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    A 100 años del mundo de los sueños

    El surrealismo fue un terremoto que lo devastó todo y por eso es difícil encontrar un artista que se resistiera a su atracción magnética

    Columnista de Búsqueda

    El 15 de octubre de hace 100 años el poeta francés André Breton publicaba en París el Manifiesto Surrealista. Era el nacimiento oficial de un movimiento que se convertiría en la vanguardia más original, revulsiva y omnipresente del siglo XX.

    El surrealismo fue un terremoto que lo devastó todo y por eso es difícil encontrar un artista que se resistiera a su atracción magnética. Algo que quizás ocurrió, porque su fundamento no residía en una cuestión estrictamente de medios o lenguajes, no se trataba de escoger entre ser abstracto o figurativo, sino de aspirar a una transformación total del pensamiento. Un viraje mental e intelectual que permitiera la incorporación de una nueva percepción de la realidad más allá de los límites entre lo exterior y lo interior. Liberar el subconsciente y reconciliarlo con la conciencia, soltar las amarras que controlan la razón, la lógica y la moral. En una palabra, el artista pasaba a ser un mensajero de lo oculto y el arte se convertía en un campo virgen para la búsqueda y el hallazgo.

    No obstante, la cosa venía gestándose desde hacía mucho tiempo, basta con recordar que la segunda mitad del siglo XIX fue un complejo y vasto caldero de ideas novedosas, revolucionarias y también subversivas. Desde las revelaciones freudianas del inconsciente, los sueños y las pulsiones, a los poetas simbolistas y malditos, como Arthur Rimbaud e Isidore Ducasse, el famoso Conde de Lautréamont. Fue él precisamente quien en 1869 proclamó desde Los cantos de Maldoror el advenimiento de una nueva belleza. Su famosa frase, tan bello… como el encuentro fortuito sobre una tabla de disección de una máquina de coser y un paraguas, le regaló al siglo XX la primera imagen surrealista de la historia. Y es que la bizarra intensidad del fortuito encuentro que imaginó el poeta franco-uruguayo condensaba visualmente la victoria de lo irracional por sobre la realidad objetiva y lo hacía —nada menos— que con la fuerza de una perfecta y disruptiva naturaleza muerta. Por ello fue el grito de guerra de los surrealistas y, a un mismo tiempo, la reivindicación de Lautréamont como precursor del movimiento.

    Por otra parte, cabe recordar que el término surrealismo también se gestó mucho antes. En esta ocasión, fue la mano del gran poeta, crítico y dramaturgo Guillaume Apollinaire, quien en 1917 lo acuñó para el programa de mano de una de sus obras teatrales. La idea era describir algo que sobrepasaba la realidad, definiendo a su obra como drama surrealista. Años después, Breton tomó la palabra y la pensó desde su propia visión de futuro, reformuló el concepto y lo aplicó a todo aquel pensamiento que se expresara sin el control de la razón en la escritura automática.

    Más o menos por la misma época en la que Apollinaire inventaba el término, el pintor italiano Giorgio de Chirico creaba unas extrañas y oníricas arquitecturas en las que colocaba objetos incongruentes como guantes, trenes y bustos clásicos con lentes de sol. Un conjunto de pinturas perturbadoras y enigmáticas, que creaban una atmósfera de extraordinaria irrealidad, fascinó a los surrealistas, quienes elevaron a De Chirico a la altura de un visionario. Y no olvidemos que también estaban los artistas dadá, quienes con su concepción del arte como idea y sus enérgicos cuestionamientos morales encarnaban la libertad creativa en una suerte de caótica irreverencia.

    Es así que la situación podría describirse como lo que los franceses llaman l’air du temps; algo se respiraba en el aire y solo faltaba que apareciera un gran hechicero que condensara lo que estaba sucediendo a su alrededor. Ese fue André Breton, un hombre dotado de un carisma único y una inteligencia suprema; armas con las que unió lo disperso, le dio forma, orden y estructura. Breton creó un movimiento organizado y construyó un sostén teórico de tenor filosófico que lo sustentara. Fundó revistas, organizó exposiciones y reunió a un tropel de artistas dispares en orígenes y en lenguajes, a los que lideró con mano de hierro y disciplina dogmática. También hizo del surrealismo un movimiento cada vez más politizado y las disputas entre estalinistas y trotskistas enturbiaron el panorama. Inolvidable, el juicio surrealista al que Breton sometió a Salvador Dalí en 1934 por pintar el rostro de Stalin en su Enigma de Guillermo Tell, una versión psicoanalítica del padre autoritario y prevaricador. Breton dictó sentencia de expulsión y nunca más lo nombró, solo se refería a él con un ingenioso anagrama de su nombre: Ávida Dollars.

    La irrupción del surrealismo y el carismático liderazgo de Breton fueron un huracán intelectual de vastas proporciones. Lo cambiaron todo y para siempre, transformaron la pintura y la literatura, el teatro y la música, la fotografía y el cine. Y aunque formalmente dejó de existir en la década del 60, la revolución del mundo de los sueños fue irrevocable y hasta el día de hoy nos obliga a mirar los ocultos misterios que nos habitan.

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