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    159.000 hombres y una mujer

    Columnista de Búsqueda

    Eran las 6.40 del 6 de junio de 1944 cuando el estadounidense J. D. Salinger, sargento en el 4º destacamento del Cuerpo de Contrainteligencia, desembarcó en playa Utah, un lugar intermedio entre Vierville-sur-Mer y Colleville-sur-Mer en Normandía, Francia. Llevaba una mochila que contenía, entre otras cosas, una olla, una bayoneta, un casco, el Colt 1911 y los seis capítulos que había escrito de su novela. El manuscrito podría haber terminado arrastrado por las olas y entre los miles de muertos, pero una corriente obligó a su detacamento a desembarcar varios kilómetros al sur evitando la zona en que se concentraban las defensas alemanas. Así se salvó de la destrucción aquel proyecto que un día sería El guardián en el centeno. Y él se convirtió en una leyenda.

    El fotógrafo húngaro Robert Capa desembarcó en la playa de Omaha junto al 16º Regimiento de Infantería de la 1ª División de Infantería durante las primeras oleadas de la invasión. A las pocas horas regresó a Londres para cumplir el plazo de publicación de la revista Life. Se dice que Capa tomó 106 fotos del día D y, debido a un error en el proceso de revelado, se salvaron apenas 11. Esas fotos, ligeramente fuera de foco, se conocen como “Las magníficas 11”, y se dice que el desenfoque se debió a que las manos del fotógrafo temblaban por la adrenalina o el miedo, cosa que él siempre desmintió. De todas formas, se convirtió en una leyenda.

    Se habla mucho de los famosos que estuvieron en el día D, Henry Fonda, David Niven, Alec Guinnes, James Doohan, Ernie Pyle, se habla de los 7.000 buques y de los 9.500 aviones que permitieron desembarcar a 159.000 hombres. Sin embargo, hasta hace poco, apenas se mencionaba a la única mujer que desembarcó el día D en esas playas.

    Martha Gellhorn fue una de las corresponsales de guerra más importantes del siglo XX, una pionera en un mundo de hombres que, en esa y otras 11 o 12 guerras, buscó estar en primera línea. Ella y su marido de entonces, Ernest Hemingway, habían pasado algunos años en la guerra civil española, incluso él le dedicó Por quién doblan las campanas. Después de España Martha fue corresponsal en China, Finlandia, Hong Kong, Singapur, Birmania, España y Bretaña, lugares a los que algunas veces la acompañaba su archifamoso cónyuge. Algunos colegas llegaron a insinuar que conseguía sus trabajos gracias a su matrimonio con el escritor, aunque la realidad indica todo lo contrario. Sin ir más lejos, en Normandía, el escritor hizo lo posible para que Martha no llegara, hasta le habría robado su acreditación de la revista Colliers. El escritor Roald Dahl, en aquel entonces agregado aéreo de la Embajada británica en Washington y amigo de Martha, también puso piedras en su camino y le impidió tomar el vuelo que la llevaría a Londres.

    Todo fue inútil, porque Martha nunca se dio por vencida. Logró llegar hasta Inglaterra en un carguero noruego y, el 5 de junio, embarcó a las costas de Francia como polizona a bordo de un buque hospital, donde pasó la noche escondida en un baño. Logró su objetivo: desembarcó disfrazada de camillero (de hombre, por supuesto), estuvo en la primera línea en playa Omaha y pudo mezclarse con las tropas en la batalla.

    Gellhorn quería que su crónica fuera la primera en llegar a Estados Unidos y convenció a un militar para que se la dictara a Colliers por teléfono, pero al volver se enteró de que no la habían publicado y tuvo que amenazar a la revista con una demanda. Pasados un par de meses terminó saliendo un extracto, un vergonzoso texto mutilado que titularon Alguien dijo que estuvo allí.

    Mientras tanto, Hemingway, su esposo, que en la realidad había permanecido en un pontón sin desembarcar, aparecía en las tapas de las revistas rodeado de soldados y hasta declarando que había dirigido en persona parte de las maniobras en las playas de Normandía.

    Al contrario de lo que sucedió con su marido, con Salinger, Capa y Guinnes y con todos aquellos famosos que participaron en el desembarco, la heroicidad de estar en la primera línea de la batalla le valió poco o hasta terminó perjudicando a Martha Gellhorn. A Ernest lo condecoraron y a ella la condenaron al silencio por saltarse las normas. O tal vez fue porque en sus crónicas expuso temas tabú que el aparato publicitario norteamericano no quería sacar a la luz: denunció los bombardeos aliados indiscriminados sobre la población francesa, en los que llegaron a morir más de 30.000 personas, y fue la primera periodista en escribir sobre las violaciones de los soldados norteamericanos a las mujeres francesas.

    También fue gracias a ella que se visibilizó el papel de las mujeres en la guerra, el de las que nunca salían en las fotos: enfermeras, matemáticas, criptoanalistas, cartógrafas, encargadas del servicio postal, las que manejaban los reflectores en los ataques aéreos y tantas que desempeñaron roles cruciales sin ser nombradas siquiera.

    Martha definió el oficio de escribir como “masticar cemento”, y no me extraña su visión decepcionada sabiendo que tuvo que autopublicar gran parte del material que escribió durante esa época, quizá porque se negaba a dar una visión gloriosa del desembarco.

    Indómita y rebelde, una mujer porfiada y peculiar que con 81 años llegó a cubrir la invasión de Estados Unidos a Panamá. Una mujer que llevó tantas guerras en su mochila, que vivió hasta los 90 y se dio el lujo de tener un final de novela. La enfermedad incurable que padecía la decidió a tomarse una pastilla de cianuro, pero dejó dispuesto que echaran sus cenizas al Támesis “para seguir viajando”.

    En el cementerio estadounidense de Normandía, en Colleville-sur-Mer, bajo una losa de granito hay una cápsula del tiempo destinada a abrirse el 6 de junio de 2044, cuando se conmemoren los 100 años del día D. Se sabe que la urna contiene una carta de Eisenhower e informaciones secretas, se sabe que hay depositadas historias sobre el desembarco que nunca fueron contadas. Y quién sabe, tal vez aparezca alguna historia de Salinger, alguna foto de Capa, más combustible para alimentar las leyendas. Pero no será necesario esperar hasta el 2044 para saber que allí tampoco estarán los relatos que escribió Martha Gellhorn, por los que tanto arriesgó, por los que se jugó la vida.

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