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    Lacalle Herrera: no le tengo miedo a la soledad del poder que por definición es solitario. Le temo más al aislamiento

    Una gran falla de quienes hemos gobernado antes y ahora es la de no haber sabido conmover el subconsciente nacional como para comprometerlo a soluciones por encima de la política

    Reportaje de César di Candia, publicado el jueves 26 de setiembre de 1991

    Debo ser sincero: el año que lo conocí, Luis Alberto Lacalle Herrera era un incierto candidato al Senado y sabía poco de él. Que era el único nieto varón de Herrera, que había sido unos meses diputado, que había estado preso por la dictadura, que en tiempos de odios insensatos habían intentado asesinarlo con vino envenenado, que un verano en Punta del Este había castigado a fustazos a un correligionario por haber puesto en duda públicamente la honradez familiar. Por aquel entonces, Lacalle solía subir cada tanto la extenuante escalera de “Guambia” nada más que para abrir la cancel y bromear hacia adentro antes de volverla a cerrar e irse: “¡Hay que votar a Cuqui!” Curioso sistema proselitista. De esa misma época, un compañero de este semanario conserva un papel con una frase firmada “Q’ki” que le fue entregado por él con esta advertencia: “no lo tires que cuando llegue a la Presidencia vas a poderlo encuadrar”. Se le tenía por un hombre extremadamente simpático, con perceptibles huellas de un pasado patricio algo venido a menos que le daban un aire de señorito populista, muy ansioso, claramente autoritario y una fe en su destino político tan exacerbada que lindaba ya con el delirio.

    Hace cinco días, pude constatar que esas características de su personalidad se mantenían asombrosamente intactas. Sin embargo físicamente ha cambiado. El cabello ha comenzado a virar hacia el gris, está experimentando la inevitable erosión de los problemas y las tensiones, y ha engrosado un poco. Como nos tenemos un mutuo afecto es que me atrevo a decir que así, con una cierta gordura en la zona de las paperas y los ojos saltones consecuencia de su ansiedad, tiene un ligero parecido con Quico, el amigo del Chavo del Ocho.

    Vestido con pantalones vaqueros, camisa abierta, buzo de lana y zapatos de gamuza —el mismo atuendo escasamente protocolar con el que acababa de recibir a los comandantes de las tres armas y al ministro de Defensa— el Presidente de la República conversó, dio órdenes, bromeó, pidió una Coca-Cola que luego de las dos horas de entrevista aún no había llegado, y se prestó de buen rostro a todas las preguntas, aun a aquellas relacionadas con su auto crítica.

    Al apagarse el grabado estuvo un rato en silencio, mirando el vacío. Luego dijo, como respondiéndose a sí mismo: “¿Sabés lo que me gustaría que mañana se dijera de mi? Que fui un hombre que amé entrañablemente a mi país. Nada más”. Tenía la mirada brillante y parecía haberse dulcificado.

    Di Candia Lacalle.jpg

    —Te voy a invitar a compartir un cuento. Había una vez en un país llamado Uruguay, un político joven, ambicioso, inteligente, enérgico que había logrado montar un fuerte grupo partidario. Este hombre veía a su patria estancada económicamente, maniatada por una cantidad de vicios administrativos, burocratizada, con problemas de educación, de vivienda, de seguridad social, de salud que venían arrastrándose de muchos años atrás. Y como se tenía mucha fe, imaginaba que llegaría a la Presidencia y desde allí tomaría de inmediato algunas medidas fundamentales capaces de transformar el país y proyectarlo al mundo moderno. He aquí que un día logró su propósito, llegó a la Primera Magistratura y se dispuso a cumplir urgentemente con sus planes. Se afiló las uñas y habló de sacar cinco leyes básicas en los cien días iniciales de su gobierno. Comenzó su trabajo y también empezó a correr el tiempo. Al año y medio de iniciada su gestión, había logrado muy poco. Fue entonces que se sintió decepcionado porque se dio cuenta que no todo consistía en obtener el poder, que si bien llegar a él era importante, más aún lo era el lograr los medios para hacerlo efectivo. Ahí fue que comenzó a pensar en qué se habría equivocado... Como te adelanté que este era un cuento compartido, me gustaría que ahora lo continuaras tú.

