Reportaje de César di Candia, publicado el jueves 11 de junio de 1987
Jorge Batlle afirma que los líderes del futuro deberán dominar ciencias y tecnología, relegando el derecho a un segundo plano. “Si no sabes ciencias, múdate de planeta”, dice. En la entrevista, también reflexiona sobre su infancia, su vida política y su visión del progreso, destacando la necesidad de adaptarse a los cambios
Reportaje de César di Candia, publicado el jueves 11 de junio de 1987
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLíbrame Señor de caer en el vicio fácil de calificar el apartamento del doctor Jorge Batlle de “coqueto”. Ni coqueto ni modesto ni alegre ni lujoso. Algo austero puede ser, pero con detalles que chirrian y parecen incómodos dentro de la severidad. Una cassette de Pink Floyd junto a otra de Mahler, un Brahms que convive con Neil Diamond. Una abominable jarra de cerámica propaganda de una fábrica de cerveza, al lado de un grabado de fin de siglo por el que andan entreverados y a los pistoletazos don Venancio Flores y don Giuseppe Garibaldi Un pato hecho con semillas de colores frente a una enorme placa de bronce, reliquia de quién sabe qué baluarte partidario. Una bicicleta fija de hacer gimnasia medio enclaustrada entre muebles desmoronados de libros, con aspecto de no haber sido usada nunca. El amor por lo antiguo infiltrado solapadamente por pequeños toques. La modernidad tratando de abrirse camino.
El Senador Batlle observa de reojo y con cierta desconfianza los apuntes que tomo mientras no cesa de leer el diario en voz alta tratando que a mí me interese lo que a él le resulta fascinante. Habla sin parar, como dominado por alguna compulsión que lo obliga a ser escuchado constantemente.
—¡Mirá vos el tiempo que puso este caballito en el apronte! Y eso que la pista estaba pesada, ¿no?.. Qué bueno esto del avioncito en la Plaza Roja. ¡La cara que habrá puesto el Jefe del Ejército!..creo que si a Peñarol le toca con los argentinos, marcha... apuntá que ese banderín que tengo ahí es el del glorioso Montevideo Rowing Club, en donde fui tan mal remero.. llovió en todo el litoral, ¿qué te parece?… el viejo sí remaba bien pero yo no..¡Ah! Y esa foto es la del doctor Raúl Negro, no te olvides de ponerlo. Fue presidente de la Corte Electoral y un hombre superior, como diría mi padre... ¡Che! ¿Cuándo empezamos?
El apartamento, situado a media cuadra de 18 de Julio, chorrea clase media por los cuatro costados pero no deja de padecer el desorden que la leyenda suele atribuir a los hombres que viven solos: las camas sin tender a las cuatro de la tarde, algún calzoncillo senatorial tirado por el piso del dormitorio, la alfombra del living tapizada de revistas científicas, la mesa llena de libros. Pero pronto llegará Mabel —ama de llaves, limpiadora, hada protectora— y tratará de poner fin al caos.
—Quedamos en el entendido que no te voy a tirar centros para que cabecées.
— Sí, claro.
—Y que en lo posible, vamos a dialogar…
—SÍ, sí (largo bostezo sonoro).
—Dejo constancia que tu bostezo quedó grabado.
—La cosa empieza con bostezo. Espero que no termine en un grito (se ríe).
—Tratá de rescatar a Jorge Batlle chiquito, hijo de un padre que ya empezaba a ser notorio.
—Yo no sabía que mi padre era notorio. Sabía que dos por tres lo venía a buscar la policía. Vivimos en la calle Durazno, entre Joaquín de Salterain y la de arriba ¿cuál es? ¿Pablo de María?
—Qué edad tenías entonces.
—Cinco añitos. Yo tenía con: ciencia que nos pasaban cosas, que andábamos deambulando, que siempre vivíamos en una casa diferente, en un país diferente. Pero no tenía conciencia de que esto ocurría no sólo porque estaba en contra de un régimen sino porque era una de las personas importan» tes en contra de ese régimen.
—¿Dónde más viviste?
