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En la edición de Búsqueda del jueves 12 de diciembre se publicó una carta de algunos vecinos de La Coronilla, quienes plantean la zozobra y angustia que cunden en la población permanente del balneario, y también entre los visitantes asiduos y turistas que lo frecuentan. Preocupación más que razonable, que se genera por la instalación de un Centro de Recuperación de Drogadictos.
No voy a hacer historia de esta localidad. La suponemos conocida. Es sabido que luego de ser un centro de gran atracción para el turismo de playa perdió esa característica hace ya 40 años. Desde entonces, por un proceso muy lento, espontáneo y no planificado, pero no por eso menos real, se ha ido transformando en un lugar muy buscado por ser un remanso de paz, serenidad y tranquilidad como hay pocos en nuestro país.
Este es un lugar donde las mujeres —desde las muchachas más jóvenes a las señoras mayores— pueden pasear solas por las playas sin temor alguno. Vemos chicas jóvenes que caminan 10 o más kilómetros por una playa desierta (hacia Barra del Chuy) sin el menor temor a sufrir molestias. Las madres de chicos de corta edad no tienen inconveniente alguno en permitirles que paseen solos en bicicleta por todo el balneario.
Todos sabemos que esa confianza está plenamente justificada. Es posible que mi memoria haya perdido algún episodio aislado. Pero en mis 60 años de radicación en La Coronilla no guardo recuerdo de episodios delictivos de acoso sexual (no me refiero a violencia doméstica, que es otro tema). Tampoco recordamos de paseantes que hayan sido agredidos o acosados en otra forma. Aunque, obviamente, es posible que algún episodio aislado pueda escapársenos.
Ese ambiente de paz, tranquilidad y seguridad ciertas es actualmente el único activo que permite ofrecer La Coronilla al público de otros lugares. Es el principal atractivo para los visitantes y turistas que constituyen la razón de ser y de sobrevivir de la población local. Privarnos de un activo tan valioso es como quitar la vida de esta comunidad. Es condenarnos a la pobreza y al exilio. Nos resistimos a aceptar mansamente tal injusticia.
Nada tenemos contra quienes desarrollan actividades en una tarea tan necesaria y abnegada como la de rehabilitación de drogadictos. Y comprendemos la vigencia de los derechos humanos de estas personas, dignas de empatía y compasión. Pero no se puede olvidar que nosotros también somos seres humanos. Y también, sobre todo las mujeres y niños de este lugar, tenemos derechos que merecen ser tutelados.
Y esa es la raíz del problema. No la tarea que despliega esa fundación. El problema es la equivocada ubicación del emprendimiento, que ya está causando daños. Hay una señora que venía todos los años a pasar el mes de enero. Este año rescindió el contrato: no se anima a permitir que sus hijos pequeños vuelvan a pasear solos en bicicleta por todo el balneario. Tiene razón. La inmobiliaria Studio Quatro ya perdió una venta por idénticos motivos. Es una desgracia justificada. Y esos perjuicios van a continuar.
Un Centro de Rehabilitación de Drogadictos y Enfermos Mentales tiene un objetivo principal y fundamental. Que es el de inculcar y vivificar en ciertas personas —que carecen actualmente de ellas o que nunca las tuvieron— aquellas normas morales que permiten la convivencia con sus semejantes. Eso, en última instancia, es la esencia del proceso de rehabilitación: lograr que esas personas, hoy carentes de ellas, tomen conciencia de esas normas, asuman su importancia, las implanten prácticamente en su modo de vida… para dejar de ser una amenaza y un peligro para los demás. Es la condición previa para la convivencia.
Por eso estos emprendimientos se denominan —en buen castellano— procedimientos de rehabilitación. Las personas que son atendidas por un sistema de rehabilitación son, como bien lo indica el idioma español, personas no habilitadas. Pues si habilitadas fueran, ni necesitarían ser rehabilitadas ni podrían serlo, obviamente. Ya estarían habilitadas y ya tendrían internalizadas en su mente ese conjunto de normas y las harían ostensibles en su diario vivir.
Si estas personas no están aún rehabilitadas, son, aunque no guste admitirlo, población de riesgo. Es decir, exhiben la peligrosidad (más o menos intensa, según los grados de avance de los tratamientos, pero siempre presente) propia de la gente que, por ostentar dicha carencia, necesita someterse a un proceso de rehabilitación. Esas son las personas que se intentan introducir en el seno de nuestra localidad.
Por algún buen motivo fue que el representante de la fundación, interrogado por una vecina, declaró que ellos no asumían responsabilidad alguna por daños (léase: ilícitos) en que pudieren incurrir sus internos. Parece que conocen de esos riesgos algo más que nosotros los vecinos… Seguramente ya tuvieron algunas experiencias desagradables… y abren el paraguas antes de que comience a llover.
Los vecinos y visitantes de La Coronilla se están movilizando al efecto. Ya cuentan con más de 400 firmas solicitando el cese de ese atropello. Se llegará a más de 700 dentro de pocos días. En una población de no más de 1.200 personas (que incluye muchos menores de edad). No es poca cosa.
Confiamos en la diligencia y atención de las autoridades nacionales y departamentales para que protejan los derechos humanos de los vecinos, visitantes y turistas de nuestra localidad, antes de que tengamos que lamentar desgracias, como han ocurrido ya en otros lugares de la costa rochense. Desgracias que, de suceder, serán responsabilidad por acción de aquellos que nos han insertado estas gentes y, por omisión, de las autoridades públicas que no sepan tutelar nuestros derechos como corresponde.
Acá debiera terminar esta nota. Pero algunos amigos que la leyeron me hacen una observación: tal vez tu lenguaje, me dijeron, pueda ser tomado como ofensivo o discriminatorio. Pero nada hay de eso. Todo lo contrario. Pues, como bien enseñaba Confucio, es indispensable que las palabras se ajusten estrictamente a su objeto. Por eso siempre me he atenido a la sabiduría de Martín Fierro, en versos que también atienden este otro caso:
“Dios hizo al blanco y al negro / sin declarar los mejores / Les dio los mismos dolores / bajo una misma cruz / Pero también hizo la luz / para distinguir los colores / Así que ninguno se agravie / no se trata de ofender / pero a cada cosa hay que poner / el nombre con que se llama”.
Muy agradecido por la atención.
Enrique Sayagués Areco
CI 910.722-5