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El tiempo libre dejó de ser exclusivo para una élite, ahora se disfruta con menos culpa y con posibilidades ampliadas a niveles de sobreabundancia; ¿pero su acceso es equitativo?, ¿qué consumos culturales y de entretenimiento hacemos?
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEn mis últimos días libres, además de hacer deporte, de maratonear una serie que ya olvidé, de escuchar podcasts y de ver exasperantes partidos de nuestro fútbol, vi entrevistas viejas a Mario Vargas Llosa y leí algunos textos suyos; el premio Nobel recién había muerto. De su catálogo ensayístico, La civilización del espectáculo plantea una visión pesimista acerca de la cultura actual, desfigurada, según él, en entretenimiento vacuo. ¿Soy parte de esa cultura frívola?
Es un asunto profundo que esta newsletter, sobre temas económicos, solo pretende sobrevolar (aunque, te aviso, lleva unos 20 minutos de lectura, la mitad que un capítulo de esa serie que estás viendo). ¿Qué consumos de esparcimiento y culturales hacemos? ¿Cuánto aporte económico hace la “industria del ocio”? ¿Es democrático el acceso?
Soy Ismael Grau, editor de Economía en Búsqueda y autor de Detrás de los números, sin tiempo para aburrirme.
Trabajo y ocio
De las series estadísticas utilizadas por el Ministerio de Economía para estimar el crecimiento económico potencial del país surge que, después de alcanzar un máximo de 44 horas semanales de trabajo por persona ocupada en 1994, ese promedio ha ido bajando lentamente. El último dato, de 2023, es de 37,7 horas (1.965 anuales, frente a las, por ejemplo, 2.214 de 1985).
Estas cifras corresponden solamente al trabajo pago, y la vida cotidiana nos exige más tareas, como las domésticas.
La Encuesta de Uso del Tiempo en Uruguay realizada en 2021-2022 por el Instituto Nacional de Estadística (INE) expone que los varones dedicamos más horas que las mujeres al trabajo remunerado, pero que si se suman las tareas del hogar y los cuidados familiares, ellas tienen una carga total mayor, de 53,7 horas a la semana (frente a 50,8 de ellos). Con esas cargas de trabajo pago y no remunerado, a los hombres y mujeres les quedan aproximadamente dos tercios del tiempo para dormir —un tema que trataré en una próxima entrega—, para actividades como el estudio, para compartir con la familia y para recrearse.
Para esta newsletter conversé con Ricardo Lema Álvarez, decano de la Facultad de Derecho y Artes Liberales de la Universidad Católica del Uruguay (UCU), que tiene un doctorado en Ocio y Desarrollo Humano por la Universidad de Deusto, España. Me señaló que, con nuestras actuales generaciones de mediana edad, empezó a cambiar aquella vivencia de la recreación con “culpa” que sentían sus padres y abuelos. Y que, con los jóvenes de ahora, eso se reforzó, al punto que están dispuestos a resignar plata para disfrutar de su tiempo, o ya no separan el ocio y el trabajo (una realidad que algunos empleadores contemplan y lleva a habilitar espacios lúdicos dentro de las empresas).
¿Con qué nos entretenemos?
A muchos uruguayos nos gusta juntarnos a tomar mate sin hacer nada más que conversar, jugar al truco o pasear por la rambla. Pero también consumimos abundante entretenimiento pago.
Vargas Llosa cuestiona la literatura light, el cine light y el arte light, que “da la impresión cómoda al lector y al espectador de ser culto”. Tratando de no quedar como un “puritano fanático”, pero firme en su tesis de la degradación presente, ubica el origen de este cambio en Occidente en el bienestar socioeconómico que siguió a la escasez de la Segunda Guerra Mundial, en la expansión de las clases medias, en una apertura de los parámetros morales y en una convalidación del ocio que catapultó a las “industrias de la diversión”, entre otras razones.
También hubo cambios tecnológicos que multiplicaron la oferta de esparcimiento —hasta niveles de sobreabundancia—y su asequibilidad. Por ejemplo, en 2011, un año antes de la publicación de su libro, la plataforma de películas y series a demanda Netflix quedó disponible en Uruguay, por entonces pagando 7,99 dólares mensuales.
Servicios como ese, relativamente baratos, al igual que la conexión a internet, profundizaron la transformación del consumo audiovisual. Según el INE, cuatro de cada 10 hogares uruguayos (43%) tenían contratado alguno en 2023. Por su lado, la empresa de ciencia de datos BB Media estimó que, a fines del año pasado eran unos 650.000 los suscriptores de televisión por cable (más 516.401 usuarios “piratas”).
En parte por la posibilidad que da el streaming de acceder a los contenidos audiovisuales cuando y donde se quiera, a las salas de cine vamos menos que en el pasado. La caída se ve sin tener que comparar con la época de las matinés: en 2023 los espectadores en Montevideo no llegaron a 2,1 millones, cuando en 2010 se habían vendido 2,5 millones de entradas, de acuerdo con registros de la intendencia compilados por el INE.
En los teatros la tendencia parece similar, si bien los datos de la misma fuente (182.302 espectadores en 2010 y solo 16.163 en 2023) acotan que puede haber subdeclaración por las exoneraciones que tienen ciertos espectáculos.
Sin que sea masivo, el ballet se ganó un espacio entre cierto público desde que Julio Bocca revivió la compañía nacional con Giselle, en 2010. Según encuestas recogidas en el libro La nueva cultura del ballet en Uruguay, publicado el año pasado por la Facultad de la Cultura de la Universidad Claeh, un 37% de los espectadores —mayoritariamente mujeres y residentes en barrios de alto nivel socioeconómico— asisten más de tres veces al año a estos espectáculos.
