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    Uruguay es el “mejor ejemplo” de cómo se pudo “convencer” al FMI, señala Claudio Loser

    “¿Enemigos o incómodos aliados?”, plantea sobre el vínculo con la región el exjefe para el hemisferio occidental del Fondo Monetario Internacional

    Para el economista Claudio Loser, exdirector del Departamento para el Hemisferio Occidental del Fondo Monetario Internacional (FMI), la historia de las relaciones entre América Latina y este organismo multilateral desde mediados del siglo pasado puede calificarse como “accidentada”, si bien “en la práctica” por lo general fue “exitosa, aunque lejos de ser perfecta”.

    Es una historia que, al menos parte de ella, él vivió desde dentro. Cuenta que como funcionario del FMI por tres décadas —entre 1972 y el 2002—, e incluso ya después de dejar de serlo, “experimentó tanto la sensación de ser enemigo como aliado, y a veces amigo” de quienes integraban equipos de gobiernos en la región.

    Uno de los principales cometidos del FMI es supervisar las políticas económicas y financieras de los países miembros y proporcionarles asesoramiento. También concede préstamos y otras ayudas financieras pero, a diferencia de los que otorgan organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo y el Banco Mundial, el dinero es para aplicar políticas que restauren la estabilidad económica y el crecimiento.

    Casi todos los países latinoamericanos han tenido algún tipo de acuerdo con el FMI, más que nada en forma de préstamos condicionales; el libro menciona a Uruguay con un total de 22 de tipo stand-by desde 1950. En 2006, el primer gobierno del Frente Amplio decidió prescindir de este tipo de acuerdos y canceló toda su deuda con el organismo.

    El rol y las negociaciones duras

    Para Loser “está claro” que el Fondo Monetario “tuvo un papel importante en la región, sobre todo en los años sesenta y principios de los setenta, a raíz de la crisis de la deuda de principios de los ochenta, y a principios del siglo XXI”, esto último por los préstamos a su país y, en bastante menor medida, a Ecuador y Honduras.

    “Las negociaciones solían ser complejas y tensas. La percepción común era que el FMI imponía en sus exigencias, pero había considerables ‘tires y aflojes’ y finalmente un acuerdo a nivel técnico”, cuenta en el libro América Latina y su economía: de desilusión a cauto optimismo; historia y perspectiva actualizado de manera reciente y publicado por el Fondo Latinoamericano de Reservas. “Los políticos solían culpar al FMI de las medidas que debían tomar en cualquier caso por el propio bien de su país, incluido el acceso a la ayuda financiera de organizaciones multilaterales y bilaterales. El FMI no tenía una política de relaciones públicas autoenfocada, y aceptaba implícitamente la culpa”, describe Loser.

    “¿Enemigos o incómodos aliados?”, plantea el capítulo sobre la relación entre el organismo y la región. Agrega que en aquel momento el diálogo lo mantenían con equipos de gobierno con “débil grado de competencia técnica en muchos países en comparación con el personal del FMI, en lo que respecta a la formulación y el funcionamiento de un programa de ajuste. Esto provocaba un resentimiento considerable, ya que se percibía que el Fondo tenía una actitud paternalista o dominante, por lo general mucho más allá de la intención del personal de la institución. Sin embargo, al final había algo de verdad en ello, dada la influencia de la organización en términos de financiación disponible, ya que otros delegaban las negociaciones macroeconómicas al FMI, y solo prestaban cuando se llegaba a un acuerdo”.

    A partir de 1982, con grandes préstamos otorgados a Argentina, Brasil, Chile, México, Perú, entre otros, el crédito para la región aumentó con rapidez y llegó a representar más del 60% del total de préstamos del FMI, frente al 9% de los años 70. Además, sin acceso al fondeo privado, el financiamiento llegó a alcanzar el 22% del PIB en 1985-1986. Durante el resto del siglo XX, los préstamos netos del FMI disminuyeron, a pesar de que la región enfrentaba graves problemas, incluido un importante brote de hiperinflación, repasa el autor.

    La historia de esta relación contada por Loser menciona un par de veces a Uruguay. Cuando México se enfrentó a la crisis del “tequila” de 1994-1995, “se produjo un contagio en Argentina y Uruguay, dos países que habían liberalizado su economía, como había sido el caso de México, pero que se enfrentaron con graves problemas en su financiación externa. Argentina se había acogido a un programa con el apoyo del FMI, y las autoridades pudieron aguantar las presiones y siguieron obteniendo buenos resultados, al igual que en Uruguay”.

    “El FMI no ha perdido relevancia hoy en día en el continente y sigue siendo probablemente la mejor organización a la hora de analizar la evolución y proponer soluciones a los problemas de la región. Sin embargo, la sólida gestión macroeconómica de muchos países y el acceso razonable a los mercados comerciales, así como la aparición de China como acreedor activo, han dado lugar a una fuerte reducción de los programas operativos”, señala Loser, quien fue profesor en la George Washington University e integra el centro de análisis Centennial Group Latin America.

    Después menciona la corrida bancaria y el default de la deuda de Argentina de finales de 2001. “Uruguay también se vio afectado por la crisis argentina, pero con políticas muy sólidas y un enfoque constructivo pudo salir de su crisis y sigue en esa situación en la actualidad”.

    Las autoridades de los países más chicos “pueden estar de acuerdo en líneas generales sobre los temas, pero les preocupa tener que aceptar opiniones externas para obtener apoyo. Incluso entonces, los equipos económicos nacionales mejor organizados siempre pensaron que tenían una buena oportunidad de convencer al personal y a la dirección del FMI sobre sus puntos de vista, siendo el mejor ejemplo, según mi experiencia, Uruguay”, expresa Loser.

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