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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHay ideas revolucionarias, discursos revolucionarios y enunciados revolucionarios prometedores de cambios que difícilmente se ven. Y cuando se ven —para utilizar una expresión política de moda—, son pesados, tardíos e insuficientes.
Existen, en cambio, otras revoluciones mucho más silenciosas, que nacen cuando alguien que observa las realidades indignantes que todos conocemos se niega a aceptarlas como normales y se dispone a trabajar para transformarlas.
Y algo de eso es lo que está ocurriendo alrededor del cura Juan Andrés Verde —más conocido como el Gordo Verde— y de la obra social que lleva a cabo al frente de Cireneos.
Se trata de una revolución muy particular, sin banderas partidarias ni grandes estructuras detrás. Una revuelta positiva, con un fuerte liderazgo y mucho compromiso de quienes se sumaron al proyecto. Una movida joven que encuentra mentes y corazones receptivos, moviliza voluntades y pone delante de nuestros ojos una realidad que durante demasiado tiempo buena parte de la sociedad se acostumbró a no mirar.
En efecto, reducir la obra de Cireneos a la construcción de viviendas para personas que viven en condiciones de extrema precariedad sería desconocer la profundidad de lo que está aconteciendo. El proyecto del Gordo es bastante más ambicioso y, por ende, más complejo que levantar paredes donde hoy hay chapas. Su desvelo no es construir casas, sino hogares cimentados con valores.
Esto implica ordenar vidas, fortalecer vínculos familiares, inculcar responsabilidades y enseñar a plantearse objetivos, alcanzarlos, valorarlos y preservarlos. En definitiva, persuadir a quienes padecen esa fragilidad extrema de que mejorar es posible cuando existe la oportunidad —y la voluntad de aprovecharla— de un techo digno, educación y trabajo.
Y aquí aparece, en mi opinión, el aspecto más valioso del proyecto: despertar e infundir confianza en las capacidades que todos poseemos y que podemos y debemos desarrollar en pro de nuestras familias, de nuestra comunidad y de nosotros mismos.
Convencer al prójimo de que puede lograrlo, y darle las herramientas para conseguirlo, implica algo más que confiar en él: lleva consigo exigirle. El proceso no se agota con la entrega de una vivienda; requiere acompañarla y tutorearla en la construcción de su propio destino.
Existe una enorme diferencia entre dar una mano a alguien porque creemos que no puede y ayudarlo porque sabemos que puede. Una genera dependencia; la otra, responsabilidad.
El objetivo no puede ser la dependencia eterna de quien un día fue ayudado. El verdadero triunfo llega cuando el ayudado ya no necesita de la dádiva, porque se desarrolló y ahora transmite su aprendizaje.
Es precisamente al observar esto cuando, inevitablemente, surge la pregunta: ¿dónde estuvo el Estado durante todos estos años?
Uruguay posee un Estado enorme. Ministerios, organismos, direcciones, oficinas, técnicos, profesionales, funcionarios y recursos que cualquier organización de la sociedad civil difícilmente podría siquiera imaginar. Durante décadas pasaron gobiernos de diferentes partidos, se diseñaron políticas sociales, se anunciaron planes, se destinaron presupuestos y se prometieron soluciones. Sin embargo, seguimos encontrándonos con familias que viven en condiciones infrahumanas, lo que debería incomodarnos profundamente como sociedad.
Quizá haya llegado el momento de dejar de refugiarnos permanentemente en la explicación de que son problemas complejos... Claro que lo son. Gobernar un país es complejo. Transformar situaciones que llevan años también lo es. Pero la complejidad no puede convertirse en una eterna explicación —no justificación— para la falta de resultados.
Esta no es una crítica exclusivamente dirigida al gobierno de turno. Sería demasiado fácil y, además, perdería el sentido del planteo. La responsabilidad atraviesa gobiernos, partidos y generaciones enteras de dirigentes. Cambian presidentes, ministros, legisladores, directores y denominaciones de programas, mientras realidades como esta continúan sin solucionarse ni siquiera minimizarse. Los políticos parecen haberse acostumbrado a demostrar su preocupación por los grandes problemas de nuestro país, explicando cuánto dinero destina a un problema, cuántos programas se crean o cuántos técnicos trabajan en ellos… Y así transcurren los quinquenios: con erogaciones presupuestarias que no muestran resultados y, ni que hablar, sin implementación de políticas de Estado para cualquiera de los grandes problemas que aquejan al país —en este caso, vivienda y educación.