—Dónde no viví dirás. En la Argentina, viví en Mar del Plata, en la pensión “Kaiser”, en Belgrano, donde fui a la escuela en la calle Gúemes, y también en un hotel en la Avenida de Mayo, viví en Brasil además en un hotel no me acuerdo dónde, en Montevideo en distintos lugares: en Bulevar España 2210 con mi tía Linda Tálice, en la calle Ellauri, en casa de mi Alberto Pittaluga, después con mis primos todos juntos en Camino Mendoza, cerca de la vía, también viví en casa de mi tío Duncan, viví con mis primos un verano completo en las barrancas de San Gregorio, en San José, viví en Luis de la Torre 787, en Joaquín de Salterain entre Bulevar España y Durazno, a la vuelta de la casa anterior, viví en Rincón del Bonete, en casa del Ingeniero Rodríguez Correa, donde su parienta Magdalena Antonelli Moreno me enseñaba a escribir, viví en Young en el almacén de Ramos Generales de don Brígido Marroni que nos dio asilo durante un año a mi madre y mis hermanos cuando mi padre estaba fugado en Rio Grande do Sul, vivi en 18 de Julio entre Médanos y Vázquez, Vázquez y Tacuarembó, viví con mi tío José Batlle Berres que era la casa de los muchachos allá en la quinta de Piedras Blancas.
—¿Todo eso en un lapso de cuántos años?
—Del 33 al 35 o 36. ¡Qué barbaridad!
—¿Y cuándo no te estabas mudando qué hacías?
—Ful a una escuela de varones en la calle Durazno y antes había ido al Jardín de Infantes del Liceo Francés. Hice un tiempito de escuela en Buenos Aires. Y recién me estabilicé en primaria en el año 37 en la escuela alemana que estaba en la calle Soriano y Piedad… Mirá si habrán pasado años... ni sé cómo se llama Piedad ahora. Creo que ahí está instalada ahora la escuela Venezuela. Allí hice hasta quinto año y salí cuando empezó la guerra. Pasé al “Elbio Fernández” con muy malos resultados, fuí un alumno bastante descarriado y deSpués me pasaron a la escuela Venezuela.
—Menos mal que no te mandaron a la Escuela Militar como a todos los que no podían con su conducta.
—No. Luego di examen de ingreso, que fue el momento de más sufrimiento que recuerdo en mi vida de estudiante. Me acuerdo que al regresar me metieron en un baño de inmersión por la mugre que traía encima y yo lloraba a moco tendido porque creía que había perdido el examen. Me pusieron una prueba de matemáticas horrible… calcular el volumen que desplazaba un cubo metido adentro de un vaso cilíndrico, una cosa loca. Por espíritu de lástima de los profesores pasé el.examen de ingreso y luego nos estabilizamos y pasamos a vivir en extramuros.
—¿Toda esa inestabilidad física que te acompañó en esos años, no te signó tu vida posterior?
—Sí, sí. Yo tenía una timidez terrible, una timidez de novela. Supongo que a consecuencia de todo eso.
—Sin embargo tus hermanos que vienen bastante más atrás, también son tímidos.
—i¡No! ¡Luisito no, Luisito no! Y mi hermana Pona no tanto. Yo era el más tímido de todos... ¡Ah! Y ahora que me acuerdo también viví en la casa del doctor Ferdinand Pontac (aclaración: seudónimo del doctor Luis Bonavita) en Carrasco. Dos días antes del 31 de marzo del 33 vivíamos allí. Después tengo una especie de nebulosa que me amanece en la calle Durazno. Ferdinand Pontac durante un tiempo no dejó cambiar el papel de uno de los cuartos porque ahí habían estado reunidos papá y Brum unas horas antes del golpe de Estado. Pero volviendo a lo anterior. ¿Cómo yo voy a hacer un examen psicológico de mi situación actual en función de: lo que pasé entonces? ¿Voy a andar diciendo que sufrí y eso me deformó?
—No pudo haber sido una infancia agradable ni feliz.
—No sé, no sé… había de todo. Recuerdos desagradables tengo muy precisos que supongo habrán dejado señales.
—¿Podés contar alguno?
