de encantarlos.

    Tomás Bonetti