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    El apagón y la fragilidad

    Cualquiera sea la verdad sobre el corte del suministro eléctrico en España, hoy estamos más expuestos que ayer; tanto si fue una falla técnica como si fue un ciberataque, a poco más de 24 horas del apagón sospecho (¡otra vez!) que somos más vulnerables de lo que creíamos

    Columnista de Búsqueda

    Primero fue la heladera: despertarme, escuchar sus amagues, sus estertores reconocibles. Los ruidos que hizo mientras reanudaba sus funciones de enfriamiento me llenaron de optimismo. Me incorporé en la cama y escuché, pensé que ese sonido era el de mi felicidad ante el mundo que renacía después del apagón. Escuché el ascensor, imaginé un recorrido solitario y fantasmal; las luces que se prendían y apagaban, y por la ventana entró una claridad súbita que no era el amanecer, sino el alumbrado público de todo el pueblo encendiéndose a la vez. Me levanté a asegurarme de que no soñaba. La casa se fue llenando de ruidos: en la otra punta de este apartamento fino y alargado, la impresora escupía papel desaforadamente, el televisor transmitía un programa de crímenes. Nunca me sentí tan contenta de haber sido despertada, en medio de la noche, a las cuatro y media de la madrugada.

    A las 12.32 del día anterior, el 28 de abril, empezó un apagón masivo, un “cero energético” que, para algunos, como yo, iba a durar más de 16 horas. En tres minutos un colapso histórico, un corte del suministro eléctrico, sacudió y dejó a oscuras a España, Portugal, el sur de Francia y parte de Alemania. Aunque no está confirmado, es posible que haya otros países de Europa afectados de distintas formas. Pasada esa hora, el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, y la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico del Gobierno de España (sí, los españoles no se andan con chiquitas a la hora de nombrar las cosas) se dirigieron a la sede de la Red Eléctrica de España (REE) para seguir la evolución del apagón y dirigir un gabinete de crisis al que se unirían otros ministros.

    Durante el día, sin luz eléctrica, sin telefonía y con un internet intermitente que, con suerte, me permitía entrar dos o tres minutos cada hora, fui enterándome de las noticias. Gente atrapada en ascensores o en las profundidades de los túneles de los metros; gente abandonada en una vía del tren en medio de la nada, entre un destino y otro; gente varada en aeropuertos y estaciones; gente sin dinero ni comida porque los cajeros no funcionaban y en los negocios solo aceptaban efectivo; gente caminando durante horas para volver a sus casas porque el transporte público se había suspendido; gente intentando cruzar calles y avenidas o intentando salir de los embotellamientos en sus autos porque los semáforos no andaban. Por todas partes, gente sin agua, sin baño, sin alimento.

    Los supermercados debieron cerrar a los pocos minutos de empezado el corte ante la imposibilidad de cobrar. Algunos reabrieron conectando con energías alternativas y realizando cobros en efectivo, algo que tampoco era fácil porque no funcionaban los cajeros. Pero algunos supermercados pudieron reabrir, decía, y fue ahí que la multitud se abalanzó a... comprar papel higiénico (alguna vez habrá que analizar ese gesto de pánico tan repetido).

    A pesar de los pesares me sentí afortunada. Vivo en un edificio de cinco pisos donde hay solo dos apartamentos ocupados, además del mío, y, si hubiera quedado encerrada en el ascensor (recuerden: ni internet ni teléfono), es probable que nadie me hubiera escuchado durante horas. Y aunque no subo a los trenes con tanta frecuencia como al ascensor, sí los uso para ir al dentista o al médico, y no quiero imaginar la experiencia de quedarme horas en medio del campo o encerrada en un vagón a oscuras. Tampoco salí mal en el reparto de agua porque, como dije, somos tres a repartir el líquido destinado a 10 apartamentos.

    La noche llegó sin soluciones y empecé a sentir que mi primer mundo volvía a colapsar: no tenía luz, no tenía teléfono ni internet y, de las cinco formas disponibles para cocinar en esta casa, ninguna me servía porque todas usan electricidad. No es tan dramático, soy uruguaya y las he pasado peores, pensé mientras untaba un pan con manteca y buscaba un queso que debía estar en alguna parte de mi oscura heladera. Miré con cariño el bife crudo, supe que esa noche no sacaría la plancha del armario. El consuelo llegó con una doble porción de helado que, por cierto, ya estaba bastante derretido. Me acosté a dormir temprano, poco más de las 22.30, a pensar qué poca vida analógica nos va quedando. Creo que me dormí con una angustiosa sensación de incertidumbre, de fragilidad. De miedo.

    Esta mañana fui al supermercado, me causó una enorme tristeza el cartel de “prohibido tocar” en las góndolas de los frescos, ver cómo los empleados arrasaban con toda la mercadería de las heladeras, cómo la tiraban en unos grandes tachos que, en el mejor de los casos, irán a la alimentación de los cerdos. Se había roto la cadena de frío de mariscos, jamones, carnes de buena calidad, postres y quesos, alimentos que recorrieron medio planeta para terminar desechados en barriles de plástico. Pero, cuidado, la cuestión de determinar las responsabilidades no es menor, hay pérdidas que no se limitan a las citadas: la industria, los aeropuertos y puertos, tiendas, hoteles y restauración. Se calcula a priori que el apagón costó unos 1.600 millones de euros, o sea, el 0,1% del PIB.

    Hasta el momento en que escribo esto, siendo las 20 horas del día después, las preguntas se amontonan y las respuestas no son claras o no existen.

    Pedro Sánchez admitió esta mañana que todavía no se conocen las causas exactas de este “cero energético”, dijo que “todas las hipótesis siguen abiertas”. También señaló que los analistas siguen sin poder determinar cuál ha sido el detonante del problema, aunque de una forma que ya se vislumbra clara, el presidente apunta a las empresas de suministro. “Vamos a llegar hasta el final. Vamos a exigir responsabilidades a los operadores privados si es necesario y vamos a tomar medidas para que no se vuelva a producir”.

    Red Eléctrica de España se defiende diciendo que, a 20 horas de producido el fallo, logró restablecer el 100% del suministro. Además, la empresa descarta un ciberataque y apunta a un exceso en la demanda. Otras opiniones dicen lo opuesto, hablan de una sobrecarga de energía. Otros, finalmente, señalan que ninguna de esas explicaciones es posible, y apuntan sin eufemismos al ciberataque que todos sospechan desde que el Centro Nacional de Inteligencia dijo haber detectado una “gran actividad inusual procedente del Norte de África” días antes del apagón.

    En cualquier caso, y cualquiera sea la verdad sobre el corte, hoy estamos más expuestos que ayer. Tanto si fue una falla técnica como si fue un ciberataque, a poco más de 24 horas del apagón sospecho (¡otra vez!) que somos más vulnerables de lo que creíamos. Que nuestro bienestar, ese en el que nunca pensamos y que damos por sentado, ese que en otras zonas del planeta es inexistente o es un lujo, empieza a volverse precario. Nuestros alimentos, el agua, los combustibles, las comunicaciones y la energía, nuestros servicios básicos existen gracias a un delicado equilibrio que en cualquier momento, ayer lo vimos, podría quebrarse. Escucho el sonido de la heladera, prendo y apago las luces, miro el internet en el teléfono un poco compulsivamente. Cada sacudida (un apagón, el Covid-19, una enfermedad, una desgracia cualquiera) nos recuerda lo frágil que es este, nuestro mundo, y cada vez insistimos en olvidarnos.

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