    —Yo diría que el presidente sigue con los mismos ímpetus, pero adobados por la realidad a la que los herreristas somos tan amigos de citar como “la gran maestra”, como la materia prima con la que tienen que trabajar los políticos. Lo que me queda como balance de estos primeros dieciocho meses es que en primer lugar la cantidad de trabajo no me ha resultado sorpresiva. Soy bastante vasco en esao de dedicarme a las cosas prácticamente sin descanso, pero me ha asombrado la complejidad de la acción de gobierno. Uno tiene que tener en la cabeza muchos cajones, como en aquellos escritorios antiguos, para poder guardar y mantener al día temas muy disímiles. Eso desgasta muchísimo. En cuanto a la ilusión del presidente de tu historia por hacer cosas, también el juicio que puedo tener a esta altura es bastante distinto de aquel. Sin embargo creo que no se ha debido a otra causa que a la falta de capacidad de convencimiento (y a lo mejor eso es exclusiva culpa del presidente electo) o la inhabilidad por no haber sabido trasmitir la urgencia. Los cien días no eran una utopía. Nosotros los contábamos a partir del primero de marzo, pero de hecho, los tuvimos desde el día de las elecciones. Pensábamos que a partir del cuatro de diciembre en que empezamos a trabajar, hasta el momento de la asunción, íbamos a preparar todo. Y luego de llegar al poder como quien larga una carrera con el estampido de una pistola, podríamos hacer que se concretaran medidas legislativas en cien días. En nuestro país, un presidente sin mayoría parlamentaria, tiene que hacer una nítida distinción entre lo que puede hacer solo y lo que requiere la colaboración del Poder Legislativo. Este apoyo se intentó con la llamada coalición o “coincidencia nacional”. Yo la veía operar en forma muy parecida a las coaliciones europeas. Veía un gabinete bipartidista o polipartidista, veía un consejo de ministros, no con personalidades del Partido Colorado integrándolo, sino con delegados de sectores colorados, e imaginaba una cierta correspondencia —no un automatismo— entre presencia en el gabinete y votos en el Poder Legislativo.

    —Algo semejante a la “coincidencia patriótica” del presidente Luis Batlle con el doctor Luis Alberto de Herrera en 1948.

    —Efectivamente. La diferencia era que acá no había ningún Herrera y ningún Luis Batlle. Hoy los partidos están más fragmentados y no hay jefaturas indiscutidas o, dicho esto en el buen sentido, regimentadas. Los herreristas decíamos entonces “dijo el Viejo” y marchábamos todos detrás de Herrera y cosa parecida sucedía en el Partido Colorado.

    —¿Qué ocurrió en esta oportunidad?

    —Que tuvimos cuatro ministros designados por el Partido Colorado que no eran como Ugarte o Iglesias en el gobierno anterior, ciudadanos nacionalistas elegidos por sus capacidades personales, sino en este caso, técnicos que contaban con el apoyo explícito de sus líderes políticos. Ya antes de la elección habíamos aburrido a la gente hablando de la coalición futura. No pedíamos un imposible. El Parlamento en el mes de enero pasado, en pleno receso, encontró tiempo, firmas y votos para votar una ley interpretativa de los ajustes cuatrimestrales del Banco Hipotecario en dieciséis días, tomando en cuenta ambas cámaras. Esa es la prueba del nueve de que lo que yo imaginaba no era utópico. Pudo haber habido cien días de fructífera labor parlamentaria. No la hubo por otras razones. Nosotros solicitábamos un ajuste fiscal, que efectivamente se logró en sesenta días, una ley de empresas públicas, algo sobre la seguridad social, desmonopolizaciones y otras leyes que tenían que ver con la estructura del país. No fue así y la gente sabe por qué no fue así. No es achacable al Presidente de la República el no haber impulsado, pedido, rogado, explicado que eso era necesario.

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    Luis Batlle con el doctor Luis Alberto de Herrera.

    Luis Batlle con el doctor Luis Alberto de Herrera.

    La lentitud parlamentaria

    —¿Estás conforme entonces con tu gestión?

    —Vuelvo a la palabra “realidad”. He hecho lo que se podía hacer. No quiero con esto acudir al expediente facilongo de decir “los otros fueron los que no hicieron lo que debían y el Poder Ejecutivo está libre de todo error”. Esto sería una falta de humildad. Creo sí, que por algo que algún día con más perspectiva podremos analizar, no hubo voluntad política.

