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    La celebración del Día del Patrimonio

    Por Lector

    Sr. Director:

    El próximo fin de semana se celebra como patrimonio a la vitivinicultura, la vid y el vino. Para la RAE (Real Academia Española), el patrimonio es el conjunto de bienes, riquezas y derechos adquiridos pertenecientes a la persona. No obstante, el patrimonio que se festeja y homenajea en estos días no se relaciona exactamente con la riqueza. Se celebra el patrimonio cultural, la herencia que recibimos del pasado y transmitimos a las futuras generaciones. El Día del Patrimonio es una invitación a festejar lo heredado, a recordar nuestro pasado y reflexionar sobre el futuro.

    La Comisión de Patrimonio Cultural de la Nación dedica el 30o Día del Patrimonio a “El vino como tradición: inmigración, trabajo e innovación”, reconociendo “a dos personalidades relevantes en su historia en el Uruguay, los señores Francisco Vidiella y Pascual Harriague”. La celebración de este año nos recuerda, más que otras, que el patrimonio cultural no se reduce a piezas museísticas, monumentos, estatuas y edificios. Para el arquitecto Ciro Caraballo “No se trata de edificaciones ni espacios naturales, aunque ¡sí! No se trata de música y bailes, aunque ¡también! Se trata de celebrar uno de los más importantes descubrimientos de las (homínidas) y los homínidos en los siglos que llevan en este planeta, la fermentación”.

    El vino resulta de la fermentación del jugo de uva producida por la acción de levaduras naturalmente presentes en el hollejo de la fruta. Su historia es la de la propia humanidad. Su origen se sitúa por los años 6.000 a 5.000 a. de C., pero las primeras cosechas de la vid (Vitis vinifera) datan de 2.000 años después en las tierras de la antigua Mesopotamia. De allí fue a Egipto, encontrando en las riberas del Nilo terreno fértil para su cultivo. La elaboración de vino se introdujo en Italia en el año 200 a. de C. y con él los romanos celebraron sus fiestas. Para ellos, Baco, dios de la agricultura y la fertilidad, era también el “dios liberador”. En Italia se experimentó con los primeros injertos en la vid y se incluyeron hierbas maceradas para la elaboración del vino. La adaptabilidad de la vid facilitó su expansión desde Italia al resto de Europa. Los colonizadores españoles se encargaron de llevarla al Nuevo Mundo y el vino le siguió.

    Siglos de siglos hace que vas de mano en mano

    desde el ritón del griego al cuerno del germano.

    Vino que como un Éufrates patriarcal y profundo

    vas fluyendo a lo largo de la historia del mundo.

    (Jorge Luis Borges)

    El cultivo de la vid y la vinificación llegaron a Uruguay en la segunda mitad del siglo XIX de la mano de inmigrantes —españoles, vasco-franceses e italianos—, que trajeron también sus saberes. Por 1870 se establecían en el país dos viñedos: el del vasco-francés Pascual Harriague en San Antonio Chico (Salto) y la granja del catalán Francisco Vidiella en Colón (Montevideo). Para 1878, Vidiella ya había adaptado a las condiciones uruguayas la primera variedad de vid de procedencia europea —una cepa del grupo folle noir—. En paralelo, Harriague hacía lo suyo con una variedad —tannat— de origen vasco-francés que, introducida de Entre Ríos, sería la transformadora de la vitivinicultura uruguaya.

    Con la experiencia de estos pioneros, más otros que los siguieron, la vitivinicultura se afianzó en Uruguay. Los establecimientos se multiplicaron y la actividad fue próspera hasta que, en 1898, un insecto plaga, la filoxera (Phylloxera vastatrix), atacó las vides instalándose en los establecimientos y cambiando para siempre el modelo productivo.

