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    Jorge Luis Borges y Javier Milei: encuentros cercanos de tipo X

    Se dice a menudo que es imposible definir al peronismo, que nadie lo entiende, ni aun los mismos peronistas. Pero lo mismo puede decirse del liberalismo, o de ese término “liberal” con el que paradójicamente –en la Argentina– se autodefinieron conservadores, autoritarios, antifascistas, represores y amantes de la libertad.

    En su profusa cuenta de X, Javier Milei escribió: “#BuenLunes para todos los que creen en el respeto irrestricto del proyecto de vida del prójimo. Aquí les paso unas líneas del GENIAL Jorge Luis Borges, en función de las cuales los liberales podríamos definirnos como LIBERTARIOS BORGIANOS. ¡VIVA LA LIBERTAD CARAJO!”. Las “líneas” pertenecen al relato “Utopía de un hombre que está cansado” en el que el escritor imaginó cómo sería de horroroso un mundo en el que no existiera la muerte. La incontinencia verbal del presidente fue acompañada, como siempre, por otras cuentas de X que no dejaban de sugerir que Borges, si estuviese vivo, hubiese votado a Milei. No me gusta hablar por los muertos y tampoco entrar en una elucubración caprichosa sobre qué hubiese votado el escritor argentino. Sí me parece, en cambio, que pueden confrontarse ambos personajes y ver si las semejanzas y diferencias arrojan alguna luz sobre la historia y la política argentina.

    La primera diferencia entre Borges y Milei es evidente: mientras el actual presidente es un dogmático, Borges apostó siempre por la deliberación, la conjetura y, en algunos casos, por el escepticismo. Las referencias borgianas son plurales y heterogéneas: además de citar a literatos, también se regocija acudiendo a los filósofos y a leerlos siempre a contrapelo: planteando dudas, refutaciones ingeniosas o combinándolos con otras fuentes inesperadas o insólitas. Llegó a decir, por ejemplo, que la metafísica es “una rama de la literatura fantástica”. Frente a este mundo variado y alucinatorio, están las referencias de Milei que siempre son de economistas, libertarios y liberales, a los que cita como si fueran una autoridad indiscutida y una nueva Biblia de la que él sería el mensajero. A los que se oponen a este evangelio o proponen alguna duda, les llega la injuria, el escarnio o la excomunión. El autoritarismo, la creencia de que se posee la verdad, la negativa a darle valor a la palabra del otro configuran una característica de la escena política argentina que tuvo épocas peores pero que no deja de seguir impregnando las discusiones cotidianas. Borges, que podía tener muchos defectos, carecía de esa característica: toda su obra es una celebración de las ficciones conjeturales que exponen las diversas facetas de un problema y no cierran su sentido, sino que siempre dejan un espacio para la interpretación del lector.

    De todos modos, así como hay una diferencia radical en el modo en que exponen sus ideas, hay algo en lo que coinciden: ambos creen en los individuos y en su potencia inventiva. Ambos ven al Estado con sospecha y consideran que, si este asume un papel paternalista o protector, daña la capacidad que tienen los individuos para enfrentarse a las adversidades y crecer en libertad. Y, sin embargo, aún en esta coincidencia, ambos asumen posiciones diferentes. Cuando Milei piensa en el individuo lo define como homo economicus, guiado por intereses y en búsqueda del beneficio propio. Casi no hay otro tema en sus discursos que no sea el económico y todas las otras dimensiones sociales (la cultura, la salud, la educación) son pensadas como subsidiarias de un mercado que se define por el beneficio que puedan obtener sus participantes y la búsqueda de ganancias monetarias. Se trata de un liberalismo económico que, a lo largo del siglo XX, fue defendido por una serie de políticos o economistas que eran conservadores en otras áreas y que no dudaron en sumarse a las diferentes dictaduras militares. No es el caso de Javier Milei que llegó al poder por el voto popular, pero no deja de ser una variante de una tradición que, más allá de sus ideas liberales, fue restrictiva en todas las libertades que no fueran las de las transacciones mercantiles.

    En Borges, por el contrario, la economía nunca fue una pasión. Ni en el plano personal (llevaba una vida austera) y mucho menos en su poética. Su liberalismo se basaba más en su admiración por la tradición inglesa y en su lectura de Sobre la libertad de John Stuart Mill, al que, irónicamente, le dedicó uno de los cuentos de Bustos Domecq, el heterónimo que creó con Bioy Casares. Cuando en sus relatos aparece el dinero, adquiere o una dimensión fantástica o, si es demasiado real como en “Emma Zunz”, ofensiva y oprobiosa. En sus ficciones, el individuo podría definirse como aquel que está en un estado deliberativo permanente y que encuentra la salida al laberinto en sus facultades imaginativas.

    Se dice a menudo que es imposible definir al peronismo, que nadie lo entiende, ni aún los mismos peronistas. Pero lo mismo puede decirse del liberalismo, o de ese término “liberal” con el que paradójicamente –en la Argentina– se autodefinieron conservadores, autoritarios, antifascistas, represores y amantes de la libertad. En 1931, Borges publicó en la revista Sur un ensayo al que tituló “Nuestras imposibilidades”. Con mordacidad y pesimismo, Borges criticaba a “los caracteres más afligentes del argentino” en un estilo muy de época, cuando se debatían las identidades nacionales. Incluido en su libro de ensayos Discusión de 1933, se transformó en un texto maldito cuando el propio Borges lo excluyó de ediciones posteriores. Por eso mismo, este escrito traumático tal vez sea una cifra del posterior desempeño de Borges en la política: defensor de la libertad y antifascista, no dejó de apoyar a todas las dictaduras militares que se sucedieron después de 1955. Entusiasmado con las manifestaciones populares por la derrota del nazismo (una “emoción colectiva puede no ser innoble”, escribió), la aparición del peronismo frustraría cualquier posibilidad de la llegada de un ideario liberal al poder por la vía de las urnas. Desde entonces, el significante liberal estaría asociado a las elites o, como ya dijimos, a políticos conservadores (el mismo Borges se afilió al Partido Conservador). Fue esa “imposibilidad” la que definió un derrotero que entraría en una nueva fase cuando en los años noventa fue el propio peronismo, con Carlos Menem, que aplicó las reformas neoliberales y que Milei ahora reivindica. Los dos significantes antagónicos de la política argentina (peronismo y liberalismo) naufragaron en los noventa en una colisión curiosa que terminó de volver a la Argentina una nueva variante de la literatura fantástica. Borges ya no estaba para atestiguar semejante adefesio, aunque sí vivió un corto periodo del gobierno de Raúl Alfonsín, presidente denostado por Milei y al que Borges saludó efusivamente en el artículo “El último domingo de octubre”, publicado después de las elecciones de 1983. Vale la pena releerlo: “Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente. Espléndida y asombrosamente. Mi Utopía sigue siendo un país, o todo el planeta, sin Estado o con un mínimo de Estado, pero entiendo, no sin tristeza, que esa Utopía es prematura y que todavía nos faltan algunos siglos. Cuando cada hombre sea justo podremos prescindir de la justicia, de los códigos y de los gobiernos. Por ahora son males necesarios […] Asistiremos, increíblemente, a un extraño espectáculo. El de un gobierno que condesciende al diálogo, que puede confesar que se ha equivocado, que prefiere la razón a la interjección, los argumentos a la mera amenaza”. Los “libertarios borgianos”, si es que tal animal quimérico existe, deberían pensar detenidamente estas palabras.