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Uruguay es caro en dólares no por su política monetaria o cambiaria, sino por factores estructurales a los que se suma una política fiscal y monetaria que contribuye a una apreciación de la moneda local
Quienes tienen ingresos en dólares con frecuencia se quejan de la existencia de atraso cambiario, de sus consecuencias sobre la rentabilidad empresarial y la inversión y piden por soluciones al problema. Ni siquiera estos aumentos recientes de la cotización han aplacado esas voces. Implícitamente, están pidiendo una devaluación. En particular, una que no se vea acompañada por aumentos de salarios y precios internos de modo de mejorar la rentabilidad. Es decir, están pidiendo un cambio profundo de la política del Banco Central del Uruguay (BCU).
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El BCU tiene una política monetaria de meta de inflación (más precisamente de meta para el Índice de Precios al Consumo, ya que la inflación es el aumento de la oferta de dinero más allá de la demanda de dinero). El instrumento que utiliza el BCU para alcanzar su meta es la emisión de Letras de Regulación Monetaria (LRM). La elección de meta de inflación implica renunciar a otras metas, como el valor del tipo de cambio o la tasa de crecimiento de los agregados monetarios. No se pueden perseguir múltiples metas sin entrar en difíciles dilemas de política. Por lo tanto, no es posible atender los reclamos de quienes dicen sufrir el atraso cambiario sin un cambio de política monetaria y, además, sin un cambio de política fiscal.
Los factores que hacen que la oferta de dólares sea abundante respecto a la demanda y que, por lo tanto, la moneda uruguaya se aprecie son varios: el crecimiento de la oferta de dólares por parte del sistema monetario estadounidense en comparación con el de nuestra moneda, el crecimiento de las exportaciones, los ingresos del endeudamiento externo en dólares para financiar el déficit fiscal, los ingresos de capitales externos para inversión directa atraídos por la estabilidad de Uruguay y el ingreso de dólares para ser invertidos en LRM y obtener un potencial diferencial positivo de tasa de interés (potencial porque depende de la cotización del dólar al hacer el camino inverso). Si el dólar se hiciera más fuerte, las exportaciones se contrajeran y/o crecieran las importaciones, el gobierno central tuviera superávit fiscal, hubiera huida de capitales por los riesgos percibidos por los inversores o el BCU dejara de usar las LRM como instrumento, entonces la cotización del dólar sería mucho más alta y atraería críticas de otros sectores de opinión.
Ahora bien, existen otros factores que hay que tener en cuenta. Preguntémonos lo siguiente: ¿si Uruguay no tuviera moneda propia, seguirían siendo más altos que en el resto del mundo los precios en dólares? Si contestamos afirmativamente, entonces llamarle atraso cambiario al fenómeno es equivocado, ya que solo tiene sentido llamarlo así cuando hay una moneda local y, por lo tanto, un tipo de cambio. Mi sugerencia es llamarle “adelanto preciario”. ¿Por qué tenemos precios más altos en dólares que otros países?
Los factores que determinan los precios internos son el tamaño del gasto público, las regulaciones a la producción, distribución y consumo de bienes y servicios, el grado de competencia interna que exista en los distintos sectores de la economía y el grado de apertura de la economía al comercio internacional.
El Estado uruguayo es grande en términos de gasto público respecto a la generación anual de riqueza del sector privado. Cuanto mayor sea el gasto público, sin importar cómo se financie, más altos serán los precios. Es claro que los impuestos directos e indirectos llevan a precios más altos. Es menos claro que el endeudamiento del Estado al reducir el capital disponible para el sector privado también encarece los bienes y servicios a través de un mayor costo de capital. Esto es lo que se conoce como crowding out. Sin moneda propia no estaría disponible para el Estado la posibilidad de financiar con inflación.
Las regulaciones laborales, ambientales, de seguridad, etc., llevan a precios más altos. Los permisos requeridos para distribuir, implementar los controles, etc., también resultan en mayores precios. Las regulaciones para el establecimiento de empresas minoristas también llevan a precios más altos.
Las restricciones a la competencia interna, por ejemplo, la existencia de un monopolio legal para la refinación de petróleo y la consiguiente prohibición de importar productos refinados; restricciones a otorgar licencias para ciertas actividades (bancos y financieras, como ejemplo) generando regímenes de oligopolio, etc., llevan a precios más altos.
Por último, un relativo cierre de Uruguay al comercio exterior si se le compara con países de similar tamaño y grado de desarrollo. Si bien esto se explica por tener como vecinos a Argentina y Brasil, dos de las economías más cerradas al comercio exterior del planeta, nuestra falta de voluntad de apertura hace que los precios sean más altos que en el resto del mundo. Cabe destacar aquí el rol que tiene en este proceso haberse unido al Mercosur. Está claro que una apertura unilateral de Uruguay hubiera sido la política más conveniente.
En resumen, Uruguay es caro en dólares no por su política monetaria o cambiaria, sino por factores estructurales a los que se suma una política fiscal y monetaria que contribuye a una apreciación de la moneda local. Recientemente, cierto nerviosismo de los inversores de capital financiero ha hecho subir la cotización, pero no es a través del tipo de cambio que mejorará la competitividad de las empresas exportadoras y de las que compiten con los bienes importados. Para una mejora permanente de la competitividad debemos concentrarnos en reformas que reduzcan los efectos encarecedores de los factores mencionados: gasto público excesivo, demasiadas regulaciones, bajo grado de competencia interna y escasa apertura al comercio internacional. Lo urgente no debe desplazar a lo importante de nuestra consideración.