• Cotizaciones
    jueves 07 de mayo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    “En un suicidio no todo está en el sujeto, quizá el entorno tenga algo que decir”, dice experta del País Vasco

    La socióloga Cristina Blanco Fernández de Valderrama vino invitada por la Facultad de Ciencias Sociales a dar clases sobre prevención, comprensión y posvención, desde un punto de vista académico y la propia experiencia personal

    La vida le cambió a Cristina Blanco Fernández de Valderrama en 2012. Esta española de 65 años, doctora en Ciencias Políticas y Sociología, tenía su expertise en inmigraciones internacionales, tema de gran peso en la región donde nació y reside. Ese año murió su marido. Fue un suicidio.

    El último tramo de su vida académica también cambió. Desde 2019 hasta su reciente jubilación fue alma mater y directora de un curso de posgrado sobre Conocimiento y Prevención del Suicidio en la Universidad del País Vasco (UPV), el que sigue coordinando. Paralelamente, es presidenta de la Asociación Vasca de Suicidología (Aidatu) y colaboradora de la Asociación de Personas Afectadas por el Suicidio de un Ser Querido (Biziraun).

    El 28 de abril volvió a Uruguay. Ya no sabe si es la cuarta o quinta vez. Lo hizo para dar unas clases sobre suicidio y duelo en la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República (Udelar), además de “apoyar la tarea que hace el Grupo de Comprensión y Prevención de Conducta Suicida en el Uruguay”, que integra su colega y uno de sus anfitriones, el sociólogo Pablo Hein.

    Es una convencida del enfoque comunitario que se le tiene que dar al suicidio, tanto en prevención como en posvención, con la participación de toda la sociedad. Viene de una región considerada referente internacional en el tema. Llega a un país con unas tasas alarmantes de autoeliminaciones. Lo que sigue es un resumen de la entrevista que mantuvo con Búsqueda. Es una entrevista que ella inició sin guardarse nada: “También soy una superviviente; y eso tiene un peso”.

    —¿Puede hablar de eso?

    —En 2012 murió mi marido. Hasta entonces yo no trabajaba en temas de suicidio. Incluso dirigía un observatorio de inmigraciones internacionales. Pues, bueno, la vida es así… Estuve unos años que no acertaba mucho qué hacer hasta que, en 2016, colaboré a la fundación de una asociación de supervivientes en el País Vasco, Biziraun. Yo siempre digo que al suicidio me adentré desde la experiencia vital.

    —En sus clases, ¿qué tanto hay de teoría y qué tanto de experiencia vital?

    —Yo diría que un 50% y 50%, no puedo diseccionar mucho más. Desde mi experiencia, entendí que había muchas cosas para hacer. Miré a mi alrededor y vi que no se hablaba, que no había respuesta social, y eso no podía ser. Entendí que, desde la medida de mis habilidades y posibilidades, tenía que hacer algo para que otros no pasasen por lo mismo que yo. Esa idea inicial fue muy poderosa. Luego de sanar, con grupos de ayuda mutua, terapia, medicaciones, me pregunté: ¿qué puedo hacer yo para visibilizar esto y para combatir esa ausencia? La psicología, incluso hoy, no aborda la conducta suicida. Mal podemos ayudar a quienes tengan conductas suicidas si el personal sanitario no sabe cómo abordarlo. Como trabajo en la UPV se me ocurrió hacer algo por ahí, de forma paralela a mi activismo y a mi experiencia. ¿Qué hacer? ¿Dónde estamos? ¿Qué hacen otros? ¿Qué no hacemos?

    —¿Existen indicadores o alertas de suicidio?

    —Se dice que sí. La conducta suicida es un proceso que incluye ideación, planificación, tentativa y muerte. En ese continuo, que no siempre se da, hay factores de riesgo, protectores, intervinientes o estresantes. Las personas se mueven en un entorno con todos ellos. Ante una situación estresante, la muerte de un ser querido, rupturas de pareja, pérdidas de trabajo, situaciones que no se pueden evitar, la persona responde en función de las herramientas personales, familiares o comunitarias que tenga. Una enfermedad terminal o una familia desestructurada es un factor de riesgo; un entorno que sí me acoge es protector en cualquier vicisitud. En el proceso de la conducta suicida, las situaciones de la vida impactan en función de los factores que tenga. No es algo matemático, también hay factores individuales. Pero todo eso es como no decir mucho. Las señales pueden existir como no, pero se debe estar instruido en detectarlas. Podemos formar a personas que trabajen con colectivos de riesgo, con pocos factores protectores, gente mayor, gente discapacitada. Hay señales verbales y no verbales. Una muy clara es decirlo: quiero acabar con mi vida. Hasta hace poco se desdeñaba, que era para llamar la atención, un chantaje emocional, lo que es muy peligroso. Luego, las cosas no verbales: cuando vemos a una persona que se empieza a desprender de objetos queridos, mascotas, parece estarse despidiendo. Hay que saber identificar esas señales y actuar. No es solo intuir, es preguntar: ¿te sentís mal?, ¿estás pensando en morir? Así, directamente. Ahí ya se inicia un proceso de conocimiento sobre esa persona, si lo pensó, si lo ha planeado, si lo intentó. Las señales son importantes y hablar también. Pero, primera cosa, no siempre hay señales; segunda cosa: puede haberlas, puedo detectarlas, puedo querer ayudar o hablar, pero está en la propia persona la última decisión de dejarse ayudar o no.