    —¿Debo interpretar de acuerdo a lo que dijiste al principio que la complejidad del trabajo presidencial te desbordó?

    —No me desbordó, pero tampoco dejó de preocuparme. El mantener una enorme cantidad de temas vivos, es algo parecido al acto de los malabaristas que con seis naranjas se las ingenian para tenerlas siempre en el aire sin que ninguna caiga al suelo.

    —Teniendo en cuenta tu personalidad, claramente dominada por una gran ansiedad ¿de qué forma te afectó esa lentitud del trabajo parlamentario?

    —Fui parlamentario dos veces. Una por dieciséis meses hasta que me echaron y otra durante un período entero. Con estas experiencias te digo que me sigue resultando una gran interrogante la razón por la cual el Poder Legislativo es tan lento. Desde el primero de marzo hasta hoy he insistido con un tema: el de que los orientales sepamos distinguir entre el tiempo electoral y el tiempo político. A mí se me ha enseñado o he intuido, que acallado el período electoral, la gente nos pide un período Político, con “pe” mayúscula, es decir, de realizaciones. Nadie vota para poder decir: “qué suerte, tengo democracia” y después olvidarse de todo hasta la elección siguiente. La legitimidad de los gobiernos no es un fin en sí mismo, sino un medio y creo que los primeros años de un gobierno deben ser siempre de realizaciones.

    —La realidad te ha dicho que eso no es así.

    —Es cierto. Me ha dicho que estas requieren un tiempo más largo.

    —¿A qué lo atribuyes?

    —A que hay una gran fragmentación de los liderazgos, a que los dos partidos principales están asistiendo a una recomposición de sus jefaturas que ha hecho que no hubiera una unicidad de mando. Cuando aparezca este número de Búsqueda estará siendo votada en sus últimas instancias la Ley de Empresas Públicas. El primer borrador de esa ley yo lo repartí el viernes anterior a la Semana Santa de 1990. A mi juicio, este plazo ha sido excesivo. Para hacer las cosas hay un tiempo razonable y otro irracional. Esto ha sido una irracionalidad en el uso del tiempo.

    —En la primera pregunta deslicé la palabra “decepción”. ¿Estás desengañado por la actitud de alguna fracción o de algún líder político en los que confiaste para asegurarte determinada gobernabilidad?

    —La expresión “decepción” no es la exacta. Tal vez tuve un grado excesivo de confianza o de creencia de que estábamos en la misma longitud de onda. No sé por qué no hemos coincidido en esto último, pero es un hecho constatable.

    —Concretamente, en las grandes leyes generales que el gobierno ha planteado: reforma de la seguridad social, transformación de las empresas públicas, leyes de vivienda, quienes se han opuesto más tenazmente han sido el Frente Amplio, lo cual era previsible, y el Foro Batllista lo cual ya no resultaba tan fácil de prever.

    —Es cierto. Con el Foro no hemos logrado un entendimiento, no sé si porque nosotros no hemos sido suficientemente explícitos o porque ese movimiento no tiene claro cuál es su rol. Cuando yo evocaba los hechos y los dichos del candidato del Foro Batllista a la Presidencia, es decir Jorge Batlle, porque este fue el candidato de todos, pensaba también que si quienes lo votaron creían en él, que fue un hombre tremendamente claro en el período prelectoral, en caso de salir perdidosos iban a mantener la adhesión a su propuesta.

    —Es un planteo un poco inocente el tuyo. No naciste políticamente ayer.

    —Puede ser... si de los inocentes es el Reino de los Cielos, quizás tenga posibilidades de ingresar allí (se ríe). Tal vez yo sea un hombre de menos vueltas, tenga menos matices de los que se precisan para esta actividad. Como en mi período de senador, mi posición fue de un altísimo grado de coincidencia con el gobierno cuando entendí que era necesario. Pensé que la recíproca iba a funcionar de la misma manera. De pronto se trata de una prematura estrategia electoral o de un reacomodamiento interno dentro del lema que hace que cuando uno dice “a” el otro tenga que decir “jota”. No me cabe duda que en el país hay dos grandes sectores: los que no estaban de acuerdo con nuestra filosofía entre quienes se encontraba la gente del Frente Amplio, la del Nuevo Espacio y alguna de los partidos tradicionales, y los que nos acompañaban, que eran los integrantes de los dos partidos históricos que hasta por escrito expresaron cosas muy similares o iguales a las que nosotros proponíamos.

