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Einstein mutilado, incongruencias del tiempo en la plaza de los Bomberos
El Discóbolo del parque Batlle lleva años con un dedo menos; La carreta también está incompleta, al igual que La diligencia y otras obras de menor renombre que sufren las consecuencias de unos cambios sociales difíciles de comprender
La plaza de los Bomberos está pálida de frío. Es domingo 27 de julio, día de feria de Tristán Narvaja, de ofertas a los gritos, olor a mandarinas y telas tendidas sobre la calle con zapatos viejos, los zapatos de otros. La plaza de los Bomberos, de los Treinta y Tres, se ve ligeramente distinta. Cuando se cumplen 100 años de la visita del físico alemán Albert Einstein, el monumento que conmemora su pasaje por estas tierras se inclina como un barco escorado y la figura del científico ha perdido un brazo. Es justo el brazo derecho, el mismo que rodea la espalda del filósofo Carlos Vaz Ferreira: símbolo de la unión entre letras y ciencias.
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La rotura del monumento ocurrió en etapas. Primero se llevaron una pata del banco, luego el brazo. En cada embestida, los cazadores de bronce golpean otras partes del metal y lo dejan más vulnerable para futuros cortes. Nunca se sabe cómo amanece una estatua montevideana
Pienso en el brazo y su destino, si habrá conocido las inclemencias del horno para convertirse en barra de metal. Según datos que circulan en Internet, el kilo de bronce no supera los $ 200. ¿O se venderá a mejor precio el brazo con su forma original? Aunque es casi imposible conocer la secuencia del delito, el proceso de corte, traslado, fundido y comercialización debió implicar la participación (y ganancia) de unas cuantas personas; y el silencio de muchas más.
Einstein no ha sido el único en sufrir ataques. El Discóbolo del parque Batlle lleva años con un dedo menos. Por suerte no es la mano con la que sostiene el disco. La carreta, uno de los monumentos icónicos de la ciudad, hoy con presencia de un guardaparque, cámaras y alarmas con sensores para alertar desmadres, también está incompleta. El primero de los bueyes, con los cuernos mochos, se parece más a un caracol que a un buey. Otro animal con más suerte perdió los dos cuernos enteros… Se podría seguir con La diligencia o con obras de menor renombre, que, en su silencio de estatuas, sufren las consecuencias de unos cambios sociales difíciles de comprender.
Hace un siglo, cuando Einstein y Vaz Ferreira caminaron por la avenida 18 de Julio hasta la plaza Artola, hoy de los Treinta y Tres, no existían el monumento a Lavalleja, el local de artesanías Plaza Bonita, la pérgola que sirve de cobijo ni el Banco República con esa especie de kiosco adosado en disputa con la fachada. La plaza se veía verde y cuidada, si bien la prolijidad no significa, de por sí, un mundo más justo. La humanidad venía de la Primera Guerra Mundial y se preparaba para la Segunda. Las mujeres no votaban en Uruguay.
Agujero-brazo-Einstein
Brazo de Einstein mutilado
Mario Benedetti, en La borra del café, evoca la plaza por la década de 1930 como un sitio propicio para la pausa. Aun así, su amable referencia deja un sabor amargo: “Lo peculiar era que, más que las estudiantes, casi adolescentes, me atraían las pulcras empleaditas de uniforme que al mediodía dejaban por una hora sus puestos en los comercios de la Avenida para acomodarse en un café o en algún banco de la plaza de los Treinta y Tres, donde, mientras conversaban, consumían la merienda que habían traído de sus casas”, dice Claudio, el protagonista.
La plaza ha cambiado en estos 100 años. Alberga monumentos disímiles, todos masculinos, tal vez más de los que se pueden cuidar y apreciar en ese espacio. La figura ecuestre de Lavalleja fue colocada por la dictadura en 1982, en desmedro de la fuente, que perdió su lugar central. Además, están el monumento al Bombero, el mosaico de los Treinta y Tres con sus canteros sin plantas, Vaz Ferreira y Einstein desafiando la gravedad y la fuente de hierro restaurada en 2020. Todos con sus correspondientes placas conmemorativas en estados variables.
La imagen de la plaza depende de la estación, el color del cielo y, más que nada, de la hora del día. A mediados de julio, en una de las escasas mañanas tibias de este invierno desapacible, un hombre con el torso desnudo se daba un baño polaco con agua de la fuente y jabón propio. A su lado, pasaban estudiantes desprevenidos, mientras los perros, bajo la mirada complaciente de sus dueños, orinaban junto al cartel que prohíbe su presencia.
A veces la plaza me gusta, cada vez menos, por su mezcla tan montevideana de aire libre y charlas animadas. Algunos mediodías hay obreros descansando en los escalones de ladrillo. También están los hombres que no tienen trabajo y, de cabeza gacha, buscan colillas. Cada tanto, cuando encuentran un pucho, levantan la vista y piden fuego. Por las noches, la manzana entra en otra dimensión. Entre monumentos y faroles campea la miseria. Lo que pasa entonces casi no se ve. En las contradicciones de esta y otras plazas, de parques y calles andamos todos confundidos sin querer vernos en reflejo.
El presente de la plaza enarbola un símbolo de sabios inclinados que nadie entiende. Según las crónicas periodísticas, en un banco parecido, pero horizontal, Einstein le dijo a Vaz Ferreira: “Mi concepto del universo es circunferencial. Partiendo de un punto, la línea parece que se aleja de él, pero en realidad a él se acerca y en él termina. Quiero decir que lo que se aleja, se acerca, que lo que se va, viene; que lo que está aquí, está realmente allí; que la luz es la sombra, que lo que es, no es…”.
Si la plaza fuera el universo, Einstein no andaba mal rumbeado.