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En el sistema democrático ateniense, los infieles, los corruptos y los incompetentes nunca formaban parte de la plantilla estatal; por eso Pericles decía que ese Estado era “objeto de admiración y envidia por parte de otros pueblos”
Toda vez que nos asomamos al mundo griego, y en especial al influyente ámbito de Atenas, lo primero que salta a la vista es la absoluta racionalidad de sus disposiciones. El tipo de organización que se dio aquella sociedad informa de un control racional de las posibilidades y de los recursos, del uso inteligente de las propias capacidades y de la conciencia de que la ventura o la desdicha que les esperaba dependía más de la virtud que aplicaran que de la fortuna que los bendijera.
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Se ocuparon de todas las instancias de incumbencia colectiva con el esmero de quien hace propio y particular el deber contraído, como si estuvieran cuidando de su casa. Algo que en estos tiempos y en parte del mundo resulta despiadadamente exótico; quiero decir: cuidaban el gasto público, defendían el sacrificio con que se pagaban impuestos, evitaban dilapidar. Los órganos de gobierno incluían numerosos consejos financieros, y esto es comprensible: en las condiciones de una intensa vida económica y de una política estatal activa, la elaboración del presupuesto y la financiación de numerosos eventos tenían singular relevancia. La vida social, la energía de la ciudad dependía de la conducta y seriedad con que se tratara el tema de los recursos. Los infieles, los corruptos y los incompetentes nunca formaban parte de la plantilla estatal como forma de mantener el buen porte de un Estado que llegó a ser, al decir de Pericles, “objeto de admiración y envidia por parte de otros pueblos”.
En el sistema democrático ateniense, había varios colegios especiales que gestionaban diferentes aspectos de la actividad financiera. Así, los guardianes de todo el tesoro estatal eran 10 tesoreros de la diosa Atenea. El desvelo dominante de estos funcionarios era el control de los ingresos del tesoro (desde el arrendamiento de propiedades estatales hasta la recepción de importes de impuestos y otros ingresos): los llamados apodekti anotaban en las listas todos los ingresos al tesoro y entregaban a los funcionarios las cantidades que les debían; había 10 logísticos que velaban periódicamente por la transparencia de los estados financieros de los funcionarios. Un detalle interesante para subrayar, y para que inútilmente sirva de ejemplo a lo que tenemos no lejos, es que las distintas estructuras de control se controlaban entre sí, en gran medida fue una forma eficaz de combatir la malversación de fondos y otros abusos financieros por parte de los funcionarios. Un sistema así, si bien no la eliminaría por completo, al menos reduciría al mínimo la corrupción y la siempre latente posibilidad de malversación de fondos públicos.
Descubrieron los atenienses la maravilla del número 10, como signo de funcionalidad administrativa. En Atenas todo lo importante de parte del Estado era 10 o próximo a 10: 10 astynomoi vigilaban el estado sanitario de la ciudad, 10 agoranomoi vigilaban el cumplimiento de las reglas del comercio del mercado, 10 metronomoi eran responsables de la exactitud de las medidas y pesos, 10 sitophylakes eran inspectores de granos y monitoreaban constantemente los precios del pan (la importancia de este colegio se evidencia por el hecho de que a mediados del siglo IV a. C., el número de sus miembros aumentó de 10 a 35; 20 de estos servidores monitoreaban el comercio de granos en Atenas y 15 en El Pireo). Las funciones policiales, incluida la supervisión de las prisiones, la ejecución de la muerte y otras sentencias, estaban a cargo de una corporación de 10 miembros. Tenían a su disposición un destacamento de 300 esclavos estatales armados con arcos, que eran llamados arqueros escitas (aunque podría haber habido allí esclavos de otras nacionalidades).
Según Aristóteles, en Atenas se elegían cada año hasta 700 funcionarios diferentes para todas estas funciones. En conjunto, se trataba de un aparato administrativo bastante grande y extenso. Pero no era burocrático, separado de la masa de la ciudadanía ateniense. En primer lugar, todos los cargos directivos se elegían por un solo año. Se prohibía ser elegido dos veces para el mismo cargo (se hacía una excepción para los 10 estrategas militares). Todas las magistraturas eran colegiadas y se excluía la posibilidad de concentrar el poder en una sola mano y por mucho tiempo. Y un aspecto nada despreciable: el hecho de que los cargos fueran rotativos, que implicaba evitar el peligro de la negligencia de parte del actor, no lo eximía de responsabilidad; sus malas acciones o sus errores o sus infidelidades lo perseguían más allá de la función.
Aquellos antiguos, vistos desde este maloliente andurrial de la galaxia, estaban ciertamente adelantados. Sabían que las cosas no salen bien si no se hacen bien.