—Sí… Recuerdo una paliza tremenda que me dieron en la escuela a la que iba en Buenos Aires, solo por ser uruguayo… (se ríe). Fue en primer año, pero me dejaron molido. Otro recuerdo desagradable es el de haber ido a visitara mi padre al Cuartel de Bomberos, otro el de haber ido a ver a Guichón al Hospital Militar, a donde me llevó mi padre, otro de cuando fueron a buscar a papá para llevárselo...
—¿Todos los malos recuerdos son políticos?
—No, también tengo un recuerdo muy desagradable de cuando se enfermó mi hermano y estuvo gravísimo… Lo salvó un veterinario (se ríe). Yo siempre le digo a Luis: “vos vivís porque sos casi un animal, te salvó un veterinario” (se ríe). Claro, era un veterinario de novela que se llamaba don Miguel Rubino y mi hermano le tenía tanta rabia por los remedios que le daba que le había puesto “mujerita”.
—¿Y recuerdos agradables te han quedado?
—¡Cómo no! Hicimos una amistad brutal, brutal con nuestros primos que se conserva hasta el día de hoy. Es decir los hijos de tío Pepe, de tío Duncan y de tío Marcos. A pesar que no nos vemos por nuestras ocupaciones durante meses, todos mantenemos una amistad entrañable porque claro, vivimos juntos en casa de uno o de otro muchos años de nuestra niñez.
—Es ahí que se desarrolla esa especie de espíritu clánico que tienen los Batlle.
—Puede ser. Cuando mi abuelo murió, mi padre era muy chico y mis tíos también. Don Pepe pasó a ser el tutor del grupo y como vivían en la proximidad de la quinta de Piedras Blancas todos estaban juntos. Incluso los mandó a educar a Suiza. Era muy adelantado don Pepe Batlle (se ríe). Hay unas fotos de tío Duncan corriendo carreras de trineo que son para morírseos de risa…
—¿Tío Duncan era el que andaba siempre de sombrero puesto?
—De gorra puesta. Nunca lo vi sin gorra. ¡Qué tipo extraornario! ¡Que capacidad de análisis! Bueno, uno quiere a todos los tíos, ¿no? Tío César, por ejemplo, era una especie de tío clásico como tú decís. Era solterón, mayor que todos los demás. Íbamos con mi primo José Luis a la fracción de campo que tío César tenía en Minas, en un auto Ford que se desencuadernaba cada quince quilómetros y en el viaje nos iba haciendo cuentos de indios (se ríe). Muchos años después, yendo con mi familia por no sé qué camino les hice los mismos cuentos a mis hijos y hace poco mi hijo el “Mono” me decía: “¿Te acordás papá la clase de tarado que eras que nos hacías unos cuentos de in- dios espantosos?” (se ríe). Y bueno..por suerte la vida es así y seguirá siendo así.
— Hace un rato te dejé llorando por tu examen de ingreso. ¿Qué pasó después?
— Que lo salvé y entré al liceo. Te puedo contar que en segundo año de liceo, con el gordo Salvo durante un mes consecutivo nos hicimos la rabona. Nos escondíamos detrás del quiosco de revistas que está ubicado en 19 de Abril y Agraciada y de allí nos íbamos al Rosedal. El gordo Salvo a cazar palomas y yo a jugar al fútbol a la cancha de Wanderers. Ahí descubrí que mis intereses futbolísticos no se compadecían con mis habilidades. Iban en sentido inversamente proporcional. Hasta que un día el señor Belbussi de la confitería Americana que era muy amigo de mi padre y dirigente de Wanders: “¿Che Luis, tu hijo a qué turno va del liceo?” “Por la mañana” “Bueno, entonces hablá con don Felipe Lacueva Castro” —que era el director del liceo— “y decile que hace tiempo que no asiste porque lo veo siempre en la cancha”. En aquella época jugaba Obdulio Varela en Wanderers. ¿Y yo que iba a ir al liceo si podía ir a ver a Obdulio practicando?
—Y don Luis te aplicó el rigor. No era de los mansitos.
— Papá me sacó del liceo público y me puso de nuevo en el "Elbio”, como sanción. Ahí fui compañero de Alejandro Vegh Villegas entre otros “turiferarios” y estaba también mi primo José Luis, Carlitos Giambruno y tantos otros.
