Sobre un costado de la tribuna América del Estadio Centenario, unos 1.500 hinchas argentinos presenciaron el viernes 21 el triunfo de la actual selección campeona del mundo y bicampeona de América por el largo camino al Mundial 2026.
Los hinchas de diferentes clubes se unen para marchar en contra de Javier Milei y a favor de los jubilados
Sobre un costado de la tribuna América del Estadio Centenario, unos 1.500 hinchas argentinos presenciaron el viernes 21 el triunfo de la actual selección campeona del mundo y bicampeona de América por el largo camino al Mundial 2026.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDesde ya, dentro de ese puñado de simpatizantes que sintieron la ausencia de Lionel Messi, pero festejaron el gol de Thiago Almada, no había integrantes de las barras bravas de los clubes argentinos, patrones de la violencia convertidos desde hace décadas en mano de obra para asuntos tan dispares como movilizaciones, intimidaciones armadas, seguridad privada y, muy ocasionalmente, sicariatos.
Además de asistir una vez por semana a los partidos de sus equipos, algo así como la oficina central de su trabajo, los barras acuden eventualmente a los eventos —políticos de cualquier ideología, sindicales, empresariales— para los que son contratados. Y la selección campeona del mundo y bicampeona de América, salvo alguna ocasión excepcional como Qatar 2022, no suele ser su negocio.
La aclaración sobre la diferencia entre barrabravas e hinchas genuinos es necesaria para poner en contexto un asunto que, como tantos otros, traspasó del fútbol a las calles en la Argentina de Javier Milei. Como ya había ocurrido en la década de los 90, cuando Carlos Menem fue el presidente de la Nación, un grupo de jubilados volvió a marchar cada miércoles en protesta por los recortes a las políticas económicas del líder libertario. En su objetivo de achicar el Estado para llegar al “déficit cero”, Milei trató de “héroes” a los legisladores que combatieron a los “degenerados fiscales” y vetaron, en setiembre de 2024, un aumento a las jubilaciones.
Con una retribución mínima de $ 350.000 (menos de 350 dólares en un país que, en pocos meses, se convirtió en el más caro de la región, de acuerdo a los valores de la moneda estadounidense), los abuelos argentinos sufrieron, además, un recorte significativo en el acceso a los medicamentos. Así comenzaron, a fines de 2024, a reunirse para reclamar cada miércoles enfrente del Congreso de la Nación.
En las primeras marchas asistieron pocos jubilados, e incluso cada tanto debían enfrentar reacciones represivas de la Policía a cargo de la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, pero no dejaron de manifestarse. Algunos programas de televisión mostraron las imágenes casi desde lo folclórico, a mitad de camino entre lo noticioso y lo colorido.
Ya a comienzos de 2025, amigos —ya mayores— de hinchas de Chacarita advirtieron por TV y redes sociales que uno de esos manifestantes de los miércoles llevaba una identificación de su equipo, la camiseta roja, negra y blanca a rayas verticales que alguna vez fue definida por Roberto Fontanarrosa como la más linda del fútbol argentino. De todos los jubilados, era el único que vestía colores futboleros.
Si se hubiera tratado de River, Boca o Independiente, nadie lo habría reparado. Pero, al tratarse de un club chico, los suyos tomaron nota: Chaca es un club populoso, aunque no masivo, que tiene el grueso de sus hinchas en el partido de San Martín, al oeste del Gran Buenos Aires. Más datos: históricamente alternó entre la Primera División y el Ascenso —salió campeón de la A en 1969, hoy está en Segunda—, su barra brava fue históricamente señalada como una de las más peligrosas de Argentina y contó con el propio Milei como arquero de sus divisiones inferiores a finales de los 80.
Asimismo, el jubilado de Chacarita que llamaba la atención en las marchas resultó un “líder emocional” para el resto de los manifestantes, siempre pacíficos: por ejemplo, llevaba y convidaba sánguches de miga al resto de los asistentes. Los pocos periodistas que cubrían las marchas lo entrevistaron: dijo llamarse Carlos y que tenía 75 años; contó que había tenido un infarto y que vivía con un stent en el corazón; confesó que sus hijos no querían que fuera a la marcha, pero que él se sentía mal si no lo hacía, y que cada día agradecía la heladera llena de su casa, pero que había infinidad de jubilados sin esa dicha.
Todas esas frases podrían haber sensibilizado a los televidentes, pero para algunos —para los protagonistas de esta historia— no habrían tenido el mismo efecto si no hubiera vestido la camiseta de Chacarita. El fútbol tiene esas cosas: bastó que desconocidos hayan visto el escudo de su equipo para sentir un pellizco de identificación.
