Aquel joven y frenético Gámez, nacido en 1944, fue parte de las primeras batallas en los estadios del fútbol argentino. Aunque nadie se anima a decirlo en voz alta, a sus 24 años, en 1968, fue —o habría sido— quien demolió a golpes de puño al primer jefe de la barra brava de River, el Loco Mingo. Según reconocieron posteriores líderes de la hinchada del club de Núñez, aquella pelea ocurrió en uno de los partidos del triangular de desempate —junto con el propio River y con Racing— en el que Vélez se consagró campeón por primera vez. Golpeado por un hincha salvaje de Vélez —y muchos dan a entender que fue el propio Pistola—, el Loco Mingo quedó hospitalizado durante un mes y, al intentar volver a las tribunas, perdió el control de la barra “millonaria”.
Durante los años 70, la hinchada de Vélez saludaba a su líder al grito de “Hinchada, hinchada, hinchada hay una sola, y es la de Pistola”. Era tan impulsivo y temerario que, en un asado en el que estaba el campeón mundial de boxeo Carlos Monzón, desafió a pelear al máximo pugilista argentino de todos los tiempos, como si creyera que pudiera golpearlo. El propio Gámez —apellido de descendencia andaluza— admitió más de una vez su liderazgo en las tribunas, pero siempre aclaró que no lo movilizaba una rentabilidad económica.
“Me gustaba ser conocido entre los hinchas, aunque no le sacábamos ventaja al club ni soñábamos con el negocio de ser hincha, que es lo que sucede ahora con las ‘apretadas’, los pedidos de dinero y otros beneficios. A veces nos equivocábamos y nos peleábamos por la bandera, por defender los colores. Pero a puño limpio, sin armas, sin drogas, sin alcohol. No la ligaba el plateísta común, ni los pibes o las mujeres”.
Poco a poco, la construcción de poder que Gámez había acumulado en las tribunas lo comenzó a acercar a dirigentes y jugadores. Alguna vez admitió que en 1978, a pedido de las autoridades del club, apretó a un director técnico, Carlos Cavagnaro, para forzar su salida: el entrenador, que no quería dejar su cargo pese a los malos resultados, finalmente presentó la renuncia luego de la amenaza de la hinchada. Más allá del caso en sí, se trata de un ejemplo de cómo las barras ya comenzaban a ejercer influencia durante la semana: la violencia dejaba de ser una cuestión de los domingos. Y ese tipo de favores, claro, serían retribuidos.
Poco después, ya en 1981, Gámez comenzó su lenta transición de hincha a dirigente. El primer capítulo fue cuando un dirigente de Vélez, Víctor Barba, lo sumó a la comisión de fútbol profesional. En ese cargo duró un año y medio —se fue por desavenencias con los principales encargados—, un lapso en el que en su extraño doble rol de dirigente y barra protagonizó una de las grandes batallas de las tribunas argentinas. En 1982, ya con la dictadura resquebrajándose, las barras bravas fueron pioneras en comenzar a perderle el miedo a la Policía. En un Nueva Chicago-Vélez, clásico del oeste de Buenos Aires, la hinchada de Vélez saltó una tapia y prendió fuego uno de los quinchos de paja del club de Mataderos pegados a la tribuna visitante del pequeño estadio de Mataderos.
La responsabilidad de ese incendio —que no tuvo víctimas fatales— siempre recayó sobre Gámez, que la desmintió a medias. Aún hoy en internet se ven fotos de aquel día con el rostro de Pistola lleno de sangre. “Aquel día la pasé bien. Me golpearon, me atendieron en el hospital, volví a la cancha y después nos fuimos a las carreras con los amigos. Llegué tarde a casa y le dije a mi mujer que había tirado unas piedritas, nada más. Pero el problema fue al día siguiente. Ella fue a llevar a los pibes al colegio y las maestras le preguntaban por mí porque en los diarios había fotos mías bastante golpeado”, respondió en 2007, en una extensa entrevista con El Gráfico.
En aquel mismo 1982, Pistola Gámez tuvo su primer acercamiento con el entonces presidente de la AFA (Asociación del Fútbol Argentino), Julio Grondona, quien años después sería su inspirador. Para el Mundial de España, los jefes de las barras de Quilmes, Huracán, San Lorenzo y Vélez negociaron con Grondona para viajar a alentar a la selección argentina, pero la guerra contra Gran Bretaña por las islas Malvinas —que se libraba en ese momento— frustró el viaje: los barras, a pedido del propio Gámez, decidieron donar ese dinero al fondo patriótico de los combatientes.
En todo caso, Gámez ya había comenzado a cambiar progresivamente su lugar en el fútbol. De a poco dejó la popular y se ubicó en la platea, un breve paso antes de su desembarco final en los palcos oficiales de los estadios. Cada vez más cerca del poder en el fútbol, empezó a relacionarse también con técnicos, jugadores —no solo de Vélez— e incluso dirigentes políticos, en especial del partido de su preferencia ideológica, la Unión Cívica Radical. No había podido en España 1982 pero tendría revancha al Mundial siguiente, el de México 1986, al que viajó no junto con las barras, sino con Carlos Bello, un diputado radical.