—¿La política te hizo perder amigos?
—Para nada: Me encuentro dos por tres con alguno, nos damos un abrazo y si cuadra nos vamos a tomar mate juntos. El otro día estuve en lo de “Tucho” (Alberto) Methol al que hacía años que no veía y me fui a tomar mate a su casa, frente al mirador de Herrera y Reissig.
—Flamante padre, “Tucho”.
—A nuestra edad. ¡Qué maravilla!
—Contame algo de tu adolescencia en La Paloma.
—Fenomenal. Era como volver a un estado paradisíaco. En el paraíso nada ocurre, todo es tiempo circular y La Paloma era eso. Cuando a uno le hacían poner los zapatos para embarcar en el motocar para volver a Montevideo, dos meses después, era un sufrimiento como si lo metieran en las más oscuras mazmorras.
—También ahí vivieron en varios lados.
—Claro. Siempre la manía de cambiar de casa. Primero alquilamos en unos chalets que había en la avenida principal, luego durante varios años fuimos a una casa frente al hotel llamado “Stella Maris” y después papá hizo la casa que todavía por suerte conservamos.
—Que ha sobrevivido a una hipoteca traidora.
— A más de una. Por ahora se va salvando. Mamá nunca creyó que se fuera a salvar y mi hermana, que es muy buena y resignada, tampoco. Pero venimos bien, repechando (se ríe). Hasta allí llegó la línea de máxima creciente, hermano (se ríe).
—¿Y qué le dio a don Luis por ir a La Paloma que entonces era un páramo sin luz ni agua?
—¿Qué habrá sido? (piensa) ¡Ah sí! ¡Fue Víctor! El doctor Víctor Armand Ugón fue el que lo llevó a La Paloma. Papá andaba en una rueda de amigos entre los que estaban Victor, el doctor Caubarrere y algunos más y casi todos compraron por allá. Papá ya tenía la radio Ariel que empezó durante la Guerra Civil española… El hecho es que compró ese terreno frente al mar que estuvimos muchos años sin edificar y cuando ya pensábamos que la casa no se iba a levantar nunca, porque la cosa daba para terrenos pero no para ladrillos, se hizo una hipoteca en el banco y se construyó. Ya está acostumbrada la casa a las hipotecas (se ríe). Papá descansaba como en ningún lado.
—Y se bañaba vestido.
—Es verdad (se ríe). Se bañaba de camiseta y sombrero blanco porque era muy blanquito y se llagaba todo (se ríe). Era un tanto ridículo. Y además jugaba al truco con el hoy diputado nacionalista Emesto Amorín, con su hermano Julio que después se casó con mi prima y con el doctor Jorge Costa. Y al póker con el doctor Armand Ugón, el doctor Devoto y este señor ¿cómo se llamaba? tiene el mismo apellido que el último castillo de los Albigenses... ¡Montsegur!
—Y jugábamos al fútbol en playa donde desplegabas tus condiciones de back recio y malintencionado.
—Es verdad… Lo pasábamos bien. Supongo que ahora será lo mismo en otras playas semi salvajes… Son recuerdos que ayudan a vivir.
(Mabel llega al fin, jadeando y con aspecto de gripe en ciernes y recién entonces el doctor Batlle se acuerda de ofrecer un café que mucho me temo no sepa preparar él mismo. Pero el café no existe en la cocina y el azúcar —casa de hombres casi solteros al fin— tampoco. Y allá sale Mabel, a escape y tosiendo a buscar las vituallas, mientras Batlle aprovecha para seguir contestando aunque no le haya preguntado nada)
—Esta Mabel es bárbara, Hace años que trabaja conmigo y no sé qué haría sin su ayuda. Más vale que no se me enferme. Vivir solo tiene sus cositas, ¿no?
—¿Cómo sigue aquella lucha a brazo partido que tenías con unos vales bancarios?
