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A nadie se le escapa, a esta altura, que estamos ante un desafío de primer orden; hasta ahí, la “máquina de aprender” hizo bien su trabajo, pero ahora queda lo más difícil: trabajar en las soluciones, instalar los cortafuegos, encontrar la forma de fortalecer el sistema inmunológico antes que sea demasiado tarde
El lunes 4 asistí a la conferencia sobre crimen organizado en el hotel Radisson. Este evento fue una iniciativa de Yunta (el canal digital que lideran Gabriel Pereyra y Mariana Secco). Confieso que me fui de la sala atravesado por dos sensaciones completamente opuestas. Por un lado, preocupadísimo; por el otro, esperanzado.
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No es muy difícil explicar el motivo de la preocupación. Los tres conferencistas presentaron un panorama muy alarmante sobre la evolución reciente del crimen organizado en Argentina (Marcelo Saín), la región (Benjamin Lessing) y Uruguay (Juan Pablo Luna). El problema es enorme, de efectos potencialmente devastadores para nuestras democracias, y la solución dista de ser sencilla. Estamos frente a una amenaza global (también hay bandas criminales fuera de control en países de la OCDE). Pero todo suele ser más difícil de solucionar en el sur. La marginalidad, el hacinamiento carcelario y el fracaso educativo, por ejemplo, generan condiciones favorables para que prosperen el narco, la violencia y la corrupción. No puede sorprender, por tanto, que también en Uruguay, como afirmó Juan Pablo Luna, a pesar de su fortaleza institucional y de su permanente búsqueda de la integración social, se hayan encendido luces amarillas.1
Es un poco más desafiante explicar las razones de la esperanza. Dicho en forma muy sintética, y apelando otra vez al legado teórico de Emanuel Adler, es esperanzador presenciar a la comunidad de práctica democrática dejando un nuevo testimonio de cómo encarar reflexivamente un desafío tan grande como el de ponerle un freno al avance del crimen organizado. El evento fue organizado por periodistas profesionales que han demostrado sentir hondamente los problemas políticos y sociales de nuestro país. Desde luego, este país sería muy aburrido si el periodismo se ocupara solamente de poner el foco en los problemas (que nunca nos falte el entretenimiento). Pero Uruguay sería un país mucho peor si no tuviera una tradición potente de periodismo con sangre en las venas, como la que notoriamente late en el proyecto Yunta.
Para informar sobre distintos casos y analizar a fondo el problema del crimen organizado, fueron invitados especialistas con trayectorias brillantes, perfiles distintos y acumulación de conocimiento en el tema. Esto nos lleva a otra dimensión clave de cualquier orden democrático que se proponga aprender a partir de su propia práctica: el papel de los académicos. Otra vez, como con el periodismo, conviene evitar las simplificaciones. Las ciencias básicas juegan un papel clave en el progreso del conocimiento. Pero Uruguay, como cualquier otro país, precisa que una parte de sus académicos se consagren, o dediquen al menos una parte relevante de su tiempo, a estudiar los problemas del entorno. Además, a menudo los progresos teóricos más significativos se realizan en el contexto de la investigación de asuntos concretos y urgentes.
El evento fue trasmitido por YouTube, así que seguramente lo podrá ver mucha gente. Pero fue muy estimulante ver el Gran Ballroom lleno. Había cientos de personas, un lunes de mañana. La alta concurrencia no admite dos lecturas: la elite de este país entiende la entidad de la amenaza. La audiencia era realmente muy especial. El presidente Yamandú Orsi fue invitado a decir unas palabras al inicio. Además de personalidades del mundo empresarial y sindical, dijeron presente las principales figuras de los partidos políticos. Acá aparece otra dimensión clave en la dinámica de nuestra “máquina de aprender”: el puente entre periodismo, academia y partidos políticos. El aprendizaje requiere interacciones inteligentes entre actores distintos. Pero solo podremos aprender unos de otros si nos respetamos. Solo podremos trabajar juntos para buscar soluciones si construimos lazos de confianza. No siempre, unos y otros, hemos sido capaces de encontrar las palabras y los tonos más adecuados para facilitar la circulación de saberes en todas las direcciones.
La presencia de líderes políticos merece un comentario adicional. Había muchas figuras del gobierno. Pero también estaban en primera fila los principales líderes de la oposición. Este dato es especialmente relevante y particularmente estimulante. Es un claro testimonio de la preocupación que el tema del crimen organizado genera en todos los partidos. Por cierto, hay que hacer mucho más que participar en seminarios y hablar del tema. Hay decisiones que no pueden esperar (especialmente las referidas al sistema carcelario). Y la batería de políticas públicas necesarias para enfrentar al crimen organizado requiere un blindaje político potente que requerirá acuerdos interpartidarios. Espalda con espalda. No queda otra.
El lunes pasado quedó muy claro. El tema está instaladísimo en la agenda. La alarma sonó y todos, empezando por los partidos, la escuchamos. Periodismo y academia aportaron lo que debían. A nadie se le escapa, a esta altura, que estamos ante un desafío de primer orden. Hasta ahí, la “máquina de aprender” hizo bien su trabajo. Pero ahora queda lo más difícil: trabajar en las soluciones, instalar los cortafuegos, encontrar la forma de fortalecer el sistema inmunológico antes que sea demasiado tarde. Ya sabemos qué es lo que no hay que hacer. La evidencia es contundente. El camino de aumentar las penas no funciona. En todo caso, habrá que recorrer el camino inverso, apelando con más decisión a medidas alternativas a la prisión. Las peores bandas criminales nacieron y prosperaron en cárceles hacinadas.
Por eso mismo, urge acelerar el proceso de reforma del sistema carcelario. Hay que sacar de una buena vez el Instituto Nacional de Rehabilitación del Ministerio del Interior para que realmente pueda cumplir con su cometido. Esto se dijo claramente en el Libro blanco de reforma penitenciaria en Uruguay, redactado por Ana Vigna y publicado en diciembre de 2024 por el Ministerio del Interior. Cito: “En Uruguay, la dependencia del sistema penitenciario del Ministerio del Interior —que tiene una gran complejidad, y cuya misión está centrada en el mantenimiento del orden y de la seguridad pública (…)— ha sido señalada reiteradamente como un elemento que condiciona fuertemente su cultura organizacional, su autonomía técnica y presupuestal y, en definitiva, su capacidad para dar cuenta del cometido en términos de reinserción social!”.2 Para eso, o se crea ya mismo el ministerio de justicia, como se argumentó en ese mismo documento, o se va por un camino distinto, como el que viene proponiendo Pedro Bordaberry… desde el 2010.3 Pero hay que tomar una decisión ya. ¿O vamos a seguir esperando?