    La filoxera, muy difícil de controlar, llevó la viticultura mundial a una profunda crisis. Para hacerle frente, el gobierno uruguayo de la época ordenó eliminar con fuego todas las plantas atacadas por la plaga y sustituirlas por otras injertadas sobre pie americano con resistencia a la filoxera. La recuperación fue lenta, pero ya en 1899 la producción había retomado los niveles anteriores a la crisis. La grata sorpresa fue que la vid injertada en pie americano resultó ser más productiva que la de plantación directa. Ello, junto con nuevas prácticas productivas, forjó una nueva vitivinicultura. Hoy, Uruguay planta varias cepas: merlot, cabernet, marselan, syrah, pinot noir, sauvignon blanc, chardonay, albariño y otras. Pero sería tannat, la cepa introducida por Harriague, la que se convertiría en la marca nacional del país. Ella ocupa hoy el 25% del área vitivinícola y le ha dado a Uruguay un lugar en el mundo del vino con numerosos premios internacionales. Uruguay es hoy el principal productor mundial de tannat, con volumen y calidad que superan los de su lugar de origen.

    El tema de la 30a celebración del Día del Patrimonio nos hace reflexionar sobre la polifacética herencia de la vitivinicultura. Una actividad productiva —agrícola: uva, vino y derivados—, económica —generación de ingresos y divisas—, social —inmigración con un modo de vida familiar—, recreativa —turismo enológico—, cultural —valores patrimoniales materiales e inmateriales— y tecnológica —cultivo de la vid y vinificación—.

    Para Canelones, la vitivinicultura, por lo que representa como actividad económica y modo de vida, es patrimonio cultural identitario. Esta agroindustria ha generado oportunidades de trabajo para productores —viticultores, bodegueros, fabricantes de insumos—, técnicos —agrónomos, enólogos, sommeliers—, trabajadores —rurales, industriales y gastronómicos—, transportistas, comerciantes, etc. Ha dado origen a innovadoras estrategias de marketing y comercialización, ha desarrollado y conquistado mercados —nacionales y extranjeros— y ha promovido la investigación científica y la innovación tecnológica con generación de nuevas prácticas de cultivo y vinificación. Socialmente, muestra nuestro pasado inmigratorio, que, con el rol protagónico de la mujer, ha logrado sostener un modo de vida familiar que contribuye a la cohesión social, con hombres y mujeres que aman, vigilan y cuidan la tierra. La vitivinicultura hace realidad la frase de Clemente Estable: “Progresar es innovar manteniendo lo que vale”.

    El centro homenajea, además de Harriague y Vidiella, a otros pioneros de nuestra vitivinicultura como Aldebarán Mones, Virginio Pattarino y Diego Pons. En el Día del Patrimonio, el Centro Cultural Miguel Ángel Pareja, en Las Piedras, la “capital del vino”, celebra la vid, el vino y la vitivinicultura con un variado programa referido a la convocatoria: inmigración, trabajo e innovación.

    Sábado 5 y domingo 6 el centro exhibe una muestra fotográfica, Patrimonio cultural vitivinícola canario: paisaje, memoria e innovación, presentando la vitivinicultura del departamento. Es un proyecto colectivo organizado por el centro cultural —coordinado por la Prof. Elena Pareja y producido por la investigadora Alejandra Freire— con apoyo y contribución de la Asociación de Enólogos del Uruguay (AEU), el Centro de Viticultores del Uruguay (CVU), la Comisión de Patrimonio de Canelones (IDC), la Dirección de Desarrollo Humano (IDC), la Escuela Superior de Vitivinicultura (UTU), el Instituto Nacional de Vitivinicultura (Inavi) y el Museo de la Uva y el Vino (IDC). Se inaugurará el sábado 5 a las 16 horas pudiéndose visitar sábado 5 y domingo 6 de 14 a 21 horas.

    El mismo sábado, a las 19 horas, el centro cultural organiza un conversatorio, El vino como tradición canaria: inmigración, trabajo e innovación, moderado por el profesor Marcel Suárez. En él, el arquitecto José Freitas presentará “Territorio vitivinícola: paisaje territorial patrimonial canario”. La profesora e historiadora Elena Pareja nos hablará de “La inmigración canaria, italiana y vasco-francesa”. La generación de trabajo estará en evidencia con las participaciones del viticultor Darío Suárez, El Colorado; la bodeguera y doctora en Enología Olga Pascual, La Bodeguita del Cacho (Canelón Chico); el enólogo Marcelo Laitano, Bodega Carlos Pizzorno (Canelón Chico); y la arquitecta proyectista vitivinícola Alejandra Bruzzone, Bodega Spinoglio (Cuchilla Pereyra).