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    Luis Alberto Lacalle conversa en su despacho presidencial con Jorge Batlle.

    Luis Alberto Lacalle conversa en su despacho presidencial con Jorge Batlle.

    Las dificultades para gobernar

    —¿Hasta qué punto la Presidencia te ha cambiado la vida?

    —En un cien por ciento, en la medida que uno se dedica a esta actividad por entero. No tengo otra ocupación que esta ni otra preocupación que esta. Las actividades personales las he dejado hace tiempo salvo las que dedico a mis hijos que son intransferibles e insoslayables. Nunca he sido de términos medios. Siempre me gustó “meter el caballo hasta la verija”, como nos gusta decir a los paisanos.

    —¿Te gusta vivir en este palacete que parece tan poco hogareño?

    —Siendo senador cuando pasaba por acá decía en broma: “qué lindo es el Prado. Algún día voy a vivir cinco años y gratis” (se ríe). Extraño mi casa de Echevarriarza, pero habitar aquí es habitar la casa del poder, el lugar donde vive el primer ciudadano de la República. Una cosa se compensa con la otra. Más extraño el campo porque significaba el descanso de subir a mi caballo y hacer las tareas propias de la explotación.

    —En mil ochocientos ochenta, en ocasión de renunciar el coronel Lorenzo Latorre a la Presidencia dijo: “al retirarme llevo al desaliento al punto de creer que los orientales son ingobernables”…

    —A lo que el poeta Carlos Roxlo, tan puro y tan romántico contestó: “ingobernables para el dogal y para la leva”.

    —¿Realmente los orientales somos tan difíciles de gobernar?

    —No creo que sea así. Ninguno de quienes somos dirigentes o formadores de la opinión pública hemos sabido tocar la capa del subconsciente nacional como para comprometer al país en realizaciones que sean superiores a los intereses políticos y de sector. Esa ha sido la falencia de todos.

    —Tú has asistido al proceso de desarrollo del país en los últimos treinta años, desde el llano, desde el Parlamento y ahora desde la Presidencia. Además has estudiado su historia política. De pronto tienes una idea más clara acerca de por qué es tan complicado gobernar el Uruguay.

    —No quisiera pecar de un optimismo enfermizo, pero creo que muy lentamente está naciendo un sentido de la necesidad de cambio. No voy a apelar al Mercosur como varita mágica, como comodín capaz de arreglar todo, pero confío mucho en esa inminencia que va a representar el cambio cualitativo para el país más grande desde su independencia. A veces, para sociedades nostalgiosas y conservadoras como la nuestra, el anuncio de un cambio tan grande puede ejercer esa función catártica.

    —¿Qué medidas legales o constitucionales impulsarías para dotar de mayor fluidez a la tarea de gobierno?

    —En mi discurso del primero de marzo, ya hablé de la reforma de nosotros mismos, que es anterior a todas las reformas legales o constitucionales. Debemos transformar primero nuestras costumbres políticas. Buscar de nuevo fórmulas jurídicas es equivocar el camino. No me niego a sentarme mañana a hablar de Ley de Partidos o de una Reforma Constitucional, pero creo que previamente hay que buscar por dónde fallan las leyes actuales. Por ejemplo: todos hablan de dotar de mayorías al gobierno para que este sea operativo, pero habría que fijarse también en la experiencia de los gobiernos departamentales, que tienen una mayoría constitucional de dieciséis ediles Podría traerte una lista de intendentes para que te contaran sus problemas, porque siempre hay alguno o algunos de los ediles que hacen de minorías decisivas. Vale decir que son las costumbres y las actitudes las que se deben cambiar primero. Cuando en la victoria grande de mil novecientos cincuenta y ocho el Partido Nacional tuvo cincuenta y un diputados, vivimos el mismo episodio: el problema lo creaba el diputado marginal. Si el modus operandi político no cambia, de nada vale que al partido que gane le den una mayoría de los tres quintos de las Cámaras.

