Sr. director:
Sr. director:
Accedé a artículos gratuitos y newsletters de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay gobernantes que caen por exceso de audacia y otros que se hunden, lenta y decorosamente, por exceso de resignación. Al segundo linaje pertenece el señor ministro del Interior, doctor Carlos Negro. Antes de ceñirse las insignias del cargo, declaró que la guerra contra el narcotráfico estaba perdida. Fue quizás la única profecía de su carrera que el tiempo se ha tomado el trabajo de cumplir.
Porque los hechos, que no saben de retórica ni de láminas proyectadas, hablan con elocuencia brutal. Cayeron asesinados 195 compatriotas en el primer semestre de este año. No hubo semestre más sangriento desde hace más de una década. Entre abril y junio la muerte violenta creció más de un 20%, y tres de cada cuatro de esas vidas las segó el plomo de un arma de fuego. No lo afirma la pasión opositora, señor director. Lo confiesan los propios registros del Ministerio del Interior.
¡Y qué espectáculo el de su defensa! En abril, bajo el fuego de la interpelación, el ministro saludó como hazaña histórica una baja trimestral de homicidios. Tres meses después, desmentido por la estadística, descubrió las virtudes de la “relativa estabilidad” y de una “meseta” que se remonta a 2018. Así procede el mal capitán. Si el viento es favorable, se atribuye la brisa. Si arrecia la tormenta, culpa al barómetro o a la tripulación que lo precedió en el mando.
Del célebre Plan Nacional de Seguridad poco hay que añadir que el ministro no haya dicho contra sí mismo. Prometido para el primer día del año, vio la luz a fines de marzo, adornado con más de 130 medidas. A renglón seguido, su propio autor aclaró que no era cosa nueva, sino la sistematización de lo que se venía aplicando desde marzo de 2025. De modo que el remedio anunciado con tanta pompa era el mismo régimen bajo el cual la enfermedad se había agravado.
Pero, más que los números, duele el tono. Ante la comisión del Senado, el ministro gastó su elocuencia en reprender a los legisladores por sus expresiones “irresponsables”, como si el deber del custodio del orden fuera vigilar el vocabulario ajeno y no las calles de la República. Y cuando un niño de pecho fue asesinado se le oyó explicar que la prevención del homicidio es posible en general, mas no la de uno en concreto. Frase de cátedra, tal vez. Pero, en boca de quien tiene a su cargo la vida de los ciudadanos, suena a epitafio.
Ya ni la propia fuerza pública le guarda fe. El 20 de setiembre, sindicatos policiales, entre ellos el de la Guardia Republicana, se plantaron ante las puertas del ministerio a pedir su renuncia. Cuando el soldado duda del jefe, la batalla está comprometida antes de librarse.
No reclamo desde estas líneas cadalsos ni leyes de excepción, que nunca fueron patrimonio de los espíritus libres. Reclamo algo más austero y difícil: un ministro que tenga el coraje de mirar de frente la sangre derramada y no se refugie tras el biombo de sus gráficas. Invoca a cada paso la evidencia. Pues bien, señor ministro, la evidencia ha hablado, y su veredicto no le es favorable.
Nicolás Pereyra