Ya en México, como conocía al técnico de la selección argentina, Carlos Bilardo, Pistola entró asiduamente a la concentración del equipo de Diego Maradona. No solo eso: fue una especie de custodio privado del seleccionado. Cuatro días antes del Argentina-Inglaterra, en el que Maradona se convertiría en leyenda, los jugadores argentinos fueron al Estadio Azteca para ver Inglaterra-Paraguay, cuyo ganador jugaría contra la albiceleste. Los hinchas británicos, al ver a los jugadores argentinos en la platea, comenzaron a insultarlos. Entonces entró en acción Gámez, que revoleó un par de trompadas y disolvió el peligro.
En todo caso, Pistola quedaría retratado —como nunca antes— en su última pelea en las tribunas, justamente el día del partido contra los ingleses, pocos minutos antes de los goles inmortales de Maradona. Su nombre y su cara eran desconocidas para el público, pero a Pistola lo delató una foto que el diario Crónica publicaría al día siguiente del partido, el 23 de junio de 1986: está en cueros, en pose de boxeador, acertando un uppercut a un inglés.
En 2007, Gámez daría algunos detalles: “Un famoso peluquero argentino —en referencia a Roberto Giordano— le quiso sacar una bandera a un inglés y la barra de ellos se nos vino al humo. Yo los enfrenté, creí que estaba defendiendo a la patria. Al principio se caían fácil: estaban borrachos y drogados. Aunque después fueron tantos que cobré un montón. Cuando hablé por teléfono a mi casa, al día siguiente, me dijeron: ‘Viejo, saliste en una foto, lástima que está deformada’. Pero la foto estaba bien, la deformada era mi cara”.
Al regreso a Buenos Aires en el mismo avión de los jugadores y Bilardo, Gámez se sumó a los festejos en la Casa Rosada y salió al balcón en el que Maradona le mostraba al pueblo, apostado en la plaza de Mayo, la segunda Copa del Mundo ganada por Argentina. Su metamorfosis terminó de cerrarse en 1991, cuando entró definitivamente en la vida política de Vélez como vicepresidente de Ricardo Petracca. Aunque lo miraban con recelo por haber llegado desde la barra, Gámez demostró que estaba preparado para mejorar la vida institucional del club.
Aquel sería, también, el gran Vélez de todos los tiempos, el de Carlos Bianchi y José Luis Chilavert, campeón en 1994 de la Copa Libertadores de América ante el São Paulo de Telê Santana y de la Copa Intercontinental ante el Milan de Fabio Capello. Gámez, de todas maneras, no había perdido todas sus bravuras de integrante fuerte de la hinchada: en la final de América contra el São Paulo, en el Morumbí, le pateó la puerta del vestuario al árbitro en el entretiempo y lo insultó reiteradas veces.
Presidente de Vélez por primera vez en 1996 —y luego reelegido en 2002—, Gámez pasó a ser uno de los dirigentes más importantes del fútbol argentino, incluso considerado como el “delfín” de Grondona, un candidato a sucederlo al frente de la AFA. Si había defendido a Vélez en la tribuna, ahora lo hacía desde los despachos: no tuvo problemas en enojarse con Bianchi, un dios en Liniers, cuando este priorizó a Boca. Ya en el Mundial de Francia 1998, incluso, Pistola viajó como el dirigente encargado de la delegación argentina.
Gámez tenía voz propia: estaba en contra de las sociedades anónimas deportivas, despotricaba contra el presidente argentino Carlos Menem y entraba en fuertes disputas con Mauricio Macri, entonces mandamás de Boca, quien le haría juicio después de que Gámez dijera que llegaba al fútbol para ganar plata. A su modo era un adelantado: justo él, que venía de las tribunas, alentaba para la prohibición del público visitante, como pasaría justamente a partir de 2013 tras otro homicidio en las tribunas del fútbol argentino.
En su tercer mandato como presidente de Vélez, ya en 2014, eran otros tiempos para la institución de Liniers, que apuntaba a salvarse del descenso, pero Gámez consiguió una reputación positiva que mantienen muy pocos dirigentes del fútbol, incluso en Vélez. Nadie sospecha que robó un peso de su club. De hecho, tal como acaba de contar en su última entrevista, es jubilado y cobra la mínima, al igual que su mujer: “Estamos por debajo de la línea de la pobreza. No soy indigente por la gran cantidad de amigos que tengo. Uno de ellos me presta un departamento en Villa Luzuriaga, donde estoy ahora. Es feo vivir de prestado cuando uno tuvo una vida de trabajo, pero quizá descuidé mis emprendimientos personales por Vélez”.
Si hay biografías con las que el fútbol argentino se puede entender mejor, la de Gámez es una de ellas, acaso una de las mejores.