    —Cuando te hice un reportaje en esta misma sección hace ya cuatro años, me dijiste que tenías un sentido trágico de la vida y que para hacer política había que entender la vida como una actividad honda y dramática. ¿Hoy piensas lo mismo?

    —Por supuesto. En aquel momento parece que estaba un poco unamuniano. Quien como yo ha visto las mil caras del país, si no tiene un sentido un poco trágico de la vida, no interpreta nada. Pasar por lugares donde no hay saneamiento, saber que hay muchos compatriotas que en una noche de invierno carecen de abrigo, ver que hay talentos dormidos a los que no se les da oportunidad de despertar, constatar por ejemplo que hay veinte mil uruguayos en Toronto, son cosas que si uno las toma a pecho debe hacerlo con un sentido trágico. No con un sentido triste sino dramático, porque afectan a lo esencial del ser humano.

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    Revista Guambia y el triunfo electoral de Luis Alberto Lacalle en 1989

    Revista Guambia y el triunfo electoral de Luis Alberto Lacalle en 1989

    La hora de las autocriticas

    —Un día me contaste que Luis Alberto Heber solía decir que el mejor período de un presidente era el que mediaba entre el día de la elección y el de la asunción del mando. ¿Llegaste a comprobarlo?

    —Era una buena broma de "Titito" que yo repetí varias veces mientras estuvimos en el Parque Hotel (se ríe). No hay duda que en ese período uno disfruta de todos los halagos y está libre de cometer errores, porque todavía no está ejerciendo el poder. Es como los jugadores que están en el banco que pueden has- ta criticar a los que están de titulares. Después que entran a la cancha es otra cosa.

    —En aquel reportaje que te cité cuando te pedí una autocrítica me dijiste: “todavía me falta saber mandar”. ¿Ya lo aprendiste?

    —El mandar es algo muy complejo. Uno pide un vaso de agua, se produce la cadena de mando y al rato aparece.

    —La Coca Cola no apareció todavía.

    —Eso quiere decir que todavía no he aprendido a mandar (se ríe). El automatismo del mando en un régimen democrático es más condicionado, sobre todo en un país que tiene la vestidura del presidencialismo, pero no los órganos de un presidente con poder. Yo veo que el poder que tiene el presidente argentino es tremendo. A mandar no se aprende en ningún librito, si no estaría superagotado. Quizás los filtros de las sucesivas escalas del poder son los que van quitando filo a las decisiones: los mandos medios, los acostumbramientos, lo que Menem llama con tanta gracia “la máquina de impedir”, una expresión feliz que yo suelo utilizar. En realidad el mando tiene que ir creciendo todos los días junto con uno.

    —Tiene el riesgo de que no se calibre bien su medida y se caiga en el autoritarismo.

    —La tentación autoritaria está en todos los seres humanos, por algo ocurrió el pecado original y por algo somos mezcla del bien y del mal. Además, siempre existen los frenos y los amortiguadores del poder. Pero más aquí, antes del autoritarismo queda un enorme espacio.

    —Aquella era la autocrítica de mil novecientos ochenta y siete. Hazme ahora la de mil novecientos noventa y uno.

    —Lo primero, creer que era posible lograr la conjunción de las voluntades que en definitiva necesitábamos, pensar que éramos capaces de concitar esas mayorías; esa es la crítica más severa que me tengo que hacer. Lo segundo, es el apuro mío en llegar a concreciones. Lo que pasa es que no entiendo la vida de otra manera, soy un hombre con una visión más acelerada que mi entorno.

    —¿La Presidencia te ha envanecido, te ha aumentado tu autovaloración?

    —Eso tendrían que decirlo los demás, pero como tengo cerca a mi mujer, que como ella dice es mi cable a tierra, y tengo además muy buenos amigos que cada tanto me pegan un tirón de la piola si me remonto mu- cho, espero no haber caído en eso.

    —Lo digo porque no debe haber otro cargo tan sensible a la adulación, al elogio desmedido que busca alguna recompensa...

    —Hay que tenerle miedo a lo que los norteamericanos denominan los “yes men”, aquellos que dicen que sí antes de que termine la pregunta. Creo no ser tan barato como para cambiar porque tocan la corneta cuando llego. Quizás haga falta que a uno le digan más veces que no. Me refiero al no de “sujetá un poco el pingo”, o “aflojá que estás pasado de revoluciones”.