Una estimación de la Cámara Uruguaya del Libro que obtuve para esta newsletter con la ayuda de mis compañeros de la sección de Cultura de Búsqueda, basada en las toneladas de importaciones y en las impresiones hechas en el país, es que se venden aproximadamente cuatro millones de libros al año.
¿Cuánto accedemos a publicaciones gratuitas? La cantidad de usuarios presenciales de la Biblioteca Nacional —por estos días cerrada— es fluctuante; los 7.872 de 2023 se acercaron al máximo de los años recientes (8.100 en 2019) y superaron largamente el promedio. Por su lado, la Biblioteca País de Ceibal captó en 2024 más de 148.000 usuarios nuevos (sumando unos 535.400 en total), a la vez que realizó 459.685 préstamos y hubo 14.775 descargas de publicaciones. Lo más leído en esa plataforma por los niños fue 1930: el viaje, de Ana Solari, mientras que Hábitos atómicos, de James Clear, se destacó entre el público adulto.
También el consumo musical y el de artes pláticas ha cambiado de la mano de lo digital.
En 2010 hubo 257.716 visitantes a los museos de Montevideo, una cifra que más que se duplicó en 2023 (529.528), en parte porque las estadísticas incluyen los acceso al “Cabildo virtual”.
El 29% de quienes respondieron a la Encuesta de Usos de las Tecnologías de la Información y las Comunicaciones del 2022, hecha por el INE, jugó o descargó juegos de la web. Nuestra industria de videojuegos está en expansión, con proyección hacia afuera, y también crece la comunidad gamer.
Otros encuentran esparcimiento en los juegos de apuestas, ya sea yendo a salas, como los casinos, o en modalidades online, aunque para algunos son la esperanza de un golpe de suerte que los saque de la angustia económica. Difícil saber cuántos son los timberos, pero al menos puedo decir que apostaron casi US$ 630 millones en 2024 en los juegos bajo el control de la Dirección Nacional de Loterías y Quinielas, como conté en esta nota en Búsqueda.
Actividades como la Expo Prado (230.070) y la Criolla (238.194) tienen una convocatoria interesante, según las cifras del INE del 2023. Unas 550.000 personas (21% de los adultos uruguayos) dijeron haber ido a un tablado durante el carnaval previo, al responder a una encuesta de Opción Consultores para el libro Fiestas orientales: tradición y vanguardia.
El fútbol profesional convoca a poco más de un millón de espectadores al año; al básquetbol fueron 137.715 en 2023.
Con todo esto, ¿nos estamos indigestando con esparcimiento light o basura? La opinión de Lema Álvarez es que hoy “hay productos de buena y de mala calidad, independiente del nivel socioeconómico” de quienes los crean —cada vez con menos “filtros”— o los consuman. En el campo musical, sostiene, eso vale tanto para la plena como para la clásica.
La contribución y el acceso desigual
El aporte económico de las actividades culturales tuvo algunas mediciones, aunque sin regularidad.
En 2009 se calculó una contribución de 0,93% del Producto Interno Bruto (PIB), mientras que el estudio de 2012, acotado a los libros y publicaciones periódicas, música grabada, audiovisual y las artes escénicas, mostró que esos rubros crearon un 0,63% del PIB. Ahora el INE hará encuestas para tener la “Cuenta satélite de cultura del Uruguay”.
El turismo, otra industria de esparcimiento, tiene estadísticas propias; se estima que aporta unos seis puntos del Producto.
El académico de la UCU acotó que, más allá del impacto que tienen todos estos sectores en la generación de divisas y fuentes de trabajo, hay mucha evidencia científica sobre efectos indirectos, como los juegos en la primera infancia que mejoran las oportunidades del desarrollo, así como las actividades recreativas en contextos de privación de libertad, que reducen gastos en seguridad o enfermería, lo mismo que para las personas mayores en sus gastos médicos.
Me hizo otro comentario interesante. Más allá de la “democratización del tiempo libre y de las oportunidades de acceso” a las actividades recreativas —“hace 150 años la cultura era patrimonio de una aristocracia y los que tenían posibilidades de ocio eran una élite”—, esto no es equitativo en nuestra sociedad, con los sectores más humildes en desventaja. “La distribución en Montevideo del equipamiento cultural no es equilibrada”, empezando por la playa, a la que muchos niños ni siquiera conocen pese a vivir a media hora de distancia.
La charla con él no podía terminar sin preguntarle cómo se entretiene un experto en ocio metido en el ámbito educativo. En su tiempo libre escribe ficción solo para el disfrute personal y comparte juegos de mesa o de cartas “modernos” con sus hijos; “rompen barreras generacionales”.
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Como en otros ámbitos, en materia de esparcimiento hoy tenemos más opciones para intereses y posibilidades económicas variadas. Sacando provecho de la tecnología, algunas, como los museos virtuales, nos acercan una representación del arte; otras son distracción pura, como muchos contenidos de las redes sociales. Aunque también algunos libros, en papel o electrónicos, pueden aportar poco o nada. Está en cada uno cómo aprovecha su tiempo finito.
Ya sabés que podés escribirme sugerencias, críticas y comentarios a [email protected]
Antes de despedirme, te sugiero esta lectura de Búsqueda relacionada con las distracciones y el uso del tiempo.
¡Saludos!