—Salí a flote. Pude liquidar todos los bienes para pagar las cuentas del diario. Me quedan algunos puchos personales, pero ahí estamos en esa confraternidad acreedor-deudor que ya se ha hecho una amistad eterna y que no veo por qué va a variar (se ríe). Entregué el campo que tenía arrendado en Rocha, entregué otra fracción también de Rocha, cuando volví del Brasil donde estuve un tiempo, tuve que vender el tambo que tenía en la chacra que era de papá, porque el Banco República pudo más que yo, también marchó la radio para pagar las deudas de “Acción’.
—No se puede decir que hayas sido exitoso en tus negocios.
—Ah, yo creo que sí. Al contrario. Si no hubiera tenido buen sentido para manejarlas cosas no hubiera podido dar cumpliento a las terribles obligaciones que tenía. La empresa "Acción SA” contrajo una obligación de trescientos cincuenta mil dólares y pagó ochocientos mil. Todo porque el Banco no me dejaba vender. Bueno, al final convencí al General Raymúndez, vendimos los equipos, pagamos y ya ves, he sobrevivido, le di de comer a mi familia y aquí estoy. Algunos pesos debo, pero los voy a pagar. Voy a vivir como cuarenta o cincuenta años más así que tengo tiempo.
—¿Si no fueras senador podrías vivir?
—Sino me dedicara de lleno a la política, estoy seguro que podría trabajar bien en cualquier cosa, como me lo demostré a mí mismo.
—¿Por qué abandonaste la profesión?
—En aquel tiempo yo ya había empezado a ejercer la política, estaba metido en el diario de la mañana a la noche, mi padre era Consejero de Gobierno y se creaban todo tipo de complicaciones. Hay que optar: o uno prefiere hacerse rico o hace política. A mí no me molesta. Sarna con gusto no pica.
—¿Y de qué vivís ahora?
—Tengo un buen sueldo. Los senadores ganamos como mil dólares.
—Así sirve tener sarna. ¿De ahí te sacan mucho para obligaciones?
—La cuota del partido, los descuentos de la operación que son como treinta mil pesos. En total estoy cobrando ciento ochenta y siete mil pesos líquidos que es lo que cobré hace treinta días.
—¿Y el tambo no da dinero?
—No. En el tambo me estoy capitalizando. No estoy sacando dinero. De pronto ahora sí, Porque voy a tener una buen cosecha de maíz. Tengo veinte cinco cuadras de maíz para levantar. Esta es la primera plata que voy a sacar del campo. Este año compré maquinaria por casi quinientos mil pesos: una ensiladora, un arado de cincel, otro de vertedera, un carro nuevo para sacar la leche, una zorra grande, un par de gomas al tractor que valen como ciento veinte mil pesos cada una y veintitrés cuadras más de campo. Así que algún día cuando tenga un campo grande, juntaré a los bancos y echaremos de nuevo para adelante (se ríe). Es el cuento eterno. ¿Ves aquel choclo que tengo alli? Es el primero que coseché.
(Allí está, en efecto. En el borde de una biblioteca atestada de libros de economía, de historia y de filosofía, colorado, saludable y lleno de dientes, el choclito se deja estar como si tuviera conciencia de su informalidad estudiada. Y no es la única. Pegado a él, hay un recorte de diario con una caricatura de Arotxa colocada allí por alguien que seguramente ha tenido un buen motivo para hacerlo. Representa a Jorge Batlle como titiritero, de cuyos hilos pende el muñeco de Manolo Flores Silva a quien aquél obliga a correr con un serrucho al Ministro Fernández Faingold).
—Volvamos a tu personalidad. Ese empaque que se te nota en televisión y que a mucha gente no le gusta, es tu forma de combatir tu timidez?
—Habría que estudiarlo. Yo no tengo ese conocimiento como para juzgarlo. Mi tía Elvirita me ha contado que cuando nací mi padre le preguntó muy asustado al médico: ¿Dígame la verdad: es normal?” (se ríe). Bueno yo salgo como soy, no muy agraciado. Lo que natura non da ni Pitanguy lo arregla. Me siento y a veces no salgo bien. Lo que me pasa a mí, es que no sé disimular, ni me preocupa disimular. Si estoy enojado salgo enojado y si estoy triste salgo triste. Se me nota todo. Si lo que me dicen está bien o está mal se me nota: La familia Batlle es una familia emotiva y llorona y eso también se me nota.
