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    Exdirector del FMI: en una región de “mezquinas disputas políticas”, Uruguay logró “éxito económico asombroso”

    El economista argentino Claudio Loser analiza la historia y el presente de una América Latina “razonablemente próspera, moderna y, más recientemente, macroeconómicamente estable”, pero aún lejos de ser desarrollada

    Desde la perspectiva de alguien que formó parte del personal técnico y jerárquico del Fondo Monetario Internacional (FMI) por tres décadas y negoció con distintos gobiernos latinoamericanos, siendo percibido a veces junto con sus colegas como “demasiado rígido” o como alguien que no tiene en cuenta “las implicaciones económicas sociales o de economía política”, los fracasos en la región se produjeron sobre todo “por la falta de consenso dentro de los propios países”, por “mezquinas disputas políticas”.

    Según Claudio Loser, uno de los economistas argentinos con trayectoria internacional más respetados, las tasas de crecimiento económico en América Latina durante el siglo actual hasta el 2024 han sido “mediocres” a causa de la alternancia de períodos de expansión sostenida y épocas de “progreso lento”. Pero, aunque hay casos particulares, la región en general es “razonablemente próspera, moderna y, más recientemente, macroeconómicamente estable”, si bien “no ha podido dar el siguiente paso como miembro del mundo desarrollado”. Dentro de ese panorama, sostiene, Uruguay ha tenido “un éxito económico asombroso, con gobiernos de derecha y de izquierda, pero con una clara percepción de las políticas correctas”.

    Esta visión sobre el desempeño de América Latina en las últimas décadas y lo que puede venir está condensada en el título de su libro América Latina y su economía: de desilusión a cauto optimismo; historia y perspectiva, actualizado recientemente y editado por el Fondo Latinoamericano de Reservas. El análisis se basa, más que nada, en su trabajo en el FMI —donde fue su director para el hemisferio occidental entre 1994 y 2002— y el centro de estudios Centennial Group International.

    Dictaduras y década perdida

    Loser hace una mirada retrospectiva desde comienzos del siglo XX y en un capítulo se detiene en las dictaduras de las décadas de los 70 y de los 80. Sostiene que la “década perdida de América Latina” —los años 80— fue principalmente un “legado de los gobiernos militares, algunos de los cuales fueron capaces de resolver los problemas, pero en general estuvieron marcados por políticas defectuosas”. Agrega: “También es cierto que trajeron consigo mejores equipos económicos”, como “los ‘Chicago Boys’ en Chile y grupos equivalentes, pero menos poderosos en Argentina, Brasil, Uruguay, Perú y en circunstancias muy diferentes en México. Pero los elementos del exceso de poder, la corrupción, eventos de guerra y, finalmente, el excesivo endeudamiento en mercados financieros comerciales” los derribaron, “proporcionando las condiciones para el amanecer de la democracia”.

    En los últimos 40 años, señala, “el proceso y las prácticas democráticas se han alejado del canon liberal y con frecuencia han caído en manos de populistas y líderes autocráticos, pero en general están bien asentados”.

    Sin embargo, según el exfuncionario del FMI, durante el último cuarto de siglo se produjo un “grave conflicto de ideas: un amplio sector de la población hace hoy hincapié en la redistribución (en la que el gobierno desempeña un papel clave) en contraposición al crecimiento de la economía (en el que el sector privado desempeña un papel clave)”.

    Los años recientes

    Para el economista, América Latina tuvo “muchos problemas generados exógenamente, pero también muchas crisis autoinfligidas y recuperaciones” frente a la Gran Recesión de 2009-2010, el colapso de los precios de las materias primas a principios de la década del 2010, la “ahora reducida pandemia”, la “trágica invasión de Rusia a Ucrania” y el conflicto en Medio Oriente.

    Los resultados de un crecimiento relativamente alto entre 2002 y 2013 “crearon una mezcla de complacencia y exceso de optimismo en la región, que se vieron socavados en la práctica por políticas excesivamente expansivas y un posterior ajuste generalmente retrasado o deficiente”. Como consecuencia, dice, América Latina obtuvo los peores resultados de todas las regiones en el período 2012-2024, con un estancamiento del crecimiento económico per cápita frente al 1,9% mundial.

    Valora, no obstante, que a diferencia de otros momentos la evolución reciente no estuvo acompañada de un aumento de la inflación por encima de las tendencias mundiales, ni de desequilibrios exteriores significativos —“con las dramáticas excepciones de Argentina y Venezuela”—, ni siquiera debido a movimientos de los tipos de cambio. Esto “refleja que tanto la política monetaria como la fiscal se movieron dentro de un margen más estrecho para muchos países”.

