La muerte es capaz de hacer crecer virtudes como el pasto luego de la lluvia. En tu caso, Claudio, no fue necesario. Te las habías ganado antes. Tu recuerdo lo voy a guardar para mí solo, las veces que siento que los años se montan sobre mis hombros y la evocación de tantos amigos perdidos comienza a caer sobre mí como una llovizna triste que a nadie cuento. Compartí contigo, con Danilo y con otros compañeros que han transitado por los siempre peligrosos cruces del oficio, los once mejores años profesionales de mi vida. Salíamos de degradaciones y violencias y había que hacer prodigios para navegar en esas aguas pantanosas. Todavía quedaban escollos a sortear y fantasmas escondidos detrás de las piedras. Cada cual en su trabajo, tuvimos que aprender a manejar medias palabras y a esquivar telefonazos y presiones que decían provenir de medios poderosos, aunque nunca supimos si eran ciertos. Bebimos juntos centenares de cafés y el resultado siempre era el mismo: en el periodismo había lugar únicamente para la dignidad, la noticia comprobada y la ética. Desde mi refugio, donde solamente se escucha el bramido de las olas, te hago saber que mi mejor silencio, el más grande, el más dulce y melancólico te acompañará siempre.