—Y no cometés a veces también pecado de imprudencia
—¡Ah sí! ¡Totalmente! Soy terriblemente imprudente, pero ya no tengo arreglo.
—¿Y eso no te acarrea problemas políticos? ¿No te los puede acarrear más adelante?
—Seguro que sí, ni me hablés. Veinticinco mil, pero eso no tiene solución. Acá estamos hablando de imprudencias y eso de admitir que soy imprudente también es una imprudencia; no tengo arreglo. Quizás es que soy demasiado franco. Creo en lo que digo y me tiro al agua. Mi actitud en la vida política responde a lo que real y auténticamente siento y a veces creo que ha llegado el momento de decir determinada cosa y no puedo no decirla. No aguanto, sino la dijera sería como estarme mintiendo a mí mismo.
—¿Y cómo ves a un presidente de la República haciendo declaraciones imprudentes?
—Eso ya es un asunto diferente. Hay cosas que cuando uno tiene otro tipo de responsabilidad, no debe decir. Yo he estado toda la vida sentado en la mesa de mi padre, he estado presente en cientos de conversaciones importantísimas porque mi padre tuvo la generosidad de permitirnos convivir con él y siempre supe manejar los secretos de Estado. Mi imprudencia es en el sentido de que no son muy agradables desde el punto de vista de sus consecuencias electorales, pero en el otro tipo de cosas tengo suficiente entrenamiento.
—Yo pienso que serías un presidente totalmente atípico.
—Estás partiendo de una base que no es la correcta. No creo que podamos discutir qué clase de presidente sería yo ni qué clase de presidente serías tú.
—Lo tuyo es una hipótesis bastante más probable, creo.
—No. Yo en mi vida tengo un objetivo más importante que es el que me preocupa más: contribuir a que realmente el país procese en los próximos años un cambio no disímil en cuanto a su naturaleza y cuanto a su profundidad que el que se procesó a principios de de siglo. Ese es mi objetivo de vida. Recién voy a poder morirme después de eso.
—¿Un Batlle revolucionario en cada punta del siglo?
—Con contribuir a que se realice me alcanza. Es una vieja idea que he estado manejándonoslo desde hace muchos años.
—¿Puedo deducir que el entre la hipótesis de ser presidenciable y ser la eminencia gris del partido tú optás por ser la eminencia gris?
—No, para nada. Eminencia gris es una persona que se oculta detrás de otra y que maneja los hilos. Yo nunca me he ocultado. Al revés. Yo soy como Holdoway (se ríe) salgo a romper juego (se ríe a carcajadas). Cuando hubo que tirarse al agua después del fallecimiento del señor Batlle Berres enfrentado la idea del colegiado integral, yo me tiré al agua y tenía pantalones cortos en materia política. Y cuando hubo que tirarse al agua para reordenar o contribuir (vamos a usar la palabra contribuir) a reorientar el partido para que tuviera otro sesgo en su apreciación de los hechos económicos, fui yo el que se tiró al agua también. Como yo perdí la elección del 66 y después la del 71 y como algunas de las ideas que yo preconicé entonces fueron asumidas por el partido, la gente puede tener una idea equivocada de lo que ha sido mi conducta y de ahí eso de eminencia gris. Yo digo las cosas como creo que son y si el partido después la va asumiendo y si otros van instrumentando… La mala suerte mía es haber perdido esas dos elecciones. Mala suerte no. Incompetencia.
—Te doy a elegir dos refranes. “No hay dos sin tres” o “La tercera es la vencida”.
