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    El futuro del Partido Nacional

    Sr. director:

    Antes de ganar, saber quiénes somos

    “Somos idea. La unión nos hará fuerza”

    Hace unos días vengo dándole vueltas a una idea. No porque crea tener una respuesta definitiva, sino porque cuanto más escucho hablar de crear una nueva fuerza política de oposición, más dudas me aparecen. Será que uno ya pasó por unas cuantas campañas, festejó alguna noche y volvió a casa en silencio en muchas otras. O quizá tenga que ver con otra cosa: este domingo el Partido Nacional cumple 190 años y me cuesta mirar esa historia como si fuera apenas un dato para una campaña.

    Creo en las coaliciones. Recuerdo haber escrito algún artículo sobre esto. El Uruguay político que tenemos por delante difícilmente permita que un partido gobierne solo. Tendremos que acordar, ceder, aprender a convivir con gente que piensa distinto y, si los ciudadanos nos dan la oportunidad, volver a gobernar juntos. Pero... ¿para hacer todo eso tenemos que dejar de ser quienes somos? No termino de verlo.

    El Frente Amplio comparece como una fuerza electoral y de este lado estamos blancos, colorados, independientes y otros partidos disputándonos votos que después, llegado el balotaje, en buena medida terminan juntos. Entonces, parece lógico juntarnos desde el principio. Pero la política tiene la mala costumbre de no comportarse como una hoja de cálculo. Los votos no se suman como columnas. Detrás anda gente, con sus recuerdos, sus simpatías y sus rechazos. Un colorado puede votar a un blanco en un balotaje sin querer hacerse blanco. Y un blanco puede acompañar a un colorado sin necesidad de cambiar de partido. Quizá ambos quieran algo bastante más simple: seguir siendo quienes son y ponerse de acuerdo para gobernar.

    Tal vez sea generacional. Para nosotros, ser blanco nunca fue solamente votar una lista. Pasamos elecciones sabiendo que probablemente perderíamos y, al lunes siguiente, el partido seguía allí. Discutíamos, nos culpábamos unos a otros y, después de bajar la espuma, seguíamos.

    Por eso, los 190 años me dicen algo. No porque lo viejo deba conservarse por ser viejo. El Partido Nacional cambió infinidad de veces y tendrá que seguir cambiando. Una tradición que no cambia termina en un museo. Pero una cosa es cambiar y otra olvidar quién cambió.

    También me cuesta definirme simplemente como parte de la “oposición”. ¿Qué oposición? Coincido con algunos de quienes están de este lado en muchas cosas y discrepo profundamente en otras. Hasta puedo sentirme más cerca de ciertas posiciones moderadas de la izquierda que de alguna idea defendida por alguien que formalmente integra nuestro bloque. ¿Y qué? Así debería funcionar una democracia.

    Ser los que estamos contra el Frente Amplio puede alcanzar para enfrentar una elección. Para construir una identidad política me parece poco, muy poco. Un partido tiene que saber qué piensa cuando el adversario no está en la sala.

    Y para resolver el problema electoral que tanto nos preocupa ya tenemos una herramienta bastante buena: el balotaje. En la primera vuelta cada uno dice quién es. En la segunda decidimos con quién estamos dispuestos a gobernar. Me gusta esa lógica. Cada partido comparece con su identidad. La gente elige. Y, si nadie alcanza la mayoría, la pregunta cambia: ¿quién debe gobernar?

    Claro que una coalición seria debe trabajarse mucho antes. No podemos empezar a conversar la noche de la primera vuelta. Necesitamos coincidencias programáticas, reglas, compromisos y saber dónde estamos dispuestos a ceder. El ciudadano tiene derecho a conocer qué gobierno estamos ofreciendo.

    Pero acordar no exige desaparecer. Para mí, esa es la diferencia decisiva: quiero una coalición de partidos, no un partido de coalición. La primera reúne identidades para gobernar; el segundo termina creando una identidad nueva. Si algún día el Partido Nacional deja de existir, preferiría que fuera porque los uruguayos así lo decidieron y no porque nosotros mismos resolviéramos diluirlo después de hacer unas cuentas electorales.

    Y diría algo más. Capaz que estamos mirando el problema por el lado equivocado. Si perdimos, antes de preguntarnos cómo juntar mejor los votos que ya tenemos, deberíamos preguntarnos por qué no conseguimos otros. ¿Por qué alguien que alguna vez nos votó dejó de hacerlo? ¿Por qué un muchacho que votará por primera vez debería elegirnos? ¿Estamos llevando a los mejores? ¿Tenemos algo para decirle al Uruguay que viene? ¿Somos capaces de convencer a alguien que nunca fue blanco? Por ahí, creo, anda la cosa. Ganarle un voto a otro blanco sirve para una interna. Sacarle alguno a nuestros socios mejora un porcentaje. Convencer a alguien que estaba lejos puede hacernos ganar una elección.

    Quiero, por supuesto, un gobierno nacionalista. Y creo que para lograrlo necesitaremos a los colorados y a otros partidos. Sentémonos con ellos. Hagamos un programa común. Cedamos. Discutamos. Aprendamos unos de otros. Y, si la gente nos da la mayoría en el balotaje, gobernemos juntos. Ellos siendo ellos. Nosotros siendo nosotros.

    Nuestro escudo dice: “Somos idea. La unión nos hará fuerza”. El orden no es casual. Primero somos idea. Después viene la unión.

    Puedo estar equivocado. Tal vez algún día las viejas divisas cumplan su ciclo y haya que aceptarlo. Pero este domingo el Partido Nacional cumple 190 años y no puedo dejar de pensar en los muchos que perdieron antes que nosotros y, aun así, siguieron.

    Sería una extraña ironía que un partido que sobrevivió 190 años a guerras, derrotas, dictaduras, divisiones y destierros terminara dejando de ser él mismo por miedo a perder una elección.

    Gustavo Modernell