    —A propósito, voy a recordarte una poesía que me parece viene muy bien a esto que estamos hablando y que sin duda has leído y releído. Dice: “Desdeño las romanzas de los tenores huecos/y el coro de los grillos que cantan a la luna / a distinguir me paro, las voces de los ecos y escucho solamente entre las voces, una”. ¿Lo aplicas a ti mismo?

    —Siempre que la voz sea la de adentro, la que tiene siempre razón, es fundamental oírla. Y también es importante tratar de estar solo, para poder escucharla bien. Uno de los peligros del cargo es estar siempre rodeado de amigos o de corifeos que le impidan a uno pensar en soledad. “Converso con el hombre que siempre va conmigo” como dice en otra parte ese verso de Antonio Machado. No le tengo miedo a la soledad del poder que por definición es solitario. A lo que hay que tenerle miedo es al aislamiento del poder.

    —¿Hay algo del trabajo presidencial que no te guste?

    —No sé... ¡me gusta todo! Voy a recordar al viejo Herrera porque me parece fundamental. El veintiocho de febrero de mil novecientos cincuenta y nueve, Herrera entregó el poder al nuevo gobierno del Partido Nacional que llegaba por él, pero sin él. Desde el balcón de la quinta, dijo el discurso más lindo de su vida, que tuve el privilegio de escuchar a su lado. De ese discurso, extraje una frase que tenía en mi escritorio de Echevarriarza y que te voy a citar de memoria: “Seductor el esfuerzo, lo difícil darle carnadura, trasladar a los hechos lo que dicta afiebrado el pensamiento. De ahí la contienda, el batallar sin término entre lo que se quiere y lo que se puede, entre lo que nace y lo que muere”. Esa distancia entre lo que se quiere y lo que se puede sigue siendo el centro de la acción de gobierno. No me gusta de la Presidencia, te respondo, lo que quiero hacer y no puedo.

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    Presidentes del Mercosur.

    Presidentes del Mercosur.

    Los viajes, las encuestas, la inflación.

    —¿Tu familia actúa como una suerte de conciencia crítica tuya?

    —Sí, mi madre sobre todo. Es una mujer muy firme en las cosas que cree. Además están mis hijos, mis sobrinos...

    —Si tu mujer es tu cable a tierra, ¿tus hijos qué son?

    —Mi programa de gobierno. Cuando a los temas y a las propuestas se les pone un rostro se sale del mundo de la abstracción. Cuando uno le agrega tangibilidad al futuro, piensa las cosas de otra manera. Mi programa de gobierno son Pilar, Luis Alberto y Juan José. A la edad que están son bastante duros cuando me critican

    —En un reportaje que le hice a tu esposa, poco antes de las elecciones, me dijo textualmente: “el presidente debería viajar mucho, pero recorriendo el interior. Esa moda del mandatario itinerante (obviamente se refería al presidente Sanguinetti) jamás contaría con mi aprobación”. Yo le contesté: “Cuidado que esto queda escrito”, y ella enfatizó: “Mejor, así lo comprometo". Los hechos posteriores no parecen ratificar los vaticinios de Julia Pou.

    —Sigo pensando que los viajes oficiales son una de las cargas más pesadas de mi trabajo. Hay que distinguir sin embargo, dos tipos de viajes. Yo he estado en Estados Unidos dos veces y he viajado a Chile, Argentina, Bolivia, Brasil y Paraguay, es decir a lo que considero el primer círculo concéntrico de los intereses nacionales. Pero me atrevería a decir que he ido muchísimas más veces al interior.

    —Vamos a temas más políticos y más actuales. Las encuestas de “Equipos” que adelantaron tu triunfo electoral con precisión milimétrica...

    —Fue algo brutal.

    —… dan para el país urbano una caída vertiginosa de la imagen del Partido Nacional: del treinta y dos por ciento en noviembre del ochenta y nueve al diecisiete por ciento en julio del noventa y uno. Casi la mitad. ¿Note asusta el hecho?