— Bueno… (se ríe). De pronto quieren decirlo mismo. No hay dos sin tres candidaturas, no hay dos sin tres derrotas, o el tercero es el guascazo definitivo (se ríe). Hay cosas más importantes. Vamos a ser francos con nosotros mismos sin falsas modestias. Quién puede decir que quien ha estado en la actividad política como estoy yo, que tengo recuerdos políticos de cincuenta y pico de años, que puedo contarle a los jóvenes quiénes eran don Edmundo Castillo, don Santín Carlos Rossi, don Antonio Rubio y don Domingo Arena porque los conocí, quién puede decir, repito, que quien pertenece a una familia que se ha dedicado a la política desde siempre, que la Presidencia de la República puede ser algo desdeñable. Sería torpe si dijera eso. Lo que el partido me mande hacer, yo vov a hacer en la medida que yo sienta que hay una orientación en la que yo estoy de acuerdo o mayoritariamente de acuerdo o en la medida que yo sienta que hay un bien común por preservar que me haga dejar de lado momentáneamente orientaciones que yo crea equivocadas como ya me ha ocurrido.
—Hablás como si el partido fuera un robot. Las resoluciones del partido se digitan, se trabajan.
—Todo se digita y todo se trabaja. En ese caso pienso que las cosas van a caer por decantación natural. El partido va a elegir su camino y es lo mejor que puede ocurrir. El partido tiene que tomar conciencia de los años que vienen van a ser muy difíciles en Uruguay, no en cuanto no haya una posibilidad cierta de hacer una gran gestión de gobierno conjuntamente con todas las demás fuerzas políticas, sino porque los problemas que el país tendrá que enfrentar son los problemas decisivos de su tiempo histórico por venir. Estamos enfrentándotela un tiempo eje en la vida nacional. Ya arreglamos la casa y ahora empiezan a aparecer los escollos nuevos e inexorables de una actualización de la vida nacional para que el país pueda meterse dentro de la corriente natural hacia la cual tienden todos los países del mundo. Y puede meterse decididamente, con fuerza propia para crear su propia cultura y su propia civilización si se quiere, su propio estilo y tenga fuérzanos adentro y en las fronteras y afuera. Y para eso se precisa no tener miedo a la libertad, no tener miedo a la imaginación, no tener miedo a asumir riesgos, no tener miedo a algún cambio y no tener miedo a alguna dolor. Es un paso de siete leguas que el país debe dar. Es el paso que debemos dar en los próximos ocho a diez años y para eso me gustaría contribuir. Desde un cargo de Senador, dese un cargo de Presidente o yéndome a mi casa para no molestar.
— Pongamosnos en esta última hipótesis. ¿Qué harías en tu vejez llegado ese caso virtualmente imposible?
—¡Pahh! ¡Cosas fantásticas! Tengo para leer lo que no he podido leer durante años y releer los que tuviera ganas. Y sobre todo, enseñar, enseñar (lo repite con énfasis) contribuir a educar.
—¿Qué tipo de ho docencia.
—Una docencia sobre la formación de los docentes, Enseñar a enseñar.
—¿Y quién te enseñó a ti a enseñar a enseñar?
—A mí nadie. No soy técnico académico sobre la materia a pesar de que estoy tratando de hacerme una información propia, pero pienso que tengo una inclinación natural que también es propia de toda nuestra familia a pensar con racionalidad y a tratar de explicar las cosas con claridad y con metodología.
—Todo eso según tu apreciación que no es muy objetiva que digamos. No creo que seas el mejor juez de ti mismo.
—No soy el mejor juez de mí mismo. Debo ser el peor, pero en esta materia me parece que en toda mi actividad política he tratado de hacer un esfuerzo consistente para desarrollar mi capacidad de explicar y si a eso le puedo sumar un aprendizaje de las metodologías que estoy tratando de hacer en mis tiempos menos ocupados porque es el tema que más me ha interesado.
—¿Qué otras cosas harías en tu vejez?
—Me interesa la actividad productiva, la tierra, el campo, la naturaleza en sí misma, simplemente para observarla. Y además hay aspectos de la naturaleza animal que me interesan profundamente, vinculados a su ligereza a su genética: me refiero a mis amigos los pingos de los cuales hace tiempo que estoy alejado. Todo lo que sea investigación genética, las razas, las descendencias me resultan apasionantes. Lamentablemente a Maroñas hace tiempo que no puedo ir, lo que me provoca los reproches de Gonzalo Aguirre. Pero los fines de semana —a él también va a empezar a sucederle— hay que ir al interior, hablar con la gente, mantenérmelos contacto con los problemas. Para la vejez hay muchas cosas. Ver televisión por qué no. Algún día juntaré algunos recursos para poder poner una antena parabólica arriba del edificio donde viva para verla BBC de Londres o esas televisiones imponentes europeas donde uno aprende cosas que ni se imagina. Hay mucho para hacer en la vejez. Volver a leer el Quijote, por ejemplo.