    20260505MZINA_9234
    Doctora en Ciencias Políticas y Sociología, Cristina Blanco Fernández de Valderrama.

    Doctora en Ciencias Políticas y Sociología, Cristina Blanco Fernández de Valderrama.

    —¿Usted tuvo señales?

    —En mi caso, ese no fue el problema. Era un trastorno mental, trastorno límite de personalidad que, bueno, en un momento dado derivó… Lo tenía desde siempre, se puede vivir con él. No todas las personas que tienen eso, o trastorno bipolar, o esquizofrenia, se suicidan. Pero hay circunstancias, descompensaciones. En mi caso, fue un tema de abandono absoluto por parte del sistema sanitario… (se emociona).

    —¿Quiere parar?

    —No, no, lo digo. Fue un abandono del sistema sanitario, sin más.

    —En el País Vasco hay un suicidio cada dos días; en España hay 11 a diario. La región es considerada referente en el tema, ¿a qué lo atribuye usted?

    —Las tasas de suicidio en el País Vasco (7,6 cada 100.000 habitantes) son algo inferiores a las de España en general (8,1), que a su vez son inferiores a las de la Unión Europea (10,2) y están en torno a la media mundial (entre 9 y 11 cada año). A mí, las tasas no me preocupan mucho, me preocupa qué hacemos con ellas. Es cierto que en 2019 el País Vasco publicó a través del Departamento de Salud de su gobierno una estrategia de prevención del suicidio antes que otras comunidades de España. Pero una cosa es el papel y otra cosa es la realidad; ahora, retrocedimos. Teníamos una estrategia muy interesante a pesar de no tener presupuesto, pero visibilizaba el problema y lo ponía en la agenda política. Eso ya permitía reorganizar recursos. Además, incorporaba una cosa novedosa: incluir en esa estrategia a otros agentes, los grupos de supervivientes, los medios de comunicación, docentes, policías, además de actores de la salud y la salud mental. Toda la comunidad. Todos teníamos voz para la prevención, la intervención y la posvención. Se consideraban las administraciones locales: no son iguales las medidas preventivas en un municipio envejecido que en otro con mucha juventud o inmigración. Esa estrategia, muy interesante, funcionó del 2019 al 2024. Estamos en 2026 y no hay una nueva ni se la espera.

    —¿Se pudo medir el éxito de esa estrategia?

    —No, porque tenemos una mala costumbre: ponemos en marcha acciones, pero no las evaluamos.

    —¿Y por qué es considerado positivo?

    —Porque nos hemos dado cuenta de que es algo puramente social. Hasta hace muy poco, el suicidio se entendía como una conducta casi aberrante, el trastorno mental más agudo. Desde san Agustín, el cristianismo lo identificó como el pecado más absoluto. A fines del siglo XIX, los alienistas, antecesores de los psiquiatras, trataban a quienes funcionaban “de manera desconocida”, esos que “no son como nosotros”, apartándolos en hospitales terribles. Algunos empezaron a humanizar estas situaciones. La institucionalización de la psiquiatría, así como de la farmacéutica, impuso la lectura de que el suicidio es fruto de un trastorno mental. No todos quienes tenían trastornos se mataban, pero la mayoría de los que se mataban sí. De hecho, hasta hace muy poco circulaba la idea de que el 90% de los suicidios se deben a un trastorno mental grave, lo que no es cierto. Investigando un poco más, se ha visto que no todo está en el sujeto, quizá el entorno tiene algo que decir. Ya lo dijo (el sociólogo francés Èmile) Durkheim cuando publicó su estudio El suicidio (1897). Es cierto que los sociólogos no hemos dado mucho pie a más investigaciones, pero, retomando su idea, hay sociedades que generan, no sé si menos o más suicidios, pero sí ciertos tipos de suicidio. Y yo creo que lo social tiene mucho que ver, porque estamos generando muchísimos malestares. Esta sociedad es contradictoria: materialmente tenemos todas las condiciones para vivir bien y de una manera más igualitaria, hay mejores condiciones técnicas y más esperanza de vida. ¿Por qué sigue habiendo tanto suicidio? El suicidio cero es una utopía, pero sí hay contextos sociales que generan unos sufrimientos que pueden ser aliviados.

    —A diferencia del País Vasco, la tasa de suicidio en Uruguay es alarmante (24,8), la más alta de la región y una de las mayores del mundo. ¿Se explica?

