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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáCuando ya no alcanza con decir que no se entiende.
“Cuesta entender”. La frase, dicha por Fernando Pereira, pretende transmitir desconcierto frente a una realidad que, según el propio oficialismo, no se condice con los resultados de su gestión. Pero lo cierto es que no hay nada difícil de entender. Lo que hay, en todo caso, es una dificultad creciente del Frente Amplio para aceptar que la realidad no siempre coincide con el relato que construye.
Porque cuando desde el gobierno se insiste en que las cosas están bien, que las gestiones son “exitosas” y que los indicadores acompañan, pero al mismo tiempo la gente siente otra cosa, el problema no es de comprensión: es de credibilidad.
No se trata de un debate técnico ni de una discusión de cifras. Se trata de algo mucho más profundo: la distancia entre quienes gobiernan y quienes viven las consecuencias de ese gobierno.
El Frente Amplio parece no advertir —o no querer advertir— que la percepción social no surge de la nada. No es un capricho colectivo ni una confusión masiva. Es la expresión directa de experiencias concretas: del trabajador que ve cómo el salario se le escurre entre los dedos, del joven que no encuentra oportunidades reales, de la familia que siente que el Estado está más lejos que nunca cuando más lo necesita.
Y frente a eso, la respuesta oficial es la incomprensión. Pero la incomprensión no está en la gente. Está en una dirigencia que se acostumbró demasiado a explicarse a sí misma en lugar de escuchar. Que encuentra más cómodo cuestionar la percepción ciudadana que revisar sus propias decisiones.
Decir que “cuesta entender” por qué no hay más apoyo es, en el fondo, invertir la carga de la prueba. Es sugerir que el problema está en quienes no acompañan, y no en quienes gobiernan. Es, de alguna manera, deslizar que si la gente no valora la gestión entonces es porque no la entiende.
Y ese es un error político de base. La democracia no funciona así. La legitimidad no se impone ni se explica: se construye todos los días, en la vida concreta de las personas. Y cuando esa legitimidad empieza a resquebrajarse, no alcanza con insistir en que todo está bien.
Porque si hay algo que la historia política reciente ha demostrado es que la ciudadanía uruguaya no es ingenua. Observa, compara, evalúa. Y cuando percibe que hay una desconexión entre el discurso y la realidad, actúa en consecuencia.
Eso es exactamente lo que hoy está ocurriendo. No hay misterio en la falta de apoyo. No hay un fenómeno inexplicable ni una anomalía social. Hay, simplemente, una evaluación crítica de una gestión que no logra sintonizar con las expectativas ni con las necesidades de la gente.
Y quizás, en lugar de preguntarse por qué “cuesta entender”, el Frente Amplio debería empezar a preguntarse por qué le cuesta tanto escuchar. Porque cuando la política deja de escuchar, deja de representar. Y cuando deja de representar, inevitablemente empieza a perder respaldo. No por incomprensión, sino por realidad.
Matías Guillama