    Pero los “débiles resultados recientes de América Latina tienden a confirmar ciertas tendencias a más largo plazo, que se habían revertido, o parecían haberse revertido, en las últimas décadas”, contrapone Loser. En 1980, América Latina representaba alrededor del 33% del Producto Interno Bruto (PIB) de los países en desarrollo medido en términos de paridad de poder adquisitivo; en 2024, esta proporción se situaba en torno a un 12%.

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    Marca como cruciales dos factores en este desempeño económico regional. Por un lado, el “pésimo comportamiento de la productividad”; por otro, los bajos niveles de ahorro e inversión —los menores del mundo emergente— causados por una combinación de reducido ahorro público y políticas macroeconómicas por lo general deficientes e inestables.

    En otro pasaje del libro, el economista menciona con esperanza la efervescencia de la inteligencia artificial (IA) y de las tecnologías de la información (TI) en América Latina como rubros que pueden ser un “componente crucial para ayudar a la región a salir de su mediocre desempeño” emulando a la India. “Es cierto que India ya se ha consolidado como una potencia mundial de las TI con un fuerte enfoque en la IA, pero América Latina está experimentando notables avances y tiene perspectivas prometedoras”.

    También plantea preocupaciones por otras tendencias relacionadas, por ejemplo, con el envejecimiento poblacional y el medio ambiente. “El cambio climático tendrá repercusiones negativas a largo plazo sobre el desempeño de la mayoría de los cultivos en la mayoría de los países de América Latina, lo que afectará a la seguridad alimenticia y causará daños económicos”, advierte.

    Los resultados sociales

    Desde la perspectiva social, Loser entiende que, en gran medida, la pobreza en la región está muy “asociada al imperio de la ley y al grado de incorporación de la mano de obra al mercado formal”. En ese sentido, señala que el empleo no registrado tiende a ser menor en economías como las de Chile y Uruguay, “los países con probablemente la mayor percepción de respeto a la ley, y en menor medida Brasil y Costa Rica”.

    Acota que, medida por el índice de Gini, América Latina es la región con la peor —o más sesgada— distribución del ingreso a escala mundial, aunque la medición mejoró en seis puntos porcentuales desde principios de siglo. “Políticamente, la situación se presenta como si las desigualdades estuvieran aumentando, lo que es incorrecto si se mide según los indicadores de Gini. Además, se mezclan los temas de desigualdad y pobreza, cuando es evidente que, ajustándose a los últimos años, la lucha para reducir la pobreza ha tenido éxito en la mayoría de los casos”, subraya. Y agrega: “La retórica distributiva ha sido abundante, pero los resultados de crecimiento sostenido y mejor distribución del ingreso con pobreza limitada han sido, en el mejor de los casos, decepcionantes”.

    Las “razones políticas del rezago”

    En otro capítulo, Loser profundiza en los factores políticos e institucionales que, según él, han sido determinantes en el desempeño económico de la región.

    Si bien América Latina “cuenta en sus libros con instituciones sólidas”, los “abusos y la negligencia han dado lugar a marcos operativos débiles, y con un interés limitado por reformar las normas y la legislación, aunque los procesos burocráticos se aplicarán con celo en la forma y durante largos períodos de tiempo”. Este “desempeño deficiente es especialmente notable cuando se compara con los países de ingreso alto”.

    Su enumeración de los problemas empieza con el “corporativismo”. Según el economista, los gobiernos, tanto los elegidos mediante el voto como los dictatoriales, han sido “cómplices voluntarios o rehenes reacios de estos grupos de poder”, ya sean los sindicatos, las empresas poderosas, ciertos sectores de acción social —“que a menudo se autodenominan organizaciones no gubernamentales, aunque ciertamente están asociados políticamente”— o colectivos ideológicos que “abarcan toda la gama de la izquierda a la derecha”. La consecuencia ha sido, sostiene, el uso de manera repetida de “controles excesivos y crecientes, aislamiento económico, gasto desmedido, creación masiva de dinero, favores desproporcionados a sectores privilegiados y limitación de la competencia, desprecio a la iniciativa privada y expectativas de resultados milagrosos”, con Argentina y Venezuela como “claros ejemplos de estas políticas”.

    Otro problema es, afirma, la “herencia del proteccionismo” de generaciones anteriores, debida a circunstancias excepcionales (guerras mundiales), ideología (sustitución de importaciones por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe y el corporativismo señalado) y presiones laborales y empresariales, que “no ha desaparecido e incluso se ha extendido al mundo en general”. Para este caso, los ejemplos citados son Argentina y Brasil.

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    Un tercer problema es la baja competencia y la concentración de los mercados latinoamericanos. Según Loser, esto obstaculiza la innovación, lo que frena la inversión y el crecimiento económico. Los ingresos de las 50 empresas más grandes de los distintos países representaron en 2019 entre un mínimo del 20% del PIB (Argentina) y un máximo cercano al 70% (Chile), con valores intermedios de entre 35% y 42% en México, Colombia y Brasil.

