En la mañana del viernes 13, una excelente periodista de investigación paraguaya me mandó un mensaje: “Cayó Marset en Bolivia”.
La caída del principal narco uruguayo es un golpe policial importante, pero su desenlace más probable es la aparición de un sucesor y no un daño permanente al negocio
En la mañana del viernes 13, una excelente periodista de investigación paraguaya me mandó un mensaje: “Cayó Marset en Bolivia”.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl diablo la planificación del día.
Llamé a mi compañero de Búsqueda Juan Francisco Pittaluga, quien ha escrito mucho sobre Sebastián Marset y el narcotráfico en Uruguay, para poner manos a la obra. El narco uruguayo más famoso había sido detenido y teníamos que tratar de averiguar cómo sucedió y empezar a descifrar las implicancias a futuro.
Soy Guillermo Draper, editor general de Búsqueda, y esta edición de Derroteros está dedicada a la detención de Marset, el narco y la discusión en torno al tema. Un adelanto: no creo que su caída cambie mucho.
De cualquier modo, si cuando termines de leer este correo, tenés interés en seguir profundizando sobre el tema, te invito a una charla virtual. Al final del texto encontrarás un link para registrarte.
En marzo de 2022, cuando muy pocos hablaban de él, Juan Francisco escribió en Búsqueda una nota sobre Marset, por entonces de bajo perfil. Comenzaba así.
El relato del narcotráfico en Uruguay tiene nombres conocidos, líderes y grupos cuya sola mención infunde temor: Betito Suárez, su hermano Ricardito, el clan familiar de los Chingas, Juan Antonio Vigorito, Oreja Rodríguez de Armas, Camala Correa, Lalo Algorta… Varios presos, algunos asesinados, pocos aún libres, todos, en mayor o menor medida, se ganaron una reputación delictiva que los coloca en la cima criminal. En esa cumbre, sin embargo, los acompañan otros sin tanta exposición pública pero todavía más poderosos, cuya capacidad se extiende más allá del narcomenudeo, la distribución de droga en áreas metropolitanas o las conexiones con países vecinos, hasta abarcar el contacto directo con productores de droga y organizaciones globales.
En ese nivel está Sebastián Marset Cabrera, un uruguayo de 31 años criado en el Cerrito de la Victoria y actualmente requerido internacionalmente por la Justicia de Paraguay por ser uno de los cabecillas de una extensa asociación con bienes patrimoniales incautados la semana pasada y valorados preliminarmente en más de US$ 100 millones.
Desde aquella nota pasaron muchas cosas. Su arresto en Dubái, la entrega del pasaporte mientras estaba preso, las renuncias en el gobierno de Luis Lacalle Pou, su escape cuando estaba por ser detenido, el atentado a la fiscal general Mónica Ferrero y ahora su caída. Abandonó por completo ese perfil bajo mientras estaba prófugo y se volvió uno de los uruguayos más conocidos.
Como me dijo una fuente, estar prófugo es muy caro. Mucho más si la DEA (Administración para el Control de Drogas) pone un precio a tu cabeza. Hay que comprar voluntades de manera permanente, tener un aparato de seguridad sólido y que infunda el temor suficiente para evitar traiciones. Todo eso tiene un costo altísimo.
Marset tuvo la espalda para sostenerlo durante más de tres años. Aunque en los últimos tiempos había dado muestras de cierta debilidad, por decirlo de algún modo. Sus apariciones esporádicas en medios y, sobre todo, el video en el que se muestra armado y amenazante se asemejan más a los actos de alguien consciente de su situación precaria que a los de una persona con certezas sobre su seguridad.
Mientras estuvo prófugo, según la Policía uruguaya, Marset hizo el rito bautismal para ingresar al Primer Comando de la Capital (PCC), el principal grupo narco de la región y al que proveía servicios logísticos para mover droga. Estar bajo el ala del PCC le podía asegurar mayor protección. ¿Otra señal de debilidad?