    —Comienzo por decirte que en mil novecientos ochenta y cinco yo tenía el siete por ciento de la opinión dentro del Partido Nacional y terminé con el cuarenta y ocho. No me asustan las cifras que mencionas. Las medidas que se han tomado traen como consecuencia que en el corto plazo la gente sienta disconformidad. Es más: lamento no haber hecho todas las cosas capaces de generar resistencia en el año noventa, que era lo que yo aspiraba, porque sé que todas ellas van a tener más adelante consecuencias benéficas.

    —¿Me equivoco si digo que el gran fracaso de tu gobierno ha sido el de no haber logrado detener la inflación?

    —Bueno… hasta el día de hoy eso ha sido así...

    —La de mil novecientos ochenta y nueve fue de casi noventa por ciento, la de tu primer año de gobierno, ciento veinte, la del segundo, tú mismo la estimaste en Porto Alegre hace dos días en un ochenta y poco por ciento. Y todos creímos advertir mirando el noticiero, que al ministro de Economía esas cifras tuyas no le habían gustado mucho.

    —La inflación es una hidra de mil cabezas, no tiene una sola causa. En cuanto a que baje cuarenta puntos, si baja treinta y nueve no va a faltar quien diga con grandes titulares: “Estrepitoso fracaso de Lacalle”. Tal vez hablé erróneamente de cifras, pero es notorio que la inflación va a ser menor que la del año anterior.

    —Ochenta por ciento no constituye una inflación sana.

    —Por supuesto. Pero si nosotros achicamos el déficit proveniente de la seguridad social podremos nivelar mejor las cuentas. Hay que tener en cuenta que el sistema jubilatorio esconde una gran mentira, porque junto a lo normal, es decir a los aportes de activos y patrones para pagar a pasivos, debe cargar sin financiación específica, con DISSE, Asignaciones Familiares y Desempleo que entre los tres superan los cien millones de dólares. Esto es lo que distorsiona todo. Por eso una de las propuestas que se manejan es la de volver al antiguo sistema de las Asignaciones Familiares autónomo y tripartito-trabajadores, empresarios y gobierno- que tenía su propia financiación.

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    Luis Alberto Lacalle habla durante un evento del Partido Nacional.

    Luis Alberto Lacalle habla durante un evento del Partido Nacional.

    Los francotiradores internos

    —Después de una reunión efectuada en “El Cordobés” en la cual nueve intendentes blancos y algunos legisladores se expresaron muy duramente contra el gobierno, el presidente de la República promovió una convocatoria pacificadora. Menos de dos semanas más tarde, uno de aquellos intendentes, el señor Irineu Riet Correa, electo por Rocha, asistió a una reunión del Comité Central del Partido Socialista efectuado en La Paloma y luego de “lamentar que la línea de su partido siga la del Partido Colorado” dijo que “era necesario encontrar por encima de di- visas partidarias, caminos de diálogo hacia la consolidación de un polo progresista como alternativa del modelo conservador”, obviamente se refería al que tú conduces. Esto fue aplaudido por todos los presentes que se pusieron de pie en su homenaje. ¿Es posible que el Partido Nacional haya empezado a hacer agua por distintos puntos?

    —En primer lugar, la reunión de “El Cordobés” es natural en una serie de itendentes que no tienen representación nacional. ¿Qué ocurre cuando se desfonda “Por la Patria”? Obtiene una determinada cantidad de intendencias, pero no un respaldo nacional, a excepción de Juan Raúl Ferreira y Zumarán. Yo los convoqué para decirles que más acá o más allá de su votación, eran ante todo intendentes del Partido Nacional. Además, hay algunos de esos intendentes que por disposición constitucional no pueden ser relectos porque ya lo han sido dos veces seguidas y que por lo tanto tienen una legítima preocupación política en cuanto a su rumbo personal. Por otro lado, en términos electorales, algunos intendentes llegaron a sus cargos habiendo aportado sus listas mil o dos mil votos y el herrerismo doce o quince mil. En el caso de Riet Correa fueron seiscientos. El puede si quiere, crear un polo o un punto de convocatoria que discrepe con nuestras ideas, pero que estará dentro del Partido Nacional porque estoy seguro no se habrá de ir. No se trata de una patología específica del Partido sino de un suceso de carácter publicitario al cual multiplican los medios de comunicación.

    —El grupo de “El Cordobés” y el intendente Riet no son los únicos. Acá tengo apuntada una frase del senador Alberto Zumarán que la voy a leer textual: “este no es el verdadero Partido Nacional. Hoy gobiernan hombres iguales a aquellos contra los que combatió Aparicio Saravia”.

