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    Activistas en activo

    El problema es que, en una democracia, quien tiene la legitimidad (y ya que estamos, las herramientas) para llevar adelante esas transformaciones son los gobiernos; y los gobiernos, para serlo, necesitan ser elegidos

    Columnista de Búsqueda

    Cuando en 2023 unos desconocidos vandalizaron el monolito dedicado al embajador mexicano Vicente Muñiz Arroyo, levantado en la rambla justo donde termina la calle Jackson, se produjo sin querer un acto de activismo unipersonal bastante particular. Indignado por la falta de respeto hacia el diplomático que había salvado la vida de cientos de uruguayos al concederles asilo durante la dictadura, mi amigo Gonzalo Tussi Curbelo agarró un balde, un trapo, disolvente, cruzó la rambla y limpió todo lo que pudo, dejando el monolito en relativas condiciones.

    Si fuera a buscar un ejemplo de lo que puede lograr el activismo en su versión más minimalista, sería probablemente este. El Tussi era muy crítico con la cultura del grafiti en su versión más degradada, esa que considera arte urbano cualquier rayón dejado sobre una superficie lisa. El activismo es necesario tanto por lo que a veces logra con sus acciones, por pequeñas que sean, como por lo que muchas veces, en una dimensión más amplia, logra señalar y poner en evidencia para la sociedad. Fue el activismo, por ejemplo, el que denunció antes que nadie la tala indiscriminada en el Amazonas. O, en terrenos más cercanos, es el activismo urbanístico el que ha “apretado” a las autoridades montevideanas para que aceleren y mejoren su clasificación patrimonial de las construcciones en el Centro de Montevideo.

    Esto no quiere decir que el activismo no plantee también una serie de problemas que son inherentes a su forma de intentar transformar la sociedad. Esto es: su alto grado de especialización temática y, muchas veces, la radicalidad de sus propuestas. En buena medida, esto se debe a que muchas veces los activistas son militantes de esa causa específica y no siempre tienen demasiado interés en otras. Gente que ha hecho de una temática particular el centro de su existencia, a veces de manera dogmática, y por eso no siempre entiende que otras personas puedan tener otra escala de prioridades. Gente que suele tener todo el entusiasmo del mundo, pero que no necesariamente entiende cabalmente las implicaciones técnicas de las consignas que grita en la calle. Más o menos lo que ocurre cuando se vota a “partidos temáticos”: estos saben un montón sobre lechugas orgánicas, pero no se interesan por el resto de las cosas. Y cuando llegan al Parlamento resulta que allí se discute y se vota de todo, no solo sobre lechugas.

    Pareciera que justo ahí está uno de los problemas de buena parte del activismo actual: si considero que mi asunto, el que sea, es infinitamente más importante que cualquier otro, es probable que no me interese su articulación con otros intereses u otras agendas. Más aún, si me convenzo de que mi asunto es moralmente central, es natural que tienda a creer que quienes tienen otras agendas las tienen porque son moralmente imperfectos. O que tienen una serie de intereses particulares que ocultan y que son los que guían sus verdaderas intenciones. Buena parte del activismo actual se basa en la convicción de la pureza moral de la causa propia y de la casi automática y natural impureza del resto.

    Traigo todo este rollazo a cuenta de un breve, pero interesante intercambio que se produjo en X hace un par de días, y que da cuenta de lo difícil que resulta simplemente intercambiar puntos de vista más o menos cercanos con un activista y cómo a veces las posiciones maximalistas pueden caer, justamente, en la clase de problemas que se denuncian. El intercambio lo inició el economista Gonzalo Márquez, experto en transporte y movilidad, comentando la noticia de que “París peatonalizará 500 calles más y suprimirá el 10% de los estacionamientos en las vías”. Márquez señaló que “no deberíamos perder de vista que París puede desarrollar una política como esta porque ha desarrollado por décadas un sistema de transporte de clase mundial”. Y, pensando en Montevideo, apuntó que “aquí la agenda debe focalizarse en mejorar los atributos del transporte público: frecuencia, rapidez, previsibilidad”.

    Por mi parte, comenté que “complicar la circulación de coches sin mejorar y diversificar el transporte público (algo que toma años) es poner la carreta adelante de los bueyes. Una especie de conductivismo voluntarista que cree que lo que hace avanzar las cosas es darle pataditas en la cola a la gente”. Casi de inmediato, la cuenta UnibiciUr comentó: “No podemos pensar que haciendo más de lo mismo vamos a tener un resultado diferente. No pasó en ningún lugar del mundo. Es un cambio físico (infraestructura) y cultural, que lleva tiempo, pero que no puede seguir siendo postergado”. No pongo el resto de sus tuits por una cuestión de espacio, pero en resumen la cuenta considera que el camino es “la demanda inducida”.

    Es llamativo que el arranque del argumento de UnibiciUr sea decir que se propone “hacer lo mismo” cuando Márquez está de acuerdo en que hay que avanzar en la dirección de limitar el espacio al coche particular y potenciar y diversificar el transporte público, solo que no necesariamente en ese orden, ya que eso puede acarrearles un montón de problemas a un montón de ciudadanos. Y, por lo general, se entiende que la función pública debe intentar solucionar los problemas de la ciudadanía, no creárselos. Para el activismo, en cambio, cierto volumen de problemas resulta aceptable porque ellos llegaron a la convicción (ese “no podemos”) de que ese es el único camino para el cambio. De ahí que la conclusión sea que no importa el orden en que se hagan esos cambios ni el rechazo que puedan producir, la demanda debe ser inducida. Le guste o no al ciudadano, lo entienda o no, lo complique o no. Las cosas se deben hacer de esa manera porque hay un grupo de gente muy activa y comprometida que está dispuesta a dar pataditas en la cola hasta que se entienda.

    El problema es que, en una democracia, quien tiene la legitimidad (y ya que estamos, las herramientas) para llevar adelante esas transformaciones son los gobiernos; y los gobiernos, para serlo, necesitan ser elegidos. Y cualquier gobierno sabe que tener a un montón de gente descontenta y hasta furiosa por determinados asuntos clave (el transporte es uno de ellos) es una de las razones que te pueden llevar a diseñar una política pública en una dirección u otra. El activista dirá: “Ese no es mi problema, mi problema es que la ciudad mejore”. Pero sí es el problema del político, que es quien efectivamente diseñará las acciones públicas al respecto. Esa es la distancia que va entre lidiar a solas con la idea o lidiar con la idea en el espacio que la convierte en realidad. De ahí que el activismo sea importante para la detección de problemas, el diagnóstico, pero no necesariamente se interese por el aspecto llamémosle “democrático” del asunto.

    Para que esos cambios lleguen, sería buena cosa que el activismo fuera capaz de identificar quiénes son sus posibles aliados en vez de dedicarse a hacerle el identikit a sus, en apariencia, infinitos enemigos. Y que entendiera también que en una sociedad abierta y diversa como la nuestra, su pasión por tal o cual asunto no es, no puede ser, compulsiva para el resto.

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