Aquí aparece uno de los grandes contrastes que deja en evidencia Cireneos.
Frente a estructuras enormes, recursos cuantiosos y procedimientos burocráticos interminables, surge un sacerdote que logra organizar y movilizar detrás de sí a un grupo de conciudadanos —profesionales, estudiantes y jóvenes voluntarios— que, con el apoyo de empresas e instituciones sociales vinculadas al tema, demuestra que se puede actuar de otra manera.
Asimismo, hay algo particularmente revelador en que detrás de esta revolución haya un cura. A lo largo de la historia, y mucho antes de la existencia de los grandes sistemas de protección estatal, la Iglesia estuvo presente acompañando a pobres, enfermos, ancianos, niños y cualquier persona que atravesase momentos difíciles.
Hoy, en una sociedad completamente distinta, el Gordo Verde vuelve a colocar a la Iglesia en uno de los lugares donde quizás siempre tuvo mayor sentido: cerca de la gente. No solamente predicando desde un altar, sino entrando en los barrios, conociendo familias, escuchando, convocando, trabajando y construyendo...
Se puede ser creyente o no. Se puede compartir la doctrina de la Iglesia o no. Pero resulta difícil no reconocer el valor de una fe que se transforma en acción.
Está claro que Cireneos no puede ni debe sustituir al Estado; no es su función. Pero es un espejo bastante incómodo frente al cual el Estado, junto al sistema político, debería tener el coraje de mirarse. Y de hacerlo, estaría bien tener la humildad de preguntarse: ¿qué es lo que están haciendo bien?, sin caer en la justificación reduccionista de que “lo que hace Cireneos no puede generalizarse…”.
El otro día, en el estand del Prado, me informé un poco más sobre el proyecto y salí reconfortado al saber que ya está en 13 de nuestros 19 departamentos.
El Gordo Verde, Cireneos y la propia Iglesia están despertando a una parte de nuestra sociedad. Están invitando a personas, que quizás nunca habían pensado involucrarse, a acercarse y poner su grano de arena. Granos que no tienen tamaño y que, para algunos, serán dinero; para otros, materiales o enseres domésticos; y para otros, tiempo, trabajo, conocimiento, contactos o, simplemente, la disposición de estar.
Finalmente, quiero hacer una aclaración para que se comprenda desde qué lugar escribo estas líneas. Yo no formo parte de Cireneos. No trabajo en el proyecto ni participo de su organización. Como tantos otros, lo acompaño desde lejos, lo observo, veo lo que viene generando y admiro profundamente lo que está consiguiendo.
Escribo desde mi condición de creyente, pero, sobre todo, de joven. Un joven que se cuestiona: ¿por qué, con las enormes capacidades que tenemos como país, llevamos tantas décadas conviviendo con problemas que parecen haberse transformado en parte natural del paisaje? Un joven que no quiere acostumbrarse a escuchar que determinadas cosas “siempre fueron así…”; que no cree que debamos resignarnos a administrar indefinidamente los mismos problemas; y que, como tantos otros, quiere ver cambiar las cosas en su país.
Sería muy bueno que esta revolución continuase motivando a la sociedad civil. Pero sería mucho mejor que sirviera para despertar la vocación de servicio público en los políticos que la tienen dormida, o para, de una vez por todas, demandársela a quienes no la tienen; en el entendido de que la política no debe constituir un camino hacia el beneficio personal ni el ansia de poder por el poder mismo.
No está bien que cada administración pretenda justificarse con lo que recibió de la anterior. Tampoco sirve conformarse con esperar cinco años para que llegue la próxima y haga lo mismo. Los problemas nos pertenecen al país entero, por tanto, deberían estar por encima de cualquier camiseta política. Y si una experiencia como Cireneos consigue, con éxito, encontrar caminos diferentes, el sistema no debería mirarla desde lejos, sino que debería aprender, copiar y multiplicar aquello que funciona.
Esta historia confirma que, cuando existe liderazgo, competencia, compromiso y voluntad, sí se puede. Y es por eso que me interpela.
Puede que este sea el comienzo de algo mucho más grande que un proyecto de viviendas.
Larga vida, entonces, a esta revolución silenciosa y a quienes, como el Gordo Verde, la sostienen todos los días.
Lic. Javier Maciel