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    jueves 11 de julio de 2024

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    Antes o después de la razón

    El último trabajo de Max Scheler fue El puesto del hombre en el cosmos. En cierta forma esta pieza puede ser considerada como el lanzamiento de la reorientación de la filosofía hacia el modo de pensar antropológico. Allí nos recuerda que la afirmación de Aristóteles respecto de la absoluta extrañeza del hombre respecto de la naturaleza, esa diferenciación básica, es expresión suprema de la radical dignidad de la persona. Antes, y como para consolidar y conferirle suelo y perspectiva de crecimiento a esa teoría, se ocupó del problema de los valores.

    En la axiología fenomenológica de Scheler los valores se conciben como fenómenos cualitativos objetivos que prescriben a una persona, son normas de obligación y evaluación y forman un reino especial de entidades supraempíricas trascendentes ubicadas fuera de la realidad espacio-temporal. El valor, según Scheler, es un fenómeno que se revela a sí mismo en un acto de intuición emocional, un fenómeno que no existe fuera del foco de la conciencia en él. El filósofo rechaza decididamente la idea de que el valor es solo un concepto, valor o significado general. Por el contrario, el valor siempre se da en la contemplación emocional; no puede derivarse de la abstracción de las propiedades generales de los objetos y fenómenos y expresarse en las formas del pensamiento lógico.

    Scheler distingue entre valores y sus portadores, entendiendo por portadores bienes, cosas, personalidades, estados de cosas, en los que los valores se manifiestan y “se vuelven válidos”. Así, la justificación del carácter ontológico de los valores se lleva a cabo principalmente en dos aspectos: por un lado, demuestra la absoluta independencia de los valores de los objetos portadores, por el otro, del sujeto, con sus necesidades e intereses.

    Scheler rechaza decididamente la idea de que los valores solo existen en la medida en que se sienten o pueden sentirse. Desde el costado de la fenomenología plantea el siguiente argumento: después de todo, no solo hay valores que sentimos y que ya pertenecen a nuestro mundo de valores, sino además aquellos que no sentimos. Una persona tiene una capacidad ilimitada para sentir valores, y la plenitud del mundo de sus valores existentes depende del desarrollo de nuestro sentimiento. Ve la razón de la miseria del mundo de valores de muchas personas de nuestro tiempo en la inferioridad de su cosmovisión y en el tipo social de la civilización moderna, en su falta de espiritualidad y practicidad, en la ausencia de significado moral y metafísico en ella. Reconoce que el mundo humano de los valores se desarrolla históricamente, al tiempo que defiende la idea de un “reino de valores” eterno, transtemporal, inmutable y absoluto en su ser, y, para mediar estas ideas, introduce el concepto de estructura de valores, la experiencia de los valores.

    Los elementos de subjetivismo y relativismo, insiste Scheler, asociados con el estado del mundo de valores existente de una persona, dependen de la estructura de la experiencia de los valores inherentes a ella y a una sociedad determinada. Llamando a superar el estrecho marco de esta estructura en el hombre moderno, propone poner la base de la vida no en el espíritu empresarial, la competencia y la enemistad de clases, sino en el principio de solidaridad, y evaluar los bienes de acuerdo con este principio, considerarlos como los más valiosos a aquellos bienes naturales que pueden ser disfrutados por el mayor número posible de personas (por ejemplo, la luz y el aire, el agua, la tierra). Cuanto más completa es una persona, más dispuesta está a ver y comprender que todo nuestro mundo está decorado con valores. “Un alma devota, escribe Scheler, siempre da gracias en silencio por el espacio, la luz y el aire, por la gracia de la existencia de sus manos, sus miembros, su aliento, y luego todo lo que es indiferente o privado de ellos es habitado por valores para los demás”. El lema de los franciscanos Omnia habemus nil possidentes (tenemos todo, no poseemos nada) expresa la dirección en la que el sentido de los valores se hace patente en este filósofo.

    Como a Schopenhauer y a Nietzsche, le repugnó abiertamente a Max Scheler la comprensión del hombre como un "animal racional" y rechazó la razón como principio rector del espíritu humano. Consecuente con ese anatema, confrontó el concepto kantiano que postula la razón como principio dominante de la personalidad.