—¿Casarte de nuevo?
—No es un plan. Primero tendría que divorciarme. Ni que sí ni que no. No es una cosa que esté afuera de mis objetivos ni tampoco dentro. Lo que puede estar dentro de mis planes es ver crecer a mis hijos, visitar más a menudo a mi madre a la cual no veo nunca pese a que vivimos a seis cuadras, ver a mí hermano que ahora está tocando en Salsburgo…
(Se repatinga en un butacón regalo de casamiento de Brum al matrimonio Batlle Berres-Ibáñez Tálice, entrecierra los ojós y sigue practicando con cierto regodeo el deporte que más ha ejercitado en su vida: hablar. Ha engordado varios quilos y ya no tiene aquel aspecto casi sombrío de prejubilado al borde de la inanición. Ahora es una persona de salud recuperada y abdomen creciente)
—¡Cómo no voy a engordar si he descubierto el arte de comer! Me sacaron la vesícula y estoy encantado! Engordé cinco quilos y no los pienso bajar bajo ningún concepto.
—¿Y esa bicicleta fija es para hacer ejercicio?
—¡No! Este artefacto es de un loco amigo. La miro todos los días, pero no me subo ni loco. Tampoco soy partidario del aerobismo aunque alguna gente lo precise. La gimnasia es una cosa inventada para la gente de la ciudad. La gente de las oficinas debe hacer gimnasia. La gente del campo no la necesita. ¡Si la hace todo el día!
—¿Por qué se te nota muchas veces cierta dureza con el periodismo?
—A veces he sido duro y soy consciente, porque una cosa es ser periodista y otra utilizar esa profesión para la polémica. A mí me encanta ser periodista, creo que lo soy y pienso que la misión de éste es colocar al interrogado en posición de dar de sí su pensamiento auténtico para que el lector aprecie y juzgue. Pero cuando el periodista entra en polémica y tira un sablazo.. bueno... recibe otro.
—¿El asunto de la infidencia cambió tu vida?
—No. Me dolió mucho que gente pudiera pensar que a esa altura de mi vida pudiera utilizar el gobierno para un beneficio personal cuando había estado desde joven dentro de él. Lo entendí dentro del contexto de lo que les pasó a mis mayores. Me bastaba con recordar las cosas terribles que dijeron de papá: que era dueño de estancias, que había prohibido la distribución de una revista porque tenía en la tapa la foto de un edificio de apartamentos que tenía en Miami, que era dueño de Sadil, de Norteña. Y al viejo Batlle también. Le decían que era socio de Salvo. Por lo menos en la calumnia estaba en buena compañía. Pero por suerte ese tipo de ataques personales injustos han sido superados, lo que revela que el país ha ido creciendo en madurez.
—¿Te batirías a dueño de nuevo hoy en día?
—¡Estoy muy gordo!
—Quince años después de tus duelos, ¿esta institución cabe en el país de la modernización que estás preconizando?
—¿Qué lío, no? Vamos a decir las cosas como las siento, y a tratar de seguir siendo imprudente. Francamente creo que no, que no tendría sentido. Uno no sabe lo que puede pasar, pero diría que no.
—¿Qué condiciones deberá tener el legislador uruguayo de los próximos años?
—Sin ninguna duda, saber mucha física y mucha biología. Son los dos grandes campos del presente y del futuro inmediato a los cuales también tenemos que entrar. Yo recibo todas estas revistas científicas. Me da un tremendo laburo leerlas, pero las leo. Antes si no sabías Derecho, no sabías nada. Ahora si no sabés Ciencias, múdate de planeta. En el pasado, un político tenía que hablar bien, después tenía que ser abogado, después tenía que ser economista. En el futuro tendrán que ser ingenieros de sistemas, con formación filosófica, hacer un buen curso de economía y leer el libro de Véscovi “Introducción al Derecho”.