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    Destino impunidad

    El secuestro del ómnibus 306 es un delito ante los ojos de todos, con la convicción de que no pasa nada; delincuentes filmados e identificados, que toman de rehén a un trabajador y, a punta de pistola, lo usan como su chofer personal hasta la cancha, ¿y no hay ni un detenido?

    Columnista de Búsqueda

    No es ninguna novedad que, los días de partido, los choferes de ómnibus son muchas veces rehenes de las patotas. En especial durante los clásicos, sobran vidrios rotos y asientos arrancados, mientras pasajeros y conductores quedan sometidos a la energía desbordada de la “banda loca” del cuadro que toque. Basta con alguna vez haber estado ahí para no querer vivirlo nunca más.

    Pero esta vez se cruzó una línea. Otra más. El secuestro de un ómnibus, su conductor y un grupo de pasajeros por parte de unos 50 hinchas de Cerro que querían llegar sin escalas a la cancha para ver a su equipo fue una de las expresiones —una más— de la decadencia en la que caminamos cada día.

    Es triste, pero como decía uno de los integrantes de las cooperativas de transporte que se movilizaron el lunes 10 en reclamo de seguridad: salís de tu casa y no sabés si volvés. No solo los trabajadores del transporte, siempre expuestos a robos y ataques; cualquier persona que atraviesa la puerta de su casa y se cruza fortuitamente con un ataque a balazos, un asalto a mano armada en la panadería o un robo piraña en la farmacia. Y así. Sin buscar ser extremista ni llamar al pánico social, esto está pasando y la reacción de la autoridad resulta por demás insuficiente.

    Porque un día sos Carlos, estás manejando el ómnibus como cualquier otro día, llevás unos pocos pasajeros y de la nada se te suben decenas de hombres, algunos con capuchas, otros con la cara tapada y otros totalmente descubiertos, alcoholizados, drogados, violentos. Te dicen: “Mirá que vamos a ir escoltados por dos motos adelante, cuatro autos atrás. No sube nadie. Va mi compañero atrás tuyo con un arma; la moto de adelante también va armada”. Te dicen que tenés que cruzar los semáforos en rojo y que no podés parar. Te apuntan con un arma desde adentro y desde afuera mientras intentás mantener la calma y manejás encañonado y con 50 delincuentes gritando, saltando y consumiendo todo lo que se te ocurra al lado tuyo. Cuarenta minutos de terror.

    En medio del viaje y los cantos desgarradores de los que juran matar o morir por su camiseta —y peor, que a veces lo hacen—, lográs comunicarte con la empresa de transporte, que inmediatamente llama al 911. Pero el 911 no va. No escucha. No entiende lo que le dicen. Entonces, como no se entiende, no va. No pasa nada. Que siga el viaje.

    Entonces, sos Carlos y llegás sano a destino contra todo pronóstico. La caterva se baja, rompe todo lo que se le cruza y llega al estadio para ver al cuadro. Ningún detenido, no pasa nada, siga, siga. Vos ahí, estático en tu asiento sin poder mover un músculo, muerto de miedo. ¿Y la Policía? Ni idea, che. No se escuchaba la llamada.

    Ya no somos Carlos, volvemos a la realidad y atendemos las respuestas de las autoridades sobre lo que pasó. Los trabajadores del transporte se reunieron con el ministro del Interior, Carlos Negro, y con el presidente de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF), Ignacio Alonso.

    Les dijeron que a los violentos los van a poner en la lista negra y no van a poder entrar a la cancha, que van a iniciar una investigación administrativa para ver qué pasó con la llamada al 911, que van a mejorar el sistema del botón de pánico. Porque, claro, el botón existe, pero no funciona. Problemas de software. Si no funciona, no existe, sencillo. Ni un detenido. Del ómnibus al estadio, armados, sin problemas. El presidente Yamandú Orsi dijo que “hay que seguir afinando” con los clubes, la AUF y el Ministerio del Interior porque “son cosas que hay que evitar”. Y sí. Pero hace años que hay que evitarlas y las medidas que se toman lejos están de hacerlo. Entonces, cada vez vamos un poco más, estiramos un poquito más la cuerda. Total, no se rompe.

    Pero vamos un paso antes. Cuarenta minutos transitó el ómnibus por la ciudad y, de acuerdo a los videos que se publicaron en redes sociales, es imposible que haya pasado desapercibido. ¿Nadie lo vio? ¿Ni un solo patrullero se lo cruzó? ¿Cómo pudo atravesar la ciudad en esas condiciones sin que a nadie se le moviera un pelo?

    Porque, además, esto no es solo una falla de la Policía en un caso puntual, del botón de pánico, del ministerio. Es la decadencia total. La impunidad absoluta, la falta de temor a la autoridad. Un delito ante los ojos de todos con la convicción de que no pasa nada. Y esa convicción se apoya en que verdaderamente no pasa nada. La lista negra es un chiste y lo comprobamos permanentemente. Y, además, ¿de qué lista negra estamos hablando? Delincuentes filmados e identificados, que toman de rehén a un trabajador y, a punta de pistola, lo utilizan como su chofer personal hasta la cancha, ¿y no hay ni un detenido? ¿Ni uno? Eso es que no pase nada. Y que, entonces, como no pasa nada, esto puede volver a pasar en cualquier momento.

    Durante el recorrido, los hinchas de Cerro cantaban una canción que recuerda a Héctor da Cunha, un hombre que, en 2006, a los 35 años, frente a su esposa y a su hijo de 12, fue asesinado por un barra de Peñarol que venía, claro, rodeado de otros barras. ¿El motivo? Tenía una camiseta de Cerro. La canción dice que a Da Cunha no lo van a olvidar ¿Saben a qué se dedicaba el hombre al que estos delirantes recuerdan en sus canciones mientras amenazan a un trabajador del transporte? Era un trabajador del transporte.