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    Jorge Lanata: el látigo indomable del periodismo independiente

    El periodista argentino falleció el lunes 30 de diciembre, a los 64 años

    El 28 de diciembre es el Día de los Inocentes y las mentiras están permitidas. Hace muchos años, no recuerdo exactamente cuándo, Página/12 sacó en su tapa una serie de títulos que hacían lo que un diario en teoría no debía hacer: daba solo buenas noticias y trazaba con los titulares una utopía deseada. Era el Día de los Inocentes y el periódico anunciaba en la tapa que el presidente anulaba el indulto a los militares, que los precios de los productos se desmoronaban, que se firmaban tratados de paz en todo el mundo. No había fórmulas incuestionables en el periodismo que hacía Jorge Lanata: había que informar, pero también inventar, crear, innovar. El diario que había fundado Lanata en 1987 había convertido sus tapas en literatura, en un juego de ingenio e ironía que atenuaba las habituales malas noticias de un país desdichado.

    Con solo 26 años, Lanata encabezaba una revolución en el periodismo gráfico argentino comparable a la que en su momento habían hecho Crítica de Natalio Botana y Primera Plana y La Opinión de Jacobo Timerman. Todo el estilo del diario era novedoso pero las tapas eran verdaderos editoriales en su composición y su presentación visual: cuando Menem firmó el indulto a los militares que habían sido condenados durante el gobierno de Raúl Alfonsín, Página/12 salió a la calle totalmente en blanco, sin el chiste habitual, sin titulares y con un pequeño texto de Lanata. Era una representación perfecta del ánimo de buena parte de la población.

    Después de dejar la dirección del diario, Lanata fundó revistas y otros periódicos (como Crítica de la Argentina, con el que tuvo menos suerte) pero comenzó a hacerse popular con los programas de radio y televisión. Si en la época de Página/12 Lanata era un típico periodista de redacción y su figura pública era más bien la de un escritor (en 1991 publica el libro de cuentos Polaroids y un año después la novela La historia de Teller), con la televisión fue diseñando otro personaje: disruptivo, insidioso, con un humor ácido y con mucho desparpajo. Se especializó en el periodismo de investigación, pero lo combinó con show y entretenimiento: comprendió que la pantalla televisiva prendía si se mantenía al rojo vivo y él no la dejaba enfriar. Emprendía una investigación solo si sabía que iba a poner en movimiento la desesperación de quienes no querían ser descubiertos y las diferentes artimañas dramáticas que implementaban para detenerlo. No lo lograban.

    Si me dijeran que debo definir a Lanata con un adjetivo diría que era indomable. Como investigador era un sabueso con un olfato único y cuando comenzaba a tirar de un hilo en el que sospechaba que se ocultaba un chanchullo nada ni nadie podían detenerlo. Así fue cuando descubrió el nombre de Lázaro Báez, el contratista de la obra pública durante el kirchnerismo, y fue revelando la trama de la corrupción estatal. Lo mismo había hecho durante el menemismo con su programa televisivo Día D. Era indomable y eso lo acercaba a la terquedad, pero más de una vez supo poner el freno.

    En la radio tuvo una discusión bastante desafortunada con la actriz y conductora trans Florencia de la V en la que tuvo posiciones transfóbicas. Sin embargo, después hizo la serie Hache, en la que revisó su posición e hizo un retrato muy sensible de la diversidad sexual. “Yo tenía mucho prejuicio con el género, con los trans, pero mi documental me hizo cambiar mi punto de vista”, declaró. Además de esta serie documental, Lanata escribió libros periodísticos y de ficción, fundó periódicos y revistas, fue coleccionista de arte y conductor de radio y televisión. Llegó a actuar en cine (en las películas El lado oscuro del corazón de Eliseo Subiela y Medianeras de Gustavo Taretto) y hasta en el teatro de revistas en el tradicional Maipo. Formó a muchísimos periodistas y no parecía afectarlo el hecho de ser amado u odiado por millones, tal vez ese era el combustible que lo alimentaba. No se cuidaba mucho y fumaba sin parar, pero era, como ya dije, indomable. Y como todos aquellos personajes indómitos, lo hizo todo con pasión e inteligencia y —lo más importante— supo transformar el modo de hacer periodismo en la Argentina.

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