No lo conocían de la cancha porque Carlos vive en Caballito, en el centro geográfico de Buenos Aires, y hace años que no asiste al estadio del Funebrero, apodo que le quedó al equipo por su pertenencia original al barrio donde se construyó el cementerio de la capital argentina. Pero esa camiseta sacó del letargo a un grupo de hinchas que, además de tener sensibilidad con esta situación puntual de los jubilados, lógicamente no comulgan en general con el gobierno de Milei.
Así, pensaron en sumarse a Carlos y al resto de los jubilados: no se trató de una convocatoria de sindicatos ni de partidos políticos. El fútbol ocupó un vacío de identificación, algo así como “si nadie me representa, me representaré a través de mi equipo”.
El miércoles 5 de marzo, unos 10 simpatizantes de Chacarita —sin relación con la barra brava— se sumaron a Carlos y a la marcha. Fueron con la camiseta de su equipo. Las imágenes en canales de noticias y redes sociales tuvieron más repercusión: ¿qué hacían hinchas de Chaca acompañando y defendiendo a los jubilados? Y en las horas siguientes se desató un derrame: diversas agrupaciones internas de cada club, de Primera y del Ascenso, se sumaron a la consigna iniciada por Chacarita y prometieron sumarse a la siguiente movilización, la del miércoles 12.
Los teléfonos se llenaron de flyers. De River. De Boca. De Deportivo Merlo. De Tigre. De Independiente. De Racing. De Estudiantes. De Platense. De decenas más. En muchos casos se trataba de rivales de tribuna, incluso de Chacarita, pero esta vez serían compañeros de calle. El rival sería otro, por fuera del fútbol. Algunos de ellos pertenecen a agrupaciones de clubes con una clara identificación política, por ejemplo, “River peronista” o “Boca es pueblo”.
Con los gremios domesticados y la oposición a Milei atomizada y todavía desarticulada tras el desastroso gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, decidieron que marcharían con su camiseta de fútbol. También se multiplicó una vieja frase de Diego Maradona, justamente de una marcha de miércoles de 1992, pleno menemismo: “Hay que ser muy cagones para no defender a los jubilados”.
Ya en la marcha del 12 de marzo, la situación se descontroló: Gendarmería apuntó a la cabeza de Pablo Grillo, fotógrafo freelance, hincha de Independiente y simpatizante de Talleres de Escalada —un club del Ascenso—, que perdió masa encefálica y pasó a luchar por su vida. El Congreso y alrededores se llenaron de imágenes previsibles, de un guion conocido: represión policial, grupos que también generan violencia, infiltrados, autos quemados.
El gobierno cargó de inmediato contra las barras bravas, pero lo hizo de manera difusa, con errores: a las pocas horas informó que habían concurrido cinco integrantes de diferentes hinchadas —como si se tratara de una cantidad significativa—, pero tres de ellos demostraron que no habían estado en el lugar.
A los pocos días, la propia Bullrich pasó una lista más grande, de 29 barrabravas responsables de los incidentes, pero uno de ellos —el primero, Alejandro Todaro— aclaró que es un médico psiquiatra que solo una vez en la vida asistió a un estadio para ver un partido.
Desde ya, no se trata de defender o romantizar a los violentos del fútbol, como quedó claro en el segundo párrafo. En días en que está en riesgo la vida de Grillo, conviene recordar que a otro fotoperiodista, José Luis Cabezas, lo mataron —entre otros— cuatro barrabravas de Estudiantes, también en los 90.
Los días siguientes a la marcha de los hinchas siguieron con más manifestaciones del fútbol, en especial de los clubes cercanos a Grillo, de la zona sur del Gran Buenos Aires: los jugadores de los ya citados Independiente y Talleres de Remedios de Escalada, pero también de Lanús —la municipalidad a la que pertenece Remedios de Escalada— mostraron carteles con la frase “Fuerza Pablo”.
Los vecinos y amigos también exhibieron banderas. Las barras bravas, en cambio, se mantuvieron en silencio: no se meten en lo que no sea su negocio. Por ejemplo, los partidos políticos, de la ideología que fuera. No deja de ser una ironía que la barra de Chacarita trabajó para La Libertad Avanza, el partido de Milei, en la campaña presidencial.
Como dijo Discépolo en los 50, los hinchas, la mayoría de ellos, siguen siendo lo más puro del fútbol. Su camiseta los representa. Y no solo en las tribunas: a veces van con su club hasta donde los partidos políticos y los sindicatos dejaron de llegar.