    Reconoce que más recientemente, sin embargo, hubo una “evolución positiva de la política y las instituciones de competencia en América Latina, pero el proceso dista mucho de haberse completado”.

    Los técnicos

    Para el economista argentino, desde la crisis de la deuda de los años 80 se produjeron “mejoras técnicas entre los responsables políticos que han sido notables, aunque con distintos grados de éxito”. Uruguay está mencionado entre sus ejemplos positivos dentro de un párrafo largo.

    “La continuidad de las políticas económicas en Chile condujo a un crecimiento sostenido en la transición del gobierno militar a la democracia. México se abrió económica y políticamente en los años ochenta con Miguel de la Madrid y Carlos Salinas (aunque polémicos), y finalmente bajo Ernesto Zedillo, como presidente, al igual que ocurrió con Fernando Henrique Cardozo y Lula da Silva en Brasil. La economía peruana resurgió bajo (Alberto) Fujimori. Luego se empañó por su búsqueda del poder, pero su legado económico continúa hasta hoy, separado del caos político. La reactivación económica y las reformas también tuvieron lugar en Argentina con el presidente (Carlos) Menem y su superministro Domingo Cavallo, aunque los esfuerzos flaquearon más tarde. Uruguay ha tenido un éxito económico asombroso, con gobiernos de derecha y de izquierda, pero con una clara percepción de las políticas correctas. Lo mismo ocurrió durante mucho tiempo en Colombia, aunque esto está sujeto a dudas en la actualidad. Los líderes de Costa Rica, República Dominicana y Panamá ayudaron a guiar sus economías hacia una mayor prosperidad”.

    Cierra esa reflexión con un comentario en primera y tercera persona: “Hay muchos otros casos, y el autor de este libro tuvo el privilegio de interactuar con y sacar provecho intelectual de muchos de los protagonistas. Los equipos técnicos fueron magníficos, y sería una injusticia nombrar solo a unos pocos. Por desgracia, también ha habido villanos”.

    La conexión china

    El libro analiza el vínculo entre América Latina y China bajo la pregunta “¿un nuevo poder hegemónico o un socio próspero?”.

    El exdirector del Departamento para el Hemisferio Occidental del FMI afirma que China juega “un papel cada vez más importante en la región, en consonancia con su peso económico”. Las exportaciones latinoamericanas, sobre todo de materias primas, tienen una “gran dependencia” de lo que ocurra en China, “ya sea una desaceleración de la actividad económica, un descenso y envejecimiento de la población, y un mayor énfasis en los servicios que en el consumo de bienes”, a medida que madura esta economía asiática. Visualiza que, con un “gran superávit comercial, China podría presionar” para aumentar el uso del yuan por parte de los países de la región.

    En términos de inversiones y financiamiento la influencia china es “considerablemente menor —aunque a veces muy publicitada o criticada— que la del comercio”. Los capitales provenientes de China representan alrededor de un 5,8% del stock existente de inversión extranjera directa en América Latina. “Aunque desde el punto de vista político la presencia de China genera entusiasmo y preocupación, las cifras de inversión son reducidas y sin grandes perspectivas de un cambio importante en su composición, con alguna excepción, principalmente, Venezuela, Argentina y Ecuador y, en menor medida, Brasil”, según su visión.

    Aun así, admite que la actividad de China dentro de los Brics —en sus orígenes, Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y ya expandida— “ayuda” a “conservar un perfil alto”.

    Las perspectivas

    El camino a seguir en América Latina “no será fácil, con una importante probabilidad de perder participación relativa. La implementación de reformas estructurales requerirá un gran esfuerzo para la mayoría de los países de la región. La principal tarea a corto plazo será reforzar la política macroeconómica, debilitada por los ciclos de los precios de las materias primas”, proyecta Loser al referirse al posible futuro.

    Se apoya en estimaciones con un modelo de Centennial Group que “no son increíblemente ambiciosas”, y “a menos que en los próximos años se haga un esfuerzo significativo a nivel macroeconómico, estructural e institucional, la tasa de crecimiento per cápita podría ser fácilmente del 0,8% anual correspondiente al escenario pesimista (1,5% en el escenario central)”.

    El exjefe del FMI para el hemisferio occidental afirma que las “políticas incoherentes (aunque no son un monopolio de la región) podrían afectar los resultados. Sin duda, esto podría influir en la lucha por la inclusión y la reducción de la pobreza, y podría poner a la región en una situación de mayor desventaja en sus esfuerzos por elevar a más personas a la clase media. Algunos líderes políticos pueden esperar tendencias favorables, pero en las circunstancias actuales se trata, en el mejor de los casos, de un supuesto frágil”. Para situar a América Latina “en la senda de la convergencia hacia el mundo avanzado (…), los líderes deben centrarse en políticas que creen un marco de política propicio para un crecimiento más rápido”.

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