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    La soledad en la era digital

    Sr. director:

    “La tecnología supone una revolución social constante”

    (Marshall Mc Luhan)

    Hoy resulta casi imposible aislarse para pensar, sostener ese dialogo íntimo con nosotros mismos. Siempre “conectados”, nunca se está realmente a solas. Cuando se pierde ese espacio para pensar, se aleja más de uno mismo y lo más probable es que se lo lleve “la marea”. La reflexión es ante todo una conversación interior, existe un desdoblamiento, una parte nuestra pregunta y la otra responde. En dicha metacognición, la capacidad de diálogo consigo mismo es esencial para ajustarnos a nuestra ética. Si se actúa mal, la conciencia no nos concederá tregua, y quedaremos atrapados en un conflicto interno. Por tanto, pensar no es solo una actividad solitaria, también es un acto profundamente moral.

    “Siempre conectados” se pierde la capacidad de estar solos de verdad con nosotros mismos, y lo que pensamos nosotros, de ser conscientes de nuestros propios pensamientos. Imposible tener un recogimiento, eso deriva en una profunda alienación, nos alejamos, tomamos distancia de nosotros mismos y nos arrastran las corrientes externas, “estamos y nos quedamos vacíos”.

    Nos arrastran las opiniones dominantes, las modas fugaces, los dictados virales del momento. Las redes sociales, lejos de ser un simple canal de comunicación, se transforman en espejos deformantes que amplifican nuestra soledad y nos desconectan más aún de nosotros mismos. Son el instrumento que aparenta compañía, nos dispersa, nos fragmenta y nos arrastra como una marea impersonal.

    El problema verdadero no radica solo en la burbuja de filtro que habitamos —diseñada y reforzada por algoritmos—, sino en la manera más sutil y profunda en que la tecnología ha reconfigurado nuestra experiencia cotidiana. Nuestra relación con el mundo ya no es directa, está mediada por dispositivos que, en su promesa de conexión constante, nos alejan en silencio de una presencia plena. Estos intermediarios digitales moldean cómo percibimos, cómo sentimos, cómo nos vinculamos. Nos ofrecen una proximidad artificial, se erosiona la posibilidad de conexiones auténticas, primero con nosotros mismos, con los otros y con el entorno que habitamos. Dichos enlaces superficiales, fortalecidos por una desconexión más íntima como la que se logra en las redes, la distancia de la presencia física, de la mirada compartida, incluso del silencio compartido, para no hablar de abrazos y demás interacciones físicas, todo se transforma en soledad, también nuestro sentido mismo de pertenencia. Es en el vacío del pensamiento donde se incuban las formas más peligrosas de conformismo. Este proceder, en donde las personas parecen estar perpetuamente ausentes, absortas en sus celulares y desligadas del presente físico, este aislamiento no se limita a una desconexión emocional y social, también implica una renuncia silenciosa a la responsabilidad cívica.

    Se vive con “la pasividad de los transeúntes” que prefieren filmar los hechos en lugar de participar en ellos (inseguridad, accidentes, etc.). El gesto de documentar reemplaza el actuar, se diluye el sentido de comunidad, se erosiona la solidaridad en el espacio público y se desvanecen poco a poco los pilares invisibles de la vida democrática, la confianza.

    El auge de la comida para llevar acentúa la dependencia de la tecnología, fragmenta el espacio compartido y erosiona los vínculos humanos. Se privilegia la eficiencia y el consumo por encima de la interacción humana.

    Según la “teoría de la identidad narrativa” (Williams, James, 2021, Clics contra la humanidad, Gatopardo Ediciones), el individuo vive su propia realidad a modo de historia. Tanto la unidad sincrónica como la diacrónica son esenciales para conservar su historia identitaria.

    Ocurre lo que en el habla corriente se conoce como “distracción funcional”, simplemente distracción a secas. Cuando la información abunda, el bien escaso pasa a ser la atención. En un mundo rico en información, el superávit informativo deriva en una carencia de otro tipo, en una escasez de aquello que la información consume. Lo que la información consume es la atención de los receptores. La riqueza informativa provoca una carestía atencional y obliga a repartir eficientemente esa atención finita entre los múltiples recursos informativos capaces de consumirla. La información es el agua en la que nadamos, la materia prima de la experiencia humana. Es más que estar distraído, es como si el mundo real se desintegrara y se convirtiera todo en ficcional, en un rediseño de la propia sociedad. Aldous Huxley sostiene que “los más temibles adversarios de la libertad no surgirán de nuestros miedos, sino de nuestros placeres”, debido a nuestra insaciable sed de distracciones (adorar las tecnologías que incapacitan para pensar).

    “El tejido de la existencia se teje entero a sí mismo” (Charles Ives). No podemos olvidar que en muchas de las democracias liberales del mundo el porcentaje de la ciudadanía que considera “esencial vivir en democracia” ha caído en picada en los últimos años. Pareciera que los valores democráticos van menguando en todo el espectro de culturas, lenguas y escalas sociales.

    El porcentaje de norteamericanos que se declara a favor de un gobierno militar crece, al igual que crece en Alemania, Suecia y Reino Unido. El dato crucial es que esta tendencia no puede atribuirse a ninguna clase de penuria económica. Pues lo sorprendente es que estos sentimientos antidemocráticos se propagan más velozmente en los estratos más ricos de la ciudadanía, especialmente entre la población joven y rica. Un 35% de los jóvenes ricos estadounidenses se declaran favorables a un gobierno militar.

    Uno de los pocos rasgos que todos estos países democráticos tienen en común es su forma mediática dominante. Actualmente, se vive dentro del aparato de control de la atención más grande, estandarizado y centralizado de la historia.

    Las tecnologías de la información y comunicación se comportan como un espejo de nuestra identidad. Cuando la vida que vemos reflejada en ese espejo se desvía de nuestros valores democráticos que nos guían, la reacción no solo delata la vergüenza que sentimos, sino que entraña una postura defensiva de reactancia frente al recorte de libertades.

    La persuasión puede ser tan o más poderosa que la coacción. La tecnología neutral no existe. Todo diseño es la expresión de un conjunto de valores y objetivos que “configuran el mundo”. Un mundo que persigue que se pase más tiempo usando la tecnología, pues ahí está su ganancia. Diseños “persuasivos”, basados en el pensamiento y la conducta del usuario, que son los que el diseñador se propone modificar. Los mejores ingenieros, diseñadores, analistas y matemáticos del mundo piensan durante todos sus días cuál es el mejor modo de orientar el pensamiento y la conducta del usuario hacia objetivos predeterminados que resultan quizás opuestos a los propios. “Las mejores mentes están pensando en cómo hacer que la gente cliquee en sus anuncios”. Gran parte de nuestra experiencia cotidiana se compone de procesos automáticos e inconscientes que nos conducen a la soledad y es así como nos sentimos, con todas sus consecuencias negativas en la salud y la vida democrática.

    Rafael Rubio

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