El economista cuestiona la narrativa de éxito y se pregunta cómo el país pasó de ser desarrollado a tener una sociedad fragmentada con alta pobreza infantil
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“En una región de mezquinas disputas políticas, Uruguay logró un éxito económico asombroso”, dijo el economista argentino Claudio Loser, exdirector del Fondo Monetario Internacional (FMI). La frase resume una visión externa bastante instalada sobre el país: una economía ordenada, previsible y razonablemente próspera en el contexto regional. Pero no todos comparten ese diagnóstico.
En una carta enviada a Búsqueda, que se publica en esta edición en Cartas al director, el economista Eduardo Ache —asesor en temas económicos del líder de Cabildo Abierto, Guido Manini Ríos, y del diputado cabildante Álvaro Perrone— plantea una visión mucho más crítica. A su entender, el país arrastra problemas estructurales que limitan su capacidad de crecimiento y ponen en duda la sostenibilidad del modelo vigente.
“¿Podemos decir que Uruguay logró un éxito económico asombroso, cuando hace 10 años que crecemos solo al 1% anual?”, pregunta Ache. Recuerda que el país supo estar entre los 20 más desarrollados del mundo hasta mediados del siglo XX y que el crecimiento promedio a largo plazo —en torno al 2% anual— no basta para sostener el nivel de gasto social actual. El consenso de que “crecer es la solución a todos los problemas” no alcanza, antes hay que corregir los factores que hoy impiden crecer, dice.
Uno de esos factores es la estabilidad macroeconómica. Ache rechaza la idea de que Uruguay tenga sus cuentas en orden: salvo en 2007, ha habido déficit fiscal continuo desde 2000, con un promedio cercano al 4% del PIB en la última década. El financiamiento de ese desequilibrio, además, se ha basado en endeudamiento. “Nadie duda de que en una crisis financiera el endeudamiento es necesario y positivo, basta recordar el gobierno de Jorge Batlle y Alejandro Atchugarry. Pero usar la deuda como método permanente para financiar gastos corrientes es una muy mala decisión”, advierte.
También cuestiona el bajo nivel de apertura externa. Para un país pequeño, el mercado interno no puede ser motor suficiente del crecimiento. Sin embargo, el coeficiente de apertura de Uruguay ronda el 50% del PIB, lejos del 80% que presentan economías exitosas de tamaño similar. En su visión, el Mercosur ha contribuido poco a revertir esa situación: más que desarrollar comercio, lo ha desviado.
Otro punto sensible es el mecanismo de contención inflacionaria. Ache sostiene que con un déficit elevado debería haber más presión inflacionaria, pero esta se atenúa porque la emisión monetaria generada se compensa con colocación de letras del Banco Central y venta de dólares producto del endeudamiento externo. El problema es que este esquema —viable con tasas de interés internacionales cercanas a cero— se vuelve cada vez más costoso en un contexto de tasas altas y, además, alimenta el atraso cambiario.
Según el economista, el envejecimiento demográfico también aparece como una amenaza silenciosa. De acuerdo con proyecciones del INE, la población mayor de 65 años pasará de 553.000 personas en 2024 a casi 1 millón en 2070, duplicando su peso relativo. Esto tensiona no solo al sistema previsional, sino también al de salud. Aunque la reciente reforma jubilatoria “no es perfecta”, Ache la considera un avance y advierte que no debería revisarse sin un diagnóstico serio.
El economista plantea una crítica estructural al modelo económico: advierte que no alcanza con la estabilidad ni con el viento de cola externo y que es necesario revisar a fondo los fundamentos que frenan el crecimiento. “Uruguay no tiene un modelo de desarrollo, sino de subsistencia con brotes de dinamismo según el mercado externo”, cita. En un contexto global adverso, postergar reformas puede ser costoso. “Los hechos tardan pero, cuando pasan, pasan más rápido de lo que uno imagina”, concluye.