Por supuesto que hablar de debilidad es relativo. Marset era una preocupación central para las fuerzas de seguridad de la región. La investigación sobre el atentado que sufrió la fiscal general Ferrero lo tiene como principal sospechoso.
Marset tenía —escribo el verbo en pretérito y dudo de si no es anticiparse demasiado— mucha incidencia en Uruguay. Daba órdenes a capos criminales locales, que eran parte de su cadena logística para mover droga. Eso también demandaba mucho dinero. Las autoridades han dado algunos golpes a narcos, como el Betito Suárez o Luis Fernando Fernández Albín, un proceso interesante y todavía inconcluso que daría para otra edición de Derroteros.
El caso que comenzó en Estados Unidos sobre Marset, que el viernes 20 tuvo su primer capítulo, podría darnos más información sobre su operativa internacional y, por qué no, sus tentáculos en Uruguay. Algunas pistas surgen de la acusación contra Marset y una de las personas que lo ayudaba, Federico Ezequiel Santoro Vassallo, como hemos ido informando en Búsqueda desde el año pasado.
Marset era un actor importante en el narcotráfico regional. Tenía montado un operativo logístico para mover droga de grandes organizaciones criminales. Todavía me resulta un poco grandilocuente describirlo como un “Pablo Escobar moderno”, término utilizado por el DEA una vez que lo detuvo. Habrá que ver qué cartas muestran en el juzgado para sustentar esa metáfora, y también es cierto que son otros tiempos.
El uruguayo jugaba un rol en un esquema que tiene otras organizaciones pesadas. Al ya mencionado PCC se pueden sumar grupos como el Tren de Aragua, la Ndrangheta y las mafias albanesas. Cada uno con su esfera de influencia y su papel específico en el esquema internacional del narcotráfico.
Los consultores Douglas Farah y Pablo Zeballos acuñaron el concepto de la cuarta ola del crimen transnacional para describir el nuevo fenómeno de criminalidad. La cuarta ola incluye la participación de “nuevos actores”, como la Ndrangheta, el Tren de Aragua o los grupos albaneses, y “nuevos mercados”. “Tenemos tantos mercados ilícitos que no podemos hablar solo de cocaína. El oro ilegal de Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia puede ser más rentable que la cocaína. La destrucción de la Amazonía nace de esos nuevos mercados ilícitos”, dice Farah. Si te interesa, podés leer la entrevista que publicamos en diciembre en Búsqueda.
El negocio no para
La detención de Marset es un éxito policial importante. Y sin embargo, es difícil pensar que cambie algo de fondo. Hay que ver si el uruguayo tenía una estructura organizacional sólida que habilite una sucesión de liderazgo, o si simplemente otro grupo ocupará el espacio que deja.
Quizás el “fletero” que trabajaba para Marset, que sabe dónde se levantaba y dónde se entregaba la droga, podrá tomar el negocio, me dijo a modo supersimplificado alguien que ha visto caer y nacer a estos personajes. El sucesor, que seguramente llegue, necesitará dinero y armas como para imponerse. Su irrupción quizás se refleje en homicidios y ajustes de cuentas. Esa sucesión debería ser inminente porque el negocio no va a parar.
Antes de terminar e invitarte al evento virtual sobre Marset, no quiero dejar de plantear mi frustración con el debate político en torno al tema. En este y otros casos, parece imponerse una guerra de relatos, con lecturas solo interesadas en dejar al rival político en falsa escuadra. En el medio de ese tiroteo, sufriendo daños colaterales quedan las víctimas reales de la violencia, los hechos y quienes tratan de desentrañarlos. Y las posibles soluciones se alejan.
Ahora sí, si querés conocer más sobre Marset, su carrera y cómo puede evolucionar el tema, te invito a una charla virtual el jueves 26 a las 17 horas. Al igual que en el encuentro anterior, los cupos son limitados y tendrán prioridad los suscriptores. Aquí está el link para registrarse.