    —Mirá: yo acerca de Zumarán, desde el punto de vista partidario tengo que tener juicios muy relativizados, porque tanto el voto de la ciudadanía como mi trayectoria me habilitan a mí a hablar en nombre del Partido Nacional con un sentido mayor al de él.

    —Puedo citar otra frase más cercana en el tiempo y en el de su ubicación política. El Vicepresidente de la República, doctor Gonzalo Aguirre, acaba de decir que “muchas veces se critica al gobierno con exageración, con exceso y con injusticia, pero también a veces con razón. ¿Por qué no lo voy a reconocer? (...) A veces el gobierno equivoca su camino”.

    —Yo podría decir lo mismo. Si empezara a creer que el gobierno es infalible estaría en el camino de mi patología personal o de una vanidad sin límites. Más allá de la conveniencia o no de que el Vicepresidente diga esas cosas, yo también puedo afirmar que el gobierno se ha equivocado.

    —De acuerdo a los nombramientos del ingeniero Carlos Cat primero a la presidencia del Directorio del Partido Nacional y luego a la Dirección de Planeamiento, los llamados “observadores políticos”, que no se sabe bien en qué consisten...

    —Ni qué son, estoy totalmente de acuerdo (se ríe).

    —... dicen que esos hechos obedecen a que tú ya has elegido a tu Delfín.

    —El propio Cat y yo somos los primeros en abjurar de eso. No ha llegado el tiempo electoral. El gran candidato que debe estar por ahí y no sabemos quién es, lo mejor que podría ser es un gran hombre de gobierno. ¿Te fijaste esa gran “trovatta” de los meteorólogos cuando hablan de la “sensación térmica”, algo que cuando nosotros éramos chicos no existía? Nadie dice “iqué cuatro grados que hace hoy!”, sino “¡qué frío que está haciendo!” Trasladá ese concepto a las elecciones y vas a ver que un partido ganará la presidencia en función de la “sensación térmica” de julio, agosto o setiembre de mil novecientos noventa y cuatro. Lo que me parece claro es que cuando se está en el gobierno todos somos hijos de nuestras obras y por lo tanto cualquier legítima ambición —y no voy a decir yo que no se tengan cuando las tuve tan prematuras— que aliente alguien dentro del Partido Nacional debe tramitarla como consecuencia de ser partícipe notorio de una gestión que en la percepción de la gente se conceptúe como buena.

    —¿El candidato del Herrerismo va ser elegido por ti “a dedo”?

    —Eso depende. Confieso que creo en las formas de liderazgo personales y pienso que no son antidemocráticas. Uno tiene que escuchar a sus “amigos-frontones” a los que les tira la pelota y ve cómo la devuelven, es decir aquellos con los que hace un relacionamiento. Pero después, las decisiones finales son siempre solitarias. Es uno u otro, tal o cual.

    —¿Esa elección que tú vas a hacer solo, va a recaer en un herrerista?

    —La situación es tan fluida que no quiero atarme a nada.

    —¿Has pensado en una relección previa reforma constitucional?

    —De ninguna forma y he cortado de cuajo toda idea al respecto. Las dos bendiciones que tiene nuestra democracia son: la no relección presidencial y el no tener elecciones parciales.

    —¿Realmente te gustaría ser intendente de Maldonado como dijiste en la televisión?

    —Lo reitero. Primero por que es un cargo muy lindo con más poder en su ámbito que el del propio presidente; segundo porque aspiro a terminar mis días viviendo allá y tercero porque no quiero dejar del todo la política.

    —¿Qué va a pasar si el Parlamento continúa negando su apoyo a tus iniciativas de gobierno?

    —Llegado ese extremo —que no creo que llegue— uno tendrá que dejar bien sentado ante la opinión pública que todo lo que se dijo y se escribió claramente antes de las elecciones, no se pudo hacer por causas ajenas, y que en cambio en lo que ha sido estrictamente potestad propia lo ha realizado. No es posible forzar soluciones. Mi madre siempre dice una frase campera que es muy aplicable a la política: “se puede llevar un caballo hasta la cañada, pero no se le puede obligar a que tome agua”.

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