    —No tengo un diagnóstico, pero miro los datos y veo lo siguiente: aquí hay mucho suicidio en varones entre 25 y 29 años. Luego baja un poquito y vuelve a subir a más edad. Hay que buscar qué pasa. Se habla de los mandatos de género, que los hombres no buscan ayuda, que hacerlo es una debilidad, que se los educa para ser más fuertes.

    —Pero los mandatos sociales en el País Vasco y en Uruguay no deben ser muy distintos.

    —Pues no, no. Pero en China y en India, hasta hace muy poco, la relación era al revés: se suicidaban más mujeres que hombres. En los últimos años se equiparó y luego se revirtió. Sobre los mandatos, hay una resistencia al análisis de los suicidios masculinos, que son tres cuartas partes del total.

    —¿Dónde encuentra esa resistencia?

    —En todos los lados. En España lo he vivido. Aquí no lo he planteado. Sí he preguntado a trabajadores sociales, por ejemplo, y la respuesta es que no piden ayuda. ¿Pero qué ayuda estamos dando?

    20260505MZINA_9231
    Doctora en Ciencias Políticas y Sociología, Cristina Blanco Fernández de Valderrama.

    Doctora en Ciencias Políticas y Sociología, Cristina Blanco Fernández de Valderrama.

    —¿Cómo se encararía una prevención y una posvención?

    —Yo hablaría de una prevención universal: visibilizar el problema, no ocultarlo, no dejarlo solo en manos de profesionales. Tiene que salir a la luz, porque es la única forma de que todo el mundo pueda ayudar a que no se invisibilice, calle ni oculte. Tiene que haber charlas a la ciudadanía en general. No rehuir el tema, identificar esas señales en el de al lado, en tu hijo, en tu padre, no taparlo ni mirar para otro lado. Afrontar que le puede pasar a tus hijos y a tus padres. Más en concreto, hay que atender a los colectivos de riesgo: personas mayores, colectivos LGTBI, inmigrantes. Estos ya tienen un duelo que no se atiende y no se trata con un antidepresivo, sobre todo si son irregulares. Hacen falta leyes que no existen. La posvención es, a su vez, prevención, aunque parezca paradójico. Cierra el círculo. Está demostrado que las personas que sufren el suicidio de una persona cercana tienen más probabilidades de seguir esa conducta. Entonces, atender eso es ya prevención. La posvención es prevención en el sentido que puede ayudar a que no haya sucesivos suicidios y, por supuesto, es una atención al doliente. Además, este es un duelo diferente, distinto, más problemático que un duelo “normal”. La ausencia es la misma, pero hay un elemento nuevo que es la culpa: qué hice, qué no hice, qué pude haber hecho, qué no debí haber hecho. Hay otro factor singular que es el abandono. Puede incluir enojo o no, pero el hecho de que no sea un accidente, ¿en qué lugar te deja?, ¿cuánto te quería que te dejó? Eso es horrendo.

    —¿Y quién debe intervenir? ¿La comunidad?

    —Sí, por eso la prevención universal se debe extender a la posvención. Todo el mundo debe saber que un superviviente tiene determinadas necesidades comunicativas. Así tus vecinos, tus compañeros de trabajo o colegio podrían arroparte. ¿Y qué encuentras en la sociedad hoy? Silencio, a veces con esa mirada de “¿no lo viste venir?”, “¿no hiciste nada?”. A veces tapan tu dolor: “no llores”, “hay que dar vuelta la página”. No lo entienden porque nadie les ha enseñado a entender, no es mala voluntad. Y nos incomoda el sufrimiento, la muerte, el dolor. Lo queremos pasar rápido, pasar la página, le hablamos de divertirse, de tomar unas cervezas, de ir al cine.

    —De anestesiar el dolor.

    —Exacto. Y no necesitamos eso, necesitamos hablar de nuestras personas, porque parece que no hubiesen existido jamás. Las personas que necesitamos sacar ese dolor hemos buscado métodos como los grupos de ayuda mutua. Son personas que viven una misma situación y sienten que el entorno no les entiende. Aquí tú puedes llorar y nadie dice que no lo hagas. Vuelves a nombrar a tu ser querido, a David, a Julián, a Jesús. Se les reubica.

    —¿Cuál era el nombre de su marido?

    —Jesús.

    —¿Usted sintió culpa, abandono?

    —Muchísima culpa. Yo sentí que fallé en un momento dado por las circunstancias de estrés. Por eso hablo de abandono institucional, a mí nadie me dio herramientas. Cuando aquella situación se desbordó, me quedé sola. Y en ese quedarme sola, sentí que fallé. Y cuando fallé, él se derrumbó. ¿Cómo no voy a sentir culpa?

    —¿Hoy la sigue sintiendo?

    —Bueno, no tanta. He redirigido mi enfado hacia las instituciones. Me pregunto qué pude hacer y me respondo que no mucho más. Pero, bueno… está ahí. Y sí, abandono; pero me digo una y otra vez: no pude hacer otra cosa.