    El domingo 6, a las 18 horas, el elenco estable del centro cultural presentará un espectáculo de ballet dirigido por la maestra Lucía Sánchez. Luego, a las 19 horas, seremos testigos del lanzamiento de un vino en apoyo al centro cultural. En el evento Vitivin-Y-cultura: puentes culturales se presentará una innovadora propuesta de trabajo colaborativo entre una empresa privada —Vinos Pikabea— y el Centro Cultural Miguel Ángel Pareja con los fines de promover y apoyar la cultura.

    Muchas empresas privadas, además de buscar rentabilidad en el negocio, demuestran su responsabilidad social empresarial (RSE), beneficiando a la comunidad. Uno de los mecanismos para hacerlo es el “marketing comprometido o marketing con causa”. A diferencia de otras formas de efectivizar el apoyo privado —como mecenazgo, filantropía o patrocinio—, en el marketing comprometido la empresa contribuye a la causa solo en el caso de que el cliente compre su producto. Programas con este modelo han producido en Uruguay y otros países beneficios sociales y ambientales. Sin embargo, no hay registros de programas de marketing comprometido con causa cultural.

    Conmemorando el Día del Patrimonio vitivinícola, el Centro Cultural Miguel Ángel Pareja y Vinos Pikabea lanzan un proyecto cooperativo de marketing con causa cultural: Un vino patrocina al Centro Cultural Miguel Ángel Pareja. Con una etiqueta ideográfica, con la marca Pikabea y un logo del Centro Cultural Pareja, el vino será puesto a la venta en restaurantes y comercios selectos. Los ingresos que su venta genere se distribuirán entre su productor y el centro cultural. En el evento del domingo 6 disertarán Danilo Urbanavicius, gestor cultural y coordinador académico del Claeh, refiriéndose a la relación entre “Empresa privada y cultura”; Alejandra Bruzone, arquitecta proyectista especializada en vitivinicultura hablará del “Efecto Bilbao y la vitivinicultura” y, finalmente, el enólogo Marcos Carámbula Pareja presentará el vino Pikabea-Centro Cultural. Como finissage compartiremos un brindis.

    El Centro Cultural Pareja celebra y festeja el Día del Patrimonio desde una perspectiva cultural, porque la cultura es eso, “cómo vive, piensa, hace, sueña y comunica una comunidad y su relación con otras, desde la organización de sus instituciones hasta las relaciones humanas con la naturaleza” (Gonzalo Carámbula). La reflexión de Miguel Ángel Pareja humaniza el evento: “En la ciudad de Las Piedras y sus alrededores yo aprendí a encontrar al hermano en el hombre que cuida su viñedo o ara su chacra; aquí recibí las lecciones más hermosas de mi vida, de los hombres sencillos de las manos rudas, endurecidas y ásperas, manos de la misma madera que las manceras de los arados, suaves y finas para palpar la tierra y sentir su calor y sus latidos”.

    ¿En qué reino, en qué siglo, bajo qué silenciosa

    conjunción de los astros, en qué secreto día

    que el mármol no ha salvado, surgió la valerosa

    y singular idea de inventar la alegría?

    Con otoños de oro la inventaron. El vino

    fluye rojo a lo largo de las generaciones

    como el río del tiempo y en el arduo camino

    nos prodiga su música, su fuego y sus leones.

    En la noche del júbilo o en la jornada adversa

    exalta la alegría o mitiga el espanto

    y el ditirambo nuevo que este día le canto

    otrora lo cantaron el árabe y el persa.

    Vino, enséñame el arte de ver mi propia historia

    como si esta ya fuera ceniza en la memoria.

    (Jorge Luis Borges, El otro, el mismo)

    “Patrimonio es la apropiación y el desarrollo del conocimiento vitivinícola, el manejo de la tierra y las cepas, las bodegas de almacenamiento y envejecimiento, la identidad y la memoria y, no menos importante, la celebración. ¡Por ello, salud! Y feliz Día del Patrimonio” (Ciro Caraballo, 2024).

    Mario R. Pareja

    Ing. Agr., M. Sc., Ph. D., secretario ejecutivo del Centro Cultural Miguel Ángel Pareja (Las Piedras, Canelones)

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