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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU), la organización de países que después de la Segunda Guerra Mundial se reúnen para tratar de terminar las guerras e imponer la paz, Milei fue muy duro.
La ONU “se convirtió en una organización inútil, que solo sirve para alimentar a una casta de parásitos fatalmente arrogantes disfrazados de burócratas bien intencionados”.
“Quienes deberían garantizar la seguridad colectiva y los derechos humanos fracasaron en la tarea y en su lugar permitieron el caos, la violencia y el terrorismo internacional”.
En el año 70, a los 25 años de su creación después que los aliados ganaran la guerra al Eje, yo era un joven estudiante y animador cristiano independiente de la generación del 68, en el movimiento estudiantil, y creía que la ONU era una garantía para los países pequeños contra las potencias que siempre abusaron de los menos desarrollados.
Miembro de Jóvenes Uruguayos por las Naciones Unidas me invitaron a un seminario promocionado por la ONU sobre el uso del método de Paulo Freire para alfabetización de adultos, una iniciativa para estimular la formación de grupos de adultos en América Latina, en las poblaciones menos favorecidas, para formar conciencia de la cultura propia y desarrollarse como personas independientes, además de aprender a leer. Fue en San Miguel, Buenos Aires, y dos descubrimientos me deslumbraron, por una visión mía del mundo que era demasiado pequeña.
Primero, encontrarme con jóvenes de toda América Latina, desde México, Honduras, Costa Rica, Colombia hasta Brasil, Argentina, Paraguay. Aunque nos reíamos de formas de hablar diferentes que eran como para entendernos mejor por señas, vimos que los problemas eran comunes, y que no podríamos esperar mucho más que de nosotros mismos. Que, no importando el color o las consignas de la Guerra Fría, los de afuera nos miraban como carne de cañón y les importaban más sus temas, éramos mestizos o mulatos prescindibles.
Segundo, que los organizadores, que figuraban como bien intencionados funcionarios internacionales de las Naciones Unidas eran una casta de personas importantísimas, viajando en primera clase y hospedándose en hoteles de lujo, cobrando sueldos, viáticos y compensaciones por “ayudar” a pobres jovencitos malnutridos y atrasados de América Latina, África o Bangladesh. Y esta ayuda la vi en directo, iban a financiar organizaciones que yo conocía bien en Uruguay y Argentina, y estaban directamente formadas por miembros del Partido Comunista, del MLN en Uruguay y de Montoneros en Argentina. Financiaban el terrorismo. Era Rusia prendiendo hogueras en el patio trasero de los yanquis.
Cuando estaba terminando el Seminario, los organizadores me invitaron a colaborar en la coordinación de las reuniones de cierre. Con mi experiencia en grupos de jóvenes en centros juveniles de donde salió el Movimiento Tacurú, y como dirigente de la FEUU en facultad, fue un placer, con los compañeros que ahora eran ya amigos, rematar en actividades de pensar posibles metas y planear una América Latina unida en una cultura de paz para unir a la juventud del mundo.
No me esperaba la oferta que siguió.
Los funcionarios de la ONU estaban preparando una Asamblea de la Juventud, que, para los 25 años de las Naciones Unidas, dieran a los países y a la Asamblea General un mensaje distinto. Que miraran al futuro, y prepararan para la juventud un mundo distinto al de entonces, destrozado por la Guerra Fría y las guerras: la guerra de Vietnam, la guerra de desgaste entre Egipto e Israel, la guerra civil de Rhodesia, la guerra civil en el Chad, la guerra entre Jordania y la OLP, la guerra en Laos y Camboya, la guerra en Yemen, la guerra de Biafra en Nigeria…
Para la Asamblea de la Juventud, pondrían una mesa que preparara y luego moderara la asamblea, en Nueva York, formada por cinco jóvenes de los cinco continentes del mundo. Y los funcionarios me habían elegido para ser América en el quinteto de dirección.
Es el honor más alto que nunca hubiera soñado. Ya me pagarían el viaje a Ginebra para las reuniones preliminares, con todo pago, y luego serían 15 días en Nueva York, con viajes y estadías pagas.
¡Gracias! Lo voy a pensar, les contesté.
Visto desde dentro, al trasluz, las Naciones Unidas me decepcionaron. Los funcionarios son elegidos por política, y cada uno sigue con sus intereses propios. La vida de aristócratas que llevan la compensan pensando que están ayudando a los más necesitados, pero si de verdad quisieran ayudar no gastarían fortunas. No solamente me indigna aún que muestren niños desnutridos para pedir limosnas, para gastar 30% de eso en los funcionarios. Tuve temor real, que como pasa se ve con la Greta de Suecia, yo le tomara el gusto y me integrara en la casta para ser uno más en el reparto, y en el reparto de dinero a las organizaciones políticas que señalaran tanto los comunistas como los otros.
Yo quería ser ingeniero, no burócrata, así que les dije que no, que lamentablemente tenía un examen de Ondas y no podría acompañarlos. No podían creerlo, era una oportunidad excepcional, pero ya entonces yo miraba más allá, y ya veía que era imposible unir la juventud si los poderosos y los fanáticos no lo querían. Y tenía miedo genuino de que fuera convencido de ser funcionario, con el tiempo, ya veía cómo los propios funcionarios de la Unesco me habían estado probando, como uno prueba a un cachorro nuevo para entrenarlo, y me subirían después a un cargo.
Renuncié.
Esa Asamblea fue un fiasco. Los rojos se gritaban con los europeos y americanos, los mismos insultos que entre los países. Ningún reclamo ni condena a los mayores de la Asamblea General y el Comité de Seguridad. Ninguna iniciativa nueva y realizable. Solamente declaraciones, y pinturas de La Juventud por la Paz del Mundo.
Los funcionarios de Gaza que eran terroristas de Hamás no son los únicos. No son todos, pero claro que hay en todos los países funcionarios que son parásitos, nos chupan la sangre y debemos deshacernos de ellos para crecer.
José Martín Zorrilla